martes, 31 de enero de 2012

Miércoles 1 de febrero, Libros con nombre de calle en el Laberint de Wonderland





La semana pasada nos dio por volver a las calles, concretamente a las que en la realidad dedican su nombre a personajes de ficción. En el programa del miércoles 1 de febrero daremos un salto y hablaremos de libros con nombre de calle en su título. La selección será la siguiente:


1.- Carrer de les Camèlies de Mercè Rodoreda

2.- Los crímenes de la calle Morgue de E.A. Poe

3.- Main Street de Sinclair Lewis


4.- Calle de dirección única de Walter Benjamin


Cada libro irá acompañado de una canción que mencione calles.





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lunes, 30 de enero de 2012

Relámpagos de Jean Echenoz en Revista de Letras




Matar la luz, resucitarla en la utopía: “Relámpagos”, de Jean Echenoz
Por Jordi Corominas i Julián | Destacados | 30.01.12



Relámpagos. Jean Echenoz
Traducción de Javier Albiñana
Anagrama (Barcelona, 2011)




Toda trilogía debe tener un vínculo en común que hilvane sus partes y las haga evolucionar a medida que la idea inicial se concreta. Para quien escribe el ejemplo supremo se encuentra en Michelangelo Antonioni y su paso de una desaparición física en L’avventura hasta alcanzar, siempre fiel a una misma dinámica, la muerte de los sentimientos en L’eclisse con su poética de espacios vacíos donde transcurrió la relación entre los personajes interpretados por Alain Delon y Monica Vitti.

En cierto sentido Jean Echenoz también juega con el olvido. Después de los genios nada se transforma, pero todo cambia. Sus existencias quedan relegadas a un incómodo abismo porque importan sus hallazgos. Ravel siempre será el compositor del Bolero. Su triste final degenerativo parece un apéndice innecesario, y lo mismo sucede con el desenlace de la carrera vital de Zátopek, quien después de maravillar al mundo con sus proezas atléticas equivocó la guinda al postularse a favor de la primavera de Praga en 1968. Terminó barriendo calles, y claro, cuando hablamos del personaje preferimos obviar esos detalles teóricamente desagradables que empañan la envergadura del mito. ¿Seguro? No, son parte del mismo, lo engrandecen y lo ubican en su justa dimensión, es como si ignoráramos la correspondencia entre T. S. Eliot y Groucho Marx o la misoginia de Pablo Picasso. Los huecos deben rellenarse para alcanzar la totalidad y comprender los perfiles que surcan territorios al alcance de pocos elegidos.


Nikola Tesla (foto: Napoleon Sarony, 1890)

El caso de Nikola Tesla -inspiración de Relámpagos, última novela del autor francés- clama al cielo e injusticias aparte sirve para entender el esquema trazado por Echenoz en su trilogía. Ravel pertenecía a la cultura elitista y la desafiaba en cierto sentido con sus trangresiones. Zátopek fue uno de los pioneros en recibir dadivas desde la masa y el deporte. Tesla trasciende estos parámetros y se instala en el bien común al ser el inventor, entre muchas otras cosas, de la corriente alterna. Fue un incomprendido visionario que pagó su excentricidad con una muerte en el estercolero de la pobreza, él, que siempre disfrutó de un doble crédito, monetario y de prestigio, residiendo en hoteles por su bien ganada fama a base de inteligencia que destruyó un más que probable exceso de confianza llamado ingenuidad.

El prosista galo no es un investigador profesional, por lo que a lo largo del ciclo que clausura Relámpagos ha optado con sabiduría por ingeniar teselas que no encorsetaran tanto el texto en lo conocido. De este modo Nikola pasa a ser Gregor, lo que indudablemente también se puede relacionar con el archiconocido personaje de La metamorfosis de Kafka, esa obra que ahora está de moda denominar La transformación. Ambos roles coinciden en su aislamiento social, que debemos leer con cautela para no incurrir en errores, pues Tesla sí mantuvo amistad con muchas personalidades, pero el mensaje de su nombre en la novela editada en nuestro país por Anagrama radica en la marginación a la que fue sometido por aventurarse a la utopía de dar a la Humanidad una fuente de energía universal gratuita. El peligro de ver quebrado el maná de tan preciado mercado por la imaginación de lo heterodoxo marcó su carrera. Si colaboras con las bestias capitalistas debes darles réditos ipso facto, de otro modo aprovecharán cualquier excusa para sepultarte en el camión de la nada.

Para Gregor y Nikola, lo mismo pero diferente, la treta del adiós fue creer que unos sonidos eran voces extraterrestres que creyó escuchar en el desierto de Colorado a finales del siglo XIX tras una serie de experimentos con rayos, centellas y mucha fantasía. A posteriori se verificó que esos ruidos eran ondas mecánicas provenientes de las estrellas. Nunca debes descuidar la retaguardia con los poderosos. Por aquel entonces la prensa ya hacía de las suyas. La guerra de Cuba estalló por obra y gracia de William Randolph Hearst. ¿Qué es un hombre en comparación con un conflicto que altera las tornas de la Historia?

Desde entonces Gregor/Nikola fue el prototipo del científico loco. Atrás quedaron sus desafíos victoriosos contra Edison, sus performances en ferias y la humildad de la renuncia a una fortuna monetaria. Los años posteriores no redujeron su excelencia. Su ingenio, robado por Marconi con la radio, de rayos x, de aires líquidos, mandos a distancia, robots, microscopios electrónicos, radares, aceleradores de partículas, rayos paralizantes y hasta Internet era demasiado potente e hiperactivo. Chocaba con intereses que se amparaban en la reputación del austrohúngaro para desechar sus propuestas. Quizá era demasiado minucioso en lo cotidiano y escasamente preciso por acumular un caudal tan remarcable.



Echenoz destaca ese aspecto. Sabemos que Tesla estaba obsesionado por sumas estériles. En la novela cuenta los pasos de un paseo, emplea tres pañuelos de seda blanca al día y se emperifolla para estar impecable ante cualquier eventualidad. Era guapo, inteligente y brillante. ¿Qué falló? Las minucias adquieren sentido premonitorio, como si una vanidad sucumbiera ante otra, como si el “apresúrate lentamente” no pudiera seguir el ritmo del siglo XX, empeñado en un consumo rápido con dinero de por medio, verde papel que también enamoró a Tesla, quien sabía de su existencia pero no lo tocaba en su fantasía de una eternidad que llegó una vez sus huesos reposaron en la tumba.

Las tramas de la trilogía son trayectorias de desdicha que en el exterior se vislumbran desde una óptica mediática que distorsiona el conjunto. El interior de los tres tenores de Echenoz era de una complejidad inabarcable. La apariencia es una dama que engaña y aniquila. Solemos quedarnos con lo nimio, el relato contado a la multitud, y aparcamos la molestia de la normalidad en mentes insuperables para no disturbar una imagen idílica de nuestros monstruos, que por algo lo son, sin que importe toda la mierda que volcamos en su jardín mientras respiraban.

¿Ha conseguido Echenoz su objetivo? Sí y no. Lo afirmativo versaría en que el intento ya tiene suficiente nobleza desde el concepto y un estilo inconfundible. Lo negativo radicaría en lo utópico de recrear la intimidad del genio, y puede que ello se deba a que la misma luz que encendió la mecha de la trilogía tiene en su seno el germen de la tradición que ensalza lo colosal y coarta la pequeñez que comparte con el resto de los mortales.

jueves, 26 de enero de 2012

Diez ingleses en Panfleto Calidoscopio



Diez ingleses, por Jordi Corominas i Julián

I

Nunca veo muertos, por lo que no puedo repetir la frase del niño de El sexto sentido. Lo que sí tengo claro es que la mayoría de mis ídolos se fueron al otro barrio hace tiempo. Puede que sea por formación, nada deforme, sólo amasijos de lecturas y vivencias que me han hecho ver las cosas claras y tomar unos referentes que siempre pueden ampliarse porque la lista de personajes admirados se genera a lo largo del camino, sin límites ni distinciones de clase o época.

Muchas veces pensé mientras leía en una identificación el biografiado. El último caso, y es justo empezar por el final, es el de T.S. Eliot, pero no es nada postrero, sino más bien una compañía que ya lleva más de un lustro dándome la mano. El vanguardista de La tierra baldía me da fuerzas porque al devorar sus versos noto una afinidad de fondo muy poderosa. No se trata de emular al ser adorado, la idea es aprender de los que nos precedieron, actitud que parece muy demodée en el siglo de lo instantáneo. Curioso que alguien rápido vaya contracorriente por asumir la lentitud del pasado, caldo que debe saborearse bien si queremos captar sus lecciones, en absoluto definitivas, simples cuencos que esperan una boca que desee catar su caldo y su calado.

II

Redacto el elenco de manera automática. Una vez hice un artículo para el Panfleto de diecinueve minutos. Sesenta y dos años transcurrió Winston Churchill en la Cámara de los Comunes. Solemos imaginar al gran líder de la Inglaterra de la Segunda Guerra Mundial con su rostro de buldog y el sempiterno puro en los labios. El signo de la victoria. Sus discursos. Las palabras históricas. El hombre más grande del siglo XX fue aventurero, ganó un Nobel de literatura por sus crónicas y hasta se permitió el lujo de sepultar una época al morir en enero de 1965 y regalar a Su Majestad un entierro en color para un período en blanco y negro. No sé el extraño motivo que impulsaría a un adolescente barcelonés a fascinarse por un británico fenecido años atrás. Supongo que nadie supo condensar tan bien en su personalidad los matices de la musa Clío. Si pudiera escoger una sola entrevista elegiría a Churchill sin dudarlo, podría pasarme la vida entera charlando con él.

III

O con Lawrence de Arabia, aunque esta opción responde más a un impulso romántico de alarma por la extinción de una llama que ha acompañado al género humano desde su nacimiento. Napoleón fue un mito por su osadía, y puede que el odio impregnara las mentes de los pueblos que conquistaba. Sabemos que, en parte, no fue así. Goethe lo consideraba un involuntario portavoz que expandía la Ilustración, y lo mismo puede decirse de T.E. Lawrence en clave árabe. No importaba la Revolución, el interés radicaba en tener una oportunidad para soñar y alcanzar un estrellato para el recuerdo. Pregúntenle al Che Guevara, último estandarte de la casta.

IV

Churchill sepultó con el oropel de su adiós una idea de mundo que se resistía a cedir el testigo a las generaciones más jóvenes. El cambio de hábitos y el swinging London me catapultan a un terreno demasiado conocido, por lo que seré escueto. Ayer terminé el documental que Martin Scorsese ha dedicado a la memoria de George Harrison. El instante más destacado de la cinta sucede al final de la primera parte, cuando el guitarrista se da cuenta que ha adquirido una libertad suficiente para volar más allá de The Beatles. El pipiolo de la banda invita a una sesión de The White Album a Eric Clapton para motivar a los demás. Sin saberlo se ha erigido en líder porque aporta soluciones y la muestra con contundencia y un toque sutil.



V

Lo que intentó sin tanto tino su colega McCartney, un genio que por exceso de energía corría el riesgo de arruinar sus propios planes. Cuando se quedó solito aceptó el destino a regañadientes. Es fácil criticar a Paul, pero me gustaría ver a todos esos sabios del mañana tocar todos los instrumentos, tener sentido melódico o apostar fuerte por mantener una idea y llevarla a cabo. Aprecio al compositor de Eleanor Rigby por más motivos. Los mencionados en estas líneas bastarían para justificar cualquier existencia. Si eres muy bueno te pedirán más. O se morirán de envidia.



VI

Otro habitante de las Islas que figura en mi panteón es William Blake. T.S. Eliot, volvamos al maestro, opinaba que el polifacético artista pecaba de exceso porque quería hilvanar su propia filosofía, lo que sin duda perjudicaba su técnica lírica. El poeta de los Cuatro cuartetos habla desde la sapiencia que da ver las cosas con perspectiva. Le reconoce un valor innovador, indudable si pensamos en las discusiones del último Setecientos, en los temas, algo aplicable también a su pintura, que sigue hechizándonos por un extraño misterio que bien puede corresponder a la peculiar mezcla de una línea muy marcada con colores atrevidos y con sonrisa de esbozo, como si Blake dejara huecos para ayudarnos a encontrar la intención de lo incompleto, el blanco a rellenar interpretado desde lo psicológico.

VII

Lo he dicho en otros sitios. Me divierte sobremanera el recochineo que cierta literatura española del siglo XXI tiene para con Martin Amis. No sé si es un guiño de aprecio, una burda maniobra de la desfasada posmodernidad o un anhelo oculto de recibir su talento. Amis es el jefe de filas de una quinta extraordinaria en la que figuran Julian Barnes, Ian McEwan y Jonathan Coe. El único que no ha logrado engancharme es el narrador de Expiación, y sé que no es culpa suya, aún no hemos congeniado, es cuestión de una buena carambola que encaje las piezas como ya ocurrió con los demás. Amis y Experiencia, una obra maestra, de lo mejor que he leído en mi vida. Barnes y su versatilidad. Coe, el humor de la nada y su dominio de la Historia desde la novela, algo que le equipararía a la española con Martínez de Pisón, escritores que más que por un libro deben juzgarse por la unión de las teselas de su mosaico.

VIII

La superioridad británica es la constatación de un fuerte complejo de inferioridad continental. Sí, vale, de acuerdo. En los sesenta ya teníamos bastante con dar de comer a la familia, gozar del teórico progreso y ligar con suecas. El retraso endémico de España ha llevado a que, de golpe y porrazo, hayan surgido como setas varias modas urbanas que quieren reivindicar una modernidad que sólo reivindica una estética imbécil con gafas de pasta, ropas estridentes y uso de anglicismos para ser cool. Es, como siempre, una estrategia de marketing de unos pocos que obvian la actitud, y sin ella no se va a ningún lado. Si el swinging London tuvo sentido, podría hablarnos de ello si viviera Michelangelo Antonioni, fue porque con la moda erigía una barrera que separaba lo antiguo de lo moderno y daba alas a la rebelión sin pólvora. Policromías para manifestarse y destacar, sí, con clase, intencionalidad y unas ideas muy definidas por evolución y toma de conciencia, no por caer en la falacia e inventar descubrimientos de Griales en mercadillos de pacotilla. Ser neutro da asco, y ya es hora que montemos un cementerio para el mimetismo trasnochado.

IX

En Saint James Street hay una tienda de calcetines. Mis viajes a Londres tienen un único punto de pasaje obligatorio. Converso con el propietario, me ayuda a comprar los que faltan a mi colección, intercambiamos información sobre cómo nos van las cosas, pago, nos damos la mano y me despido con una sonrisa porque su amabilidad no tiene precio.

X

Enrique VIII es famoso por la serie protagonizada por un actor bello y suicida. El Rey por antonomasia clausura el decálogo por sus narices. ¿No estáis de acuerdo conmigo? Tranquilos, fundo mi propia Iglesia y adiós muy buenas. Ejemplar. Y valiente.

miércoles, 25 de enero de 2012

Podcast del Laberint de Wonderland sobre calles con nombre de personaje literario



Hoy en el Laberint e Wonderland hemos hablado brevemente de calels con nombre de personaje literario, entre ellos nos han visitado Otelo, Mariana Pineda, Sherlock Holmes y Max Estrella. Puedes escuchar la sección a partir del minuto 43 clickando aquí

martes, 24 de enero de 2012

Miércoles 25, Calles con nombres de personajes literarios en el Laberint de Wonderland




Esta semana el Laberint de Wonderland retoma la calle con un monográfico dedicado a calles con nombres de personajes literarios. La búsqueda, que al principio pareció dificultosa, luego se transformó en una múltiple sorpresa de barrios y vecinos que viven en lugares con insólito nomenclátor.

1.- Curiosamente Otelo es el más representado en el callejero español.

2.- Mariana Pineda también goza de tradición en muchas ciudades ibéricas.

3.- Sherlock Holmes está en Málaga, pero también en Baker Street, la realidad instala ficción en su seno.

4.- Max Estrella, en el Gato y en otras partes.

¿Y qué nombres faltan? ¿Por qué Barcelona no tiene una calle Pijoaparte?




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domingo, 22 de enero de 2012

Los inmortales de Manuel Vilas en Revista de Letras



Humor crítico y hartazgo de la tradición impuesta: “Los inmortales”, de Manuel Vilas
Por Jordi Corominas i Julián | Destacados | 21.01.12


Los inmortales. Manuel Vilas
Alfaguara (Madrid, 2012)



Sí, me parece evidente que las coincidencias existen. El pasado jueves transcurrí la tarde por razones poéticas junto a Gustav Mahler, Sigmund Freud y Enriqueta Martí. Llamaron a la puerta, destrocé el sobre que me dio el cartero y procedí a leer Los inmortales de Manuel Vilas. Al conocer la obra del autor pensé sin muchas dudas que su nueva obra continuaría los trazos marcados en España y Aire nuestro, donde el futuro se mezcla con el pasado y el humor irrumpe en zonas repletas de lirismo y una proverbial mala leche.

No me equivocaba. La diferencia es que desde la primera página prescindí del mero análisis que vertebra toda crítica y opté por carcajearme de lo lindo con el supuesto manuscrito hallado en la Galaxia Shakespeare en el año 22011. Siempre me ha gustado imaginar parajes que no veré con extraterrestres sorprendiéndose con/por las memeces que organizan y determinan nuestra civilización. Cementerios de ordenadores, tiendas de moda religiosa e imágenes congeladas de tipos bailando de manera absurda, pero el hallazgo de Los inmortales excava en otra dirección. Ha pasado tanto tiempo que los nombres que para nosotros significan algo han caído en el pozo del olvido, como lágrimas en la lluvia. Stalin y Hitler son meras uniones de vocablos, por lo que su presencia en el texto carece de sentido histórico para Aristo Wilas, jefe supremo de Arqueología e Inteligencia que transmite al mundo la primicia de conocimiento de lo pretérito.

Saltamos la introducción y claro, sería demasiado pedir situarnos en un siglo inabarcable, por lo que el efecto causado por la sucesión de efemérides debe enmarcarse en nuestro conocimiento de la cultura occidental, despezada sin piedad a través de un crítico absurdo que carga tintas contra el capitalismo y la mayoría de símbolos que abotagan el cerebro de cualquier mortal, ídolos e instituciones humanas que padecemos por convención hasta en la sopa. Vilas les añade su particular santuario y la mezcla está servida. Sabe bien, se digiere rápido y produce hilarantes situaciones que en ocasiones incitan a meditar sobre la gestación del volumen, aunque ello probablemente se produzca porque nos han acostumbrado a lo serio y pocos son los que toleran tonos humorísticos, como si la literatura española reprimiera la invención y la risa fuera una herejía.

Con ella podemos observar la realidad con otros matices y recuperar el motor de la sátira para condenar la decadencia que nos rodea, sin paliativos. Saavedra, Miguel de Cervantes, en bañador y bebiendo sangría absolutamente poseído mientras espera contratar a un par de fulanas es sólo el anticipo de lo que vendrá, desde Ponti, Juan Pablo II, bailando una canción de Raffaela Carrà en la sección frigorífica de El Corte Inglés hasta Vincent Van Gogh y Pablo Picasso inmersos en una orgía de gordas suicidas. También merece mención Corman Martínez, el último comunista, obligado por Stalin a vagar por todos los MacDonalds del mundo, lo que no hará en compañía de Dante y Neruda, ocasionales turistas en Dublín a la búsqueda de James Joyce y la torre Martelo, en lo que quizá sea una parodia de la reciente exaltación que algunos profesan por el genio irlandés. Eva Braun es el súmmum del erotismo, y yo soy Isabel la Católica.

Como es natural otro protagonista de excepción es el mismísimo Manuel Vilas en varias tesituras. Viaja a la luna con otros poetas en 2040, conversa con Juan Carlos I y dos lectoras de Aire nuestro en la Zarzuela y hasta dialoga con sus huesos o sale en una fotografía de un tal Felipe González Márquez que morirá en Madrid en 2061.

A quien lo dicho hasta esta misma línea le parezca un disparate no le irá mal leer la siguiente afirmación del autor:

“Conforme cumplo años me acerco a una verdad inapelable: nada existe, ni siquiera el espacio histórico y geográfico en donde tu vida aconteció. Por eso rompo el tiempo histórico en España. Y también mi identidad”.




La última narrativa de Vilas, sobre todo el texto que nos concierne en esta reseña, tiene un aire a Desolation row de Bob Dylan, donde aparecen personajes históricos en situaciones surrealistas. No sé si Zimmerman generó su canción por un hartazgo de solemnidad y formas de escribir. Podría ser. Las comparaciones son odiosas, y aquí no pretendemos parangonar dos casos diametralmente opuestos, aunque es posible que los motivos de rebeldía sean similares y versen sobre los límites de una concepción del mundo y la literatura, universos anclados en una serie de tópicos que pocos osan profanar porque la tradición, en la que asimismo se inspira Vilas desde la sátira como instrumento perfecto para ridiculizar estructuras intocables, tiene mucho peso y lo fácil es seguir el camino más previsible.

Por otra parte creo que quien critique Los inmortales con las habituales cantinelas generacionales que tanto vacuo papel llenan se equivoca completamente. Quizá haya llegado la hora de pasar página y afrontar las cosas desde otros derroteros.

Hace ya algún tiempo entrevisté al autor de España, lo que me permitió entender más cómo ve su obra en relación a su época. Me confesó que para escribir Madame Bovary prefería ir a la estantería de cualquier biblioteca y leerla, lo que implica un cansancio de determinadas formas muy manidas que se repiten generación tras generación. Quizá la respuesta esconda el auténtico motivo de su excéntrica narrativa, que tendrá seguidores y detractores que no podrán negar su originalidad. Los inmortales es una diversión con un fondo que la sobrevuela desde lo contemporáneo. Algunos no querrán captarlo, y es legítimo que así sea porque el libro puede examinarse desde más de un prisma. Es un objeto cultural de entretenimiento que asegura la risa y asimismo enarbola sin ningún tipo de disimulo severos juicios contra la tierra que pisamos, juicios que pueden pasar desapercibidos si nos quedamos con la apariencia graciosa del volumen.

Otra cuestión es si Los inmortales es una novela o una compilación de relatos, debate que siempre surge al hablar de las construcciones empleadas por el de Barbastro. En mi opinión el ensamblar fragmentos donde vayan conectándose personajes desde una visión y temática compartida podría determinar que sí estamos ante una novela, si bien creo que al plantear el asunto caigo víctima de la costumbre y su querencia taxonomista. Poco debería importarnos lo que es, simplemente con pasarlo bien ya tenemos bastante.

sábado, 21 de enero de 2012

Goethe/Schiller en Panfleto Calidoscopio




Goethe/Schiller: Una amistad y el reflejo, por Jordi Corominas i Julián



“Una mojigata orgullosa a la que habría que dejar embarazada para humillarla ante el mundo”. Estas palabras no son la brillante ocurrencia de ningún plumilla de Facebook deseoso de recopilar me gustas a su cuenta de ego. Tampoco son las de un borracho en un bar a altas horas de la madrugada. El autor de la frase es Friedrich Schiller, y la escribió con su pensamiento dirigido a Johann Wolfgang Goethe, genio absoluto de las letras alemanas. Tal arrebato de ira acaeció por uno de los males más profundos del mundo literario: la envidia. No hay día en que no se detecte en alguna parcela entre páginas, reuniones y comentarios; siempre tendrá un lugar de honor en la actualidad interna de aquellos que luchan por conseguir frutos con sus escritos: es inevitable, una máxima de frustraciones, inferioridades e impaciencia.

Mi mejor amigo está fuera del círculo letrado. Es un señor de sesenta y ocho años al que muchos de mis colegas rechazan, pues sus coordenadas no parecen dignas de tanta brillantez lírica. Sin embargo, otros valoran su arrojo y desparpajo. A veces no hay que publicar magnas obras para ser inmortal, pues algunos ágrafos contienen en su cotidianidad verbos que muchos aspirantes nunca podrán oler por insuficiencia. Y es triste pensar que algunos valoren la amistad y al resto de seres humanos desde una perspectiva tan miserable, lo que quizá ocurra porque no conocen la Historia y sus entresijos.

El afecto entre narradores, poetas, dramaturgos y todo tipo de bichos dedicados a la literatura se remonta a la noche de los tiempos. Virgilio y Horacio hicieron buenas migas auspiciados por Mecenas, quien con su círculo propició una etapa de esplendor en el verso romano que tardó siglos en ser igualada o superada. Max Brod traicionó a su alma gemela Franz Kafka al salvar los manuscritos del autor de La metamorfosis de la quema deseada. Francis Scott Fitzgerald y Ernest Hemingway se bebieron París hasta que el marido de Zelda soltó su miríada de celos y el fracaso aterrizó en su existencia. El joven emblema de los años veinte quería asemejarse al loco por el que aún se celebran concursos de dobles con barba blanca y barriga. La imposibilidad de ser otro, lo que verifica que el doble siempre merodea con su radar, marcó la existencia de un ser predestinado al éxito que murió demasiado pronto.



La inquina de Schiller hacia Goethe debe contextualizarse para ser comprendida. A finales del siglo XVIII se produjo un punto de inflexión. Werther sacudió los cimientos de un universo caduco y tiñó Europa de un aire romántico que explotaría definitivamente tras el fin de las Guerras Napoleónicas. De repente, una generación lectora despertó de la mano de un romance epistolar con suicidio incluido que propulsó a su creador hacia unos confines de celebridad desconocidos hasta la fecha. El impacto de su novela fue inmenso. La imitación de las desventuras del protagonista y la textura de su amor revolucionaron un panorama anodino y sentaron de manera inconsciente las bases para un giro colosal de las mentalidades, del Antiguo Régimen a la Revolución Francesa, del sopor infinito a la esperanza de un hueco para el hombre desde el hombre.

Por aquel entonces, y nunca me cansaré de repetirlo, las distancias eran más largas y el silencio copaba mucho espacio. Schiller estallaba ante una bestia coronada. Lo hacía porque había arrojado la toalla. El laurel no recaería en su testa ni en la de otros contemporáneos talentosos. Goethe invadía la totalidad con la prestancia del elegido por los Dioses.

Lo que no contempló Schiller es que la inteligencia, algo de lo que deberíamos tomar nota, no es cuestión de un mero instante, sino de una trayectoria. El alud de magia literario- filosófica de Alemania en la encrucijada entre dos siglos merecía coronarse con uniones que dieran fuerza a la máquina en su marcha imparable hacia la modernidad.

Hace años, cuando estudiaba en la Universidad, me chocó la fuerza del primer manifiesto del idealismo alemán, con varias figuras de relumbrón que en sus inicios se aglutinaron para dar un inesperado empujón a su utopía romántica. Los Hegel, Schelling y Hölderlin eran hijos y sobrinos simbólicos de Goethe y Schiller, escalones previos hacia la construcción del templo, escalones que pese a la frase que encabeza este texto llegaron a ser buenos amigos desde una condición de igualdad que no implicaba, es importante remarcarlo, intimidad ni excesivas confidencias. Rüdiger Safranski lo explica con precisión quirúrgica en la obra que ha dedicado al asunto, editada recientemente en España por Tusquets.

Goethe amaba la naturaleza y gozaba con el viaje, caja de eterna expansión con la que podía descubrir un sinfín de aspectos del exterior, su patio de recreo. En cambio Schiller, por su precaria salud, residía más en interiores, volcando su esfuerzo en lo mental, lo que sin duda complicó su tarea por la mezcla de poesía, teatro y filosofía, amante a la que dijo renunciar para ser más certero en las demás disciplinas. Goethe era un príncipe sin corona en Weimar, donde no sólo ejercía su vocación cultural, sino que también debía ganarse su cuantioso pan con labores diplomáticas. Entre los dos monstruos chocaba un abismo personal y geográfico. Weimar y Jena. Acción versus reflexión. La edad influía, pero era mera anécdota, excusa barata para edificar la muralla de un miedo que se desvaneció en 1794, cuando el recelo quedó aparcado y ambos descorcharon la botella del compañerismo hasta 1805, cuando la muerte de Schiller interrumpió un intenso proceso de conversaciones, cartas y trabajo compartido que en su conjunto sintetizan el espíritu de su tiempo, dos caras de la misma moneda unidas en una colaboración que de lo colectivo viraba a lo individual, secretos que el papel privado escondía, correspondencia de colaboración, ayuda y virtuosismo a la búsqueda del alma gemela que ayudara a mejorar al otro.

Por eso no debe extrañarnos que en el otoño de su dilatada existencia Goethe quisiera conservar en su hogar el supuesto cráneo de su amigo. El fetichismo de tal hecho indica una orfandad por la desaparición del ente que propiciaba una amistad con matices metafísicos. No importaba la presencia, sino el hecho de saber que alguien sentía la misma necesidad de comunicar. Si fuéramos malos podríamos sentenciar que la conjunción de astros era un férreo control para averiguar inquietudes, táctica para crecer y no perder comba, como si Goethe y Schiller padecieran una notable inseguridad que atenuaban al conocer movimientos ajenos. Sus epístolas exhiben choques de titanes, discrepancias que solventaban con respeto. ¿No te gustan los Schlegel? ¿Odias al ateo Fichte? Tranquilo, para mi tiene más trascendencia mantenerte en mi fortaleza mental que desterrarte por chiquilladas.

Las pasiones en el siglo XVIII tenían otro calado. Cambian los nombres, las formas permanecen. El raciocinio, la ausencia de medios de comunicación con la agresividad actual y el calibrar la amistad con otros parámetros hicieron que dos divos supieran apartar lo superfluo y centrarse en lo básico y elemental. Quizá sin tanta niebla alrededor nosotros también seríamos capaces y los grupitos que se crean no tendrían ese regusto a impostura, a farsa programada porque toca. No hay que ir tan lejos ni pararse en la Germania. Jaime Gil de Biedma y Carlos Barral, por mencionar a dos miembros de tan ilustre generación barcelonesa, cultivaron su camaradería con intensidad, si bien su caso ya apunta a un hecho obvio que amplía el espectro y deriva en la formación de camarillas exclusivas con afán promocional. Que se lo digan al pobre Costafreda. Goethe y Schiller apoyaban y defenestraban a los recién llegados. Su opinión contaba, pero no se aliaron para subir a la cúspide, estaban en ella y consolidaron su posición.

Me gustará ver la cantidad de grupos que se mantienen después de la crisis, pues al fin y al cabo lo económico es la tapadera de una olla con ingredientes morales y éticos de mayor calado al determinar las dinámicas de lo que vendrá. De lo frívolo y neutro a un compromiso para con la seriedad. Literatura que no prescinda de tanta pose, literatura que respire por el contenido y su longevidad. Si los protagonistas de este humilde artículo han sobrevivido es porque siempre fueron ellos mismos, sin medias tintas. Cobijarse en la protección de un armazón no evita que reluzcan igualmente las carencias. El yo independiente hallará otros refugios menos públicos. Goethe me atizaría un buen sopapo porque emergió con Sturm und drang, un movimiento con ideas y el soporte de tener clara la senda a seguir. Ahí radica la diferencia. Ofrecer y proponer, saltar al ruedo y luego emprender la ruta en la soledad sin miedo que acoja a los semejantes para hilvanar un discurso que bañe en mares de coherencia, con la amistad situada en afinidades electivas honestas y desprovistas de tanta basura veloz y mercantilista.

jueves, 19 de enero de 2012

Nueva sección en Bcn Mes: Peligro de extinción


Catálogo sensorial de la extinción, por Jordi Corominas i Julián

Prometo no hablar de la foca monje. Tras más de año y medio paseando de la mano de Nil Bartolozzi por las calles de Babilonia hemos decidido continuar nuestra aventura desde otra perspectiva. Si antes retratábamos lo insólito externo yéndonos al otro barrio, ahora penetraremos en el interior de una serie de oficios que a duras penas sobreviven su agonía, sumergidos por el olvido colectivo y las alegres voces que pregonan a los cuatro vientos el advenimientos de nuevas profesiones, actividades que en muchos casos sólo permanecen en nuestra mente desde lo visual. Los otros sentidos no intervienen y alejan la revolución de la calle, situándola en una nube indefinida más práctica y menos humana que presume de información y vanguardia con la supina ignorancia de quien juzga el retrovisor como decoración.


El tacto pretérito reside en las lecherías, vestigio que siquiera contempla las lecheras dy hierro que transportábamos en nuestra infancia. Salíamos del negocio, invadíamos la nata con nuestro dedo y nos relamíamos de placer mientras cargábamos con tan preciado líquido. En Gracia la Calle Torrijos es la prueba fehaciente de la amenaza. Cerró hará cosa de dos primaveras y el terror por su óbito se simboliza en su vecino de enfrente: El atelier de la muerte negra, con sus faraones y calaveras, enciende el fuego de la venganza.

También podríamos relacionar con el tacto al gremio de los ebanistas. Palpas la madera, notas lo quirúrgico de su cometido y la maravilla acude sola. Sin embargo, si algo me encandila de su pericia es el olor a madera que impregna sus aposentos. Al aire libre las esquinas alientan otra reminiscencia olfativa más bien pueril mediante la castañera, recuerdo de una no tan remota época desvanecida que generaba canciones y una ilusión muy diferente a la de la monstruosa calabaza yankee.

El oído se alía con la vista. La escena es conocida. Tu habitación, la ventana y el lienzo urbano ocupando tu mirada. De repente, un sonido característico inunda el espacio. Son dos, tres segundos. Un grito desvela su identidad. Es afilador, quizá mi predilecto, con su bici o moto y su piedra que ya nadie quiere para sus cuchillos. Su inconfundible melodía preludiaba amaneceres y bullicios de mediodía. Era un barómetro del sol que en la imaginación siempre vislumbré de estatura inferior a la media, arrugas y una estética genuinamente franquista, y eso lo dice alguien nacido después de 1975. La aclaración es importante, pues al fin y al cabo el pobre afilador fue cuando le correspondió uno más del rebaño. Ahora es un figurante que hace cameos.


Su mera mención en una charla agita los ánimos. Pervive en la memoria común y las personas identifican sus rasgos esenciales. Hay uno en el Paralelo, al lado de mi agencia circula otro desde siempre, quizá si preguntas a un gallego sabrá decirte más. Aflora la información, apunto lo importante y me entra una gula atroz, de pan. Me apetecería algo artesanal, y no creo que las ocultas cadenas que nombran su chollo con nombres familiares me den lo que quiero. El centro, y un recorrido de dos días por locales modernistas en el Eixample, dan gusto a mi gusto. Hay pocas ofertas que alimenten el estómago con sabores engullidos por japoneses y lo exótico, pero aún hay esperanza para quienes opten por la tradición sin taylorismo. Y sí, la cuina casolana hace que nos chupemos los dedos. En la variedad reside el gusto, así lo dice el refrán, y por eso renegamos de la uniformidad a la que quieren someternos. Vale para hasta los puteros, que entre Sant Pau y Sant Ramón tienen una reserva de meretrices que ya no se estilan.

Queda, y es una constante, el matiz de la observación. En los últimos meses he detectado que el chatarrero ha reaparecido. Lo reconoceréis por sus furgonetas que anuncian a bombo y platillo de pésima destreza sus servicios. Números y letras cubren los laterales y los abnegados empleados de tan insigne personaje vacían todos los muebles y utensilios que dejamos el día de recogida. Sonreímos al ver el vehículo y la sorpresa se casa con la melancolía.

A lo largo del próximo año dedicaremos la sección a empaparnos de lo extinto, y no lo haremos desde casa. Visitaremos sus enclaves, hablaremos con los que perpetúan su llama e intentaremos averiguar cómo su resistencia traspasa las fronteras de la crisis e instaura en el color del presente ecos de blanco y negro.

Ilustración: Nil Bartolozzi

miércoles, 18 de enero de 2012

Podcast de la entrevista a Txus Garcia en el Laberint de Wonderland




Hoy en el Laberint hemos tenido el placer de contar con la presencia de Txus García, con quien hemos hablado de poesía y hasta de iglesias, catedrales y misas, todo siempre con los versos de por medio. Puedes escuchar el Podcast a partir del minuto 34 clickando aquí

martes, 17 de enero de 2012

Miércoles 18, Txus García en el Laberint de Wonderland (Rne4)





Una vez al mes el Laberint de Wonderland se cita con poetas. En enero es el turno de Txus García, que pasará por la sección para hablar, reír, recitar y lo que se tercie, aunque será menester hablar de su poemario Poesía para niñas bien y su frenética actividad al frente de la Cia human trash




Cada miércoles a partir de las 15h

Radio Nacional- Rne4

100.8 fm Barcelona

En directo: Rne4