viernes, 14 de enero de 2011

Dog Soldiers de Robert Stone en Literaturas


Dog Soldiers
Robert Stone


Robert Stone, Dog Soldiers, Barcelona, Libros del Silencio, 2010

Traducción de Mariano Antolín e Inga Pellissa

Para el imaginario colectivo, la guerra del Vietnam es el conflicto del séptimo arte, mucho más que la segunda conflagración mundial o las recientes batallas del Golfo Pérsico. Apocalypse now, Birdy, Full metal jacket o Nacido el 4 de julio son los iconos que dan al público una visión de la barbarie que, sin embargo, también ha sido tratada adecuadamente a nivel literario, siendo Dog Soldiers de Robert Stone su obra más representativa. Publicada en Estados Unidos en 1975, ve finalmente la luz en nuestro país de la mano de Libros del Silencio en una edición prologada por Rodrigo Fresán donde se ofrecen algunas pistas de lectura que se olvidan cuando nos adentramos en la misma y descubrimos por nuestra cuenta y riesgo el porqué ganó el National Book Award y está considerada por Time como una de las cien mejores novelas del Novecientos.

En primer lugar hay un factor que muchos no han considerado a la hora de abordarla críticamente. Dog Soldiers es de los pocos libros que, por su misma estructura en perpetuo movimiento, hermana la doble América que se generó en los primeros setenta entre Vietnam y California. Los alegres sesenta de flores, paz y amor terminaron con una cruenta resaca paralela. La inercia destructiva del sudeste asiático, donde la decadencia era fruta podrida al servicio del Estado, se percibía en los jóvenes estadounidenses como un martirio de drogadicción y violencia del que era muy complicado escapar. Y es en este punto donde podemos introducir la figura del protagonista, John Converse, periodista de poca monta que tras escribir una obra de teatro y casarse con la hija de su jefe, un acérrimo comunista en la tierra menos adecuada para amar la hoz y el martillo, pide ir como corresponsal a la aridez de Raigón, donde cae en círculos poco aconsejables hasta ver una tabla de salvación en tres quilos de purísima heroína para vender al mejor postor de su país natal.

La primera parte de Dog Soldiers es una invitación a cruzar las puertas del Hades de manera filosófica. Mientras la acción transcurre en el epicentro trágico de la década una intensa perfección surca cada página por la profundidad de sus diálogos, lo descarnado del sentimiento y la crudeza de quien ha perdido la capacidad del dolor por haberlo tocado demasiadas veces. A ello contribuyen los secundarios y otro rol trascendental en la narración, el soldado Hicks, que es quien debe transportar la mercancía hasta la nación de las barras y estrellas, que es donde topará con la mujer del periodista, embarcándose ambos en una huida hacia delante para escapar de unas garras que desean el polvo blanco. Entre ellos está el agente corrupto Antheil, una especie de Phil Spector de la CIA que complicará las cosas a todos los implicados en la trama, que cuando ingresa en suelo americano se transforma en una frenética carrera de caza y captura por carreteras secundarias donde se ejemplifica el malestar moral de un tiempo hijo del caos que sigue a la armonía de la esperanza.

Como pueden comprender, es pura lógica del relato, una persecución sin que las piezas colapsen sería un sinsentido tremendo. Hasta que eso ocurra el lector se verá enfrascado en una batalla más que dialéctica que incluye sexo, pólvora, violencia física, bares de mala muerte, moteles, montañas anómalas y un amplio abanico destructivo inspirado en el contexto de la época y en la magna herencia de lo Beat, pues es ciertamente inevitable no comparar ciertos pasajes con anécdotas de Kerouac, Cassady, Ken Kessey y compañía, de quien Dog Soldiers, ayudado por el contexto, bebe esa sinfonía alucinógena que impregna su textura. Asimismo, la contundencia narrativa puede deberse a la necesidad del arte del período de exponer sin tapujos la ética y la estética del desencanto, pues la obra cumbre de Stone está íntimamente ligada a la época que la construyó, cuando los EE.UU. asumían su descalabro de asesinatos políticos, dimisiones, corrupciones y el debut de la derrota en su vocabulario imperial, con la humillación que suponía alzar la bandera blanca ante seres amarillos que defendían los ideales del enemigo soviético, gota que colmó el vaso y empujó a una entera generación al marasmo durante una década de hundimiento previo al conformismo reaganiano que terminó con la confusión e instauró un pésimo nuevo orden. En este sentido Robert Stone dio en el clavo al dibujar la línea de frustración del sueño y la deriva que conformó su terrorífico epitafio, muerte del ideal para privilegiar el cinismo ante la ausencia de alternativas.





Jordi Corominas i Julian
literaturas.com

2 comentarios:

Carlos González Peón dijo...

La lectura (inevitable, supongo, visto lo visto -leído lo leído) será un acto de fe en toda regla. Ya sois varios quienes la habéis recomendado y aunque la Guerra de Vietnam (aunque lo mismo se aplica a cualquier otra guerra) me provoca un rechazo natural no estoy por la labor de ir despreciando supuestas obras maestras.

Veremos que pasa. El caso es que la tuve la semana pasada, durante la visita de rigor a la biblioteca, en la mano y la dejé por una de Alberto Olmos.

Jordi dijo...

Carlos,el libro está muy bien sobre todo en su primera parte, luego tiene momentos muy poéticos, pero vaya, que hay muchísimos libros en el mercado,así que si pasas de dog soldiers tampoco te caerá encima una pesadilla azteca ni nada por el estilo.