jueves, 13 de diciembre de 2012
Por ti no pasan los años en "Todos somos sospechosos" de Radio 3
Esta noche en Todos somos sospechosos hemos hablado de personas eternamente jóvenes, seres medio inmortales por los que no pasan los años. En nuestro país tenemos varios ejemplos célebres, desde Jordi Hurtado hasta Ana Blanco, sin olvidar a Ramoncín, Eduardo Noriega o Maribel Verdú. Con Laura González hemos hablado de ellos y más cosas. Para escucharlas puedes clickar aquí
miércoles, 12 de diciembre de 2012
Podcast sobre "El calor en la literatura" en el Laberint de Wonderland
Hoy en el Laberint hemos hablado, entre quejas frioleras, del calor en la literatura. El tema es extenso y seguramente lo retomemos a posteriori. Nuestras cuatro catas de hoy han sido Marsé y el verano, Sueño de una noche de verano, los Trópicos de Miller y las casas de composición de Gustav Mahler. Puedes escuchar la sección a partir del minuto 36 del enlace clickando aquí
Miércoles 12, Calor en el Laberint de Wonderland
Ayer preparaba la sección y me dio por pensar en el calor y la literatura, un tema, como tantos otros, inabarcable, por lo que la cata del Laberint de este miércoles tendrá los siguientes ingredientes:
1.- El verano en Juan Marsé, desde Últimas tardes con Teresa hasta El embrujo de Shangai
2.- Sueño de una noche de verano de Shakespeare
3.- Los trópicos millerianos
4.- Mahler y su casa de composición veraniega
Cada miércoles a partir de las 15h
Radio Nacional- Rne4
100.8 fm Barcelona
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calor
martes, 11 de diciembre de 2012
Día internacional del Tango en Dekap, Sigueleyendo y el Nostre Racó
Tango del presente
que significa recuperar vanguardia y pueblo
con vacuas arquitecturas en la moderna
fachada que nos cobija en la ruina de Narciso,
muchos se dan palmaditas ignorando que el tango
flota en la superficie y vierte una lágrima
de aneurismas enquistados, desamor de batalla
perdida en un ahogo de estética provinciana
con ínfulas internacionales, recados del burladero
en la cárcel de un manicomio con polvo de gatopardo.
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Día internacional del Tango
lunes, 10 de diciembre de 2012
El saqueo en Sigueleyendo
El saqueo, por Jordi Corominas i Julián
Voy a contarles otra vez una batallita de adolescencia. Corría 1993 y me quedé solo en casa. Por aquel entonces servidor sabía cosas de su ciudad, pero por imperativos del guión infantil mis límites urbanos eran muchos. Ese día decidí matar el silencio de esa época sin internet ni telefonía móvil con un paseo insólito por Barcelona, y lo era porque no es lo mismo vislumbrar la realidad desde un coche que a pie, sintiendo que la calle se funde contigo y te ofrece un sinfín de posibilidades.
Los colores que mi mente ha guardado de la anécdota empiezan en Plaza Cataluña, que por aquel entonces era un espacio libre y soso, anestesiado de su otrora afán revolucionario entre palomas y pedigüeños que calentaban los bancos de piedra. Esa noche unos guiris jugaban a fútbol en su círculo, impregnado de gritos jocosos y un silencio que hacía observar el centro de la capital catalana con otros ojos, como si ese ligero remanso de paz indicara, ahora que han pasado casi veinte años, una alteración de la forma.
Todo puede traducirse en un aire desangelado y mucha menos condición acústica en la transición de un tiempo a otro. Por aquel entonces la urbe condal vivía la resaca de sus exitosos juegos olímpicos, brusco despertar de un triunfo que conllevó pausa en la vorágine, un preludio a otro boom, consecuencia del anterior, hacia el parque temático por y para el turisteo con el plus de una cultura frágil, unos gobernantes provincianos con mediocres delirios de grandeza y la idea de la fachada por encima del contenido. Muy posmoderno, muy de ocultar flaquezas para exhibir inexistentes dádivas bien creíbles para los que no residen en el monstruo de amor y odio.
Nada simboliza mejor las dinámicas históricas de Barcelona que La Rambla. En 2012 sale del alma, que plantea la cuestión desde una absoluta objetividad, que la emblemática avenida ya no pertenece a sus ciudadanos. En ese lejano paseo estaba desierta, era la una de la madrugada y recuerdo transitarla desde una completa ignorancia matizada por las múltiples menciones que el lugar merecía en charlas familiares, medios de comunicación y efemérides varias de extraños y conocidos. Tenía una idea de su importancia sin haberla pisado en condiciones. Bajé el quilómetro y medio de su recorrido abrumado por sus focos narcóticos que iluminaban quioscos, paraditas, aborígenes borrachos y muchos travestis con bigote sin la gracia de Freddy Mercury en el I want to break free.
Terminé la ruta adentrándome en Escudellers y a las cinco de la mañana regresé a mi hogar porque tenía clase en la escuela, cursaba octavo de EGB, y tocaba levantarse pronto.
Aprobé los exámenes, gané independencia y un lustro después ya poseía un diccionario de La Rambla a través de mi experiencia. Los quioscos eran fascinantes por su prensa extranjera, la zona se infestó de sus célebres prostitutas nigerianas y los extranjeros empezaban a frecuentarla sin ocuparla salvajemente. Ese tono mixto, entre lo popular que se recuperaba y el retorno de la sexta flota sin galones, se mantuvo hasta que BCN se comió todo el pastel. Fue un período plácido aquel que desde mi ingenuidad me brindaba la ocasión de sentirme orgulloso de ser barcelonés y cumplir con la tradición de visitar el santuario que termina en Colón. Me divertía con flamencos de pacotilla, estatuas parlantes imitadas en medio mundo, personajazos avant la lettre y la posibilidad de sorprenderme con cualquier aparición estelar. La calle se parecía a la canción que Quimi Portet dedica a nuestra protagonista, canalla, deslenguada y con una vida que iba más allá del asfalto para abrazar balcones, neones y rituales de lo imprevisto, quizá porque el Raval aún no había ido al registro a cambiarse el nombre y seguía siendo el chino, y eso es muy importante.
Se habla en el fútbol de los laterales y de su capacidad ofensiva. Los jugadores completos que ocupan esta posición, los que gustan a los buenos aficionados, suelen contener bien al enemigo con el añadido de alargar su trayectoria en peligrosas carreras hacia el área rival. La Rambla goza de dos ángulos adyacentes de excepción. La parte izquierda conduce al gótico, aunque desde un punto de vista canónico las callejuelas importantes de su biografía son Portaferrissa, Ferrán y Escudellers. La primera implica la putrefacta nobleza del Marqués de Comillas y su Palau Moja. Los que circulan por esa parte nunca vieron al retrasado Clemente García bailar con un esqueleto en la Semana Trágica, y con toda probabilidad tampoco coincidieron con Joan Clos enfundado en una capa negra con sus ojos de loco una tarde otoñal de principios de siglo. En Ferrán, enclave dedicado a la infausta memoria de Fernando VII hasta que los comerciantes cancelaron el número, la dirección es de previsibilidad municipal. Cardo y Decumanus. Escudellers era la mina prohibida con oro de vicio, contrabando y ebriedad que depara magia.
En la parte derecha topamos con Carmen, Hospital y Nou de la Rambla, conductos hacia el Chino y el Paralelo. La eliminación del barrio más subversivo del Mediterráneo tiene hondas connotaciones culturales de olvido histórico, reemplazado por filmotecas, hoteles con lámparas prostibularias para ricos y plazas dedicadas a Vázquez Montalbán que a buen seguro provocan arcadas al finado en su huequito en el infierno positivo. En esa miserable esquina donde confluyen estos elementos hay una placa dedicada a la memoria de Salvador Seguí, del que no se recomienda hablar en exceso. Ni de él ni de nada relacionado con la Historia de lucha obrera de Barcelona, desterrada y manipulada también en el Paralelo, donde hace pocos meses el Ayuntamiento tuvo la desfachatez de quitar un letrero que recordaba la huelga de la Canadenca de 1919. El poeta y periodista Xavier Theros destapó el cambiazo en un artículo y la memoria volvió a su lugar, pero eso, pese a la loable de la acción del fundador de accidents polipoètics, no es suficiente, entre otras cosas porque la inextricable unión de La Rambla con el Paralelo ha desaparecido, casi como lágrimas en la lluvia. Ahora ambos puntos cardinales son vías descoordinadas de una magnífica tristeza, con brillo por lo pretérito y podredumbre presente, y es una lástima, porque tales sitios conservan una poesía que se desvanece sin remisión, condenada a ser pasto de cuatro gatos que encienden la llama con consciente melancolía.
Escribo estas palabras mientras los hipsters, ese extraño colectivo que suele hacerme pensar en el MacDonalds y en el atraso secular de España, protestan por el cierre del Apolo, otro más en el largo elenco de emblemas clausurados como la sala Cibeles, la Paloma y otras leyendas que caen ante el nuevo orden que quiere despojar al tejido de su ADN en pos de imponer una superficie despolitizada para enhebrar una cuadrícula similar a una sala de juegos, idóneo Monopoly para visitantes dispuestos a gastarse un dineral y ofrecer publicidad gratis que perpetúe la cadena. El patrimonio puede irse a la mierda, y quienes lo dilapidan saben muy bien que denunciar el expolio de espacios delimitados por el aire es más complicado, siempre que no me dé por tener íncubos grotescos son sombreros mexicanos, paellas de plástico e invenciones de postalita.
Toda esta reflexión venía porque hace pocos días terminé la Breve historia de La Rambla de Enric Vila, obra que desmenuza la singladura de la avenida desde 1714 hasta la actualidad. Y lo hace captando bien el esplendor, esperanza truncada con la Guerra Civil, de civismo, aparcando como quien dice lo fundamental de la mezcla entre ricos y pobres al privilegiar una perspectiva meramente popular de ese oasis irrepetible. Al final del libro el autor insiste en que el franquismo, y no le quitamos razón, canceló su atractivo hasta metamorfosearla en un escaparate gracioso, útil para una fotografía, perfecto para creer en la existencia de un casticismo que no nos abandona.
Sin embargo, Vila cierra el volumen con una diatriba basada en que La Rambla ha borrado su consistencia porque ya no simboliza los valores catalanes que le dieron fama internacional. ¿Vamos bien? Hasta hace bien poco uno de los reclamos más kitsch de sus tiendas de souvenirs era un DNI de Franco, de los de María Castaña, grande, tanto que no cabía en el monedero. Los guiris lucen camisetas del Barça y algunos sonríen. La imbecilidad se reparte con una varita en manos de los que ostentan el cetro, contentos por fortalecer la pantomima, orondos por esconder el fascismo sin que ello signifique su práctica desaparición, sólo ha mutado desde la cortina de humo, muy voluntariosa, sumamente indigesta en su saqueo, metafórico y literal, del patrimonio que a todos nos pertenece. Sacudan la niebla, por favor.
sábado, 8 de diciembre de 2012
Daniel Dimeco reseña José Garcia
José García sigue recibiendo atención seis mes después de su entrada en librerías. En este caso quien reseña mi novela es Daniel Dimeco en su blog Café Copenhague. Puedes leer su reseña aquí
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miércoles, 5 de diciembre de 2012
Podcast de síndromes literarios en el Laberint de Wonderland
Esta tarde en el Laberint de Wonderland hemos hablado de síndromes literarios, es decir enfermedades más bien raras que han recibido su nombre de la literatura. Entre ellos hemos comentado los de Rapunzel, Otelo, Alicia en el País de las maravillas y el de Peter Pan. Puedes escuchar la sección a partir del minuto 40 del enlace clickando aquí
martes, 4 de diciembre de 2012
Miércoles 5, Síndromes literarios en el Laberint de Wonderland
Tras completar un largo ciclo dedicado a la mujer en la literatura, el Laberint recupera nuevos temas, que en esta semana versarán sobre síndromes que reciben su nombre por personajes u obras literarias. La selección final ha quedado con estas cuatro dolencias.
1.- Síndrome de Rapunzel
2.- Síndrome de Otelo
3.- Síndrome de Alicia
4.- Síndrome de Peter Pan
Cada miércoles a partir de las 15h
Radio Nacional- Rne4
100.8 fm Barcelona
En directo:Rne4
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lunes, 3 de diciembre de 2012
Eres el mejor, Cienfuegos de Kiko Amat en Revista de Letras
“Eres el mejor, Cienfuegos”, de Kiko Amat
Por Jordi Corominas i Julián | Portada | 3.12.12
El tiempo pasa volando y la historia, minúscula y mayúscula, nos sitúa a cada uno en nuestro lugar. Hace ya tres años quedé conKiko Amat en un bar de la calle Alsina de Gràcia para una entrevista. Hablamos de todo aquello que le gusta, pero el momento que más recuerdo fue cuando me dijo que preparaba una novela sobre la crisis de los cuarenta. El autor deRompepistas comentaba que de los treinta hasta llegar al punto fatídico del cambio de decenio vital todo se aceleraba demasiado, como si alguien pulsara el botón de avanzar del vídeo y, de repente, la existencia cobrara velocidad de vértigo.
Eres el mejor, Cienfuegos es una genuina novela de Kiko Amat. ¿Y qué narices significa esta última frase? Narrativa pura y dura, popular, de trama más o menos previsible, mucho humor, conflictos de chico y chica y una reivindicación exaltada del grupo como válvula de escape y superficie donde apoyarse, puntos conocidos por sus seguidores, que a buen seguro agradecen estas constantes. Aquí, sin embargo, se introduce otro aspecto. Estamos ante una prueba de madurez del protagonista, un novelista de éxito que ha sucumbido a la temida crisis de la que hablábamos en el primer párrafo de esta reseña: la debacle socioeconómica se mezcla con una hecatombe personal de primerísima magnitud.
Cienfuegos lo tuvo todo. Publicó su libro, arrasó como chico de moda, encontró a la mujer perfecta y un buen día, sin avisar, todo se desmoronó. El enfant terrible notó una especie de escozor general, salió demasiado, bebió más de la cuenta, metió su pene en muchas vaginas y volvió a su hogar. Hasta tuvo un hijo, Curtis, elemento de esperanza entre tanta catástrofe.
Al inicio de la trama vemos al protagonista en una situación de resignación total y absoluta. Trabaja en un periódico donde elabora críticas y entrevistas que satisfacen a cualquier ser humano menos a él. Su presente es una mierda, y lo sabe. Tiene un amigo y lo demás es el vacío. Lo ha dejado Eloísa, duerme en un sofá y no sabe plantar cara a la autoridad. ¿Qué hacer con el camino?
Decía Beckett eso de fracasar mejor. Cienfuegos lo cumple a rajatabla con una pequeña ayuda de sus amigos, nuevos y antiguos. Por una parte está Eugenio Cuchillo, compañero de épocas antediluvianas que sigue al pie del cañón. Por la otra está Juana Bayo, compañera de trabajo y de una extraña belleza a la que añade compromiso social a destajo.
Amat altera los tiempos cronológicos del 15M en función de sus intereses narrativos. La acción transcurre en otoño, no en mayo, y hasta parece que la ocupación de plaza Catalunya se prolongue eternamente, como si los indignados, que aquí forman el colectivo La rabia, llevaran años acampados en el centro de una Barcelona real en su espacio, de Gràcia a la Bonanova, del prefabricado Born hasta el cartel de bienvenida a la capital catalana.
La concepción que se tiene en Eres el mejor, Cienfuegos del movimiento social que copa el interés de las novelas de crisis españolas tiene un cierto grado de idealización, justificable porque su presencia determinará una nueva actitud en el antihéroe barbudo que debe superar sus traumas. Asimismo, y esa es una noticia positiva desde la naturalidad en que se expresa, la obra critica la demonización que la prensa ejerce sobre el 15M y sus derivados, demonización que se torna en oportunismo cuando las circunstancias lo requieren.
Pese a ello esta no es exactamente una narración centrada en la crisis. Bueno, sí lo es, pero de una coyuntura individual que debe purgarse tomando conciencia del problema. La otra, la que nos fastidia siempre más, sobrevuela el tejido, y quizá sea mejor así. Amat exagera, como siempre, los episodios de sus personajes para conferir a su creación un tono increíble muy divertido, hilarante en ocasiones entre borracheras, acciones bizarras y un Peterpanismo hasta los topes en la escala Richter, y mientras lo hace sitúa a sus marionetas en un mapa que bebe realidad, y que sin ínfulas ensayísticas resulta más creíble que otras entregas de la saga que tendremos que aguantar a lo largo del próximo lustro hasta que alguien dé con la tecla de un edificio que exprima con brillantez el malestar actual.
Kiko Amat, y eso no pueden decirlo tantos escritores como sería deseable, tiene un universo propio que hasta le permite introducir cameos como el de Pànic Orfila, santo y seña de Cosas que hacen BUM, y unas dinámicas urbanas más que aceleradas en las que cabe una buena dosis musical, sutiles dardos contra los modernos y sobre todo una exaltación del amor en sus múltiples formas. No hay que confundir términos. Supongo que el escritor de Sant Boi gozaría al imaginar sus novelas hace cuatro décadas en quioscos de barrio, preparadas para su consumo instantáneo. Su apuesta me gusta porque desafía la convención, busca el entretenimiento y le añade un toque de mala leche muy recomendable, vehículo donde el humor es una de tantas excusas para dar en el blanco y seguir hacia adelante, que ya es mucho.
domingo, 2 de diciembre de 2012
Sólo quería hablar del caballo de Fuseli, Revista Excodra
Sólo quería hablar del caballo de Fuseli, por Jordi Corominas i Julián
Desde hace una temporada noto que sólo recuerdo mis sueños cuándo estoy fuera de Barcelona. Si viajo y procedo al rito de abrazarme con Morfeo tengo experiencias oníricas maravillosas, y lo mismo sucede si decido emigrar al pueblo durante unos días. La calma rural aporta sosiego a las sinapsis, que se recrean en mil aventuras imposibles de retener en la urbe, enemiga de esas fantasías inconscientes, ceremonias invisibles de pasaje que solemos desaprovechar pese a la idea primigenia e infantil de su magia, maravilla que, tras el despertar, suele evaporarse en pocos minutos.
Hay una anécdota poco conocida de Federico Fellini. El gran director transalpino dibujó durante decenios sus trances en la cama. Abría los ojos por la mañana y corría hacia su cuaderno para inmortalizar esos viajes libres que nos depara la noche. Esa actividad dio rienda suelta a un imaginario único, y fue así por desterrar la pereza del diván donde solemos activarnos con cafés y algo de comida. El artista de Amarcord optaba por lo mismo, pero antes, como un buen peón de sí mismo, ajustaba cuentas con la luna entre lápices, pinceles en un diario quizá más importante porque mostraba las consecuencias de la jornada.
Al soñar penetramos en la senda de la conclusión diaria, un resumen de sensaciones, encontronazos, placeres y deseos que nadie nos puede quitar. La acción felliniana es como un conjuro que desafía la amnesia y anula las fronteras entre la realidad y su idóneo lapso de ocho horas entre sábanas y oscuridad.
Hay una interesante paradoja en esta cuestión, muy elemental, si quieren. Al dejar fluir el río onírico permanecemos estáticos mientras la mente nos mueve a lugares, situaciones y vivencias que están clausuradas en nuestra caja de pensamiento. Sin caminar damos con la tecla de un avance supersónico que nos transporta a enclaves que pisamos sin gastar la suela de los zapatos.
Hace tiempo que no se repite en mi testa, pero, como todo el mundo, tengo alguna que otra quimera redundante mientras me aposento en el lado bueno del lecho después de contar ovejas y dejar que la radio se apague a los cincuenta y nueve minutos. Estoy en París, en una de sus suntuosas estaciones decimonónicas. Miro los marcadores con los horarios, noto el bullicio de sudor humano intercalándose entre mis angustias y, de repente, opto por una salida digna, analizo las cuadrículas pétreas que generan esquinas y balanceo mi cuerpo para enfilar una que abre un ángulo hacia lo desconocido y sin comerlo ni beberlo la distancia entre la ciudad de la luz y Roma se ha reducido a menos que nada. Llego a la Urbe y me reciben unos amigos con un descapotable al lado del río, con sus árboles en pleno flirteo con el viento. Dejamos atrás el Lungotevere y los semáforos nos ayudan a alcanzar mi meta, mi antiguo hogar, donde los vecinos, apostados en mugrientos balcones de polución y periferia, me saludan entusiastas.
Los sueños están compuestos de lo imprevisible, ahí radica parte de su gracia. Tanto puedes aterrizar en una villa holandesa y deambular desnudo como hacerlo por una barriada de Barcelona donde la gente se ríe de ti. En el caso neerlandés recuerdo que el pueblito era espectacular, casi como una pintura de la edad de oro de los Países Bajos. Lucía el sol, circulaba en cueros y mis semejantes me ignoraban hasta que subí a una casita de esas que parecen de cuento y me acogió la hija joven de la familia. Nos encerramos en una habitación e hicimos el amor hasta que su madre irrumpió y nos expulsó a la calle. Éramos Adán y Eva sumidos en el desprecio ajeno. La chica, de piernas torneadas y curvas que ni las del Garraf, clamaba al cielo por un poco de atención, algo que llegó cuando, harto de la situación, me dirigí a una pareja que respondió con mutismo a mis súplicas de reconocimiento en cueros.
Lo erótico juega con el trauma más que ninguna otra efeméride del ritual de conciliar lo palpable con lo volátil. Desde la cópula con la profesora en el instituto hasta el polvo con una turbadora desconocida, el horizonte está repleto de matices carnales que no solemos comprender a la primera y que a buen seguro harán las delicias a Freud en su sofá del infierno, donde ríe a carcajada limpísima por su revolución que ahora está de moda despreciar, como si antes de Viena tuviéramos la libertad actual en lo de escarbar en nuestro interior. El psicoanalista se casó con la máxima délfica.
Abrí los ojos. Lo hago ahora. No suelo practicar el noble deporte hispano de la siesta, y por lo tanto no sé muy bien cómo sabe Oniria en ese plácido interludio de media tarde. A falta de pan buenas son tortas. Cada uno de nosotros suele escoger sus distracciones en función de unos intereses bastante relacionados con la ilusión de una brújula que nos propulse a un paraíso utópico que en mi caso se halla en partículas cotidianas que reordeno mientras mis ojos captan la realidad hasta estrujarla desde una óptica positiva. Siempre he pensado que las personas somos aburridas porque damos todo por hecho. Nos conmovemos escasamente con lo que nos rodea, y es una lástima, porque eso sólo demuestra nuestra sedación desde lo pedagógico, como si ya fuéramos incapaces de aprehender varitas en lluvia, sonrisas, esquinas y pequeñas migas del camino, repleto de una fábula que se escribe simultáneamente en cualquier rincón del Planeta. Al resignarnos a unas coordenadas fijas levantamos la bandera blanca, factor agravado en lo cultural por un seguidismo a formas tradicionales que con ligeros retoques quieren presumir de vanguardismo. Las nubes cubren el cielo y la pesadilla derriba cimientos para refundar una perpetua mediocridad.
A nivel literario los sueños pueden medir la obsesión por el proceso creativo. En verano de 2005 preparaba mi segunda novela en catalán, Colors. La trama transcurría en un enclave utópico con centro en un paseo rodeado de árboles y masías. Procedía a reposar y mis neuronas ejecutaban una sinfonía que completaba la redacción diurna. Veía personajes, enclaves y hasta mejoraba con leves bríos lo concebido en las horas laborales. El texto contenía abundantes dosis de delirio, lo que sin duda influyó en la extensión de su machaconería en el asueto de la vigilia de los pajaritos y sus trinos, alarmas naturales que no han retirado el sonido pese a la tecnología.
Quería terminar mi reflexión con una deriva hacia lo que anhelamos en el futuro. Escribo estas palabras refugiándome en la actitud de mis abuelos. Aún no se han abierto las urnas en Cataluña y noto una profunda desazón por la inminencia de un resultado vendido por un oportunista como un sueño barnizado de banderas que escurren el bulto de recortes y un porvenir de penuria. Esta derrota de la razón huele un poco a Europa en los años treinta del siglo pasado, época trágica que evitaremos juntando fuerzas, y eso sí que es un sueño auténtico, el de andar juntos para mejorar la sociedad. A veces, sobre todo en medio de crisis tan turbulentas como la que padecemos, lo mejor es darse la mano y aparcar en un ángulo tanta codicia y ego para ir más allá y recoger el testigo de la comunidad, divisa sin colores que debería inundar el panorama de la justicia.
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