lunes, 1 de septiembre de 2014

Curso de poesía en el Laboratori de Lletres



A partir de este otoño me incorporo al Laboratori de Lletres con un curso de poesía. Si estás interesado puedes ver el programa y otras informaciones clickando aquí

miércoles, 27 de agosto de 2014

Vender Barcelona para ganar BCN en El Diario



El pasado viernes publiqué en El Diario este artículo sobre la mala gestión del turismo en Barcelona, que a lo largo de esta semana ha capitalizado la atención informativa por los sucesos de la Barceloneta. Puedes leer el artículo aquí:


En catalán

En castellano

lunes, 25 de agosto de 2014

Pasado Imperfecto, de Tony Judt


Pasado imperfecto, de Tony Judt, por Jordi Corominas i Julián
Tony Judt, Pasado imperfecto: Los intelectuales franceses, 1944-1956, Taurus, Madrid, 2007
Traducción de Miguel Martínez-Lage

A veces el ansía de novedades hace que leamos con poco orden y ningún concierto. Suelo valorar a cualquier tipo de autor desde la trayectoria, sobre todo si es un historiador como Tony Judt, del que hace escasos meses leí El peso de la responsabilidad, donde recogió tres ensayos dedicados a Léon Blum, Albert Camus y Raymond Aron, tres hombres consecuentes que vivieron la época reflejada en Pasado Imperfecto, obra de 1992 donde el malogrado historiador aborda la actitud de los intelectuales franceses desde la Liberación de 1944 hasta los sucesos de Hungría de 1956.

El libro ofrece una visión global que en cierto sentido constituye una antesala de El peso de la responsabilidad. Si olvidamos este aviso para navegantes y nos centramos en el contenido del volumen caminaremos hacia la desmitificación absoluta de un período muy hermoso para los cánones masivos de la cultura actual, donde resulta fácil encumbrar a determinados iconos sólo desde la fachada, y eso es lo que ocurre desde hace tiempo con Sartre, Simone de Beauvoir y otros, pues los demás, de Mounier a Mauriac pasando por Paulhan o Roy, salvo Camus son notas al pie de la nota al pie porque no gozan de ningún tipo de predicamento en el universo que potencia el conocimiento de trivial pursuit.

Los nombres citados en el anterior párrafo han quedado como modelo de intelectuales comprometidos para un mundo necesitado de faros visibles. Sin embargo es curioso constatar cómo su influencia fue más bien escasa desde unas posiciones donde era fácil contradecirse y soltar un sinfín de gloriosas astracanadas sobre el Comunismo y los problemas de los regímenes de Europa del Este. En esto quien se llevó la palma fue el premio Nobel literario de 1964, pero sería injusto cargar todas las tintas contra su ya superada figura. Muchos pecaron de una incontinencia verbal que desacreditaba la figura del intelectual en el momento de su máximo apogeo.

¿Qué podían decir esos monstruos galos del Imperio soviético y sus modulaciones? Mucho y nada, porque la idealización afectaba su pensamiento, asimismo corrompido por el antiamericanismo nacido tras el fin de las hostilidades. Las actitudes estadounidenses en el Viejo Mundo y en su propio territorio generaron la ira de esos hombres de letras que, en cambio, juzgaban con enormes loas cualquier acción proveniente de Stalin y sus secuaces, como si el Comunismo tuviese una bula que el Capitalismo, malvado pese a impregnar hasta la médula el tejido del ropaje francés, no merecería.



Por otra parte hay que considerar otro punto. Francia siempre ha tenido un discurso político interno muy marcado que marca fronteras favorables y otras más bien deprimentes. Entre las primeras figuraría la formación de una mentalidad a partir de la Tercera República (1870-1940), propicia para crear la figura del pensador civil implicado en cuestiones estatales de largo recorrido, con visión histórica y una idea donde el Hexágono era por su especificidad un oasis de riqueza filosófica. Entre lo negativo figuraría la poca influencia del pensamiento extranjero si exceptuamos la prestigiosa escuela alemana, lo que provocó una cerrazón ombliguista que explica muy bien la poca trascendencia de los esgrimido por los galos, empecinados en defender su postura desde un profundo complejo de inferioridad que se extendía como un cáncer a partir de la desolación de la derrota contra Alemania en 1940 y el dominio yanqui a partir de 1945.

¿Podía tener el Hexágono cierta preponderancia en el nuevo orden mundial? ¿Estaba destinada a ser un  país de tercer orden? Las tornas mostraban una dualidad en la que Francia debía someterse a los dictados estadounidenses, aunque eso no impedía comentar con soltura la actualidad soviética y enfocarla desde una positividad que horrorizaba a los que sufrían la represión estalinista. Sartre siempre se apuntó a esos viajes donde soltaba parlamentos donde se ridiculizaba en su elogio de virtudes inexistentes ante súbditos humillados y reprimidos. Debía haber aprendido de la desilusión de Gide en 1936 o de la prudencia de Camus, Mauriac o Aron, desencantados con la hoz y el martillo para moverse en un ámbito donde su fuerza era expresarse sin depender de símbolos.



Por otra parte las discusiones de tan distinguidos personajes servían para apartar, algo imposible porque la realidad era otra, el fantasma del provincianismo, y en este sentido el libro de Judt es muy instructivo si pensamos en la situación española, donde nadie quiere traspasar el muro y abarcar lo internacional. Nuestros vecinos querían, y por eso eligieron un tema tan espinoso y actual en su era como el Comunismo, irrelevante en Francia entre otras cosas porque los USA prohibieron en 1947 la entrada de cualquier Partido con esa ideología en los gobiernos occidentales.

Thorez, el líder histórico, quedaba como un emblema que daba cobijo, pero ningún gran nombre de los tratados, entre los que no figuran Picasso y se menciona poco a Louis Aragon, se afilió al PCF, simple mito que debía ser respetado por su significado en la Resistencia, de la que muchos, una vez fracasó el breve ajuste de cuentas de la posguerra, renegaron para guardar formas e integrarse en las dinámicas de la caótica Cuarta República.

La situación gala podía compararse en lo abordado por Judt con el caso italiano, donde el PCI fue una fuerza trascendental hasta la caída del sistema. Sin embargo la diferencia entre ambos países radica en el instante del punto y final del idilio con lo soviético. Los franceses, de ahí la cronología del volumen, finiquitaron su amor en 1956 tras el discurso secreto, Hungría y el estallido del problema colonial. Los transalpinos, con alguna duda tras la tragedia magiar, apuntalaron su independencia tras los sucesos de Praga en 1968 en una reacción que fue un claro preludio del Eurocomunismo y del resquebrajamiento de la Guerra Fría en su bipolaridad.




El declive de esa fe casi religiosa y el paso a tratar asuntos internos, pues Argelia era francesa, muestra un viraje que resume un encogimiento de los términos del diálogo cultural y la aceptación de una realidad donde pese al prestigio todo se había reducido hasta dimensiones nacionales. En Estados Unidos lo galo sigue siendo importante, pero lo es para una minoría académica que venera a los sucesores de Sartre y compañía. Foucault, Lacan, Derrida y otros son carne para universitarios, lo que por otro lado demuestra, y suscribo plenamente lo que plantea el autor de El refugio de la memoria, que reciben una educación alienada de lo palpable, y lo mismo sucedió en la mente de estos pensadores tan reputados para quedar bien y sacarlos a colación en charlas intrascendentes. Excepto Camus, más por su muerte prematura y el mito de dejar un bonito cadáver, los demás forman un panteón de ilustres muertos ninguneados porque al fin y al cabo, y eso es lo más importante, sus opiniones no fueron básicas para la vida de un país que había perdido un rumbo que aun no encuentra.

miércoles, 20 de agosto de 2014

domingo, 17 de agosto de 2014

Poesía reunida, de Philip Larkin




Poesía reunida, de Philip Larkin, por Jordi Corominas i Julián
Philip Larkin, Poesía reunida, Lumen, Barcelona, 2014
Versiones de Damián Alou y Marcelo Cohen
Edición a cargo de Damián Alou

Los tres poemarios esenciales de Philip Larkin se publicaron a ritmo de uno por década. El dato no es sólo un capricho curioso de quien escribe, sino más bien un modo de entender cómo se estructura una existencia a partir de un silencio que pasa desapercibido. El poeta inglés era un bibliotecario, y se supone que tal oficio implica meticulosidad, orden y una arquitectura precisa que podría caer en el páramo de lo anodino, algo que no sucede con sus composiciones, ricas y cargadas de una serie de significaciones que parten de lo cotidiano para trascenderlo.

El imaginario de Larkin, y bien hace en precisarlo Damià Alou, se libró de unas cadenas demasiado exigentes cuando descubrió la poesía de Thomas Hardy. Los hechos familiares y el devenir de la normalidad cobraron protagonismo en contraposición con su estilo inicial, donde la influencia de Yeats y el merodeo de T.S. Eliot hacían de sus versos una especie de pastiche donde aun no se percibía un camino independiente al trazado por sus antecesores, senda donde se manejó con maestría al crear un universo propio alejado de grandes retóricas y ampulosidades que tanto gustan a esa mayoría que olvidó cómo Baudelaire decidió dejar su corona de la laurel en el barro de los Campos Elíseos para subir al burdel.

No todo el mundo ha nacido para abarcar la solemnidad y cubrirse de gloria con cantos áulicos. Al fin y al cabo uno de los grandes méritos del autor de Ventanas Altas fue asumir la falsedad del nunca pasa nada porque el mero día a día está repleto de pequeños detalles en los que fijarse para sacar petróleo. Si el poeta fuera un mero descriptor no nos interesaría en absoluto. La magia del bardo británico está en cómo transmite su visión de las cosas desde un desapasionamiento clínico que quizá es desengaño o un simple acatar lo que tenemos a nuestra disposición.

Podríamos diseccionar la trilogía, con el añadido de unos pocos poemas selectos, publicada en Lumen, pero en realidad la obra de Larkin tiene una coherencia que abarca toda su trayectoria. Engaños perfila temáticas clave y muestra el cuerpo que se quiere conseguir a partir de lo mínimo, donde la muerte surca el tejido mediante la plasmación de instantes de aplastante rutina que no por ello deja de ser hermosa. La devastadora ironía se mezcla con una brillantez quirúrgica que es al mismo tiempo un diálogo interior que alcanza su máxima expresión en Sí, mi amada. Asimismo la temporalidad es otra presencia constante. En compás de tres tiempos, por poner un ejemplo claro, vemos la sagacidad de Larkin al comprender, a partir de una calle, como una mera partícula significante es capaz de glosar pasado, presente y futuro porque los cambios sutiles reflejan cuestiones filosóficas sin necesidad de construcciones monumentales, basta un trozo de mundo, un ´álbum de fotos o la adopción de un apellido.



No creo que la poesía de Larkin sea cómoda. Pone el dedo en la llaga y a medida que su autor madura se vuelve áspera porque atesora una dura crítica a su época y a su disolución social. En Las bodas de Pentecostés la vejez es retratada como una miserable lacra que a todos nos llegará y que sucede sin que nos enteremos. Se percibe en tristezas hogareñas, en visitas a la casa paterna o en charlas muertas en la cama, donde la costumbre impide que ya nada se pueda decir. Otro punto a destacar, refinado si se compara con Engaños, está en el trato que se da a tópicos que destruye con naturalidad. Los grandes almacenes son un gran engaño, un tren nupcial es una efímera ráfaga de falsa alegría y un cartel publicitario pintarrajeado deviene una mueca de frustración colectiva de esa era sin heráldica tan distinta a esa paz uniforme de 1914, con esos matrimonios que no se acaban tan pronto, con esa inocencia perdida que dio paso a la supina estupidez de idealizaciones bibliófilas y egoísmos latentes en la atmosfera de una humanidad abocada a un destino igual que pocos meditan.

En Ventanas Altas se riza el rizo desde la experiencia de un trabajo que sabe forjarse y concreta lo apuntalado en los otros dos poemarios. Valga como referencia Los árboles, disparo a la incapacidad de renovarse pese a que los elementos nos muestran lo sencillo del hecho en sí, donde también se percibe una insatisfacción por la juventud endiosada y una poética del espacio, ya muy visible en Ambulancias, donde estaciones y hospitales son desnudos restos de la batalla.

Larkin, como cualquier creador que se precie, era contradictorio. Echaba de menos algo desvanecido y se emocionaba con ciertas parcelas de la realidad. En Annus Mirabilis alterna la euforia de 1963 con The Beatles y el descubrimiento de la sexualidad. Estas emociones, leves loas presentes en otras piezas como Homenaje a un gobierno, no obstaculizan un profundo desdén por determinados convencionalismos. Si en Naturalmente, la fundación correrá con los gastos se arremete contra la impostura académica de los laureados, en Vers de societé la calumnia recae en el tedio de las reuniones donde se habla de todo sin que de nada sirva ni se consiga satisfacción alguna por esos monótonos intercambios verbales de circunstancias. Esta intuición de misantropía se confronta con la censurada conciencia medio ambiental de Sin parar.




El bagaje del poeta, su máximo valor, es su vigencia. El siempre polémico Harold Bloom dudaba de ella desde su habitual obsesión por sentar cátedra. Los versos de Larkin tienen aquello propio de la lírica que permanece al abordar asuntos sin fecha de caducidad y exhibir facetas de uno mismo en las que el lector puede reconocerse sin dificultad, con la simplicidad que sólo se logra tras una ardua labor, economía de miedos que oculta la piedra picada para alcanzar la meta. Nuestro protagonista decía, marcando diferencias con popes del calibre de Auden o el omnipresente Eliot, que sus poemas no necesitaban rebuscados análisis, bastaba con leerlos. Con o sin razón es la mejor recomendación para disfrutarlos. 

sábado, 16 de agosto de 2014

España en la Gran Guerra, de Fernando García Sanz



España en la Gran Guerra, de Fernando García Sanz, por Jordi Corominas i Julián
Fernando García Sanz, España en la Gran Guerra, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2014

Siempre he pensado que el sistema educativo español propicia que el ciudadano cultive una ignorancia supina sobre la Historia reciente de su país. La calle puede llenarse de gritos rabiosos en los que suele faltar una verdadera revisión del pasado. Resulta más que curioso el silencio sobre el principio del Novecientos, cuándo el contexto propició situaciones que hoy en día se repiten, con los lógicos matices de cada situación, con apabullante matemática.

No dedicaremos estas líneas a glosar las similitudes entre el declive del sistema de la Restauración con lo nacido tras la muerte de Franco. Sin embargo, choca que se hable tan poco de lo acaecido durante la Gran Guerra en nuestro territorio. Fernando García Sanz lo intenta sine ira et studio en un ensayo bien estructurado que acerca la temática a partir de sus puntos clave.

La situación del país al estallar la contienda no era la más propicia para intervenir en ella. El desastre del 98 y los fracasos del primer decenio del siglo XX, con el magnífico colofón de la Semana Trágica de Barcelona y las frustraciones marroquíes, no invitaban a entrar en el conflicto. Desde un primer momento la opinión pública se dividió entre germanófilos y aliadófilos. El 19 de agosto el Conde de Romanones publicó sin firmar su famoso artículo Neutralidades que matan, donde apostaba claramente por la opción que representaban Francia, Inglaterra y Rusia.





Las potencias enfrentadas consideraron a la Península Ibérica como un espectacular campo de operaciones tanto en lo geográfico como en lo económico. La inmensidad de sus costas se revelaba idónea para la innovadora guerra submarina, así como base de operaciones en el Mediterráneo y el Océano Atlántico. Las reservas naturales de España se consideraban fundamentales por la abundancia de materias primas útiles. El autor del volumen no exagera al mencionar la trascendencia de la pirita y el wolframio español para la suerte de las hostilidades. En este sentido los aliados llevaron las de ganar, pero todas estas acciones no eran posibles sin la creación de una amplia red dentro del territorio nacional.

En esos momentos, eran poco los extranjeros residentes en la piel de toro, hombres que desde su cotidianidad se plegaron a las órdenes de sus embajadas, empeñadas en tejer una red de espionaje que posibilitara conocer cualquier movimiento digno de ser considerado. Los alemanes se llevaron la palma en el empeño. La población teutona creció como por arte de magia y su control se extendió con pasmosa facilidad mediante infiltraciones en todos los ámbitos sociales. Eso, como por otra parte es bien comprensible, implicaba la participación de españoles en la tarea, hombres y mujeres de toda clase y condición esparcidos en mil y un lugares a la búsqueda de informaciones que justificaran su cometido.



Si los germánicos llevaron la iniciativa, sus rivales sólo se quedaron atrás hasta cierto punto. Pese a ello les costó horrores aplacar el dominio del águila en los mares, donde los submarinos no tuvieron piedad alguna con navíos y buques españoles, lo que comportó en más de una ocasión serias crisis diplomáticas entre el gobierno de Alfonso XIII y las fuerzas aliadas, quienes desconfiaban de una verdadera neutralidad en medio de lo inestable de la política del período, donde los cambios ministeriales y militares estaban a la orden del día y enmarañaban más un tablero ya de por sí complicado.

El conflicto marítimo es una de las claves que articulan el libro del director de la Escuela Española de Historia y Arqueología en Roma, algo visible en la abundancia de datos relativos a Italia, inferior a los demás contendientes pero con un interés fortísimo en asegurar su red española, centrada, como sucedió con los demás implicados en la partida, en Madrid y Barcelona.

Cada año propiciaba variaciones internas y externas. El curso de los acontecimientos españoles era una constante fuente de problemas. Si el país era un nido de espías, prolongado tras el armisticio, no era extraño que el rey pensara que la triple crisis de 1917 estuviera ideada por elementos que hacían de España un lugar que escapaba a su control porque los extranjeros eran capaces de mover los hilos con una soltura imposible de evitar. Los sucesos militares, políticos y obreros de ese año tuvieron participación foránea, aunque, lo expreso desde mi modesta opinión, respondían a factores macerados largamente que se precipitaron por la conflagración, enriquecedora de pocos, fuente de precariedad para muchos y letal a la hora de incrementar los desequilibrios de una sociedad enferma que derivaba hacia la agonía.



Alfonso XIII quiso vender su papel de mediador en el conflicto para hacer de Madrid la capital de la paz mundial. Su envite era absurdo porque, efectivamente, poco o nada podía regir de su corona. Los periódicos estaban a sueldo de las potencias y manipulaban la información para que los lectores y la órbita del poder plantearan debates favorables a uno u otro bando. Pese a ello da la sensación que ni los aliados ni Alemania tuvieron claras las preferencias españolas. En 1916 existió la posibilidad de entrar en guerra con Francia, Inglaterra y Rusia, pero sus peticiones, donde Marruecos era esencial, no fueron bien acogidas. Se lograron muchos acuerdos con la triple entente, pactos que no paraban el desdén y las dudas. El país respondía impotente a las violaciones marítimas de los teutones, y sólo al final, cuando la derrota del ejército imperial parecía irreversible, hubo algo de dureza en la posición del gobierno para con la arrogancia germánica.

Cuando todo terminó la ingenuidad volvió a triunfar. España pensó que recibiría una silla en la conferencia de Versalles, vana ilusión, porque Wilson podía charlar sin que ello supusiera ningún beneficio por el esfuerzo realizado en favor de la causa ganadora.

El ensayo de García Sanz es preciso en su desarrollo, disecciona con orden el laberinto y sabe contar historias que desencorsetan el tono académico. La historia del comisario Bravo Portillo, a sueldo de los alemanes en Barcelona, es digna de una novela. Denunciado por el mítico anarquista Ángel Pestaña fue asesinado en 1919 en lo que puede considerarse como el inicio de los años del pistolerismo en la Ciudad Condal, preludio de otra suma de malestares que culminó con el pronunciamiento de Miguel Primo de Rivera y el adiós a una democracia insalubre que dio paso a siete largos años de dictadura. ¿Fue consecuencia de la Primera Guerra Mundial en España? Sí, pero esa ya es otra historia. 

miércoles, 13 de agosto de 2014

Historia en viñetas de la Gran Guerra, de Louis Raemekers



Historia en viñetas de la Gran Guerra, de Louis Raemaekers, por Jordi Corominas i Julián
Louis Raemaekers, Historia en viñetas de la Gran Guerra, Ginger&Ape, Jaén, 2014
Traducción de José María Matás

Resulta gracioso observar cómo en la España contemporánea la gente idolatra las estupendas viñetas de Andrés Rábago, El Roto, y las cuelga en las redes sociales, donde su efecto simboliza muy bien nuestra época, donde la repetición de contenidos termina por sedar su mordacidad.

Este 2014 es un año de recuerdo de lo acaecido hace un siglo. Mientras escribo pienso en los hombres que en ese lejano verano luchaban en una contienda insensata que acababa de estallar porque se había roto el equilibrio de un sistema de alianzas incapaz de aguantar la burda excusa del asesinato de Sarajevo. En ese tiempo los viñetistas ejercían una importante labor crítica en todo el mundo, baste recordar la revista alemana Simplicissimus o la legendaria Esquella de la Torratxa. Esos dibujos ponían el dedo en la llaga con brutalidad e ironía hasta el punto de constituirse en una amenaza para el orden establecido, siempre desconfiado ante aquellos capaces de advertir de los desmanes del poder.



Hoy en día, al menos en nuestro país, nos creemos muy especiales por el humor gráfico surgido de la crisis, pero no conviene tirarse flores sin conocer el pasado. Durante la Primera Guerra Mundial un holandés que luego fue errante se equiparó en influencia a Emperadores y Generales mediante su arte en un estado de gracia que ya jamás repetiría.

Su nombre era Louis Raemaekers, tenía 45 años cuando estalló el conflicto que le aupó a la fama internacional. Sus caricaturas devinieron más eficaces que cualquier propaganda y los alemanes llegaron a poner precio a su cabeza. Los aliados aprovecharon su lápiz para, nunca mejor dicho, cargar las tintas contra el enemigo y difundir su crueldad por todas partes.

Durante la conflagración su obra fue traducida a dieciocho idiomas, y en 1919 se publicó la Raemaekers’ Cartoon History of War, que ahora amplía en una extraordinaria edición la editorial jienense Ginger&Ape, uno de esos sellos independientes que no da un paso en falso en su aun breve y jugoso catálogo.

Esta adenda añade textos e ilustraciones del final de la contienda, una etapa brumosa que aun muchos desconocen. Pese al alud de información, o quizá por ello, del siglo XXI seguimos en el limbo de nuestros antepasados, que entendían todo mejor a través de las imágenes, y en este sentido las del neerlandés son un estupendo compendio didáctico que resume con pocos trazos un sinfín de episodios que conmocionaron al planeta.



Es interesante comprobar, sobre todo si uno piensa en las decisiones tomadas en Versalles, cómo la visión del autor centra su mirada en la barbarie germánica desde esos primeros días en Bélgica donde el delirio bélico de violaciones, saqueos, incendios y otras calamidades tiñó el cielo humano de negros nubarrones. El Káiser Guillermo II es dibujado como un personaje diabólico, líder de unas fuerzas del mal que contrastan con la relativa belleza en el trato a sus oponentes, armónicos frente a la devastadora y ambiciosa Kultur, empecinada en barrer del mapa cualquier obstáculo que le impidiera culminar su objetivo.

Si sólo fijara su atención en los teutones, el libro sería completo, pero su fuerza radica en ofrecer una perspectiva general de la Gran Guerra donde caben desde el genocidio armenio hasta la revolución femenina que supuso la contienda. No por azar menciono estos dos temas, silenciados durante decenios por la opinión pública mundial, aquella voz autosuficiente con tendencia a olvidar el pasado porque ella sola construye por desgracia nuestro presente a través de la transmisión de datos que juzga interesantes para su cometido.

Las tragedias civiles, las batallas más célebres o los discursos más apasionados se funden en el libro. Los textos, cortos y estupendamente seleccionados tanto en la edición original como en la ampliación ya comentada, son un apoyo vital que permite entender mejor lo expresado por un héroe que sin mostrar su rostro era más efectivo para la causa de los oponentes del Reich, a la postre vencedores de la carnicería.
Tras la guerra, Raemekers se trasladó a Bruselas, donde vivió de su ingenio druante más de veinte años. Perdió la magia, se trasladó a Estados Unidos y hasta colgó los pinceles antes de volver a su tierra natal, donde murió olvidado por todos en 1956, cuando la publicidad avanzaba en su órdago por imponerse como estrategia y Occidente buscaba nuevas formas de sugestión.




Puede que tras esta machacona conmemoración volvamos a desterrar lo ocurrido en las trincheras, pero la obra del holandés va más allá de las mismas y sirve cómo cura de humildad ante nuestra petulancia de inventores de la nada. Mirar atrás es útil y en este caso necesario para rememorar el oprobio que aceleró el suicidio del Viejo Mundo y encumbró a los altares a un cirujano de la realidad con un quirófano diseñado para la toma de conciencia colectiva. 

viernes, 8 de agosto de 2014

Gustav Mahler de Henry-Louis de la Grange

LA SÍNTESIS DE LA BESTIALIDAD

Gustav Mahler tuvo la suerte de morir en 1911, justo antes del cataclismo del que este año conmemoramos el siglo. La fortuna de su óbito impidió que en vida se asemejara a los que tanto detestó, pues la cultura que nacería después de la Primera Guerra Mundial, amenazante en el horizonte desde principios del novecientos, lo hubiera considerado una especie de reliquia, digna, pero de otro momento ya superado. En este sentido es digno de encomio que el genio austríaco entendiera a la perfección que un nuevo tiempo se avecinaba. De otro modo sería imposible comprender su relación de amistad con Arnold Schoenberg, a quien confesó no entender con total plenitud su camino hacia la revolución que engendraría el dodecafonismo.
La incomprensión del padre era distinta a las reglas canónicas porque se nutría de una esencia que sabe leer el arte a través de etapas que se complementan entre sí por evolución. Sólo de este modo puede captarse cómo Mahler, además de un prodigioso e innovador compositor, fue un excepcional director de orquestra porque asimilaba las enseñanzas de los grandes del pasado para catapultarlos al presente con su pureza intacta e impoluta, consiguiendo que su canon deviniera clásico mediante el virtuosismo de su batuta.
A lo largo de la última década la bibliografía relativa a nuestro protagonista se ha acrecentado en España desde varias perspectivas. Una de ellas topa con una tendencia bastante absurda que copa la fascinación a través de retales biográficos que se convierten en tópicos. Un cierto sector ha privilegiado su recuerdo a través de la insigne, ínclita y polémica viuda. Alma Mahler y sus escritos gozan de gran atractivo para un reducido, aunque trascendente sector de público. Por otra parte existen otro tipo de obras, como la de Norman Lebrecht que comentamos en estas mismas páginas, que prefieren abordar la existencia del compositor mezclándola con sus logros musicales, fundiéndolos en un todo natural que se aleja del mero homenaje, como se da por ejemplo en los recuerdos de Bruno Walter, e investiga cómo avanzó ese torbellino destinado a evitar la indiferencia antes, durante y después de su singladura de medio lustro por este mundo.
Akal
Akal
Para completar la serie, infinita porque siempre surgirán nuevos volúmenes que aportarán algo al ingente material disponible, faltaba que apareciera en castellano la magna, por absoluta, biografía de Henri-Louis de La Grange. En mis memorias de paseante por librerías siempre quedará un hueco para esas pausas en la sección de música mientras dudaba si gastarme ciento ochenta euros equivalentes a tres mil ochocientas páginas sobre el que fue director de las más importantes Óperas del fin de siècle. Miraba esos lomos encuadernados de negro con letras blancas y pensaba si valía la pena gastar tamaña cantidad de dinero. Ahora Akal publica la síntesis de esa maravilla en un solo tomo que resume la bestia, idea muy de acorde con nuestra era, donde los monumentos para ser aprehendidos deben ser guillotinados para facilitar su digestión en una sociedad que pide prisa y concisión.
El resumen, factible gracias al esfuerzo de Joël Richard, enfoca la cuestión de condensar tanta hiperactividad con verdadera solvencia. Si el autor necesitó tanto metraje, por usar una válida metáfora cinematográfica, para cumplir con su cometido fue porque su personaje de predilección fue un monstruo que nunca paró en su voluntad de amar su arte y proyectarlo a los demás. Se ha hablado de un Mahler dictatorial, pero lo que encontramos es, sobre todo, un perfeccionista que no quería dejar ningún cabo suelto en su versatilidad que le proporcionaba el hálito para seguir hacia delante. Ello se ve y se entiende desde las dificultades de su origen, burgués de provincia y judío, hasta su periplo para escalar las cumbres que se había propuesto desde una coherencia envidiable basada en dos factores que anticipan muchas modernidades. Una de ellas es su afán por mezclar lo popular con la alta cultura, como si de este modo hubiera entendido con gran antelación que el siglo XX tomaría estos positivos derroteros. Esta postura, audible desde su primera sinfonía, le granjeó duras críticas a las que se añadieron las de una crítica que alternaba sus reproches entre un furibundo antisemitismo y una escasez de miras donde la afrenta del austríaco era imponer pautas originales que reforzaban lo tradicional desde su asimilación, única forma de superar lo vetusto para brindar la primavera a la Humanidad.
Si usamos estos vocablos es porque la labor creadora era el premio a su trabajo anual en teatros de rompe y rasga. El gran laurel fue dirigir la Hofoper entre 1897 y 1907. La gran institución vienesa era más que una ópera, era el sitio donde medir el pulso de una sociedad que se debatía entre un anquilosamiento esquizofrénico simbolizado por Francisco José, el padre amenazante en la cúspide, y un vigor cultural comparable al de París por pluralidad y riqueza. Las embestidas que propinaron a Mahler eran propias de un conformismo que notaba amenaza en un impulso de limpieza donde lo pretérito se hermanaba con el presente sin dificultad. Alguien llegó a decir que las grandes figuras empequeñecen a los sempiternos enfurruñados, y en este caso la ecuación se cumple a rajatabla. Sólo cuando abandonó su puesto se hizo cruenta su ausencia, pérdida que advertía de un adiós al esplendor y una bienvenida al Nuevo Mundo cargado de oportunidades en contraposición con Europa, condenada a quebrarse en su petrificada insolencia.
Mahler en Nueva York es la inteligencia de quien abandona la nave porque sabe del motor gastado. La leyenda ha querido mostrar su estancia estadounidense desde una óptica enferma que desmiente el experto francés, hagiógrafo sin pasarse al atestiguar una precisión cada vez menos frecuente en el género. La Grange considera, no sin razón, que hoy en día Mahler se hubiera salvado y que sólo se topó con la guadaña porque en 1911 no existían los antibióticos. ¿Influyó en algo lo atribulado de su último lustro con el fallecimiento de una de sus hijas y la crisis con su mujer? No debe descartarse, si bien el autor prefiere mimetizarse con el objeto de estudio hasta el punto de enhebrar una obra donde se exhibe la tenacidad de quien se desvivió por aquello en lo que creía hasta entregarle el alma al creer con obstinación en su misión, pues no puede calificarse de otro modo su carrera, tour de force destinado a la inmortalidad con unos ingredientes que asombran por lucidez y que pueden rastrearse no sólo con el alud de datos que contiene cualquier vida porque el volumen se cierra con un análisis pormenorizado de todas sus piezas, diseccionadas al milímetro, una por una, sin dejar espacio para el defecto o la improvisación.
Decíamos al inicio de este texto que Mahler olió el porvenir. Mientras lo hacía también supo dejar su impronta pese a correr millas por delante con un estilo burgués del instante en que esa clase social era capaz de mejorar la sociedad desde la excepción. El vocerío de la ignorancia le afectó como a todos, pero sabía que su herencia, su verdadero poso, estaba en un pedestal mucho más alto, desde donde no se escucha el ruido y la mediocridad queda apartada con naturalidad. Creía en su estrella y por eso aun la contemplamos.

martes, 5 de agosto de 2014

Frases de borrachera en Todos somos sospechosos




La pasada semana seguimos en Todos somos sospechosos con nuestra serie dedicada a los borrachos. Si en la anterior entrega hablamos del fenómeno, en esta centramos nuestra charla en las frases épicas que generan los estados etílicos. Puedes escucharlo aquí

lunes, 4 de agosto de 2014

El palacio y las máscaras del pujolismo en eldiario.es



El pasado viernes publiqué en eldiario.es el artículo "El palacio y las máscaras visibles del pujolismo", donde más que hablar del personaje se centra en las estructuras de su herencia para Cataluña. Puedes leerlo aquí.


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