martes, 22 de julio de 2014

Jueves 24, 19h30 minutos: Loopoesía en el Jardín del Olokuti



Este jueves Loopoesía vuelve a los escenarios para abrir y clausurar el verano, y lo hará de manera especial con un show en el jardín del Olokuti, lugar que es un viejo amigo del proyecto, espacio donde nos sentimos como en casa y podemos ofrecer un espectáculo más que nunca al aire libre y con elementos que convierten la velada en verdaderamente especial.


Loopoesía en el Jardín del Olokuti

Jueves 24, 19h30 minutos

C/ Asturies 38 ( Metro Fontana)

Entrada gratuita

sábado, 19 de julio de 2014

Ya a la venta "El teclado", mi primera obra de teatro


El pasado mes de abril, tras presentar Loopoesía en Roma, el director italiano me propuso escribir una obra de teatro. Hacía siglos que no tocaba el género y me generó un poco de miedo, pero afronté el reto y salí airoso con la obra que hoy sale a la venta en e-book de la mano de la editorial Excodra. El teclado trata del poder, la manipulación y el absurdo de nuestro tiempo. Estoy a la espera de confirmar su estreno en salas barcelonesas y romanas, pero mientras tanto quien quiera puede adquirirla clickando aquí

martes, 15 de julio de 2014

Isadora Duncan en Mujeres Malditas de Rne5



La pasada madrugada dedicamos el programa Mujeres Malditas a la figura de Isadora Duncan, mujer revolucionaria y bailarina de excepción. Puedes escuchar la charla clickando aquí

lunes, 14 de julio de 2014

Barcelona, camino hacia el provincianismo en Eldiario.es






En este segundo artículo de la serie dedicada a Barcelona que escribo para eldiario.es me he centrado en sus rasgos provincianos. Puedes leer el texto en dos idiomas


aqui en catalán

acá en castellano

sábado, 12 de julio de 2014

La excusa de Proust o la fascinación por la Gran Guerra (y II)



Claude Arnaud traza en Proust contre Cocteau, inédito en España, las claves que permiten entender con simple maestría los principales trazos de la personalidad del autor de La Recherche. La contraposición con el joven príncipe frívolo que fue Cocteau, ninguneado por estar en todas partes y adaptarse a ellas como si nada, ratifica la idea de un hombre que a partir de una soledad enfermiza desarrolló un talante de permisividad autista, donde el mundo era uno pero la única individualidad era su persona.

En un momento del libro que hemos mencionado al principio de este texto se menciona como Cocteau se enfadó con su amigo por llegar tardísimo a un recital privado. Las anécdotas de este tipo son infinitas y, aunque parezca increíble, pueden explicar los motivos de una obra tan extensa como detallista, último monumento del siglo XIX, agotándolo,  y primera piedra miliar de la novelística del Novecientos.

Proust fue un chico condenado por voluntad propia a un exilio dorado. Con nueve años empezó a sufrir serios problemas de salud que él se preocupó por acrecentar, pues a lo largo de su existencia tampoco hizo mucho caso a los médicos. De hecho, huelga decirlo, pasó más que olímpicamente de la mayoría de sus consejeros. El momento paradigmático que lo resume, una relación maravillosa, es el intercambio epistolar con su corredor bursátil, Lionel Hauser, con más paciencia que un santo, fiel advertidor del desastre de un dinero mal invertido que casi servía para que su cliente se regodeara de una teórica, inminente e imposible ruina.

La obcecación explicaría, y así de lo demuestra Ghislain de Diesbach en su monumental biografía, su lucha para superar el complejo de inferioridad del nuevo rico. El padre de Proust fue un brillante doctor que ejemplificaba un tipo de burgués muy del gusto de la naciente y exultante Tercera República. La familia creció y pudo codearse, entre premios y loanzas, con lo más granado de la aristocracia parisina, que acogió a los hijos del galeno con la naturalidad de aquellas infancias consentidas y custodiadas de finales del siglo XIX. Los encuentros por los Campos Elíseos, el juego léxico propio de una clase privilegiada y  unas coordenadas de orden privado inaccesibles al resto del tejido social de la época.

Estos factores se trasladaron con la edad adulta a los salones, donde el joven Marcel sacó a relucir sus encantos en el diálogo, su atención excesiva con los otros participantes y la manía de querer brillar sin ser considerado por falta de méritos. Poco o nada importaba que en 1896 hubiera publicado Les plaisirs et les jours, libro caro e ignorado. Los años pasaban factura en un medio competitivo donde estaba muy bien que te invitaran, sí, pero contaba y mucho el caché del anfitrión, y claro, no era lo mismo que te invitara Anna de Noailles o Montesquiou, de los que ya volveremos a hablar cuando corresponda, que un don nadie con muchas ínfulas y unos pocos artículos en periódicos de postín, favores de directores abrumados por la pesadez del elegante chupatintas.



El mundo adorado de Proust era una opereta de vanidad que le iba como anillo al dedo para plasmar un todo que sólo adquiriría significado cuando cayó el telón de la Primera Guerra Mundial y muchos descubrieron que los valores de 1914 eran una reliquia en 1918, algo absolutamente pasado de moda. Seguramente el gran valor de La Recherche sea anclar este universo a la eternidad mediante la literatura, y el único modo de hacerlo era a través de una inmensa labor documental que nos llevaría a las anécdotas que Céleste Albaret cuenta en su célebre Monsieur Proust, libro tan hagiográfico que conviene abordar con cautela, si bien contiene algo básico como es la mirada desde el interior del domicilio del autor, con esa habitación de locos entre humos, cervezas del Ritz, manuscritos que se alargaban con notas suplementarias y visitas intempestivas deseadas por nuestro protagonista, derrotado en esa parcela que tanto deseaba dominar, tanto que al final lo hizo con las palabras y unos recuerdos filtrados por otras memorias y muchas, quizá demasiadas preguntas.



Escribo con un orden desordenado. El final de esa aristocracia banal y gloriosa llegó antes para Proust que para los demás. La muerte, casi simultánea, de sus padres inició su alejamiento del mundanal ruido, aunque no hasta los extremos que la leyenda ha querido vender. Su exilio interior fue progresivo y si se leen con atención las semblanzas dedicadas a su persona veremos cómo seguía a rajatabla una rutina muy concreta, viaje entre París y una ciudad de vacaciones donde era capaz de alquilar casi un hotel entero para sentirse bien desde sus manías patológicas. En 1920 Picasso coincidió con él y Joyce en una cena. Dijo que le recordaba a un maniquí de otro tiempo por su atuendo y posado. La definición del genio malagueño suena idónea. Mientras Proust pudo fue alguien que estuvo a la última y se sintió fuerte para exhibirse, único método para ser en un ese microcosmos donde lo presencial era el pasaporte. Cuando su clan desapareció optó por encerrarse en sus filias y fobias, convirtiéndose en su propio yo más auténtico y, por lo tanto, aun más caricaturizado.




Desde 1908 intuyó la llamada de lo que siempre será su legado póstumo, entramado de tantas facetas que sería ridículo resumirlo desde la estética y la psicología. La primera, barco desde donde todo zarpó, se movió en su mente desde el minuto cero de su existencia, catapultándose hasta un punto interesante con la traducción que hizo de Ruskin, donde probablemente aprendió la trascendencia de la minucia significante y de tratar una parte como un conjunto donde piezas minúsculas conforman una especie de colmena, más evidente en lo humano que en las obras de arte. Lo psicológico reluce en todo el manuscrito que aquí hemos denominado La Recherche, mapa mental que asusta porque en su magma recoge un inmenso cuerpo de personajes que bien podrían ser el mismo Proust en ese estancia donde escribía compulsivamente mientras buscaba la perfección y ajustaba cuentas, que de eso también se trataba, con unos y otros. Esta vertiente psicológica también puede estudiarse desde el sueño, y aquí hermanamos, como hace Jean-Yves Tadié, a Freud y Proust en la senda que el primer Novecientos abrió para toda la Humanidad. Ambos, a su manera, hurgaron en una herida que deseaba ser abierta, la de penetrar en el interior para disipar unos fantasmas que llevaban demasiado sujetos a unas prerrogativas medievales. El vienés y el parisino no se conocieron y tampoco consta que tuvieran noticia uno del otro, ni siquiera en lo profesional. No debe extrañarnos que coincidieran en intereses desde enfoques bastante opuestos. Un episodio real encandiló a Proust. Un hombre, al que conocía relativamente, supo de la pérdida de su padre y, así por las buenas, mató a su madre para después suicidarse. El resultado de tan luctuoso hecho fue un señor artículo del francés. Freud, desde su estudio, seguro que hubiera sacado petróleo del suceso.



La Recherche no tuvo un periplo sencillo. Su primer volumen corrió a costa del autor y la efeméride nos permite introducir en este esbozo al admirado André Gide, arrepentido por haber quitado a la NRF la exclusiva inicial, que ganó Grasset, a quien Proust fue fiel hasta que las circunstancias propiciaron una traición muy previsible si se considera su codicia y capricho. Imaginar a Gide sentado en una silla al lado de esa cama proverbial es pura maravilla, sobre todo porque la imagen expresa el choque de dos modos de concebir la literatura y la tensión de una homosexualidad expresada desde perspectivas muy alejadas, hasta el punto que el autor de Los sótanos del Vaticano, famoso por el impacto de su Coridón, se escandalizó con A la sombra de las muchachas en flor.

Las querencias sexuales de Proust son otro de los morbos que despierta. Diesbach menciona burdeles de rompe y rasga del París de la Gran Guerra donde el escritor se divertía con fetichismos que incluían ratas y, especialmente, mucho voyeurismo. Debo confesar que el tema, salvo por el ambiente novelesco que tiene y contiene, me interesa más bien poco, entre otras cosas porque en un ególatra para adentro el verdadero erotismo se centró en su enfermedad, donde las atenciones y los cuidados eran su gran orgasmo. Una vez el éxito le sonrió, consolidándose en la posguerra, otra forma de coito fue su desfile, más intenso por breve, del desquite, como si con la publicación de su sueño imperfecto, así lo prueba el tormento de correcciones y otros menesteres del proceso de edición, hubiera perpetrado el crimen perfecto de sentir el poder del que se le había privado entre fiesta y fiesta.

Decíamos en algún instante de este texto que Proust supo leer que una de las claves que aseguraría el éxito de su Recherche sería adaptarla al mundo que nació después de la Primera Guerra Mundial. Los nombres que inspiraron su magna obra se convirtieron, casi como en el convite de los nobles de La Dolce Vita de Fellini, en zombies ninguneados, graciosas bestias de escaparate. Cocteau, avispado, cambió a Anna de Noailles por Picasso y Satie, Montesquiou comprobó cómo era la inspiración de Charlus y se hundió.

Cuando Proust murió, inmortalizado por Man Ray como si de un dios asirio se tratara, es probable que una parte de su ser deseara el óbito, no tanto para dejar de sufrir como para que su cosecha fuera extendiéndose desde una óptica que acelerara el rendimiento. Una centuria después, pese a que no debe ser muy leído, su triunfo es una evidencia que deslumbra y advierte desde lo meticuloso que siempre cae más en desuso, como si hasta la celebración de su cima fuera otra triste cuestión de fachada.





Céleste Albaret, Monsieur Proust, Madrid, Capitán Swing, 2013
Claude Arnaud, Proust contre Cocteau, París, Grasset, 2013
Ghislain de Diesbach, Marcel Proust, Barcelona, Anagrama, 2013 (reedición)
Jean-Yves Tadié, El lago desconocido entre Proust y Freud, Barcelona, Ediciones del Subsuelo, 2013



viernes, 11 de julio de 2014

La excusa de Proust o la fascinación por la Gran Guerra (I)




La excusa de Proust o la fascinación por la Gran Guerra (I) 
El camino de este artículo, que en realidad debe contener la simiente de un ensayo, está plagado de baches divertidos, más bien absurdos, que van de la pérdida de ciertos libros a una alergia veraniega en un pueblo perdido en la montaña. Todos estos factores, pueden creerme, explican que un texto destinado a comentar dos libros proustianos termine abarcando varias vertientes relacionadas con lo finisecular y la milagrosa Belle èpoque.

El punto de partida, al que ya volveremos, fue la biografía, reeditada en 2013 por Anagrama, que Ghislain de Diesbach escribió en 1991 dedicada al autor francés más comentado y menos leído. De ahí me metí en los entresijos de las relaciones del monstruo de La Recherche con Freud a través de Jean-Yves Tadié y finalmente, porque soy de lecturas ordenadas y aborrezco cada vez más el gusto actual por la falsa novedad erudita, me sumergí por mero placer en dos volúmenes dedicados al momento de la paz armada, al instante donde el mundo corría hacia un ángulo y Clío, incapaz de finiquitar etapas, decidía pegar un tiro en la suela de Europa.

Quiso cierta dicha que el siempre avispado Eric J. Hobsbawm mencionara en el prólogo de su La era del Imperio la obra de Barbara W. Tuchman, una de las primeras historiadoras que cobró importancia internacional y fue leída por presidentes que tomaban sus disertaciones como ejemplos. Eso, por mucho que el mimético fuera JFK, es algo que debe hacerse sólo si se domina la materia, algo difícil para cualquier lector español aficionado a la Historia. Puede resultar sencillo, sobre todo si se es políglota, armar una bibliografía lógica, pero nuestro mercado gusta mucho de la efeméride y parece olvidar títulos publicados no hace tanto tiempo.




Uno de ellos es La Torre del orgullo, donde Tuchman aborda el período comprendido entre 1890 y 1914 mediante una cierta taxonomía ya superada desde lo metodológico. No se estila, aunque no me extrañaría un retorno a la baja de este modus operandi, hilvanar los temas para llegar a una conclusión rotunda, menos aun cómo lo hace la norteamericana, quien parte de países para dar saltos en el mapa y generar un puzle fascinante que aborda todas las teselas fundamentales del convulso mosaico.


La casilla de salida se sitúa en Inglaterra y explica bien la esquizofrenia de una sociedad pionera en lo laboral y anquilosada en lo social. El gran cambio que irrumpió con el Novecientos se intuía desde decenios atrás, pero los nobles, casta gobernante, preferían seguir con sus rutinas excéntricas para mayor gloria de una época donde la tolerancia, entendida como hipocresía que ocultaba males mayores, permitía que el cadáver no oliera tan dramáticamente. Wilde es el paradigma del no retorno, ejemplo de un doble, expresado con múltiples espejos, destinado a acechar la gloria imperial como advertencia de un malestar que en otros lares se transmitía en clave internacionalista, y no deja de resultar curioso que los desposeídos de la tierra fueran los que pregonaran un mundo sin fronteras, algo que a los patrones poco interesaba en ese empecinamiento nacionalista que caracterizó el fin de la centuria entre problemáticas absurdas y asuntos coloniales.


El Anarquismo cobró carta de peligro público número uno en la última década del diecinueve. Su amenaza, bien esgrimida en Barcelona al atentar contra las tres bestias del sistema, indicaba la vulnerabilidad del poder temporal y la desesperación de una casa que a través de la propaganda por el hecho, con una intuición única de lo mediático del periodismo, asesinaba gerifaltes sin miedo alguno y con escasa efectividad real, pues sus pretensiones sólo cobraron legitimidad y se revistieron de esperanza con la asociación sindical y la presión socialdemócrata en muchos parlamentos del Viejo Mundo, tan arcano que sólo podía lanzarse flechazos en su contra para mostrar disensiones. Una clarísima fue el caso Dreyfus, donde la brillante Francia de Zola y compañía se las tuvo que ver con la intransigencia marcial, las ínfulas de las instituciones y una serie de valores arcanos que querían imponer su estela en la aun inestable Tercera República. La mención, básica en el proceso, al antisemitismo no es casual y revela, algo también presente en la esplendente Viena de por aquel entonces, como el odio interior se postuló como un modo de canalizar tensiones con enemigos externos, con los que era mejor no conflagrar.


La época que trata Tuchman avisaba de unos cambios que no sólo eran tecnológicos. La derrota española de 1898 permitió que, al fin, los Estados Unidos se posicionaran como una gran potencia con aspiraciones imperiales. Se entendía que la época sería para la Marina, y por eso Alemania, que crecía como ningún otro país y además ganaba respeto por sus instituciones educativas, decidió que incrementar su flota era el modo de plantar cara a la inabarcable Gran Bretaña, Reina y señora de los mares y el suelo firme, segura de sí misma por la extensión de sus dominios y por poder dormir tranquila sin avergonzarse como rusos e italianos, derrotados antes Japón y Abisinia, debacles que eran humillaciones porque en un universo europeo era inconcebible perder contra países ajenos a esa órbita centralista.


La rueda siempre gira. Culturalmente los años finiseculares fueron de una riqueza que navegaba de la mano de la revolución tecnológica donde el teléfono, el coche, el aeroplano, la bicicleta y muchos más artefactos aceleraban el paso. No tardarían en llegar los futuristas con su quemad los museos, pero si debemos buscar una raíz comprensible para un gran público deberemos acudir a Wagner, con su aspiración de un arte total, y a Nietzsche como profeta. Ambos se funden, y ahí la historiadora estadounidense hila muy fino, en Richard Strauss, quien asimismo supo aunar otros dos factores que apuntalaban una nueva modernidad: calidad artística y ojo para saber que ser camaleón y apartarse de la linealidad era un triunfo anómalo, revolucionario y más que certero.




Quien recoge ideas osadas y sabe encadenar cuestiones con gran maestría es, era, el difunto Eric J. Hobsbawm. Su figura sigue reivindicándose, y en estos tiempos de crisis sus síntesis históricas cobran más valor porque la misma sociedad rechaza lo monográfico intenso para quedarse con bloques asequibles que permitan un conocimiento de Trivial Pursuit. Aun así no quiero que se me malinterprete, entre otras cosas porque en el texto que reeditó hace poco Crítica se condensan los temas con afán democrática con la intención de servir la Historia en una bandeja de plata al alcance de cualquier mortal que sienta curiosidad. A diferencia de Tuchman, que dispara con bala y no da lugar al respiro, su La era del Imperio presenta desde sus notas iniciales una coherencia basada en imbricar segmentos hasta configurar un todo meridiano, de la economía al feminismo, de la fe en la ciencia al camino que llevó a la fatídica guerra de 1914. El alud de buenos datos del apéndice, indispensable, dan a la obra un temple distinto desde su intención de máxima proximidad, pequeño regalo si consideramos que a lo largo de sus más de cuatrocientos folios el autor no olvida ningún detalle y es exhaustivo hasta lograr la consecución de su objetivo.


Estos dos libros sirven, desde puntos de vista diametralmente opuestos, para comprender el período previo a la Gran Guerra. A lo largo de este 2014 la bibliografía española relacionada con el conflicto se ha incrementado con títulos oportunistas y otros imprescindibles. Uno de ellos, recomendable al 100%, es Sonámbulos de Christoper Clark, lúcido al explicar las causas que llevaron a la conflagración que aceleró el suicidio europeo. Clark, magistral en su crónica del entramado del asesinato de Sarajevo, es objetivo dentro de su subjetividad y no acusa con el dedo a Alemania con el descaro de otros. Quizá esto es así porque es mayor conocedor actual de Guillermo II y sabe que las meadas fuera de tiesto del Kaiser poco o nada tuvieron que ver en la explosión de las hostilidades en aquel caluroso julio de 1914. También lo considero así David Fromkin, quien sin embargo sí se recrea en sostener la tesis canónica de responsabilizar al Reich del desencadenamiento de la orgia de sangre y muerte. Su libro, inédito en España y muy recomendado en el resto del Continente, se titula Le dernier éte de l’Europe y es una especie de alma gemela del de Clark con algunas diferencias de peso. La primera es estilística. Ambos textos son fluidos, pero el de Fromkin, más didascálico, tiene un aire de cercanía que atrapa en contraste con lo académico de Sonámbulos, algo más farragoso. Un segundo punto de disensión lo encontraríamos en cómo se estructuran las ideas. Clark, y aquí redunda en su faceta de investigador puro y duro, divide el texto en largos capítulos muy lógicos con su contenido. Si son extensos es porque una ecuación de principio y fin así lo requiere. Fromkin es más breve e intenso, como si con la forma de la obra quisiera conferirle una intensidad letal que toma velocidad a medida que nos acercamos a los acontecimientos culminantes.




Leí Sonámbulos hace meses y aun hoy en día puedo afirmar sin temor a equivocarme que es el mejor libro sobre la Génesis de la Primera Guerra Mundial que ha aparecido en España a lo largo de 2014. Sin embargo recomiendo leer con atención el volumen de Fromkin, pues capta como ningún otro el absurdo político-diplomático que degeneró en la mayor matanza que el mundo había vivido hasta la fecha.
Las conmemoraciones en nuestra era son de una flagrante estupidez. Ya hemos hablado alguna vez de cómo cualquier aniversario es bueno para mostrar una falsa erudición. Si el número es redondo cobra más sentido sacar productos relacionados con la efeméride, y así ha sido con 1914, aunque si llega a darles por la primera gran derrota napoleónica también hubiera estado bien, no crean. En Cataluña se habla de 1714 y en Toledo de un siglo antes con el Greco y de repente, todos los catorces tienen un sentido Áulico que se vende desde el gusto actual por la anécdota de cuatro duros, útil para rellenar una información del telediario o una charla del bar.



Si enfoco todo esto desde un cierto pesimismo es porque, salvo casos aislados, nadie hablará del quince. Cuando llegue el dieciocho volveremos a recordar el centenario del armisticio y aparecerán mil y un cachivaches sobre Versalles y lo inestable de la posguerra. Desde mi humilde opinión para entender el inicio y el final hay que asumir el proceso que media entre ambos extremos, y en este sentido vamos atrás, como los cangrejos, pero si lo focalizamos sólo en la Gran Guerra veremos que de nada sirve que cada x tiempo una editorial saque una novela, y no hablo de la inteligente Nos vemos allá arriba de Pierre Lemaitre, que aborde el tema no, hablo de material de primera calidad que muestre al público español cómo la Historia tiene muchos entresijos que aquí sepultamos ante lo elemental. Por eso no creo que nadie se atreva a sacar La Grande Guerre d’Apollinaire, de Annette Becker, ensayo donde el tópico del poeta trepanado cae en saco roto y se expone cómo el nacionalismo afectó en la mente del padre de las vanguardias, obcecado en purgar su pecado original de no nacer francés con heroísmo en el frente, su participación en la oficina de censura y unas posiciones políticas bien próximas a la Action Française de Maurras, partido protofascista de tendencia monárquica.



Apollinaire, quien en las trincheras también vislumbró el valor estético de la cacharrería, cayó en la trampa de la bandera. Su canto del cisne, Les Mamelles de Tirésias, puede y debe leerse en esa clave nacionalista que él, aún en la onda de sus amigos que habían permanecido en París, vendió desde una óptica surrealista, propulsando la palabrita a unos altares que después otros aprovecharían. No sería Proust uno de ellos. De hecho todo este artículo sale de sus entrañas y seguirá su estela para significar los universos paralelos de una época irrepetible.


Annete Becker, La Grande Guerre d’Apollinaire, Texto, París, 2014
Christoper Clark, Sonámbulos, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2014
David Fromkin, Le dernier été de l’Europe, Grasset, París, 2004
Eric J. Hobsbawm, La era del Imperio (1875-1914), Crítica, Barcelona, 2013
Barbara W. Tuchman, La torre del orgullo (1890-1914), Barcelona, Península, 2007


lunes, 7 de julio de 2014

Diálogo con J.A. González Sainz

“SIEMPRE HE TENIDO UNA INCLINACIÓN CENTROEUROPEA”

J. Á. González Sainz | Foto: Maria Teresa Slanzi
J. A. González Sainz | Foto: Maria Teresa Slanzi
Es viernes en Barcelona y se agradecería que la ciudad adoptara el título del último libro de J.A. González Sainz, soriano y triestino a partes iguales. El viento en las hojas, editado por Anagrama, mece vidas, hace correr el reloj del tiempo, contempla la belleza desde ópticas que esconden dobleces y confirma el talento de un narrador único (Premio Herralde en 1995 por Un mundo exasperado), quizá el más infravalorado de nuestra literatura, necesitada de más contenido y menos fachada.
Por azares de la tarde empezamos a charlar poco después de la hora prevista. Nos sentamos en la sección de filosofía de La Central y mascamos silencio, como si probáramos el espacio, como si así se verificara que el sitio es idóneo y podemos empezar. Sí. Enciendo la grabadora.
¿Cuando concibes un libro de relatos lo planteas como una unidad desde el inicio o la idea surge a medida que avanzas con la escritura?Excepto en algunas ocasiones siempre pienso la unión de relatos como libro, no soy de coleccionarlos, siempre hay una idea de totalidad y de tensión con la misma que genera un mosaico desde los varios fragmentos.
Anagrama
Anagrama
El título es El viento en las hojas, e indica muchas metáforas, desde el paso del tiempo hasta otro tema que me parece fundamental: la mirada. ¿Lo enfocabas así?En principio el motivo del título es libre de interpretación, pero lo pensé desde algo inteligible. Todos los relatos son como un intento de conocimiento, a veces incluso humorístico o neurótico, como en el caso del hombre que ve a la mujer tras el escaparate. Ese intento de conocimiento es intensivo y premioso. Llega un momento donde ese artilugio de conocimiento, esa prosa, se queda en suspenso porque no puede ir más allá, como si en algún instante le hubiese fallado la cobertura al lenguaje.
Todos los relatos parten de elementos de la cotidianidad, pero luego con ellos ejerces una especie de metafísica, como con la mujer del escaparate, válida para crear un campo mental que trasciende lo vivido.Sí, intento construir un artilugio del lenguaje al que llamo razón narrativa. Se edifica a partir de la trama, pero en parte también con el desarrollo de otros elementos, engranajes como el toldo o la puerta giratoria. Intento que la historia, la propia reflexión de la prosa, los engranajes y otras cosas que resuenan vayan fluyendo hacia algún sitio. El momento de suspensión es cuando aparecen las hojas, cuando te das de bruces con lo inenarrable, con lo inefable, el punto donde no puedes ir más allá, un umbral de inteligibilidad, lo impepinable de la vida humana. Lo has dicho muy bien antes: todos los relatos están jugados sobre la idea de tiempo, aunque hay varios temas, claro.
Lo del tiempo puede verse desde muchas lecturas, pero una de ellas es que los varios personajes van desde la infancia hasta la muerte.Cada uno de los relatos aborda temas distintos: la fascinación del mal, el objeto del deseo, reflexiones sobre la libertad…La libertad según él sabe a limón.
Pero claro, desconoce el significado de la palabra, así como seguramente los adultos, nosotros, también lo ignoramos pese a tenerla siempre presente.Sí, eso es. El relato está dedicado a Fernando Savater porque lo que me llevó a escribirlo fue la lectura de un capítulo de su libro sobre la libertad. En este sentido el relato es una lectura narrativizada de lo que él trataba de explicar en ese capítulo.
El niño siempre elige el helado de limón…Pudiendo elegir cualquier otro.
Y el padre se exaspera porque sabe que el niño debe probar varios sabores para completar su aprendizaje, pero claro, el pequeño elige sólo uno porque eso es otra opción de la libertad.Exactamente. La libertad es poder hacer, pero no estar obligado a hacer lo que quieras, poder hacer según lo que más te gusta o convenga. La idea de fondo es una reflexión y luego entran otros factores como el padre o la madre.
Creo que valoras mucho el tiempo lento de las cosas, que es el que permite aprender los pequeños dimes y diretes de la cotidianidad.Difícilmente leo una página una sola vez. Me gusta leerla y volver, fijarme en párrafos y la idea de sacar cosas. La lectura tan rápida que se estila hoy saca lo que puede, poco, y en principio no soy el más indicado para dar ese tipo de alimento.
Y el alimento se tiene que digerir, como cuando te encuentras con el relato del hombre que pasea y se encuentra a un viejo que tenía delante y no había visto, esos significa que se potencia la capacidad de observación.Es el encuentro de uno con su vejez. En principio parece lejana y de repente la tienes allí. Vuelve a jugar con el elemento temporal, se encuentra su propia vejez sin previo aviso, como nos pasa a todos.
En este relato del camino te encuentras con el hecho de ver cómo él se da cuenta del otro hombre, pero en algún momento puedes imaginar que no es él, sino otro.Y todo esto surge de los detalles, como la mochila o la visera que desvelan claves, algo importante en los relatos por la condensación de texto e imágenes.
Condensar el mundo en pequeños episodios, algo que por ejemplo haces en el café, un lugar idóneo para este tipo de aspectos.
Dos relatos se producen en un café. Uno es el Comercial de la glorieta de Bilbao, interesante por la puerta giratoria y los espejos. El otro es en Gijón, no me acuerdo cómo se llama, está al lado del teatro Jovellanos. En otros casos los relatos suceden en una calle, en un camino y un puente en una carretera.
Espacios que logran sintetizar.Son espacios emblemáticos, por eso se repiten.
El café sintetiza todo, sobre todo por la puerta giratoria, donde se reúnen todas las edades del hombre.En la puerta giratoria aparecen esos niños que juegan, es un poco el tiempo heraclitiano. Los niños juegan, no les importa nada. Luego aparece la pareja de otra edad, de este modo tenemos la infancia y otra edad, de ahí las distintas reacciones.
Y luego otro personaje clave: el hombre anónimo que mira.Claro, y que mira por una parte la belleza, el anuncio del fin, la infancia y la concentración de varios mundos en un solo espacio.
Por eso te hablaba de un tiempo más sosegado, y entramos en la contradicción de mirar en nuestro tiempo. Vivimos en una sociedad de imágenes donde cada vez la mirada está más denostada a partir de una aceleración impuesta, todo pasa demasiado deprisa.La capacidad de atención, la atención como calidad de presencia en la vida, estar atento es fundamental, percibir.
En un café siempre pasan mil cosas, tienes infinitas posibilidades de captar la realidad.Vidas y conversaciones que puedes observar. La pérdida de los cafés antiguos es una de las grandes pérdidas de la civilización urbana.
Por suerte aun se mantienen algunos que mantienen la tradición y enlazan con una literatura española y sobre todo europea.El libro es un poco centroeuropeo. En España Benet, García Calvo y Ferlosio también están en esa dinámica. Siempre he tenido una inclinación más centroeuropea, algo de Kafka, esa tensión que él tiene de la idea de lo trascendente.
En tus relatos hay tensión, pero más bien hablaría de tensa calma.Tensión de conocimiento y tensión entre opuestos. Juego mucho con eso incluso en los títulos.
Juntando todos los títulos parece que se cumpla la idea de un viaje por los cinco sentidos o por las cuatro estaciones.No lo había pensado, pero me gusta la observación. Al fin y al cabo los buenos lectores complementan el sentido de lo escrito. Los libros y sus títulos tienen que dar que pensar.
Son títulos que juegan con el tiempo y lo corporal, donde se indica la observación y el avance de caminar.La idea del camino es muy importante, es un gran símbolo de muchas civilizaciones. En Ojos que no ven lo trabajé desde varios sustratos que iban desde la infancia hasta la experiencia, lo árido y otros esquemas. Por otra la idea machadiana de camino también ha sido muy importante en mi formación, así como otra idea de Heidegger sobre el camino de campo, hay muchos elementos de ese camino de campo que me interesan, como la propensión hacia una serenidad melancólica que tienen las personas que siempre hacen lo mismo. A partir de repetir lo mismo en distintas estaciones comprenden el ritmo. Tienen una propensión melancólica, pero savia.
Esto me recuerda a la anécdota de Kant con la repetición de su paseo que le permitió asumir la fachada para poder penetrar sin dificultad en el interior.De Kant me gusta que a partir de las siete de la tarde podía dejar de pensar, de darle vueltas a la cabeza.
A partir de eso de darle vueltas me viene lo que decíamos al inicio, la meditación de la unidad, la idea de relatos como un solo cuerpo.He pensado los relatos como piezas.
¿Te lleva mucho tiempo el proceso de generar esta estructura, más que el proceso de escritura?Las cosas se te van ocurriendo. Pueden pasar diez años, o seis o siete, elaboro con tiempo largo. Parto de una idea inicial y luego poco a poco salen los textos.
Pregunto a muchos autores sobre la estructura. Los jóvenes estructuran menos y los autores de tu generación la tienen más presente.Cada uno tiene su método. Marías habla de perderse con brújula. Necesito tener una estructura inicial fuerte que no es nunca la que queda al final, la cambio progresivamente pero al principio la establezco, me siento seguro. También termino por establecer una tensión entre la historia y una dimensión reflexiva.
La trama es importante, pero tú metes mucho pensamiento en tus historias.Existe la idea de una literatura que se ha desembarazado de lo patético y lo sentimental del pensamiento. Creo en lo que decía Pío Baroja de la literatura como un saco roto donde cabe todo, y en este sentido la novela creo que debe verse desde este punto de vista. Hay que tejer bien el mimbre del pensamiento, no lo puedes introducir sin más.
El relato de la mujer del escaparate cumple una función esencial en el conjunto precisamente por eso, porque ahí se articula una filosofía de la mirada.Y como la mente es lo que nos hace ver. Lo que le enamora al protagonista es una imagen, y no importa lo que sea esa imagen.
Me acordé del final del Casanova de Fellini, con Donald Sutherland bailando con un maniquí.Si una belleza nos sugiere no importa que sea estática o móvil. En función de la persona las imágenes determinan uno u otro grado de interés o fascinación, como las personas o los objetos.
Ya casi para terminar me gustaría preguntarse sobre Trieste, saber si influye en tu literatura.No lo sé. Probablemente el próximo libro sea un diario de mis años de Trieste. Si quieres saber la verdad te diré que no me gusta Joyce, creo que he vuelto a leer el Ulises para detestarlo con más fuerza. He releído a Svevo y tampoco me gusta, aunque dice cosas interesantes. En general no tengo ninguna predilección por autores de la ciudad, pese a que Stuparich es excelente y mucho menos conocido que los demás. Me parece que Trieste goza de una gran literatura, pero sus autores, ni siquiera Umberto Saba, no son de mi familia.
¿Más Soria que Trieste?Pues mira, otra de las novelas que espero poder escribir va a ser en parte en Trieste, pero a lo mejor acaba en Soria, como siempre.

miércoles, 2 de julio de 2014

Domingo 6 de julio, 19 horas: Pregonero de la fiesta de San FreeMint



A la Sala Ramona organitzem una marató de FreeJazz el día 6 de juliol. Els concerts començaran a les 12.00h i acabarà tot a les 21.40h.

Aquí us deixem l'horari de l'esdeveniment que clausurarà la temporada d'activitats de la llibreria Nollegiu i la Sala Ramona.

Els concerts són gratuïts gràcies a la col·laboració dels grans músics que hi participaran. Moltíssimes gràcies a tots ells!

Hi haurà dinar i sopar a càrrec de la fantàstica MACARENA DEL ÁGUILA, amb qui ja col·laborem des de fa temps. I el grandíssim, a partir de les 17:00h, DANI CASTEJÓN aparcarà per un dia el piano per tal de preparar-nos uns sucs de menta amb una miqueta de rom.

12:00h Marc Horne (FLAUTA)
13:00h Pol Padrós (TROMPETA)
14:00h DINAR
15:00h Tomá Becket (PIANO)
16:00h Ivan González (TROMPETA)
17:00h Luiz Rocha (CLARINET)
18:00h Agustí Martínez (SAXO)
19:00h PREGÓ SANT FREEMINT a càrrec del poeta JORDI COROMINAS
19:20h El Pricto (SAXO)
20:00h Johannes Nästejö (CBASS)
21:00h Masa Kamaguchi (CBASS)
21:40h SOPAR