miércoles, 21 de enero de 2009

Matar en Barcelona/Bcn week 71

Muerte en el Maremagnum

by Jordi Corominas i Julián

A veces no sirve de nada ser licenciado en Derecho. En el año 2000, Wilson Pacheco decidió abandonar su Ecuador natal para emigrar a la madre patria. Dejaba atrás mujer y tres hijos que esperaban la prosperidad del Paterfamilias, quien al llegar a España trabajó en un almacén de frutas sin tener los papeles en regla.

La noche del sábado 27 de enero de 2002, Wilson, su hermano y dos amigos se reunieron para salir de fiesta. Eligieron el Maremagnum, complejo entonces festivo que simbolizaba ciertos errores post-olímpicos de la ciudad de los milagros. La zona estaba concurrida por turistas, españoles y miembros de la naciente comunidad sudamericana, no muy bien recibida por los porteros de la zona, quienes acumulaban varias sanciones por discriminación racial.

Tres y media de la madrugada. El preludio de la muerte llevaba signo alcohólico. La víctima llegó a la puerta de la discoteca Caipirinha con 2,30 gramos de etanol por litro de sangre. No le dejaron entrar por su evidente estado de ebriedad, aunque sus acompañantes siguen afirmando que todo se debió al color de la piel. Instantes después del rechazo, Wilson cogió un objeto y lo lanzó. Cayó al suelo y echó a correr. Cuando la presencia de numerosos vigilantes dio la sensación de esfumar el altercado, Pacheco reapareció con una botella de cerveza con la que hirió en la mano a su verdugo: James Anglada, 29 años, cargado de antecedentes penales.

Alea Jacta Est. Se inició una fatídica persecución de 326 metros por la Rambla del Mar. Anglada llegó rezagado, tenía que ponerse las gafas, por lo que la primera parte del trabajo sucio la hicieron F. Quincoces, de profesión vigilante, y Mariano Romero, portero del local Mojito. Golpearon al ecuatoriano y prepararon el terreno para que su colega del Caipirinha rematara la faena. El norteamericano de apellido catalán levantó a Pacheco por los hombros con la intención de llevarlo con sus amigos, que esperaban al otro lado del puente. Las crónicas dicen que alguien le incitó a darle un chapuzón, y Anglada obedeció.

Pacheco, quien según sus amigos sabía nadar muy bien, cayó al mar en una zona donde este tiene diez metros de profundidad y cincuenta centímetros de lodo. El exceso de ropa y alcohol lo sumergieron. Los vigilantes de seguridad se marcharon sin mirar atrás, tranquilos. Diez o más personas observaban en silencio. Nadie movió un dedo y, aunque siempre conviene dudar de las palabras de un asesino, hasta uno de los implicados declaró que la policía portuaria optó por no intervenir al ser el hombre al agua un sudaca de mierda. El cuerpo sin vida fue rescatado a primera hora de la mañana.

El primer crimen mediático de un inmigrante tuvo ciertas consecuencias. La Generalitat decidió regular el sector en 2004. Quien quiera trabajar como portero de discoteca tiene que realizar un curso de cuarenta horas. Poca cosa, pero algo es. Así lo ha considerado la Comunidad de Madrid, émula de la catalana desde que el pasado mes de noviembre la muerte de Álvaro Ussía, presuntamente a manos de tres porteros, empañara la fiesta en la discoteca El balcƒn de los Rosales. La historia se repite.


Guió: Jordi Relaño // Dibuixos: Iván Córdoba