martes, 14 de septiembre de 2010

Mi diálogo con Ricardo Piglia en Revista de Letras




Diálogo con Ricardo Piglia, por Jordi Corominas i Julián
Por Jordi Corominas i Julián | Destacados | 10.09.10


Desciendo el Paseo de Gracia al encuentro del plato fuerte de la reentré, y me doy cuenta de lo agobiante que es regresar a la ciudad, puro slalom callejero que entorpece mi marcha. Cuando llego al hotel en que me han citado con Ricardo Piglia espero en un sofá hasta que llega el escritor argentino y me recibe con la mejor de sus sonrisas. Su esperada novela Blanco nocturno (Anagrama, 2010) es una historia cargada de matices que desde su supuesto aire policial va adentrándose en otras coordenadas de un pueblo plagado de tensiones que afloran a la superficie tras el misterioso crimen de Tony Durán, polémico forastero, manija que destapa el tarro de las esencias y transporta la trama hacia dimensiones más profundas donde nada es lo que parece.



Hacía muchísimo tiempo que no publicabas una novela.

Empecé a pensar en este libro unos meses después de haber publicado Plata quemada. No he estado todos estos años parado en este sentido. Se hace una primera versión, escribes otras cosas. Me interesa mucho cómo un libro adquiere cierta densidad a partir del tiempo que pasa. Eso me da la posibilidad de encontrar algunos elementos que, a veces, en la primera redacción, no se perciben.

¿Cuáles fueron las ideas que centraban el primer esbozo de Blanco nocturno?

Empecé con la historia de la fábrica. El objetivo de la novela era contar esa trama, de origen familiar, pero apareció la posibilidad del crimen y lentamente tomó un cauce que permitía una versión más amplia.

Es una historia que, pese a la convergencia de las piezas, se bifurca en muchos caminos.

Esa era la intención. Quería transmitir que la realidad es más compleja de lo que suelen presentar ciertas novelas donde parece que todo se aclara.

Sí, y además esta reflexión sale en el libro cuando Croce le dice a Renzi que el periodista ha leído demasiada novela negra y por eso piensa que los casos de crónica se resuelven al estilo de las historias de detectives. Y no es así.

No es así. Tenía que tratar de dar la sensación de movimiento en la realidad pero al mismo tiempo lograr que el lector tuviese las pistas necesarias para atar cabos de la historia. Está todo dicho para comprender lo que sucedió, pero no quería cerrarlo con formas esquemáticas y previsibles.

Hay conclusiones en Blanco nocturno, pero precisamente al haber muchos caminos supongo que quizá cate lo que más le guste.

Eligen lo que les place. Me interesa mucho lo que sucede después de un crimen. Sus conclusiones y efectos son más importantes que la conjunción que permite descriarlo. Quería que la novela empezara con el crimen.

Y precisamente ese inicio criminal, por la evolución que luego toma el texto, puede desconcertar al lector.


Sí. Es como si la historia fuera mutando, cambiando y abriéndose hacia otros caminos.

Llega el forastero, pero es una excusa que destapa todas las grietas que hay en el pueblo.


Es un poco esa idea del que llega de afuera y trae consigo la tragedia. Me interesaba que el universo de la novela, que empieza con marcas irónicas, virase hacia una situación que considero trágica.

Desde la llegada de Tony Durán, el forastero, dejas caer frases que extienden un hilo continuo en la novela basado en el juego de la dualidad. Pero en esas primeras páginas también se dice que todos los sitios son iguales, sólo cambian los enemigos.

Otro elemento clave es que quería hacer una novela con personajes. El género ha sufrido muchas variantes desde el Quijote hasta Beckett, pero su punto siempre presente es que debe crear personajes. Uno debe tener una relación con ellos, recordarlos.

Y en el caso que nos concierne se entrelazan, surgen paulatinamente, desaparecen, vuelven…


Y es importante. Ese fue otro elemento clave en el momento de escribirla. Empezar con un enigma policial para avanzar hacia la construcción de una novela de personajes, donde lo que importa es la trama pero también importan los personajes, uno queda, si es que eso se puede decir así, tan interesado por ellos como por la trama.

Además las personajes en función del momento de la trama centran la atención, y ese método de presentarlos paulatinamente permite al lector casi un completo conocimiento o una intuición de estos personajes.

Se pasa de Tony, el extraño forastero, a Croce y después tenemos a Luca. Los tres caminos. Luego están las hermanas Belladona, que son muy importantes en la trama.

Las hermanas me han fascinado y enlazan con las dualidades. Las acomunaba con el gordo y el flaco del manicomio.

Existen estas relaciones. Las hermanas son una apuesta para cambiar los estereotipos sobre cómo aparecen las mujeres en la novela, suelen ser muy pasivas. Las Belladona son muy activas y decididas (risas), me divertía cuando las escribía. Por supuesto Renzi, un personaje que siempre está en mis libros, se enamora de una de ellas y no se va del pueblo. El otro horizonte que tenía como elemento que yo mismo intentaba comprender era la cuestión de qué es ser parecido.

En este caso, ya hablaremos más tarde de las dualidades, las hermanas introducen directamente al lector en la esencia del pueblo, y aquí se cruza una historia dentro de la historia: no podemos entender lo que se nos narra sin escarbar en el pasado.

Me gustan mucho las historias con capas, donde uno va encontrando un sentido, y muchas veces ese sentido supone un juego con la historia del pasado del personaje. La cuestión de la relación familiar es una gran trama de relatos. Y esas historias varían mucho desde los estereotipos. El soltero, el tarambana, el borracho. Me gustaba ver también ese movimiento interno a la historia de los hermanos, las chicas…

Tenemos unos datos sobre esta familia y tenemos un inspector que está insertado en el contexto del pueblo, y por eso hasta que no llega el periodista no empezamos a ver más capas, porque al fin y al cabo Croce es un ente local.

Eso está muy bien visto. Por eso digo que la novela tiene algo de ficción paranoica. No hay nadie que esté fuera, están todos metidos en el mismo mundo y es cierto que Renzi, el periodista que llega, es quien lentamente va tratando de avanzar en esa especie de trama que se repite.


Y su aparición cambia el ritmo de la trama, porque hasta ese momento uno siente estar en una novela de detectives que no lo es.

Renzi aparece en otros libros y siempre tiene la particularidad de permitirme dar nuevas versiones. Es un testigo, se va implicando en los acontecimientos, como un personaje que parece venir de otro lugar y por eso es un buen interlocutor.

El elemento externo que ve las cosas más claras.

Y que genera en los demás la intención de contarle lo que no pueden contar a las que ya la conocen.

En esta primera parte Croce al llevar las riendas de la investigación insiste mucho en la que yo considero una de las claves del libro, la máxima no te ciñas en lo que parece, sino en lo que es.

Es uno de los elementos que me han servido para elaborar un mapa y Croce se aferra a esa máxima.

Y Renzi, no la comprende porque aún le falta indagar en la realidad del pueblo, no comprende sus mecanismos.


Y Croce es muy especial, me gustaba la idea de escribir una novela con el detective loco para alterar las categorías del género, donde el investigador es racional, calculador. Croce no es un loco estricto, pero roza la demencia, es sospechoso de demencia, todos lo somos un poco. Él juega con la idea de una intuición excesiva que lo lleva a resolver las cosas de un modo que, en definitiva, le cuesta después convencer a los demás.

Y ese punto casi visionario lo hermana con el epicentro de la segunda parte que es Luca, de quien se mencionan propiedades oraculares, lo que también tiene Croce, una especie de Sibila policial.

Es verdad, y uno puede encontrar una conexión secreta entre ambos, marginales al universo más estable del pueblo, están los dos en una situación excesiva.

Son fundamentales.

Son el centro.




Croce es el apóstol de no es lo que parece sino lo que es y Luca es más el defensor de lo que no está tiene que ser. Intenté ver al primero como al hombre antiguo y a Luca como una antesala de un hombre tecnológico, de pensamiento moderno.

Acertaste con ese pensamiento. Luca viene de una historia personal, un primo que hizo una fábrica, se fundió la fábrica y se mantuvo encerrado en la planta. Lo conocía desde chico, y siempre tenía la sensación que construía objetos para los cuales la realidad no estaba preparada, y con Croce pasa lo mismo, resuelve los crímenes de una manera totalmente mágica. Es cierta esa relación, pero uno a veces no delibera estas cosas, no se puede escribir con todo programado, y de modo espontáneo se producen estas asociaciones. Así se descubren cosas desconocidas.

Quizá esta idea me vino porque desde un principio leí la novela desde la idea de dualidad. El extranjero y el pueblo. Dos mentalidades. Dos justicias. Dos hermanas y el dibujo del conejo-pato.

Nunca vemos las cosas por primera vez. Uno ve porque sabe algo previo. Un platonismo extraño. Hay un lugar donde está ese objeto puro, pero uno lo que ve es algo que ya está en cierto sentido afirmado en un conocimiento.

Como buenos luchadores que son, tanto Croce como Luca topan mucho con el estereotipo y lo que interesa a los mandamases del pueblo, esa obstinación en preservar la apariencia.

Por eso Croce descubre lo que no vamos a contar del crimen. (risas)

Y sólo tras el crimen se abre verdaderamente la caja de los truenos en el pueblo.

Como cambia una novela según uno la localiza. Al ubicarla en un pueblo empieza a producir una serie de efectos distintos a los que suceden cuando la trama ocurre en la ciudad. Imagina que hiciera un cuento basado en esta conversación. Si sucediera en la ciudad quizá tras la charla te irías a un lugar de Barcelona y te pierdas, mientras que si fuera un diálogo rural nos encontraríamos en el bar de un hotel y sería mucho más probable que volviéramos a vernos.

Y el espacio determina el comportamiento de las personas.


Y permite a un novelista trabajar con un conjunto de personajes que están muchos más interconectados que en la ciudad.

Ese tipo de espacio ayuda a configurar mejor el tratamiento de los personajes, pueden tener un cuerpo mucho más sólido.

Y aparecer con mayor naturalidad como un grupo de personajes interconectados, mientras que en la ciudad se conectan con redes diversas. En ese sentido fue una experiencia interesante para mi que soy un novelista más urbano, siempre estoy escribiendo con personajes que se pierden en lugares y reaparecen a los años y uno los vuelve a encontrar, mientras que ahí era ese juego de recurrencias donde parece que uno esté en una caja de vidrio.

Además los pueblos suelen tener unas fronteras muy acentuadas que surgen con naturalidad, líneas invisibles.

Parece que todo se ve, que todo el mundo ha visto a una persona en el lugar donde estaba. Las Belladona son diferentes.

Son como londinenses de los años sesenta.

Un poco por ahí. También inciden en la novela en relación a los que se ocultan y los que se dejan ver.






Las Belladona son una especie de luz. Te las imaginas pelirrojas, vitalistas y cuando las presentas parecen unas juerguistas desbocadas.


Quieren ser esa alegría, pero también esa visión viene determinada por lo que piensan en el pueblo.

Y al mismo tiempo ellas responden al perfil de señoras, dueñas del pueblo.


Son señoras finas de pueblo.

(Damos un trago a nuestras bebidas y un giro a la conversación. Ricardo tiene una gran preocupación por el futuro rumbo de la novela. Tras sacar a colación la mezcla de géneros, retomamos el diálogo abordando esta temática).


¿Cómo ves que varios géneros se fundan en un mismo texto?

Los géneros nos ayudan a resolver esa dinámica de la alta y baja cultura. La cultura de masas trabaja con fórmulas que se repiten, mientras la alta cultura es la pura originalidad.

Hace tiempo un amigo me comentaba que para escribir una nueva Madame Bovary se la compraba en la librería. La necesidad inevitable de observar el género tratado y, una vez lo asumes, jugar con él.


Va por ahí el camino más productivo de la literatura contemporánea, trabajar los géneros, pero no hacer el género en sentido estricto.

Acumulando géneros no haces sólo un pastiche. Seguramente los anulas y creas algo con idiosincrasia propia.


Y no sólo eso. También en el sentido que los personajes están conectados con cierto género. Croce es de género negro, es el género policial.

En Blanco nocturno me interesaron mucho las charlas entre Renzi y Sofía, que están en cursiva, charlas donde desde la tranquilidad del sofá y la villa afloran las verdades. Al mismo tiempo esos fragmentos también juegan mucho con el cruce de géneros.

Ella tiende a darle una percepción distinta de la historia que está viviendo. Traté de contar la relación entre ellos lo más elípticamente posible, tratando de mantenerme en el plano de los diálogos y algunas cosas con los cuerpos y dejar que el lector sacara conclusiones. Pero asimismo quería que ella funcionara como un coro, la que comenta lo que se ha visto.

Son fragmentos que están al final de cada episodio, y eso hace que el lector deba esforzarse más allá.

Primero pensé esos fragmentos como un capítulo continuo. De repente pensé que era mejor que hubiera un momento de disrupción porque alumbraría mejor lo que sigue.

Abren y cierran puertas.

Por un lado tenemos la relación de toque con los géneros, pasan y se disuelven. Otra cuestión que me interesa es la relación de trama y personajes. Borges defendía las novelas de trama.

Pero los personajes hilvanan la trama.

Eso es lo que nosotros pensamos, la diferencia entre cuento y novela. El cuento trabaja con situaciones y trama, pero la novela necesita los personajes, que muchas veces alteran la lógica misma de la trama y empiezan a crecer por sí mismos.

El contexto en que se enmarcan los personajes de Blanco nocturno, y el mismo aire narrativo, hacen pensar en una obra shakesperiana, con dramatis personae y una fuerte tensión dramática.


Puede ser. Después de una gran etapa de experimentación muy conectada con los usos del lenguaje, la novela creo que avanza hacia una época que ponga a los personajes como el horizonte de la literatura en el sentido de tratar de construir personajes que tengan una experiencia mayor que la de los lectores, a diferencia de algunas novelas que reproducen la experiencia de los lectores.

Con lo que dices el personaje obliga al lector a pensar más…

Y lo pone en un lugar de una experiencia que, ojalá, en algún momento, el lector se encuentre frente a ese dilema.

La madre de las Belladona resume muy bien lo que expresas cuando dices que lee novelas de todos los países menos las argentinas, porque eso ya lo conoce.

Claro, se siente atraída hacia lo desconocido.


Pero se tendría que tratar lo desconocido de lo desconocido, es decir pisar la calle y mostrar la realidad bajo otra perspectiva, que desde mi punto de vista no debe basarse en un abuso de lo tecnológico en la narrativa, está bien hablar de ello, pero insertado en el contexto, no como fuente exclusiva.

Los personajes deben pisar la calle. La relación con el mundo contemporáneo no se debe reducir a mandar mails o cartas, eso es una cuestión de contenido, como ahora los personajes van en auto y en tiempos de Stendhal en carruaje. El problema es si la percepción de la experiencia contemporánea nos ayuda a los novelistas a modificar algo de nuestra propia experiencia.






En Blanco nocturno Croce se acerca el mundo y en cambio Luca hace que el mundo se le acerque con la tecnología. Me parece bien que se hable de la tecnología, pero integrada en la sociedad. En tu novela la fábrica puede parecer fantástica, pero antes decías que nace de experiencias propias.

Sí, como dije la saqué de mis vivencias, no necesité inventarla. El conflicto entre el mundo natural y el mundo donde las cosas se construyen es muy contemporánea. Hablamos de la forma de construir sujetos. En mi novela es el mundo de los caballos contra las máquinas, pero sí, el problema tiene plena contemporaneidad.

Como sigue teniendo plena vigencia la victoria de lo que parece, no de lo que es, tanto en las relaciones cotidianas como en la clase dirigente. La historia se repite.

Consideré dar importancia a la economía como si fuera el destino para los griegos. Nosotros no entendemos lo que está pasando, siempre sufrimos las consecuencias, y a los pobres griegos les pasaba igual por culpa de los Dioses, no los entendían y se iban todos al demonio. (risas). Dije, bueno vamos a escribir una historia donde el destino de los sujetos sean esas fuerzas incomprensibles, el flujo de capital… Lo que ocurre con Luca es que, de pronto, la gente de poder del pueblo se da cuenta que es necesario empezar a usar el dinero de un modo distinto. Eso me interesaba verlo desde un punto de vista de destino.

Y ese maremoto sólo puede producirse en la época histórica donde sitúas la trama.

Encontré un dato muy importante para Luca y es el momento en que Nixon dice que el dólar ya no está atado al patrón oro, y eso revoluciona los mercados financieros.

Ya casi para terminar quería preguntarte cómo ves el panorama actual de la narrativa argentina, este año he entrevistado a varios autores de tu país y percibo mucha variedad.

Creo que estamos en un momento muy productivo. Detesto cuando las novelas se parecen y no puedes identificar al autor, caen en una media de poética de moda que produce la desaparición de la voz. No tiene ningún sentido. El novelista debe arriesgarse y tomar un tono, algo que está sucediendo en Argentina con Alan Pauls, Pola Oloixorac o David Bizzio.

Siempre me dio la sensación que en Argentina estáis menos viciados por las tendencias.

Me alegra que se perciba así. Uno debe ser fiel a la voz propia, tratar de encontrarla y darle rienda.

domingo, 12 de septiembre de 2010

Correr de Jean Echenoz en Revista de Letras





La disciplina de la desnudez: “Correr”, de Jean Echenoz
Por Jordi Corominas i Julián | Reseñas | 9.09.10


Correr. Jean Echenoz
Traducción de Javier Albiñana
Anagrama (Barcelona, 2010)


En las competiciones de media y larga distancia conviene regular el ritmo y tener múltiples recursos para superar las estrategias rivales y los imprevistos de la ruta, reinventándose en cada carrera. Jean Echenoz consigue lo mismo con sus novelas. Rubias peligrosas vibra por su enmarañada trama narrada con prosa divertida que se lo pasa en grande enredándonos hasta deshacer la madeja silbando, como si el rompecabezas fuera coser y cantar cuando es todo lo contrario, salvo para este escritor francés que en otra inmensa creación, Al piano, adquiere un tono serio, grave solemnidad dentro de un relato imprevisible donde ya es posible detectar un profundo gusto estético desde el detalle del momento y el espacio, combinación que halla pleno acomodo en la serie biográfica novelada del francés, textos que asombran por su economía de medios, desnudez narrativa que con poco da en el blanco de captar la totalidad de una vida humana, haciéndola asequible, diagnosticando la grandeza con pequeños retales, signos universales que permiten comprender el sentido de existencias ajenas así que pasen los años. Asimismo, el método Echenoz sabe cancelar fronteras y anula cronologías y naciones. Es lo que algunos han percibido como una cualidad metafísica porque el curso de los acontecimientos fluye y se instala en nuestra cabeza, con suavidad. De repente no nos damos cuenta y las páginas vuelan, y con ellas las efemérides de unos ídolos convertidos en carne cercana porque pese a la mitificación de sus rasgos los percibimos desde la normalidad, sin esa pátina que otrora se reservaba para describir las gestas de los hombres ilustres.

Estas cualidades relucieron en Ravel y se refuerzan en Correr, donde la figura central es el atleta checo Emil Zátopek. Entre el compositor y el cuádruple campeón olímpico hay dos coincidencias de peso: el sacrificio y el talento. Ambos fueron obstinados a contracorriente, bestias desbocadas en busca de la excelencia que ignora lo que se estila para crear un lenguaje propio, lo mismo que activa Echenoz al rendirles homenaje aunando matices pedagógicos con la sutileza de moralejas que no se van una vez cerramos el libro.





Los muros que (no) rompe la velocidad: Un genio condenado entre dos tierras.

El atletismo suele desarrollarse en la circularidad, inevitable al dar vueltas al tartán. Origen y conclusión se sitúan en el mismo punto sin que nada importe el cronómetro y la distancia. La estructura de Correr sigue esta premisa. Se abre con la invasión nazi y se cierra con la primera de Praga y los tanques soviéticos de 1968. Ambos eventos conectan al personaje con su época, pues es imposible desligar las efemérides del individuo de las circunstancias de su contexto histórico, elementos que encierran en sus trágicos lances las cotas que dan a la aventura de Zátopek sus coordenadas. Emil nació en un país víctima de las turbulencias del novecientos, marioneta entre dos tierras que simbolizaron el extremo de las ideologías y de las obligaciones que sus regímenes engendran encendiendo la mecha que da al trabajador de la fábrica de zapatos el descubrimiento de sus capacidades. El odio al deporte se transforma en una pasión desenfrenada por acumular kilómetros en el cuerpo en una era previa a nuestra acelerada modernidad, sobredosis tecnológica. Estamos en la década de los cuarenta y es grato imaginar al pequeño eslavo devorando bosques y parajes con su zancada hasta el extremo, como si con su espontaneidad, que es el rasgo de su innovación contraria a los parámetros marcados por amor a no perder sus señas, escapara de los límites impuestos por la sociedad y se acercara a su cita con el destino diseñado por los astros.





La narración se ciñe a los datos demostrables, y hay fragmentos, bromas prescindibles aunque importantes por la intencionalidad del autor, donde Echenoz interviene en susurros de disculpa por no poder verificar una información. Zátopek es lírico porque construye su trayecto con la naturalidad de una fábula. Es un ganador distraído, un humilde soldado que se enamora de una chica nacida el mismo día que él, mujer con la que compartirá la alegría de vencer una medalla de oro olímpico con una hora de diferencia. Estas casualidades llenan nuestras horas y son comunes, son la magia fugaz que la experiencia nutre de un significado trascendente reforzado por la experiencia. Emil la aplica en su profesión y en su existencia. Corre con constancia, soporta humillaciones que se desvanecen por su talento en el estadio. Arranca aplausos, rompe records, recibe elogios políticos y sufre porque los mandamases, con Stalin en sus cruentos estertores, temen que su éxito derive en exilio en alguna visita a Occidente. El atleta políglota, calvo y poco ortodoxo en su estilo, claudica y se dedica a lo suyo, arrasando en Helsinki 1952 con su hito de vencer en los cinco mil metros, los diez mil y el Maratón, proeza acrecentada al producirse en la cuna de los mayores fondistas. Los fotógrafos lo contemplan como un superdotado que sonríe y hasta posa en plena concentración. El exterior es la apariencia que mitiga el padecer interior. Los cuarenta y dos kilómetros de Filípides son una tortura acorde con su grito mudo por no poder crecer por culpa del régimen y la cerrazón comunista. Cuando eso cambie la apertura se revelará parcial y la única libertad será la de ganar copas ante públicos que se emocionan en su tranquilidad capitalista e idolatran al checo que ni siquiera puede exponer sus opiniones para que su pueblo capte la miseria represiva de ese delicado período.




Correr está plagado de hermosas metáforas fruto de la lógica que da el análisis carente de ampulosidad, la comprensión de una personalidad para dar con la tecla justa para narrarla. Las biografías científicas deben cumplir unos requisitos que exigen precisión endiablada. Por eso muchos lectores las rehuyen, porque temen caer en su red y perderse. La ventaja de una obra, excepcional, como Correr es que pese a su exactitud no debe rendir cuentas con la documentación empleada al usarla con fines literarios que interpretan las fuentes y a partir de las mismas dibujan temas de relevancia. Un historiador incidiría en la decadencia del palmarés de Zátopek en su ocaso, Echenoz le da aura inmortal al abordarlo desde la plena conciencia de quien se conoce y acepta con cierta resignación que el esplendor pasó porque el organismo envejece. Obvio y siempre obviado en las crónicas al no poder introducir el factor mental que se cuela entre las descripciones de esa lenta agonía del campeón que también es persona. Solemos abrumarnos con las cifras de las celebridades. Hizo esto, lo otro y lo de más allá. Detrás de los logros hay un cerebro que procesa lo acaecido y un cuerpo con comprensibles achaques. No importa que seas músico, atleta o jardinero. Todos tenemos un río interior que impulsa nuestras navegaciones, que deben cohabitar con su época histórica. Algunos individuos tienen la desdichada fortuna de adelantarse a su contemporaneidad y correr porque aspiran a derribar muros por amor al progreso, sea su significante vanguardia o democracia. Correr para avanzar hasta que la propia e independiente idiosincrasia topa con barreras que tienen un freno anclado de infinitas toneladas con mucho apego a sacrosantas líneas fronterizas rodeadas de fino alambre. Correr con la motivación de cancelar el horizonte porque se puede traspasar. Correr para trascender el polvo que se acumula en el archivo de tus anales y legar que tus actos no fueron en vano.

sábado, 11 de septiembre de 2010

Mi diálogo con Boris Pahor en Revista de Letras





Diálogo con Boris Pahor, por Jordi Corominas i Julián
Por Jordi Corominas i Julián | Entrevistas | 3.09.10



Me aturde pensar que ese día salté del crimen local en la radio al crimen universal con Boris Pahor (Trieste, 1913), autor de Necrópolis (Anagrama), obra donde narra su experiencia en los campos de prisioneros nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Llego pronto a la cita y me divierto observando a una periodista sin la más mínima idea de italiano. Mientras tanto pienso sobre lo asombroso del futuro diálogo con un hombre con el que me separan 67 años y ha vivido como protagonista el horror de la Europa de la primera mitad del siglo XX. Cuando la chica apaga su grabadora y se despide, dispongo la mía encima de la mesa del hall del hotel y pienso en el respeto que me inspira la figura del resistente que sigue rezumando vitalidad a través de su potente timbre de voz, determinado como lo fueron las respuestas que les ofrezco a continuación.

Usted nació en Trieste, ciudad babélica de lengua y culturas.

Antes de la Primera Guerra Mundial era la más bella Babel, los que empezaron a arruinar la vida de Trieste fueron los irredentisti italianos un poco antes, en 1880. Quisieron reivindicar su ciudadanía italiana y eran una minoría, porque la Trieste económica y ciudadana navegaba en otros mares, no estaba por esas cuestiones, quería mantener una independencia ajena al nacionalismo.

Además la misma historia literaria de la ciudad, con nombres como Italo Svevo y James Joyce, ya muestra este espíritu abierto contrario a la uniformidad.


Sí, pero por aquel entonces el problema ya estaba presente. Recuerde que Svevo se llamaba Hector Schmitz, era casi alemán. Le convenía ser Svevo por culpa del irredentismo, demasiado influyente. Joyce es distinto, y se desilusionó de la ciudad cuando retornó en 1918, ya no era la misma, se había roto su esencia. Durante la época austrohúngara Trieste era una ciudad agradable para los eslovenos, no éramos minoría, la urbe estaba al nivel de Maribor o Ljubljana y los austriacos querían construir la universidad eslovena. El mar abría los espíritus y facilitaba la coexistencia entre naciones, siempre armoniosa. Había una enorme sinagoga hebrea, iglesias griegas, negocios germanos, comercio serbio…Los eslovenos teníamos barcas, comerciábamos y los checos nos ayudaron hasta a construir la casa de cultura eslovena, que por desgracia ardió en 1920.

¿Es 1920 la encrucijada que inicia la persecución de los eslovenos en Trieste?


Desgraciadamente ésta es una historia desconocida tanto para Europa como para Italia. Hay muchos italianos cultos que no conocen nuestra resistencia. Tras la Segunda Guerra Mundial luchamos por recuperar el territorio italiano que era esloveno. El problema triestino fue de alcance internacional. ¿Sería para Italia o Yugoslavia? Sabíamos que Churchill y los aliados no hubiesen consentido una Trieste eslava por el factor comunista. El consejo de seguridad de la ONU tampoco podía tolerar un Adriático con marina soviética. Lo dieron a Italia y nos dieron una pequeña salida marítima en Istria. Eslovenia ha sido muy maltratada por los italianos durante más de un cuarto de siglo, y no sólo a nivel de identidad nacional, querían y lograron liquidar nuestra personalidad en todos los sentidos.

Yendo a las cuestiones que aborda en su libro me parece muy interesante su reflexión centrada en que los campos de concentración no fueron un problema hebreo, sino europeo. Al fin y al cabo esta condición hermana el universo concentracionario con la situación de Trieste, dos Babeles que prueban, desde situaciones diametralmente opuestas, lo absurdo del nacionalismo, un invento nacido de una necesidad represora.

No soy el único que lo piensa. El personalismo cristiano francés encarnado por Jacques Maritain dice que es necesario diferenciar entre conciencia nacional y nacionalismo. La primera es muy normal: fidelidad a los antepasados y a la cultura que nos dieron. Es una idea contraria al individualismo porque desea la unidad de la familia, mientras que el nacionalismo implica un sentimiento de superioridad y dominación, cuando quieres conquistar a los demás. Hoy se habla de terminar con el nacionalismo y aceptar la globalización. Muy bien, pero permanecer fieles a una identidad nacional no es nacionalismo. No hay ninguna necesidad de eliminar las comunidades nacionales. La globalización es un poco como el internacionalismo comunista, que también quería ver desaparecer las naciones. Lo mismo sucede con las lenguas, testimonios de lo que somos, destruirlas es una soberana estupidez. Si uno es esloveno y quiere seguir siéndolo debe amar la lengua esté donde esté.

¿Cuándo decide escribir Necrópolis?

Tras la conclusión de la guerra estuve en Bergen-Belsen, no en el campo, y me mandaron un año y medio a un sanatorio francés por problemas pulmonares. Antes caminé kilómetros hasta llegar a París. Volví a Trieste en la Navidad de 1946, me doctoré en Filosofía y letras a finales de 1947 y ya en 1948 publiqué una compilación de relatos donde hablaba de mi experiencia en los campos.

¿El libro se publica en 1967, verdad?


Sí, veinte años después. Pasé una jornada solo en el campo de Natzweiler-Struhof, que había visitado previamente en 1956. Fue en esa segunda visita cuando me vino la idea. ¿Por qué no escribir un libro sobre mis vivencias en varios campos? Busqué la triple unidad de lugar, espacio y tiempo. Es un libro especial porque además de hablar de todos los campos lo hice desde mi experiencia.





Desde mi punto de vista es diferente a otros libros sobre el fenómeno que tratan más la gran tragedia, y en cambio usted se centra en pequeños detalles que son un radiografía de los campos sin insistir en el dolor, que se sobreentiende.

Espero haberlo logrado. Hace poco entendí que mi libro necesitaba una introducción. Mi libro habla de los campos de trabajo donde fueron condenados los anti-nazis que llevaban el triángulo rojo. Hace una semana estuve en París para ver un documental sobre el libro y lo han titulado así, El triángulo rojo, el símbolo de los resistentes contra el nazismo, no se debe confundir con los hebreos de Auschwitz, hombres inocentes, no como nosotros, culpables por actividades de oposición. Éramos resistentes.

El único punto en común entre Auschwitz y su campo es que en ambos recintos se buscaba la muerte del preso mediante el trabajo. Arbeit macht frei.

Trabajar hasta la extenuación. Tuve la suerte de ejercer mi labor en interiores, sin pisar la nieve ni empaparme de lluvia con ese vestido que era como cartón. Era enfermero, eso me salvó.

Y al trabajar como enfermero creo que usted explica en el libro que al ver tanta muerte terminó siendo insensible a la misma.


Sí, y es algo horrible, una pesadilla. Uno puede habituarse a cualquier cosa. Al principio, cuando te quitan todo y te dan los pantalones y la chaqueta, te sientes nulo, pero como enfermero la posición era diferente. Primo Levi nos llamaba eminentes y nos condenaba porque no íbamos a la mina, nuestra labor era ligera, sin excavar ni cargar piedras pensando en la hora de la menestra. Gracias a Dios viví otro tipo de sufrimiento.

De todos modos padeció y adquirió mayor conciencia del horror.

Sí, y también sentí mucha impotencia. Había un médico noruego que sabía de los movimientos de los alemanes en el frente. Ese doctor era una personalidad en su país y me impresionaba. Hablábamos en un alemán de andar por casa. Ambos lo aprendimos en el colegio y eso nos ayudó. En mi caso era contrario a aprenderlo, pero luego me resultó de gran ayuda aunque en Trieste me detuvieron y llegaron a maniatarme en una silla.



Cuando terminó la Segunda Guerra Mundial uno de sus compañeros de reclusión publicó un libro donde proponía masacrar a todos los alemanes.

El libro se llamaba N&N, Nacht und nebel, noche y niebla. Se equivocaba, no solucionas nada actuando como tus enemigos. Los alemanes se arrepienten de lo sucedido. En abril estuve en el campo de Dora-Mittelbau donde se construían las V-1 en las galerías subterráneas. Las construían deportados y también las saboteaban, lo que costó muchas muertes. Hoy no se habla de ese campo porque Wernher Von Braun trabajó mucho y bien para los Estados Unidos, por eso casi nadie conoce su existencia.




Me hablaba de su visita al campo…


Este año el discurso lo pronunció el vicepresidente del parlamento alemán y en todo momento se disculpó por las brutalidades de la guerra. Otra vez en Bergen-Belsen el político habló de la necesidad de pensar cada día en los errores del pasado. La actitud alemana es totalmente contraria a la italiana. También existieron campos italianos.

La clase política italiana es especialista en esconder las partes más oscuras de la Historia patria.


Y eso nos afecta a los eslovenos. Ahora hay un día que recuerda los muertos del diez de febrero de 1945 en Trieste, pero olvidan sin muchas complicaciones todas las fechorías del fascismo con nuestra nación.

En mi opinión el gran error de Europa como nación es que la mayoría de los países del Viejo Mundo ocultan las zonas más lóbregas de su Historia. En el caso español se hace la vista gorda cuando se habla de de derogar la ley de amnistía de 1977 y sobre todo la derecha, aunque también los socialistas, creen que es mejor no tocar el pasado.


En Italia todos quieren silenciar el pasado, hasta el PD (ndlr: Partito Democratico), que dice representar a la gente de izquierda. ¿Entonces por qué creas estos absurdos días conmemorativos? A veces me enervo porque sigue existiendo esa mentalidad de la grande nación versus la pequeña, como si los muertos de la primera fueran más importantes. En el caso italiano hay mucha hipocresía, pues ellos empezaron la guerra con Hitler, luego, tras el armisticio de 1943, las tornas cambiaron y al tener los aliados en casa echaron a Mussolini el 25 de julio de 1943. Sí, tuvieron partisanos pero eso no implica esconder todas las barbaridades que perpetraron los fascistas, y eso el PD lo obvia. En 1965 se creó una comisión histórica italo-eslovena encargada de revisar la historia de las relaciones entre ambos países desde 1880 a la fecha del acuerdo. Trabajamos siete años en esa misión y sólo se publicó la parte eslovena, la italiana quedó en el cajón, cerrado con llave porque se avergüenzan y son incapaces de aceptar sus pecados. Los estudiantes deben conocer los errores de sus abuelos. Los franceses continúan esforzándose en entender el por qué hubo disputas con los alemanes. Recientemente, pues soy Caballero de la Legión de Honor, recibí una revista del ministerio de la guerra donde se analizaba al pormenor la relación entre Alemania y Francia en 1914 para entender la evolución de los dimes y diretes entre ambos países, mientras los italianos siguen creyéndose superiores y nos ven a los eslovenos como pobres desgraciados, siguen siendo racistas.

España e Italia son países enfermos porque al esconder su pasado no pueden construir su presente.

No se han reconciliado con su Historia y quien no se reconcilia y da luz a su pasado no puede avanzar con garantías hacia el futuro.

Seguimos hablando de cómo la Historia la escriben los vencedores y durante unos minutos proseguimos la charla comentando la importancia de los dialectos en Italia. Pahor tiene una energía de otro siglo, una fuerza que se extinguirá y nos dejará más huérfanos, sin duda. Recuerdo conversaciones con amigos cuando tenía veinte años. El catalán es un dialecto. No. Sí. No. Politiqueos de sobremesa. El casi centenario esloveno cree que cualquier dialecto es una lengua por sus características especiales porque cree en la diversidad absoluta, y eso, en un mundo siempre más abocado a la unicidad para el control, es un tesoro demasiado valioso.

viernes, 10 de septiembre de 2010

Viernes 10 de septiembre 22 horas, Looproject He's a philosopher not a trainer en Inusual Project





Looproject He's a philosopher not a trainer con Delaonion y Loopoesia

Viernes 10, puertas abiertas a las 21 h 30 minutos

Inusual Project, Calle de la Paloma 5 ( Cerca del Macba, metro Universitat)

Contribución a los artistas: 3 euros







1.- El recital poético Delaonion contará con los siguientes ilustres bardos








Álex Chico Morales siempre quiso ser Leo Messi, aunque sólo comparte con él el apelativo de La pulga. Las pulgas son un asco. Como los mosquitos que habitan las cocinas barcelonesas en septiembre. Una vez cohabitó con un ratón y se exilió de su casa. Fue bota de oro en el campeonato de su barrio. Ahora ya no ve el balón. Es miope y torpe, básicamente.





Jordi Corominas i Julián es lampista y jugador de ajedrez. En
sus ratos libres escribe poesia para su colibri y saca a pasear su
grapadora mientras hace obras de arte con palillos. Malas fuentes
dicen que pretende comerse la casa de bernarda alba y anatemizar
porteros de futbol.






Ginés S. Cutillas:
Autor no-catalán no-poeta no-guapo que se afeitó la barba para evitar ser cacheado en el aeropuerto y aún así lo cachearon.Una vez vio a un loro de esos verdes totalmente integrado en un grupo de palomas intentando picar del suelo unas migajas creyendo que era una más, pero su pico curvo se lo impedía. Siempre se ha preguntado si el loro era consciente de su naturaleza, porque es así como se siente: un loro entre palomas, un cuentista entre poetas.




Ernesto Escobar Ulloa: Sus primeros poemas fueron publicados con seudónimo en una revista de tirada tan pequeña que todo el mundo supo que eran suyos. Años más tarde, ni él sabe cómo, se descubrió otra vez juntando versos.
Curiosamente, el número de personas que opina que es el sucesor de César Vallejo coincide con el número de entidades falsas que él mismo ha creado en Internet.





Albert Lladó: Nació en 1980 en la periferia de Barcelona. Desde entonces, busca el centro por todas partes, en los árboles, en los grifos y en las melenas rubias. Mientras, construye aforismos, para aforos limitados, y greguerías, con la única intención de vender alguna y comprarse un rebaño gregario para volver a las afueras. Le gusta la cebolla, el voleibol femenino y la silueta de un peón de ajedrez. Odia a Nacho Cano, a Nacho Vidal y a los nachos sin queso




Luis Vea García es de la Onión por adopción. Convertido, sin comerlo ni beberlo, en hijo putativo. Más cebollino entonces que cebolla. Y debido a su nacimiento catalán, calçot. Sin denominación de origen por ser de Barcelona.Ha sido rescatado para la posteridad por Jordi Corominas. Dedicado desde adolescente, entre polución y polución, al noble arte del verso espera no hacer uso de su póliza en la Onión y el Fénix Español.





El artista antes conocido como Juan Salido-Vico comenzó a escribir poemas tras ser abducido mientras conducía por una carretera en Arizona. Durante sus años universitarios nunca aprendió a jugar al mus. Se inició en los secretos de la ayahuasca y el peyote en plena "selva"; cerca de Arbúcies, para ser más exactos. En la actualidad, escribe el guión de un remake de Los bingueros.




Laia López Manrique es la autora del consultorio sentimental de la Revista Pronto. En sus ratos libres lee novelas epistolares, poesía bucólica y alta metafísica. Le gustan los gatos, las mujeres, el vino blanco extraseco y las lechuzas. No es para nada de fiar.






2.- Loopoesia actuará a partir de medianoche en su reentré tras las vacaciones. Lola Farigola y Jean Martin du Bruit arrasarán con todo como suelen hacer. Feliz navidad

miércoles, 8 de septiembre de 2010

España en las novelas de Rafael Chirbes en Panfleto Calidoscopio





Nuevos y necesarios episodios nacionales

Por Jordi Corominas i Julián



“El hombre tiene que acostumbrarse a vivir con la mierda. Es más, sólo se entiende al hombre conviviendo con la mierda, porque la mierda forma parte de él, es parte de él, desde que está envuelto en los pañales y entre los pañales y él hay mierda, y dentro de él, qué hay, mierda. La cultura, la civilización es en buena parte una lucha por olvidarla, por no verla […] Al hombre no le gusta su propia esencia. Y yo soy un hombre, hijo mío. Y a mi tampoco me gusta la mierda, pero convivo con ella, no me queda más remedio. El hombre crece conviviendo con lo que no le gusta”.
(Rafael Chirbes, La caída de Madrid, Barcelona, Anagrama, 2000)


Y quien dice el hombre bien puede referirse a España y su periplo durante buena parte del siglo XX, ruta espinosa que muchos silenciaron demasiado tiempo, como si con la palabra se resucitaran viejos fantasmas que convenía tener alejados de la realidad, vestigios incómodos relegados a un pozo muy profundo. Los jóvenes críticos, que en su mayoría tienden a privilegiar temáticas alejadas del compromiso, exhiben en este campo un discurso cínico consistente en burlarse de episodios pasados, argumentando que ya se habla demasiado de la Guerra Civil y el negro período franquista, calabozo del que aun no hemos abierto completamente la puerta. ¿Demasiado? El mercado es una bestia hipócrita que suelta enrabietadas y certeras flemas a cuentagotas. Desde la aprobación de la ley de la memoria histórica el interés de algunos literatos por recuperar aquellos años aciagos ha tenido escasa repercusión en los medios. La típica noticia para completar un hueco y listos. No nos hemos dado cuenta y vivimos nuestro particular barroco cultural. Se ama la forma. Se ningunea el contenido. Se nos machaca con fosas y desapariciones, con injusticias y torturas, pero nadie tiene la valentía de alzar la voz y hundir su tinta en las heces desde la sinceridad. Perdón. Rafael Chirbes (Tabernes de Valldigna, 1948) lleva haciéndolo desde su debut en el ya lejano 1988, en las postrimerías de la caída del muro. Lo sorprendente es que cuando pregunto a compañeros de mi generación todos, y no es exageración retórica, dicen ignorar quien es. ¿Chirbes? Me suena. ¿Chirbes? ¿Qué ha escrito? Yo mismo hasta hace dos meses me incluía en lo nómina de los desinformados. Luego leí Por orden alfabético de Jorge Herralde y percibí su entusiasmo por el valenciano, un tipo auténtico capaz de irse a vivir durante once años a un pueblo extremeño de cuatrocientos habitantes para escribir y discutir por la noche de política en los bares, un hombre honesto que defiende sus ideales y los plasma sin artificio en su narrativa, corpus esencial que ahora y en un futuro servirá para entender nuestro novecientos, centuria fallida donde fuimos reclusos desde nuestras casas, víctimas soñadoras que no pulsamos las teclas justas para mejorar el desastre perpetuado por los típicos pocos empeñados en finiquitar las ilusiones del pueblo, pelele en evolución que aun lucha, si es que lo hace, para romper las barreras y oler un poco de esa comida llamada progreso, porque si insistiéramos con la libertad haríamos el ridículo por exceso de quimérica utopía.





El primer Chirbes: el espacio y el desencanto del ideal.

El desencanto del primer Chirbes para con la España de los años ochenta se intuye inmenso, y no sería de extrañar que ese fuera el motivo de ubicar su ópera prima, Mimoun, en Marruecos, donde el narrador vivió dos años. El protagonista es un profesor de español que cruza el estrecho con la intención de concluir su novela. Sin embargo, fracasará en su objetivo al hipnotizarse con el espacio, que atenaza y domina. El zoco y la canícula, una frontera más que meteorológica, son un laberinto de vicios y tentaciones que se alía con el clima para desbaratar planes y generar una vorágine maligna donde todas y cada una de las piezas quedan atrapadas entre alcohol, hachís, sudores, sexo, fuego y un constante incendio ardiendo hacia la deriva. Hay sospechas y un aire que anuncia tragedia. Los personajes se mueven en el tablero como piezas egoístas que con su actitud creen tomar las riendas, cuando lo cierto es que sólo activan partículas siempre más propensas a la ruina, único trait d’union entre todos ellos, y lo mismo sucede en En la lucha final, segunda novela que parece anticiparse más de una década a su destino, pues en mi modesta opinión debería situarse tras La caída de Madrid, aunque si Chirbes la escribió es más que probable que lo hiciese porque seguía muy desengañado de esa España socialista donde los otrora perdedores, fanáticos de tertulias revolucionarias durante el franquismo, se aburguesaron constituyendo la crème de la crème de un Madrid decadente, con calles teñidas de un gris que se acentúa cuando nos adentramos en los hogares de una serie de trepas que permiten al lector asombrarse con el bisturí del novelista, cirujano perfecto en su operación de radiografiar la esencia de sus personajes, que en esta ocasión, algo característico también en otras obras del autor, son diseccionados sin piedad en un ambiente que recuerda con matices a Sunset Boulevard de Billy Wilder. Los vivos están muertos pese a sus oropeles, beben de éxito y comen fracaso a cada paso que dan, más preocupados en su apariencia que en defender los valores de antaño, esfumados bajo mantos más lujosos que no pueden ocultar sus sonoras miserias, propulsadas en grado máximo por el modo en que emergen, con un impostor que encandila al grupo, ese Ricardo Alcántara de basura y fascinación, y un asesinato que vertebra el relato y sirve al narrador la justa excusa para ir hilvanando su brillante polifonía, desenmascaramiento capitalino que destruye mitos contemporáneos con una suave mala leche que aún, y hablamos de una novela publicada en 1991, no ha llegado a Barcelona, donde se sigue glorificando a la Gauche divine del Bocaccio como insuperable panacea cultural.






La transición hacia el meollo: La buena letra y Los disparos del cazador.

Tras esta exploración Chirbes cambia de tercio y se traslada a una órbita donde prima la confesión que abarque cronologías donde las peripecias del individuo puedan fundirse con su tiempo histórico. Tanto en La buena letra como En Los disparos del cazador late un primigenio germen de arrepentimiento y desdicha. En la primera una mujer dirige sus impresiones al hijo, transmitiéndole la crónica familiar de unos años donde, fenecida la esperanza con la victoria de los golpistas en la Guerra Civil, la supervivencia se erigirá en máxima. La existencia se centrará, así como el relato, en las cuatro paredes del hogar, microcosmos que explica el exterior por las actitudes de cada miembro del clan. Hay amor y secretos, miradas, desaliento y mucha frustración. Lo peor, y esa es la gran debacle, es la descomposición del núcleo por rencillas y malentendidos que van más allá de la anécdota para configurarse en cuadros capaces de resumir con sus pinceladas parte del drama nacional. La figura del tío, preso republicano que tras varios desestabilizadores desmanes acaba casándose con una antigua criada con ínfulas de estrella, es un epicentro en el ángulo de la fractura, consolidada con el transcurrir de los días por fallecimientos que dejan sola a la pobre Ana, viuda y mártir sentenciada por el reloj de arena, que nada arregla, carente de justicia poética, y lo mismo acaece con el protagonista de Los disparos del cazador. El narrador, un viejo más que consciente de su próxima desaparición física, redacta un diario que es una confesión en respuesta a unos papeles de su hijo Manuel, fanfarrón que disminuía la figura paterna y la calificaba con términos poco halagüeños. Ahora el anciano convive en Madrid con un cuidador homosexual y decide desahogarse desgranando los capítulos más significativos de su singladura vital, donde es menester remarcar que Chirbes ya introduce varios motivos que se repetirán en la segunda parte de su trayectoria. Madrid, centro de España, es el punto desde donde se escribe y se salta a la dimensión exterior, prestigio y supuesta apertura cultural, del viaje. Londres, París, Roma como bastones de mando que dan prestigio a su portador porque ha logrado escapar del tedio nacional franquista para sumergirse en otras realidades más placenteras. En Los disparos del cazador la idea de allende la Junquera aun no tiene un valor cultural tan arraigado como en posteriores novelas porque el narrador valora más su fuerza en sentido liberatorio, válvula de escape que evita la tortura del matrimonio, cargado de proyectos conjuntos hasta la irrupción de la monotonía y la diferencia, contrarestada con el trabajo y las amantes, mujeres que desde sus humores condensan todas las posibles Españas, desde la recatada hasta la pasional que no se corta un pelo. Luego, naturalmente, están los amigos y los hijos, aunque quizá convendría destacar los negocios como piedra miliar que permite comprender cómo muchos se enriquecieron y pudieron llevar un frenético tren de vida, pues en las novelas de Chirbes en muchas ocasiones da la sensación que las orgías y las francachelas estaban a la orden del día, lo que podríamos relacionar con el derroche al ser, en muchas ocasiones, sus protagonistas individuos que del cero absoluto han subido hasta el infinito. Los disparos del cazador es un llanto de incomprensión, una descarga emocional que también contempla la traición al origen, como si residir en la capital fuera una burla, como si la ansiada paz marítima de la pequeñez hubiese sucumbido ante la inevitable espiral del poderoso caballero de Quevedo, siempre necesitado de un espacio agitado para pinchar con su mortal veneno, triunfo y hecatombe de la generación que se hizo adulta después de la guerra, grupo humano encadenado a la producción para olvidar lo que un día fue un sueño de mejora social desde el anhelo colectivo.




Novelas con continuidad histórica: cumbres narrativas en La larga marcha y La caída de Madrid.

Con La larga marcha Rafael Chirbes accede a un territorio inexplorado en la reciente literatura española, y es increíble que así sea, porque su opción es clara y más que necesaria: trazar la Historia nacional de las últimas décadas desde una perspectiva donde el protagonismo recaiga sobre el hombre común, héroe porque carga con el peso de los acontecimientos y los malvive desde su normalidad. La asombrosa estructura de La larga marcha podría remitirnos a filmes como Novecento de Bernardo Bertolucci o, más recientemente, La meglio gioventù de Marco Tullio Giordana, obras mosaico de una sociedad que mediante una familia y sus alrededores consiguen tejer frescos históricos válidos para comprender los acontecimientos fundamentales de un extenso período. En el caso de Chirbes su apuesta se divide en dos partes que se enlazan con naturalidad. En la inicial los padres inauguran el malestar desde varios puntos de nuestra geografía durante el primer franquismo, cuando la espriuana piel de toro era una ciénaga inmunda de silencio forzado bajo pena de fusilamiento mezclada con una suprema ignorancia, una España atenazada por el recuerdo de la contienda fraticida que espera sanar sus heridas a sabiendas que el clima lo hace imposible. Elegir la supervivencia a costa de la indignidad. Sí, quedan películas y el rasgo compartido por ricos, venidos a menos, y pobres de suspirar pensando que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero asimismo hay una atmósfera que observa el mañana como un horizonte perfilado en un fundido en negro, si bien los hijos constituyen un reducto para creer en un futuro más optimista, y así es como sangres de distinta procedencia confluyen en el Madrid de los años sesenta y respiran bocanadas de ilusión desde la universidad, la fábrica y un bar que hermana al grupo, preparado para combatir al enemigo mientras se aspira a crecer en la pasión, sea esta celuloide, amor o la mera existencia, que ya es bastante. Los chicos de La larga marcha conspiran, se organizan, se enamoran y sucumben, pero tienen en su ADN las células bien creíbles de su época. Hay hijos de papá, estudiantes aliados con los obreros, mucha palabrería, petulancia académica, proclamas incendiarias, creencias mesiánicas, canciones legendarias, escuadrones fascistas, comunismo a ultranza y, naturalmente, un miedo atroz a caer en las garras de la policía, terrorífica hidra capaz de desarmar inteligencias mediante su omnímodo control, donde siempre hay una sórdida bombilla que alumbra sin tregua a escasos metros de los transeúntes. La larga marcha necesitaría muchas más páginas de las que tiene este modesto ensayo para recibir justa alabanza de su grandeza, obra polifónica que con sus acertadas voces engloba a todo un país en un momento crucial donde los tambores sonaron con un estruendo equivocado por la creencia de poder derribar muros que estaban bien edificados por antigüedad y perpetuo afán represivo. Aún así el testimonio de la novela sobre aquellos años abruma por la maestría con que el narrador sitúa las teselas en la superficie, con una capacidad brutal para encajarlas fluidas sin perderse en ampulosas diatribas y mostrar aspectos poco tratados, como sucede con la homosexualidad, que el autor aborda en toda su trayectoria sin reparos y con mucha valentía. Cada palabra, cada línea están plenamente justificadas, y así se consigue crear un trozo de Historia desde la ficción, que pese a la distante implicación, pero implicación al fin y al cabo, del narrador tiene un tono que podríamos calificar de suficientemente objetivo en el análisis del tiempo tratado. Sí, es imposible olvidar las evidentes simpatías de Chirbes, visibles sin exageraciones, presentes de manera inevitable sin ser agobiantes porque lo que acucia su ánimo es otra cosa, como corrobora en su siguiente novela, La caída de Madrid, donde nuevamente el valenciano presenta un magno retablo de la sociedad española el día antes de la muerte del dictador, Francisco Franco. Ese diecinueve de noviembre los hogares, medio congelados por la espera, atienden las noticias. En uno de ellos Chirbes quiere situar una fiesta que junte a todos los elementos prototípicos del momento, del empresario al artista pasando por los estudiantes hasta llegar un pez gordo de la policía franquista. Ese día eterno la confrontación entre jóvenes y mayores se manifiesta desde varios puntos de vista, lucha de pasado y presente que alcanza instantes de inmensa intensidad por las elecciones del narrador, como sucede con la relación entre el comisario y una prostituta que no entiende las reacciones de su amante, hombre amargado, cargado de sinsabores que tiene en la violencia su tabla de apoyo ante el fin que se acerca, incertidumbre vislumbrada por los estudiantes y los hijos de un empresario que tiene bastante claras las cosas. Sus hijos son, valga la redundancia, hijos de un régimen contra el que es normal que se rebelen y esta reflexión pone en tela de juicio, con una simplicidad suave y precisa, toda la cantinela marxista, toda la cuestión de las banderas en la agonía de los mal nacidos del 18 de julio para plantear el enfrentamiento en términos propios de su época, como si los himnos y la rebeldía ibérica hubiesen sido nuestra forma de corresponder al 68 francés y a los arrebatos de Pier Paolo Pasolini y Jim Morrison con su obsesión por matar al padre y fornicar con la madre, Edipo en estado puro. Franco muere, y cuando esa dicha se produce Chirbes no aminora su ritmo. Su escritura desde La larga marcha es un inacabable párrafo que entronca con la continuidad de su discurso libro tras libro, unidad fragmentada en volúmenes que contienen diferentes personajes que coinciden con otros presentes en varios tomos de la saga, hombres anónimos con los que el lector termina formulándose preguntas. ¿Por qué tiene tan mala pinta ese Coronado? ¿A qué juega Taboada? ¿Ort? ¿Dónde leí ese nombre? De este modo las novelas son un río con tintes enciclopédicos, algo brillante porque significa dignificar la cotidianidad no desde la mera efeméride sino enmarcándola como fundamental en el camino trazado por la musa Clío. Un personaje no merece desaparecer, no es un recurso estilístico sin más porque está integrado en algo mucho mayor que un envite narrativo: la Historia, cadena de montaje, por decirlo finamente, donde todos estamos implicados.






Eres lo que yo fui un día, soy lo que serás: la extinción y la metamorfosis en Los viejos amigos y Crematorio.


“Pero ahora el ideal, la mentira que uno se forma en la cabeza, ya no tiene que ver con el arsenal de valores románticos de entrega, sacrificio, todo aquello que recogió de las literaturas del XIX el republicanismo español, y que cultivamos los antifranquistas de mi generación y los de la generación de Matías: lo de ahora tiene que ver con el egoísmo, con lo que uno quiere poseer, con el consumo, con las campañas que diseñan las agencias publicitarias. Son, se quiera o no, ideales más miserables, aunque quién sabe si también menos dañinos y que, aunque parezca extraño, me resultan más cercanos, al menos más comprensibles.”

(Rafael Chirbes, Crematorio, Barcelona, Anagrama, 2007)


En Los viejos amigos Chirbes recurre a una solución fácil que sirve de manera idónea para cerrar el círculo: una cena de antiguos camaradas. Los jóvenes de los setenta se citan en un restaurante de rompe y rasga para una ceremonia decrépita, pulso de poder en el abismo. Unos han perdido la mujer, otros han visto como su hijo caía en las garras de la heroína y todos, absolutamente todos, han enterrado su casaca combativa para abrazar al dios consumo y sus parabienes de supuesta prosperidad. Muchas aspiraciones han perecido en el paseo. Prima la altanería y una arrogancia de Corte Inglés con retoños de escasa capacidad inventiva que cantan melodías a lo Bob Dylan y discuten imitando a los mayores, a los que sólo les queda la palabrería de antaño mientras se aferran al sillón de su posición y hasta sollozan con Aznavour, que ya no surge espontáneo porque el organizador ha ordenado al jefe del local que ponga el tema en el momento justo. Infiernos personales. Dentaduras postizas. Muerta la magia, expulsadas las baterías de combate en aras del goce del conformismo propio de la clase media, se plantea una nueva situación que el narrador analiza descarnadamente en Crematorio, otro Everest narrativo que vuelve al origen para relatar la destrucción perpetrada en nuestro país durante la década ominosa del pelotazo inmobiliario. La acción se centra en Misent, localidad nostálgica para el autor que simboliza la Berlusconia en la que se ha convertido la Comunidad Valenciana, Wild West de especulación, rico sarcasmo y globalización canalizada en mercados estratégicos que confluyen con suavidad. Coca, putas, ladrillo. La muerte de Matías, el único sano del tinglado por su amor a la agricultura y una mente repleta de ensoñaciones sedentarias, destapa una caja de truenos verbales que desnuda los mecanismos de una serie de personajes grotescos en su dorada y patética soledad. Su hermano Rubén es el vórtice de la pirámide y le siguen un antiguo socio, arruinado entre alcoholes y fluidos vaginales, los adalides del mercado negro de la mafia global, un sobrino estúpido que sólo contempla las cotizaciones de la bolsa, las viudas del desaparecido y la mujer del magnate, situada en la cola de mi elenco porque es metáfora de la metamorfosis. Rubén, que pese a su terremoto inmobiliario es un hombre culto, ha pasado de tener una esposa con quien viajaba y disfrutaba entre parajes plenos de historia a casarse con una niña medio siglo más joven que es hermosa, perdón, seamos claros, está como un tren, un juguetito que le quiere y que nos reengancha lo que argumentábamos al principio del texto. Adiós al contenido. ¡Viva la forma! Los viejos dioses han muerto y no acaban de llegar sus sucesores. En el intervalo toca el despropósito, y visto que nadie reacciona en el plano real me parece genial que un escritor se indigne en una época donde la tinta ya no, si es que alguna vez lo hizo, derriba gobiernos. Al menos su aportación incita a la reflexión al brindarnos una literatura que debería ser normal al meditar sobre problemáticas que se pueden tocar con la punta de los dedos. Digo debería ser, lo triste es que ahora lo anómalo es mediocre, se vende como oro y nadie se rasga las vestiduras.

lunes, 6 de septiembre de 2010

Matemática Beatle (VI) en Panfleto Calidoscopio





La primera frontera del White Album

Por Jordi Corominas i Julián


“Twenty songs were written while we were in India and the other ten we have written in the time since we came back to London. There is no central theme to the songs, they aren’t even about a thing on particular. They’re just songs. They’re not even particularly connected”. (Paul McCartney hablando sobre las canciones del White Album)

“It would certainly be unfair to blame Yoko Ono for the purely musical differences that erupted during the making of the White Album. Nonetheless, her constant presence undoubtedly served as the catalyst for the tensions that might otherwise have remained dormant, or has been resolved more amicably". (Pete Shotton, sobre la influencia de Yoko en el malestar Beatle durante la elaboración del White Album)

“The Pepper myth is bigger, but the music on the White Album is far superior, I think. I wrote a lot of good stuff on that. I like all the stuff I did on that and the other stuff as well. I like the whole album". (John Lennon hablando sobre la calidad musical del White Album)




Diferente. Único. Excepcional. Treinta canciones. Cuatro caras. Dos álbumes. Ringo abandonando las sesiones. Una japonesa en el estudio. Roces, desbarajustes, ausencias, preludios, genialidades. La elaboración de The Beatles, nombre original del popularmente conocido como White Album, fue un terremoto que tuvo graves consecuencias en el futuro de la banda de Liverpool por lo intenso de esos cinco meses donde las tensiones emergieron a la superficie y la música amenazó con verse postergada en el marasmo de una lucha de tres egos estallando hasta lo insoportable. La ambición era máxima, la tarea titánica y el resultado fue una obra heterogénea, reflejo individual de cada uno de los componentes del cuarteto y suma colectiva de sus virtudes, desatadas en el intento de demostrar que el pop no podía ni debía ceñirse a un estilo, entregadas a la causa de erigir un monumento intocable que cuarenta años después ha alcanzado la inmortalidad desde una atmósfera oscura, como si las composiciones del blanco estuvieran envueltas en una neblina que presagiase una tétrica explosión, nada extraño si consideramos los cambios que se produjeron mientras los chicos luchaban por sacar adelante un disco en que sus disensiones relucieron y la magia empezó a evaporarse sin avisar, fugaz tormenta de descalabro. Varios son los factores que explican el fin del eterno entendimiento entre Paul, Ringo, George y John, siendo éste último el más que probable artífice del malestar por múltiples motivos, entre los que cabe mencionar su renacimiento de la mano de Yoko Ono, musa maltratada por la historiografía que irrumpió en el estudio y hasta se permitió el lujo de opinar sobre la labor del cuarteto porque decía poder distinguir el sonido de cada instrumento por separado al haber estudiado música clásica. Esta y otras tonterías de la mujer más odiada del globo terráqueo enrarecieron el clima, pútrido hasta lo indescriptible desde la violación de la privacidad y la sensación de padecer la constante presencia de un pepito grillo poco amable, deleznable en fondo y actitud, cínico y socarrón, estúpido y enfermizo en su soberbia teñida de vanguardismo. The Beatles siempre habían sido una unidad irrompible, y la presencia de esa casi desconocida en el templo de Abbey Road significó un punto de inflexión que Lennon alentó con su sobreexposición pública junto a su nueva pareja entre bellotas, presentaciones cinematográficas, actividades artísticas, arrestos policiales y la absurdidad de querer hacer todo juntos, desde el amor hasta caer en la trampa de la heroína. La implicación del otrora líder del conjunto disminuyó y McCartney, quien ya había tomado el relevo al morir Brian Epstein, cogió las riendas de un caballo que amenazaba con desbocarse y desaparecer en pleno auge de su belleza, lo que impidió el bajista dirigiendo a sus compañeros con mano firme, quizá demasiada, pues por aquel entonces el más joven de todos ellos, George Harrison, iba percatándose de su talento compositivo y pedía a gritos mayor protagonismo, dando por finiquitado el tiempo en que se conformaba con dos canciones por álbum y una palmadita en la espalda. El crecimiento del benjamín fue una bocanada de aire fresco bien aceptada por los demás, sumamente estresados por el envite asumido. Sólo ellos podían culminar un doble Lp de calidad y presentarlo al mundo con la garantía del éxito asegurado. La presión era enorme. Trabajaron en estudios separados, surgiendo así fricciones que pusieron de los nervios a colaboradores como el ingeniero de sonido Geoff Emerick, quien abandonó las sesiones disgustado por tanta mala educación, y el productor George Martin, quien se tomó unas vacaciones al hartarse de las chiquilladas de los Fab, lo que no fue obstáculo para su participación en las históricas 24 horas transcurridas entre el 16 y el 17 de octubre de 1968, ensamblando junto a Lennon y McCartney los treinta temas del épico disco, número que siempre juzgó excesivo, pues en su opinión hubiese sido mejor crear una colección más reducida y preciosista, una joya que hubiese perdido muchos quilates descartando alguna de las perlas que llenan los noventa y cinco minutos de los dos vinilos favoritos de Ringo junto a la cara B de Abbey Road. El batería tiene su parte de protagonismo en The White Album porque el 22 de agosto de 1968 dejó sus baquetas y dijo adiós a las sesiones, derrotado por la machacona insistencia de McCartney, autoritario y mandón, obsesionado con la perfección del detalle, discutiendo por un redoble de tambor sin considerar que su compañero era uno de los mejores baterías del universo pop; George y John se quedaron de piedra cuando el más dócil, a quien todo solía parecerle bien, dijo basta y se fue dos semanas de vacaciones junto a su amigo Peter Sellers, anclado con su yate en Cerdeña. Back in the USSR quedó tocada de muerte, clamando por su salvación. Al cabo de dos semanas regresó y se encontró con su batería repleta de flores dándole la bienvenida, sintiéndose así integrado para disipar dudas de ninguneo.

Para leer más

domingo, 5 de septiembre de 2010

El poema "Variaciones de la muerte" en el Panfleto Calidoscopio


Variaciones de la muerte por Jordi Corominas i Julián

Agoniza el cínico polaco del bastón de Charlot
en épocas de estar en forma, pasajero amante
de la cámara, religioso motorizado
mantenido en conserva dos décadas
para soportar la institución de las llaves, Pedro
y hagiografías plastificadas en el templo,
aumento del formol, souvenir y relicario.

Le vi dos veces, una en el Jubileo, temblaba,
balbuceaba como los niños cuando aprenden a leer,
él, maestro católico del rebaño confundido en la iglesia,
pies en la madera para venerar a la estrella de rock de la tiara,
amilanado como un cordero místico de la gerontocracia.

La segunda ocasión era ya un moribundo, reposaba en el centro
de la plaza una hora antes de la misa, preparado para
la función flanqueado por dos inmaculados sacerdotes en contraste
con el pontífice, rojo en su túnica, zombie carismático
con ínfulas de actor hasta con el pie puesto en el estribo.

En la frontera del milenio los romanos apostaron como trileros
la jornada del óbito papal en el Panteón, se movía la bolita
y un papel plasmaba la fecha, el timo de la estampita
fue mordaz, todos perdimos conteniendo el aliento
por ser pipiolos de Clío y el acontecimiento.

Cuando la guadaña te acarició en 2005 el directo era global,
desde Barcelona actualizaba datos y tu cruz no era sufrimiento,
se traspasó en la red sin pescadores, minuto a minuto
sabíamos de tus escasos latidos, poco cristianos, prostituido
polaco hasta en su último suspiro, marketing del santo
sin el apremio del camarlengo y sus golpes de martillo
Lo más íntimo y privado deviene público absoluto.

Nunca lo sabrás, pero tu certificado de irte al otro barrio
fue sana inflación para los restaurantes del Tíber, de agosto
en abril con eso de Juan Pablo Segundo te quiere todo el mundo,
retorno del vocablo masas, sepulcro con foto telefónica,
colas quilométricas para retratar un viejo disfrazado, farsante
octagenario de miro a otra parte en los abusos, escrituro en Balaguer,
santo súbito, Goebbels vaticano y mofa al fiel idiota que me inmortaliza
una vez se baja el telón y mitificáis mi calavera, común hueso gangrenado,
banal caricatura del Nazareno.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Poema "La vida privada de Jordi Hurtado" en Calidoscopio


La vida privada de Jordi Hurtado

Jordi Hurtado no ha muerto,
lo encontré de vacaciones bronceando
A Jim Morrison en Marina d’Or.

Aprovechaban su palidez para trazar
en la tumbona mapas de leyenda urbana,
acertijos de la desaparición,
pábulo en la jerigonza, tramas en el sepulcro
donde los gusanos sucumben huelgas de hambre.

Son los verdugos del balneario, organizan cursos
y autos- da- fé para el imserso, atusan su mito
Con el fuego de la barbacoa dominical
en el andamio de la ciudad sin nombre, cenizas,
plástico indocumentado de la corrupción.

Su despedida es un billete para vuestra especulación,
dinamitan certificados de defunción, artificio de cotilleo,
Venus grotesca del aburrimiento.

Ambos comercian con vuestra autopsia,
vida que con tanta descarga extravió sus episodios.

Jordi Hurtado no ha muerto,
lo encontré de vacaciones bronceando
a Jim Morrison en Marina d’Or.


Este poema pertenece al poemario Oceanografías


jueves, 2 de septiembre de 2010

Primavera de Café e Izquierda y derecha de Joseph Roth en Revista de Letras



Viena-Berlín, Izquierda-Derecha: Doble ración de Joseph Roth en el período de entreguerras
Por Jordi Corominas i Julián | Reseñas | 1.09.10


Primavera de café. Joseph Roth
Edición de Helmut Peschina
Traducción de Carlos Fortea
Acantilado (Barcelona, 2010)

Izquierda y derecha.
Joseph Roth
Traducción de
Sandra Chaparro Martínez
Ediciones Barataria
(Barcelona, 2010)


Siempre es una buena noticia recibir novedades con la firma de Joseph Roth, cuya recuperación por parte de Acantilado constituye, en mi modesta opinión, uno de los mayores logros de la edición ibérica en el último decenio. La alegría crece exponencialmente si Barataria decide apostar por este autor con un libro que demuestra toda su versatilidad y visión para ilustrar un tiempo crucial con sutiles pero certeras pinceladas. Ambos sellos han publicado recientemente dos libros ejemplares que se complementan. Primavera de café nos presenta al Roth joven y periodista en su amada Viena, mientras Izquierda y derecha nos muestra al autor de La marcha Radetzky en plena ebullición berlinesa, viviendo la capital germana y analizándola despiadadamente con su pluma de gran poeta en pleno período de entreguerras, cuando la crisis, la inflación galopante y la incertidumbre perfilaron un panorama poco halagüeño que la crisis del capitalismo en 1929 encauzaría hacia una tragedia de proporciones inabarcables culminada con la segunda conflagración mundial y el holocausto. Ambos volúmenes se complementan porque unidos configuran un fresco del mundo alemán tras la debacle de 1918 y preludian crepúsculos, nostalgias y males de difícil solución.

Primavera de café: Un canto a lo excelso del periodismo

Joseph Roth llegó a la capital de Imperio Austrohúngaro en otoño de 1913 dispuesto a estudiar germanística. Su paso por la universidad tiene poco importancia, porque el todavía adolescente prefirió pasear y deleitarse con Viena, ciudad que por aquel entonces aún expresaba en su interior ese auge cultural tan sólo comparable con París, más mencionada pero menos versátil que su rival del Danubio. El súbdito del emperador, al que rendirá pleitesía hasta sus últimos días con obras como La cripta de los capuchinos, se empapa de calles, personas y monumentos, aunque también tiene tiempo para cumplir con su deber patrio antes de la hecatombe que termine con ese sueño coronado de múltiples nacionalidades, crisol centroeuropeo único que expiró tras el cese de las hostilidades en noviembre de 1918, cuando los cañones de la Primera Guerra Mundial silenciaron su fuego y toda Europa inició su lento y estruendoso suicidio. Las águilas cedieron su lugar a la República y lo que era uno se disgregó en una miríada de Estados sacudidos por mil revoluciones, y en esas, porque siempre es lo que más importa, estaban los seres humanos, con su acuciante necesidad de adaptarse y sobrevivir con trabajos que dieran dinero que llevarse al bolsillo para sobrellevar la difícil posguerra.



Roth fue contratado por el periódico Der neue Tag y escribió su primer artículo el 20 de abril de 1919, fecha en que Adolf Hitler cumplió treinta años de edad. El escritor crecía y el futuro dictador se preparaba para su extraña carrera hacia el poder. La colaboración de nuestro protagonista con el rotativo vienés duró un año, lapso de tiempo más que suficiente para completar una serie de textos que deberían servir de ejemplo para el periodismo de hoy en día por su naturalidad y genio en tratar temas de relevancia social sin caer en ese estilo funcionarial que me atormenta cada vez que abro la prensa diaria. Una cosa es informar sin caer en lo subjetivo, y otra bien distinta es limitarse a copiar el teletipo sin poner nada personal. Las páginas de Primavera de café son una invitación a investigar y sumergirse en el entramado urbano. Su editor, Helmut Peschina, ha dividido la compilación en varias partes que constituyen una larga caminata introspectiva por el estado anímico de Viena tras perder su magia y entrar en la normalidad. Roth observa y comenta cafés, parques, arte, comida y entablando conversación con sus semejantes consigue informaciones excepcionales que van desde los problemas de la cartilla de racionamiento hasta aspectos cotidianos realmente encantadores, como la desaparición de la cobradora del tranvía, una pérdida simbólica que anuncia la mecanización, que sin duda contrasta con el ejemplo de la vieja policía del Ring o las actividades del mercado negro, por no hablar de curiosidades como la mujer más anciana, las lavanderas, los huesos que emergen del pavimento, algo típico en cualquier metrópolis con imponente pasado, o personajes verdaderamente especiales, anomalías que pueblan las calles. Es en estas entrevistas donde emerge un periodismo sabio, que entiende lo sensacional desde perspectivas diametralmente opuestas a las que centran el pulso en la actualidad. La delicia del músico ciego ennoblece toda una profesión por privilegiar la riqueza del detalle y abordar lo cotidiano con su auténtica grandeza al igual que ocurre en la visita a la isla de los desdichados, ciudad ajardinada de locos por inercia de maltrato y desdén. Quien quiera periodismo complaciente no lo encontrará en las noticias de Roth, espectacular en su juvenil honestidad que evolucionará en 1923, ya afincado en Berlín, hacia una prosa más rica en matices, capaz de prescindir del elemento humano para abrazar la maestría en la descripción de lugares normalmente vetados al común de los mortales, fichas de un tablero que amenazaba con desmoronarse sin remisión que el escritor plasma con la pasión del visitante que recupera durante un instante sus raíces sentimentales.

Izquierda y derecha o la inminencia del colapso teutón

Estamos muy acostumbrados a hablar de las dos Españas, y es posible que aún falte una obra capaz de englobar lo que significa esa expresión. Somos miedos, nos falta un gen de la concreción y la valentía para descifrar nuestra historia mediante la buena literatura. En 1929, cuatro años antes del funesto ascenso de Adolf Hitler a la cancillería, Joseph Roth decidió abordar el marasmo en que se veía abocada Alemania en una novela que desde una premisa básica, sutil y muy germánica, plasmó la angustiosa situación de la República de Weimar, con su suerte echada al oportunismo y a la demencia. La trama de Izquierda y derecha, sublime testimonio de su tiempo, se centra en las peripecias de los dos hermanos Bernheim, esperanzas de una familia afortunada hasta que la inutilidad irrumpe en su seno siguiendo el aire que arrastra a todo un país hacia confines poco deseables. El clan tuvo la dicha de ganar el premio gordo de la lotería. Sus hijos crecieron envueltos en una nebulosa propicia que auguraba éxito y ascenso social. En su juventud Paul fue un genio prematuro con el defecto de tocar demasiadas teclas sin apasionarse verdaderamente por ninguna. Su fugacidad era la derrota de la constancia. De la noche a la mañana era experto en arte, estudiaba en Oxford, emprendía la carrera militar en los Dragones y aspiraba hasta las más altas cotas. El estallido de la Primera Guerra Mundial trastocó su existencia, pero aún así no cejó en su empeño. La jornada de la derrota fue noticia por ser apaleado. Confiaba en ser un símbolo, y sino siempre quedaría el banco de papá, probo progenitor con claroscuros que le conferían una fuerza ausente en sus retoños, cínicos adalides del sálvese quien pueda pegando pocos palos al agua, siendo en este sentido Theodor el rey de reyes. Su presencia es una molestia hasta en su propio hogar, si bien sirve a Roth para introducir el tema del irresistible auge nazi con sus proclamas vacías, la violencia por la violencia y una inteligencia basada en el desconocimiento y los lemas impactantes, como si Goebbels tiñera las páginas antes del ministerio de propaganda.

La trayectoria de ambos hermanos circula acompasada a la de una sociedad desconcertada que tras la rendición de Compiègne tuvo que bailar con la más fea y agarrarse a tablas de salvación poco fiables. Lo interesante de la novela es que su narrador no se limita a explicarnos los dimes y diretes de la pareja protagonista, sino que ahonda más allá ofreciendo un mosaico del estado de la cuestión en todos sus ámbitos. Aparecen artistas que revolucionan con la vanguardia, como si con el descalabro hubiesen hallado, y así fue, la piedra roseta para sacudir con un solo golpe los viejos muebles e instalar primicias, creaciones hacia Pandora para capitanear la nave sin rumbo. Por desgracia su entusiasmo fue estéril porque la situación económica, y en ese punto el libro a veces se puede leer como la crónica de nuestro propio ocaso, era un vaso desbordándose. Primero llegó el caos, luego la inflación galopante y la barra de pan a cuatro millones de marcos. La madre de Paul y Theodor guarda los billetes en una maleta, Paul le aconseja invertir en bolsa y el dinero va perdiendo todo su valor. Sin embargo, siempre hay cambios, y por todos es sabido que en estas épocas de crisis los avispados pueden amasar fortunas, y eso es lo que sucede con el personaje clave del relato, Nikolai Brandeis, que tras su paso por el Ejército Rojo decidió transformase y optó por querer ser millonario, lo que consigue con la hipocresía de amar a la clase media, con la que sólo pretende instaurar un emporio comercial de puro capitalismo. Su escalada genera rechazo entre los viejos mandamases, jerifaltes molestos por ver cómo los advenedizos ocupan su territorio, lo que en un futuro no muy lejano terminará engendrando la alianza entre los grandes empresarios y el naciente frente nacionalista con estructura paramilitar para barrer Alemania de los culpables de la humillación de Versalles, advenedizos y judíos, rémoras para los que estaban anclados en los valores hegemónicos de la tradición. Mientras eso no acaezca, Paul y Theodor serán tratados como peleles y verán la historia pasar delante de sus narices con una conciencia agridulce al ser capaces de vislumbrar su situación desde un conformismo de quien carece de atributos y prefiere la plácida mediocridad a la espera del mañana.