lunes, 18 de febrero de 2013

La Plaza de Catalunya en Bcn Mes





La Plaza de Catalunya, por Jordi Corominas i Julián

Durante siglos, en especial hasta el derribo de las murallas en 1855, el centro de Barcelona fue la Rambla, avenida que sorprendía hasta a los escasos visitantes extranjeros que pululaban por nuestra ciudad. De ella valoraban su aspecto afrancesado y un aire auténtico, sin folclóricas ni toreros, algo que volvió con el franquismo y sigue en la supuesta democracia mediante el parque temático que quieren imponernos para mayor gloria de los turistas.

El principio del fin de la centralidad de nuestro paseo más emblemático llegó con el adiós a los muros que oprimían una capital sitiada desde Montjuic y la Barceloneta. El pla de batalla, inmensa cantidad de terreno que separaba Barcelona de villas importantes como Gracia. Sí, ya saben, existía el Paseo que los turistas confunden con el barrio que más me gusta, pero aún no se tenía noticia del Eixample, que en sus planes iniciales no contemplaba la posibilidad de construir la Plaza de Catalunya, zona aledaña a la Rambla que con el tiempo constituiría el extraño núcleo fundamental de donde parten todos los caminos de la rosa de foc.
La Plaza Catalunya fue un deseo popular, un espacio que poco a poco cobró identidad. Sus muchas fases de existencia demuestran un progreso hacia el estrellato mezclado con un desdén del concepto foro, como si las ágoras modernas no sirvieran para el debate y el encuentro del pueblo. En este sentido las protestas iniciadas el 15 de mayo de 2011 han revalorizado el lugar, que de amable emplazamiento para vagabundos y palomas pasó a ser el santo y seña de encuentro, discusión y debate, por mucho que en Barcelona las cosas no tuvieran las proporciones, santa y maravillosa, envidia, de Madrid, mucho más combativa en el siglo XXI en su papel de heredera de lo que hicieron nuestros abuelos.

Los mismos, esos señores que en algunos casos crían malvas y en otras son un bálsamo que nos reconforta, no pueden recordar que el primer edificio del Eixample se edificó en la Plaza. La Casa Gibert observó el crecimiento de la ciudad desde 1864 hasta 1895, justo al lado de la conocida como Estación de Martorell, preludio de una senda que dio a ese enclave que ahora destaca por sus centros comerciales la condición de templo del transporte barcelonés entre tranvías, autobuses y mil y un aparatos populares que contrastaban con la opulencia de restaurantes y hoteles que rodeaba ese diseño rectangular hasta 1927, cuando con motivo de la Exposición Internacional de 1929, la Universal fue en 1888, tomó su característica forma circular. Por suerte descartaron ideas estrambóticas que hubieran afeado el conjunto, pues al principio se planteó la posibilidad de adornarla con un obelisco y un templete, horror de horrores que no excluye el hecho que pocos son los paseantes que se fijan en sus hermosas estatuas, de las que sólo eliminaríamos el adefesio del monumento a Macià, al que queremos mucho sin ese monstruo urdido por Subirachs en 1991 y que molesta sobremanera al paisaje y a la pobre diosa de Clarà, llorando en silencio entre el agua que la circunda, mansa  y enamorada.

Bien cerca de ella hay otra característica que muchos soslayan. Los jugadores de ajedrez de Plaza Catalunya, seres mágicos que con sus peones, alfiles, reinas, reyes y torres mueven desde su invisibilidad los designios de la urbe. Ellos lo saben todo, tejen mantos y corroboran que no es quimérico actuar consecuentemente, sin miedo. La banalidad es no usar los ojos. La banalidad es tumbarse en el sofá sin respirar el aire de la calle, que será tóxico, pero forma parte de nuestra singladura. El centro de Barcelona abandonó su misérrima imagen sedada en 2011, pero el recuerdo se puede escarbar en fotografías. No quiero caballos muertos ni barricadas como el diecinueve de julio de 1936, sólo quiero que los sitios nos traspasen una energía que borre la mierda y haga de lo puro algo más que un sueño. Se llama implicarse y consiste en mojarse el culo. Aprender de los abuelos, conocer la Historia para fundar el futuro.


Ilustración by Nil Bartolozzi