jueves 17 de diciembre de 2009

La noche de los tiempos en Revista de Letras


Viaje hacia el abismo personal y colectivo: La noche de los tiempos de Antonio Muñoz Molina por Jordi Corominas i Julián

Hace frío en Madrid. En Estados Unidos la estación es anonimato. Ignacio Abel es un hombre sólo en el mundo, cargado de recuerdos que una maleta no puede llevar. Su pobreza estética y su alienación española son el mal de un país en guerra, enfrentado al irraciocinio por exceso de retórica y salvajismo contrario a reformas.

Leer La noche de los tiempos de Antonio Muñoz Molina me ha hecho pensar mucho en dos cuestiones fundamentales. La primera se refiere al estado de la literatura española y al debate entre jóvenes y consolidados. La prosa del ubetense contiene una naturalidad cargada de experiencia y madurez que permite reflexionar sin alardes, escribiendo desde una desnuda solidez que quiere contar la historia de un tiempo y su tensa atmósfera para explicar o intentar entender los motivos de la catástrofe. La Guerra Civil asoma otra vez y asiste a su cita más que anual vestida de cotidianidad, con traje de altos vuelos. Cabe suponer que cada narrador que trata el tema de los temas busca dar con la visión definitiva del conflicto. Es imposible. Moriremos y las generaciones venideras continuarán con la cantinela, y probablemente así sea porque nunca hemos sido claros con esos tres años, presentes en nuestra educación sentimental desde una vertiente anecdótica que ofrece muchos datos, lágrima fácil y escasas certezas. Nos sobran los motivos, pero también hay que intentar entenderlos si queremos ser honestos con la Musa Clío, la gran protagonista de un relato colectivo difícil de hilvanar por su abrumadora importancia que supera personas y las engulle sin piedad.

Para resultar creíbles en esta batalla conviene armar con mucha precisión el contexto y el alma de los personajes. Ignacio Abel es válido para la causa, un hombre templado que observa con inevitable pasión la antesala de la carnicería. Arquitecto de origen humilde, vive en el barrio de Salamanca y sigue con devoción las obras de su proyecto más ambicioso: La Ciudad Universitaria. Abel es un español que mira más allá y abraza valores modernos. Ha estudiado en la Bauhaus, tiene amistad con altas figuras político-culturales y detesta la rancia tradición nacional-católica encarnada por su familia política, obstinada en negar el progreso y alentar desde su mediocridad la defensa de un orden caduco. Su vida ha alcanzado una plenitud agridulce. Su cenit profesional contrasta con la rutina casera, con una mujer a la que no ama y unos hijos que le preocupan bastante menos que sus ocupaciones laborales. La ruptura llegará bajo el signo del amor. Judith Biely irrumpirá y ya nada será igual. La americana es joven y curiosa. Sus preguntas e inquietudes obtienen respuestas que ayudan al lector a situarse en el ambiente de 1936, cuando el Frente Popular gobernaba y la calle se llenaba constantemente con proclamas políticas que alimentaban hambres revolucionarias de varios colores, todos nefastos.



El romance es como un puente conector hacia la huida de una realidad desagradable y angustiosa, fuga que se concretará cuando el arquitecto emigre a Estados Unidos para edificar una biblioteca en un campus. Las citas furtivas y el deseo manifiestan la voluntad de aislarse del mundanal ruido y disfrutar de un sueño dentro de la pesadilla que se cierne en el horizonte. Durante más de quinientas páginas leemos caricias, arrumacos, besos, carantoñas y anhelo físico, aunque lo importante, reiteramos, es lo que flota en el aire, una lluvia tóxica que explotará el 18 de julio, golpe de Estado fascista que coincide con el fin de la relación a escondidas, como si lo palpable y conocido se desvaneciera y sólo quedara lugar para sangre, fusiles y el delirio. Ese día de estallido bélico y amargura sentimental Ignacio Abel asumirá la soledad como divisa impuesta por las circunstancias y cruzará otro peaje en su camino hacia el desapego al comprobar que sus esperanzas de una República reformadora y democrática se van al garete porque las pasiones políticas no entienden de leyes y sí de proclamas, uniformes y venganza, pura y dura. En este sentido el pensamiento del protagonista muestra cómo, desde su retiro neoyorquino, analiza Muñoz Molina el problema del ruedo ibérico, donde todos fueron grandes farsantes imbuidos por no muy nobles ideales, mentirosos de escándalo que tanto en un bando como otro engañaban a sus semejantes para difundir que todo iba bien en la senda hacia la victoria.

En ocasiones Ignacio Abel puede recordarnos al Aschenbach de La Muerte en Venecia. Ambos pasean por ruinas pletóricas, rebosantes de energía, ignorantes de sus límites decrépitos. Son estandartes de una humanidad quimérica, muñecos de tinta que aspiran al orden que debería existir si todo fuera perfecto. Su utopía topa contra un muro hecho de verdades dolorosas donde padecen y desaparecen porque la función no va con ellos, la realidad les supera porque no contiene en su interior la esencia del bien o la belleza. Estos personajes tienen en su haber la potencia del ideal que nunca será y tendría que ser, el magnetismo de quien cree en una cierta justicia que los demás no comparten porque se dejan sumergir, frágiles como el barro, en el fragor de la existencia, animales inércicos que prefieren el combate descamisado al pensamiento positivo. Abel y Aschenbach son oasis en un triste desierto, exiliados mentales que lloran en silencio por culpa de la locura que todo lo invade e impide crecer a nuestra desdichada especie.

La noche de los tiempos es una obra de dimensiones épicas. Lo es por su extensión y por lo que pretende. El tono neutro y pausado es su principal fuerza al generar un discurso político que amonesta el pasado con sutileza, poniendo los puntos sobre las ies para intentar comprender el porqué del desastre. La lentitud inicial del relato se aviva cuando se desencadenan los acontecimientos. La parte dedicada a ese terrible mes de julio es memorable por su alternar noticias periodísticas con la evolución de la trama, dando a la novela una velocidad vertiginosa y envolvente, sobre todo en esos nebulosos fragmentos de Madrid en armas, con Abel vagando intentando recabar información de su amor mientras el pueblo toma el inicio de las hostilidades como una gran fiesta que cimentará la futura revolución. Esa parte de la novela alcanza grandes momentos narrativos de inusual intensidad, pero luego el tempo decae y volvemos a sumirnos en pausas que parecen posos con llantos silenciosos, donde el reloj mueve sus agujas con lentitud a medida que se acerca el punto y final, como si con ese ritmo el narrador quisiera transmitir con más bestialidad la agonía republicana, dama violada por unos y por otros. Ignacio Abel reposa en una casucha norteamericana donde se sobresaltará por última vez mientras en España las tropas nacionales destruyan su querida Ciudad Universitaria.



El enfoque que Muñoz Molina da a esta eterna temática guerracivilista es sumamente interesante porque aúna didactismo y la novedad de quien prefiere escarbar más en los motivos que no en batallas o efemérides históricas que al ser noveladas quedan deformadas e irreconocibles, bien por partidismo, bien por no atenerse a la objetividad que requiere un asunto de tamaña importancia. Sí, lo sé, siempre seremos subjetivos, pero cabe la posibilidad de narrar lo más cruento de España con intención de aprehender y no erosionar. Los tópicos a veces son ciertos y esa comprensión es la única manera posible de aprender errores pretéritos, usándolos para mejorar y advertir a los que vendrán, que a buen seguro lo harán mejor que nosotros.


http://www.revistadeletras.net/viaje-hacia-el-abismo-personal-y-colectivo-la-noche-de-los-tiempos-de-antonio-munoz-molina/

martes 15 de diciembre de 2009

Hola, sóc el Pare Noel en Bcn Week


Hola, sóc el Pare Noel o com viure les festes disfressat (dejad que los niños se acerquen a mi) by Jordi Corominas i Julián

Quan era petit estimava les festes de Nadal. Las muñecas de famosa se dirigen al portal, para dar al niño su cariño y su amistad. Y Jesús en el pesebre sonríe porque está alegre. Rodolí. Un tronc cagava regals perquè li donava cops de bastó i pel carrer un petit percentatge d’adults anava disfressat amb colors estrafolaris. El somni conclogué quan amb set anys vaig veure que el rei negre de Santa Maria de Palautordera s’assemblava massa al pare d’un dels meus millors amics.

Els traumes passen i es reciclen. Ara passejo per Barcelona i les llums festives apagades fins que arribi la setmana consumista em semblen un robatori, la típica presa de pèl dels eficients polítics que ens governen. Fins i tot les persones que treballen de Pare i Mare Noel formen part d’aquest circ que tothom accepta sense remugar. La diferència és que ells ho fan per arribar a final de mes. Ningú de la nostra societat ha pensat en contractar barbuts sense sostre, per això els estudiants són els homínids amb més probabilitats de patir l’esquizofrènia de Santa Claus durant quinze dies de regals, jojojo i altres disbarats típics dels grans magatzems.

He aconseguit la informació que em permet mostrar-vos aquest article parlant amb dues persones que sacrificaren les seves vacances per fer pantomima remunerada. El nostre primer protagonista, víctima sacrificada, prefereix romandre en l’anonimat. Respon a les meves preguntes mentre unes dones canten flamenc. És divendres i anem una mica beguts. Trenquem el gel. No Jordi, ningú va voler estomacar-me. La majoria accepta les regles del joc i professa veneració malgrat sàpiguen de la farsa. S’apropen i demanen caramels. T’ho agraeixen i marxen. Pensa que jo era un Pare Noel de baix rang, fred a la porta d’ingrés, moltes mirades furtives a ties bones, lliurament de llaminadures i poc més. Els grans volen satisfer als petits. Com que som uns infeliços es respecta el ritual. M’ho passava bé, era molt entretingut observar les reaccions de desconeguts entusiasmats amb l’enlluernat i l’ambient nadalenc. Repetir-ho? Why not? M’abraçaven de broma i tots trobàvem la solidaritat de qui demana afecte i no sap com obtenir-lo.

Em deprimeixo. La meva imaginació frisava per històries corrosives i burles que deriven en tragèdia. Empleado del Corte Inglés es apaleado por su indumentaria. Truco a una amiga i em transmet esperança explicant-me la història d’un actor que demanà almoina transvestit de senyor dels rens. Guanyà molts calés per diferència i simpatia. Rodamóns de l’univers, uniu-vos! Pido para un Ferrari y un chalet en Marbella. Vull dades, sorpreses. Obro el meu Facebook i enlloc d’escriure que avui estic content o que rento els plats amb flors de Bach opto per demanar als meus amics si coneixen individus amb temporalitat lapònica. Bingo! Una noia resident a Costa Rica em narra per chat les seves experiències. Començà la seva carrera movent-se per autobusos i vagons de TMB, on omplia de joia als passatgers, si bé els avis desconfiaven d’aquella entusiasta Mare Noel, doncs creien que enlloc de donar xocolatines volia robar amb l’excusa de la celebració del naixement de Crist. Alguns nens ploraven i d’altres es llençaven al buit absolut, com si visquessin el seu moment infantil, psicologia pura, de barra de bar i dir la veritat. Un d’ells quan li preguntaren que necessitava el seu pare per Reis no tingué cap mena de por en dir que la urgència del moment era un xampú anticaspa. Chapeau per la criatura. Nietzche tenia raó.

Ens traslladem a Francesc Macià, a una gran superficie comercial. Ara la meva informadora ha progressat i passa vuit hores diàries vestida de patge d’en Baltasar. La ingenuïtat dels xiquets li dóna poders sobrenaturals. La miren amb esglai i es deixen transportar per la màgia. Cap d’ells vol quedar-se sense joguina, ignorants com són de la orgia monetària que generen. Els nadons, que poc poden entendre, obren els ulls i somriuen amb l’espectacle mentre els progenitors deixen escapar de la seva cuirassa un reguitzell de la il·lusió que tingueren anys enrera, quan no carregaven amb el pes econòmic previ a les campanades i els dotze grams...de raïm.

La meva sincera opinió és que aquests símbols importats haurien de morir cremats a una foguera demencial. El negre de Banyoles els substituiria i la seva presència seria un element integrador del planeta multicultural, Barack Obama acceptaria ser noi Freixenet i enlloc d’equins nòrdics ballaríem al voltant d’una taula duent amb orgull la llança de la reconciliació racial i la unitat de l’espècie. Malauradament els meus projectes són inviables i només tenim les bones accions per creure la pantomima.

Rebo un nou correu que completa l’entrellat. La patge, que alguns anomenaven en castellà paja real per després emmudir, participà a una campanya d’una coneguda emissora radiofònica que regalava joguines a la quitxalla més desvalguda. La única condició era que fossin noves, les velles anaven a la brossa. Moguda per un impuls caritatiu l’obrera emmascarada desafià les normes perquè sabia que els nens només volen gaudir amb els regals, per a ells la novetat no depèn de la segona mà. Per això agafà una antiga Nintendo amb un piló de jocs i la cedí d’amagatotis al Casal de nens del Raval. El rostre de les responsables s’engrescà i l’agraïment fou infinit. L’anècdota il·lustra massa bé la dualitat entre la normalitat de qui trepitja l’asfalt en contraposició dels que estiren les cames als seus luxosos despatxos. ¡Nochebuena de amor, Navidad luminosa, es el mensaje feliz de las muñecas famosa!


Foto: Jordi Corominas i Julián

lunes 14 de diciembre de 2009

La zona maldita en La Hora-L de Radio Barcelona-Cadena SER



A veces el mundo del crimen ofrece casos sorprendentes que trastocan la supuesta lógica de los acontecimientos.En Barcelona, el cruce de la Calle Industia con el Pasaje Catalunya se lleva la palma. Dos crímenes en el mismo lugar separados por una década....ambos con un muerto erróneo, víctimas que recibieron muerte sin entender las razones de sus asesinos.

Traté el caso de la zona maldita en un artículo antiguo de Matar en Barcelona, el enlace es el siguiente: http://corominasijulian.blogspot.com/2009/04/matar-en-barcelona-en-bcn-week.html


Crímenes en la Hora-L

Cada martes a partir de las 13.06 de la tarde


Radio Barcelona-Cadena SER

96.9 FM
666AM

domingo 13 de diciembre de 2009

Matar en Barcelona en Bcn Week: Carmen Broto




Carmen Broto by Jordi Corominas i Julián


Are you ready boots? Próxima estació: Joanic. Bajamos Paseo San Juan hasta Padre Claret. En el número 16 nos transportamos sesenta años atrás y vemos salir a una rubia platino del truculento portal. Se llama Carmen Broto. La esperan en un coche dos hombres para tomar unas copas y alargar una noche de lunes a martes del frío enero. El trío maravillas bebe en un par de bares y con el motor a toda pastilla se encamina hacia la zona del Hospital Clínic. Son las dos de la madrugada, quizá un poco más tarde. En un abrir y cerrar de ojos se desencadenará el crimen más famoso de la posguerra barcelonesa.

Los dos jóvenes acompañantes se llaman Jesús Navarro Manau y Jaime Viñes. Se conocen desde pequeños y saben muy bien cómo ganarse la vida sin dar un palo al agua. El primero es considerado un apolíneo, moderno de los cuarenta. Viste a la última y frecuenta los bares de moda por santa gracia de sus amoríos de pago con el empresario Eusebio López Sert, propietario del vehículo con rumbo a la muerte. Su amigo Viñas es más modesto. Trabaja en una panadería y desea con toda su alma que el golpe que quieren perpetrar llegue a buen puerto. No es fácil asesinar riqueza impostada para llenarse los bolsillos de oro.

Su plan es simple. Carmen Broto, oscense que aterrizó en Barcelona justo después de la Guerra Civil, es amante de Juan Martínez Penas, dueño del popular Tívoli. Su labor es básica para el entretenimiento de la gente y eso genera pingues beneficios. Estamos en una España sin internet ni televisión. El buen hombre se encapricha de la rubiales con alegría, sus amigos la llamaban cascabelitos, y pese a no recibir mucha atención sexual la luce y halaga con alhajas y abrigos de astracán. La antigua chica de la fábrica de cajas de cartón se da baños de abundancia y presume con amigas y desconocidos. Pobre Carmen. La Historia la tildará de puta, lesbiana, espía comunista, embaucadora y un largo etcétera sinsentido. Era una mantenida que, como bien indica la palabra, se aprovechaba de los favores que le brindaba el magnate cabaretero, quien se enorgullecía de ir acompañado por su trofeo a los toros y a los más caros restaurantes, donde las clases pudientes disfrutaban ocultos tras unos arbustos para no ofender al pueblo, hundido y a la deriva tras la victoria fascista de 1939. Esas fiestas de oropel no colmaban la energía de Carmen. Era normal verla en el bar Alaska, justo al lado de su casa, junto a gente de su edad como Jesús Navarro Manau, probable amante antes de enfundarse el traje de sepulturero.

Urbe con pocas horas de luz, cartillas de racionamiento y lunes de estreno. La noche del 10 de enero de 1949 Carmen y Jesús fueron al cine a ver Alma en Suplicio. Ella con Martínez Penas y una amiga al Metropol de Roger de Llúria. Él con su novia al Capitol de la Rambla. Al terminar la sesión ambos se despiden de sus parejas. Corre el reloj. La una. Los bares. Las dos. El Clínic.

Volvamos al primer párrafo. Después de consumir coñac en dos establecimientos, Carmen y sus acompañantes se dirigen al Ensanche para consumar su afán de nocturnidad. La algarabía cede paso al dolor, luego al desconcierto. Viñas revela la verdadera intención de la velada: robar la caja de caudales de Martínez Penas, residente en el número 139 de la Calle Aribau. Por ello no nos tiene que extrañar en absoluto que la víctima recibiera el primer mazazo a escasos cien metros, en la esquina con Provença, del destino planeado por sus amigos. Verónica Lake intenta huir, un guardia del hospital la ve con sangre en el cráneo y sugiere ingresarla. Jesús y Jaime se excusan con el pretexto de llevarla a una clínica privada. Arrancan los motores. Diagonal vacía, Gracia en silencio. Les espera un tercer hombre, clave en el operativo. Es el padre de Navarro, experto espadista, número uno en abrir candados, cajas fuertes y lo que ustedes quieran. Llámenle. El delincuente progenitor les atiende en Encarnació con un chasco enorme al ver el enorme charco de sangre y el cadáver femenino. Los nervios apremian. Dejan el coche de cualquier manera en el cruce de Sant Lluís con Escorial y entierran el cuerpo en un huerto de propiedad que resuelve el entuerto en la calle Legalidad. 2:30 de la madrugada. Una hora y media más tarde un taxista halla el cuerpo suicida del padre a escasas manzanas del bar Alaska. Cianuro y adiós, lo mismo que Viñas, fiambre con una nota en una triste habitación de hotel: Soy inocente. No se culpe a nadie de mi muerte. La vida es sueño. Y los sueños, sueños son. El único detenido por el homicidio de Carmen Broto será Jesús Navarro Manau, un perla que al ingresar en prisión se casó con su novia, embarazada. El verdadero hijo del caso, quien le de leyenda y esplendor, será Juan Marsé al publicar en 1976 Si te dicen que caí, novela donde aquel crimen que despertó a Barcelona de la falsa paz de los vencedores se erige en símbolo y alarga un mito que aun se resiste a morir.


Ilustración de Nil Bartolozzi: www.bartolozzinil.blogspot.com

viernes 11 de diciembre de 2009

Loopoesia en la Cigale: nuevo vídeo loopoético








Lo publicamos en el blog de Loopoesia, pero creo que merece estar aquí. Gracias a Juan y a todos los chicos de La Cigale.

jueves 10 de diciembre de 2009

Nueve lunas de Gabriela Wiener en Literaturas.com


Vivir un embarazo en el siglo XXI y no morir en el intento por Jordi Corominas i Julián

La medicina actual ha desmontado pieza por pieza uno de los grandes misterios de la Humanidad: el embarazo. El proceso anterior a la luz fue durante milenios un surtido de enigmas. La fuente de vida, las cigüeñas y París han cedido su testigo a cremas, ecografías y partos naturales. Ignoramos mucho de la maternidad en el siglo XXI y Gabriela Wiener ha optado por desvelarnos en primera persona todo el recorrido que media desde la lucha de los espermatozoides por llegar al óvulo hasta el abandono de la clínica con el recién nacido en brazos, y lo hace desde su estilo característico, mezcla simétrica entre sentimentalismo reprimido y dureza atenuada narrada desde el acontecer diario.

La estructura del texto está configurada desde dos puntos biográficos de tragedia y happy end. El inicial padecer de la protagonista por una serie de circunstancias negativas entre dos continentes se diluye con el estado de buena esperanza y el descubrimiento de un horizonte inédito, un microcosmos de la mujer encinta que se parece a experimentar una nueva existencia dentro de la existencia, un cambio de piel en nueve meses que sirve a la autora para ofrecernos pequeños retales, fragmentos de un ensayo incompleto sobre las novedades en la materia y el gran bazar de posibilidades que permite nuestra aborrecible sociedad de consumo e internet.

Lo autobiográfico en Nueve Lunas tiene interés porque permite diferenciar y ubicar a la narradora, una inmigrante peruana privilegiada al cursar estudios y dedicarse a lo suyo en la agreste Barcelona, una mujer que abortó tres veces en el pasado y mantuvo una difícil relación con sus padres, experiencias resucitadas por la situación que dibujan una dualidad entre la pobre América, dulce en otros aspectos más amigables, y la opulenta Europa de hospitales públicos donde parir se convierte en un master con cursos y asistencia individual con médicos imbuidos de extraño léxico y normal antipatía que ayudan a la parturienta a comprender mejor su propia feminidad antes de la hora P.

La situación es compleja y genera una absoluta necesidad de recabar información. Gabriela Wiener husmea en libros y en Internet. La red es el mercado soñado con contenidos de todo tipo, iglesia de fanáticos del porno con embarazadas y catedral de consejos prácticos. La dinámica de estas búsquedas aporta pinceladas ensayísticas ciertamente idóneas para un amplio reportaje periodístico, no así para un libro donde quedan diluidas por exceso de crónica autobiográfica, válido en Sexografías al tener esa obra las coordenadas precisas para emprender un relato de ese tipo al penetrar en espacios inusuales. ¿Lo es la gestación? Sí, sin duda, aunque quizá sea más útil leer un volumen científico que explique al pormenor los pasos que siguen las madres del mañana en sus 300 jornadas de convivencia interna con el feto sin necesidad de profundizar en la frivolidad del vestido que no cabe al tercer mes e impide ir a una fiesta literaria. Hay visiones y visiones del gonzo. En mi modesta opinión es un género imprescindible para plasmar recovecos inauditos, rincones marginados y situaciones que pese a estar insertadas en nuestro devenir se encubren como si fueran pecados letales . La idea de hacerlo sobre un tema universal es atrevida, si bien como experimento no funciona porque al hablar de un fenómeno por todos conocido lo explosivo se pierde y se empantana en lo previsible.


www.literaturas.com

miércoles 9 de diciembre de 2009

A través del espejo: El beso de la sirena negra de Jesús Ferrero en Culturalia



Jesús Ferrero se adentra en el género negro y en su debut adopta formas y estructuras clásicas, recursos que la literatura criminal ha acumulado como axiomas necesarios para no errar el tiro. Lo académico del Beso de la sirena negra se presiente desde su inicio y la inevitable mención al asesino en serie más famoso de la historia: Jack el destripador. El carnicero de Whitechapel no tiene nada que ver con lo acontecido en la trama, aunque la aparición de su nombre puede ser un motivo añadido de suspense, siempre in crescendo desde el momento en que conocemos el conflicto del libro. Los ricos ocultan, los ricos son caprichosos, víctimas de su torre de marfil. Una dama de alta alcurnia pide a la detective Ágata Blanc encontrar a su hija Alize, desaparecida sin estruendo. La misión parece simple. Hallarla y cobrar la segunda parte de lo estipulado. Las dificultades crecerán al generarse en la historia una acumulación de templos impenetrables, cajas escondidas y puertas infranqueables en los que la protagonista, con voz poco femenina pese al loable intento por parte del autor de Las 13 rosas, deambulará entre erotismo e intelectualidad a partes iguales. La clave cultural de la novela se basa en Alicia en el país de las maravillas y algunos otros nombres ilustres, monumentos literarios y musicales que permiten a la detective comprender mejor su investigación y a la joven aristócrata, electrizante criatura que controla la narración por omnipresencia y seducción. Alize tiene clase y se prostituye, escribe un crudo diario y se martiriza por el pasado y sus consecuencias. Su complejidad atrae y devasta.

Si comentamos las características del personaje es por un detalle. La resolución del encargo se desarrolla en un periquete. Un investigador privado ha de aceptar las reglas del juego y no ir más allá; de hacerlo caerá derrotado en la trampa de querer saber demasiado, y ya sabemos qué sucede cuando se cruzan fronteras. Los límites se ensanchan, el peligro adquiere otra textura y se cae en un torbellino sin estribos a los que agarrarse. Ágata Blanc se deja poseer y, terminadas sus pesquisas de pago, decide penetrar en la existencia de Alize hasta verse implicada de manera emocional y salpicarse en un charco por el que flotarán monstruosidades, desequilibrios e inesperados rumbos de incesto y sangre plúmbea.


Para leer más: www.culturalia.biz

lunes 7 de diciembre de 2009

El crimen de la maleta en La Hora-L de Radio Barcelona-Cadena SER


Primero de mayo de 1929. Las calles de toda Europa se llenan para celebrar el día del trabajo. Los obreros desfilan con la esperanza de tiempos mejores, ignorantes de la crisis que maltratará a medio mundo a partir de octubre, cuando la bolsa de Nueva York tenga su martes negro y propicie un horizonte de perfil negro, negrísimo.

En la madrileña estación del mediodía, la actual Atocha, unos empleados proceden a la apertura de varios paquetes no retirados de la consigna, a fin de subastarlos públicamente.


Uno de ellos es una caja de madera. Cuando la abran el horror y el olor se descubrirán bajo papel de periódico, un lienzo de arpillera y una enorme capa de algodón en rama. Restos humanos originarios de Barcelona.


El crimen de la maleta o de Ricardito fue magistralmente ficcionado por Darío Hernando en Matar en Barcelona. Este martes hablaremos de ese truculento asesinato,que esconde matices sociales de hondo calado, a partir de la una y seis minutos en la Hora-L de Radio Barcelona-Cadena SER.


Crímenes en la Hora-L con Jordi Corominas i Julián

Cada martes a partir de la una y seis minutos de la tarde

Radio Barcelona-Cadena SER
96.9 FM
666AM

domingo 6 de diciembre de 2009

Último Looproject de 2009: 7 de diciembre, 22 horas, Inusual Project



A veces sorprende pensar la velocidad que adquieren los acontecimientos. Empezamos con Loopoesia en marzo, hicimos varios bolos y en septiembre decidimos crear nuestro propio evento. Desde ese momento Looproject ha funcionado en su idea de ofrecer al público espectáculos alternativos, más experimentales y corrosivos. Sin embargo en Navidad hemos optado por un par de grandes conciertos acústicos y nuestro propio show en su versión 2009...






Looproject anticonstitucional


Lunes, 7 de diciembre de 2009

22 horas

Inusual Project, Calle de la Paloma número 5 (Al lado del MACBA)


Actuarán los siguientes grupos:


- Azucena 300 veces

- The Lady Sounds

-Loopoesia


El precio de la entrada es de cinco euros




Loopoesia es amor


sábado 5 de diciembre de 2009

El escritor y su búsqueda en Panfleto Calidoscopio






Estilo e Historia en Jonathan Coe

Por Jordi Corominas i Julián


La publicación a mediados de 2009 de La lluvia antes de caer hizo emerger en quien escribe una fuerte curiosidad por la obra de Jonathan Coe. La mayoría de críticos definían la última novela del inglés como la apertura de una nueva etapa que abandonaba la sátira para inaugurar una brillante madurez. Leí el libro, lo disfrute y decidí revisar su anterior trayectoria. Me intrigaba una respuesta de una entrevista en la que el autor de Birmingham negaba esa supuesta metamorfosis basándose en la lógica evolutiva del narrador. Las fotografías que vertebran La lluvia antes de caer necesitaban madurar en sentido histórico y plasmarse textualmente con suficiente conciencia del tiempo transcurrido. Por eso una idea de los años 80 recibió digno finiquito en la primera década de nuestro siglo. La sátira es muy seria y se toma a la ligera, como si el escritor con tintes medio humorísticos mereciera ese calificativo sin más, hondo lastre provocado por pereza de algunos hombres buenos, es un decir, obstinados en abrazar la capa superficial y no penetrar con fuerza en el interior de un cuerpo que va mucho más allá de la mera hilaridad.

Temas y motivos: claves de una cotidianidad enferma


La prosa de Coe tiene, desde su debut en ¡Menudo reparto!, la virtud exquisita de dibujar sin temblores lo cotidiano mientras teje un fino hilo que se centra en la Historia a partir de las vivencias individuales de sus personajes. Michael Owen es un escritor que tuvo una época afortunada. Su talento literario le auguraba un espléndido porvenir. All things must pass, y el presente tiene otra calidad cromática, siempre más apagada. Ha dejado en suspenso un encargo sobre una ilustre dinastía británica y transcurre sus jornadas revisitando una película que en su infancia no pudo terminar de ver porque su familia se lo llevó corriendo del cine. Ahora tiene el poder de la reproducción, pero no lo conocerá en su totalidad hasta que una vecina expulse con ternura su macilento sopor, literalmente, de andar por casa. Esa sutil transformación le indicará el camino a seguir. Retomar la investigación sobre los Winshaw le permitirá afrontar otra vez la vida y dará al lector la posibilidad de adentrarse en una novela coral donde las efemérides de los ricos mezcladas con las del protagonista conforman un amplio fresco sobre los efectos directos del Thatcherismo en la sociedad británica. No podía ser de otra manera. Lo polifónico irrumpe con personajes que ostentan posiciones representativas. Un traficante de armas, una columnista imbécil, un visionario del libre mercado y una loca que no lo está tanto son algunas de las piezas que facilitan la singladura por un tiempo destructivo desde el saqueo económico, el cinismo y la anulación de lo público en beneficio de unos pocos ansiosos. La rueda se mueve y Michael Owen asiste a un viaje endiablado de pérdida cultural y resolución de enigmas que cierran un doble círculo en un ambiente propio de la mejor Agatha Christie. Sin embargo, ese escenario irónicamente detectivesco es la excusa para desarrollar la temática del reencuentro desde varias vertientes. Una navega por los mares de la coincidencia con seres poco relevantes del pasado que irrumpen de nuevo para quedarse y esclarecer situaciones. Otra funciona como colofón de la trama y ata cabos que quedaron sueltos a la espera de su gran oportunidad en la clausura.





Coe repite esquema en La casa del sueño, novela que tiene como epicentro la residencia universitaria del acantilado de Ashdown transformada con el paso de los decenios en una clínica para enfermedades del sueño. La dirige un antiguo alumno que en su etapa académica agobiaba a su novia Sarah por su fetichismo con los ojos. El trauma se expresó en un lesbianismo provisional que afectó sobremanera a Robert, enamorado de la chica aceptando su rol de testigo mudo, incapaz de manifestar sus sentimientos pese a su exacto conocimiento, sin que nadie se lo haya dicho, de la narcolepsia que maltrata a su musa. El enamorado agarrará detalles y cometerá un tremendo error cuando llegue la hora del reencuentro en las últimas y tristes páginas de esta melodía somnolienta de vigor y encaje de bolillos.

La unión entre pasado y presente se produce mediante el espacio. La clínica del sueño acoge a Terry, el cinéfilo de la cuadrilla universitaria. Cada casilla permite el salto a un conocimiento imprevisible que agita la estabilidad del castillo de naipes. Los objetos se erigen en transmisores de enlaces– un libro que asocia un amor lleva dentro versos de otro– de recuperación que modulan un rompecabezas bien hilvanado con una poética tenaz en la recreación de tragedias mediante pequeñas vivencias del día a día que dicen mucho más que una batalla o una ley política, y así ocurre con el laboratorio de los horrores del doctor o con la pobre niña rica desatendida por sus padres, alma que traducirá su lamento en felicidad de destino.

El fresco social del punk al nuevo laborismo: los alegres chicos del King David

Las dos primeras novelas de Coe persiguen un estilo y un gran tema que contar: la evolución de la sociedad británica durante la segunda mitad del siglo XX. Ello explicaría La cronología elegida en El club de los canallas, El círculo cerrado y, en última instancia, La lluvia antes de caer. La materia se hace más compleja y el autor surca cronologías más extensas. La presentación de esta nueva y sólida línea surge con El Club de los canallas. El Swinging London y la alegría pop de los sesenta se despiden y saludan una Inglaterra gris que se viste para la inminente tormenta del neoconservadurismo. Los jóvenes escuchan punk y sueñan desangelados, los adultos penan el viraje del sistema. Las fábricas cierran, los matrimonios se rompen y la calle de la existencia sigue brindando situaciones memorables que nunca nadie recordará. Amor, competiciones, música. Los protagonistas son las familias de los chicos del colegio privado King David de Birmingham. Benjamín Trotter es un genio incomprendido con la aspiración de llegar a ser un buen escritor que alcance en su trayectoria una gran obra revolucionaria. Su hermano Paul ejerce de repelente niño Vicente con sus tratados de economía y un maléfico papel de ambiciosa mosca cojonera, actitud que le va ni que pintada a Sean Harding, el anárquico bromista del que más vale la pena escapar si quieres seguir en tus trece. Philip Chase quiere formar un grupo musical, adora pasear por su ciudad y venera el superado rock sinfónico. Doug Anderton es el más cabal y redacta apasionadas notas sobre cualquier noticia de relieve. Los estudiantes son el eje de gravitación de la trama y exhiben su sentir en el periódico del instituto y en sus reacciones, bañadas por una colosal ingenuidad, imposible de encontrar en nuestros tiempos; su crecimiento se complementa con la experiencia y padecer de los mayores, reflejo del contexto de una década en la que se congeló la predicción y los hombres de la otrora Pérfida Albión permanecieron firmes en sus anquilosados valores de antaño al desconocer la auténtica marcha de ese velocímetro llamado Historia. La hermana de Benjamín y Paul pierde a su novio en un atentado de la IRA, un chico de color sufre las iras de ciertos grupos racistas en el colegio y Doug viaja a Londres para sentir la grandeza de la capital y el sexo libre con una desconocida de altos vuelos. Las ilusiones se desvanecen a un ritmo donde la esperanza aun se resiste a perder la partida, ignorante del verdadero trayecto al desconsuelo que llegará con el fin de los estudios y el brusco despertar de los adultos justo antes del fatídico 1979 y el triunfo del mayo conservador.

Birmingham está en medio de Inglaterra y su situación geográfica la convierte en espejo de todo el país, si bien el imán londinense anula el resto y concentra en su seno el pálpito de la nación. Lo comprobamos en El círculo cerrado, continuación del Club de los canallas que el autor enmarca en un teórico momento innovador, la muerte de Lady Di y el ascenso al poder del nuevo Laborismo de Tony Blair, que se derrumba con la violación de la voz del pueblo y la intervención vasalla del Reino Unido en la guerra de Irak. La consolidación del estilo se evidencia en la progresión y los matices de cada elemento de la trama. Los padres han cedido su trono y ahora los hijos pululan por el mundo laboral con suerte dispar. El personaje más atractivo es Paul, diputado laborista de éxito sin una opinión formada en ningún tema de actualidad. Su codicia lo llevará hacia senderos de condena por culpa de un sistema podrido, víctima de sus propios vicios y mecanismos rituales. La prensa amarilla se ha erigido en diosa de la difamación útil mientras los demás periodistas ansían, sin atreverse al cien por cien, extraviar su ética y subir cimas con más ceros en la cuenta corriente. Otros prefieren la fidelidad al trabajo bien hecho desde su ciudad. Philip Chase no se ha movido de Birmingham e investiga el creciente nacionalismo xenófobo, lo que le llevará a dar con Harding y Richards, cara y cruz de una misma moneda fundida en amarguras diametralmente opuestas. Benjamín tampoco se movió de la patria chica y ha cobrado fama entre sus conocidos de maldito que sigue empecinado en su magna obra que nunca verá la luz pública. No tiene hijos, o eso cree, y necesita superar el hastío para volver a experimentar lo que significa tener paz. Vive obsesionado por su único romance serio y es la oveja negra de una familia convencional que se mantiene alejada del furor mediático de Paul, alienado en una burbuja que estallará para darle el sentido común extraviado durante su flirteo con las altas esferas de Westminster.



Los otros personajes se han instalado en un plácido acomodamiento burgués que contrasta con sus idas y venidas, intentos de resolver frustraciones endémicas, por el paisaje narrativo. La primera mujer de Philip conoce a un empresario rico por las indemnizaciones que logra cuando lo despiden, tiburón simbólico de la época del dinero fácil para la minoría que ha bebido de la fuente neocon; los demás, y esa es la palabra adecuada, transitan por la historia, la palpan en leves flashes y reflexionan sobre ella como si no pudieran huir de su pegajosa tela de araña. El adiós a las últimas fábricas se combina con los trajes de lujo y un pakistaní adicto a la televisión, oráculo máximo de nuestro estado de cosas, templo cuadrado que recauda instantáneas para criaturas vulgares travestidas en estrellas de quita y pon por exigencias del guión. La gran mascarada, asumida con los negros ribetes de una socialdemocracia prostituida a la tercera vía, sólo puede salvarse con la vida y su infinito flujo de generaciones, jóvenes cogidos de la mano en el Berlín de 2003, capital del planeta cambiante que sepultó un muro comunista para ampliar los tentáculos de la bestia de sombrero de copa y fajos de billetes en los bolsillos.

La guinda del pastel: La lluvia antes de caer


Las premisas se han asentado. La mente ha desarrollado un engranaje con una meta precisa. Los desencuentros han desencadenado la ira de la Historia. Ha dado un puñetazo en la mesa, liberándose de un corsé estrecho ampliado en la polifonía de voces que sienten en sus propias carnes los ataques de la pesadilla de la que Joyce quería despertar. Esa parte apasionada da a muchos fragmentos de los textos de Coe una absoluta empatía con el lector, consciente de los hechos narrados y por tanto partícipe de los mismos, con opinión propia y, en la mayoría de casos, suficiente capacidad para juzgar la verosimilitud de la ficción para con la realidad.
No obstante la cuadratura del círculo sólo podía completarse desde una relativa carencia de pasión. En la lluvia antes de caer una mujer muere y lega a una desconocida ciega unas cintas que contienen la descripción de veinte fotografías. La narradora decide escucharlas con sus hijas y aceptar, sin saberlo, el reto de sumergirse en una confesión visual que es la de una vida humana que baila al ritmo del siglo. Lo provinciano del nacimiento lleva a la Guerra Mundial y a un idílico aislamiento en el campo a las afueras de Birmingham. Los cincuenta son el preludio teñido de residuos victorianos. Lo rural se mantiene a trancas y barrancas. Se suceden las décadas y ese magnetófono encendido ilumina en nuestra imaginación la retina de Imogen, la rubita a quien iba destinado ese regalo que leemos admirados por la maestría en el dominio del tempo narrativo y en la construcción de una atmósfera vívida que obtiene el efecto deseado de transmitir el énfasis en primera persona combinado con la atónita y perpleja, porque descubrir la anterior centuria en ocasiones es una revelación, audiencia, encantada con lo narrado como nosotros lo estamos con Jonathan Coe, capaz de superarse en cada novela en su intento de construir frescos históricos creíbles sin fecha de caducidad.




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