domingo, 1 de junio de 2014

La ciutat cremada



La ciutat cremada, por Jordi Corominas i Julián

Es domingo, día en el que tiendo a ser británico, puntual como cualquier reloj atinado. Me despierto con el informativo de la cadena SER porque de este modo siento que todo empieza de cero desde la activación. La voz de la locutora ha abierto mis ojos con una frase que resume muy bien la actitud de BCN versus Barcelona, la marca contra la realidad: los servicios de limpieza han dejado el centro de la ciudad como si nada hubiera pasado.

Estaba demasiado aturdido como para sentir escalofríos, pero esas palabras han activado mi recuerdo a Karl Kraus y el gusto por la precisión en el lenguaje, y así ha sido porque en tan poco se mostraba la impostura de un tiempo y un lugar.

Las elecciones del pasado domingo han alterado el panorama político del país. Nos gusta, porque la épica de la actualidad lo exige, que algo rimbombante penetre en las mentes, se perfila como necesario por el gusto contemporáneo a comentar cualquier cosa para provocar el alzamiento de los pulgares. Esa triste realidad no oculta la auténtica, la basada en lo que acaece en la superficie.

La preocupación de la clase dirigente estribó en dos frentes. En Cataluña lo que se ha vendido como victoria soberanista exhibe dos lacras duras de digerir para los supuestos próceres apoyados por el pueblo: Convergència i Unió ha sacado un resultado paupérrimo y ERC ha ganado porque la CUP no se presentó. Esta última afirmación es más discutible, pero la primera debió poner de mala leche a nuestro alcalde Xavier Trías, pues a primera mañana del lunes 26 Can Vies empezó a ser fuente de incesantes noticias, inaugurando la serie el desalojo y la cruel acción de la excavadora contra algo que se juzgaba antisistema, un centro que con diecisiete años de existencia cohesionaba actividades para la juventud del barrio de Sants, un espacio importante que ha excedido su trascendencia por ser la gota que colma el vaso.

De repente llegó el cataclismo, y lo hizo en la semana de la leve condena a Millet, un contraste que es símbolo y metáfora. Hay gotas que colman vasos y en esta parte del mundo toda la cháchara independentista, legítima porque es digno discutir del tema ante el descontento generalizado, ha borrado de un plumazo para los medios al 15m catalán y la maldad gubernamental de recortes sanitarios y educativos.
Por eso no me extrañó ver que las calles ardían, como tampoco me pareció sorprendente que en la televisión pública catalana se debatiera el tema en medio de una fuerte crispación donde se hablaba de vándalos, sólo faltaban suevos y alanos, en contraposición con los mossos, fuerzas del orden que, según los tertulianos de turno, cumplían con su deber.

A estos señores encorbatados hay que dejarles claras dos cosas. Una se centra en que el incremento de la desigualdad social puede generar episodios como los vividos en estos últimos días de mayo. El segundo punto estriba en que es muy fácil decir que los que queman contenedores son estereotipos fascistas desde la justificación del monopolio de la violencia por parte del poder. Mediante este argumento se intenta crear una opinión deleznable porque exime de crimen la barbarie corrupta y cínica que la crisis ha sacado de las cloacas del palacio.

La indignación ciudadana en Barcelona también surge de un profundo descontento por el modelo de ciudad que los políticos, desde la última legislatura de Maragall hasta hoy en día, han montado de acuerdo a una serie de intereses privados que tienen su apoteosis en el turismo, del que volveremos a hablar dentro de unos párrafos. Por ahora cabe decir que el modus operandi en Can Vies fue lamentable por autoritario y desafortunado en la gestión de los tiempos, como si la gente fuera estúpida y derribar un edificio con valor colectivo el día después de un fracaso en las urnas fuera algo atinado.



Las calamidades posteriores invitan a un profundo debate. El modelo Barcelona, con sus campañas que encrespan los nervios, y el amor al parque temático son un problema con múltiples desaciertos y metáforas que van desde la pista de patinaje en Plaza Catalunya hasta la eliminación del Paseo de Gracia, convertido en un bazar para ricos orientales, súbditos de Estados dictatoriales y democracias maquilladas. Estos dos ejemplos son dos pilares más de una larga serie que incluye represión policial, postales de película, cruceros, ferias y congresos como si Porcioles fuera el alcalde, publicidad engañosa, creciente pobreza y un tejido urbano que sólo resiste mediante la solidaridad, pues de nada sirve embellecer si el interior se resquebraja.
Este sábado la manifestación que recorrió el centro de la ciudad fue pacífica hasta que lo previsible se produjo, no hay más. Ver a los mossos con máscaras antigas y protegiendo la Rambla, que ya no es paseable para el barcelonés, para el bien del turista fue la última bala mortífera de un revólver que terminó rodeando a un centenar de personas mientras se apartaba a los periodistas y el zumbido de un helicóptero complementaba su control con luces que enfocaban a los vecinos protestando. Alguna grieta habrá en esas cazuelas disconformes, ensordecedoras y certeras.



He titulado este texto La ciutat cremada porque a lo largo de estos días he pensado que, en cierto sentido, es sencillo paragonar los hechos con La Semana Trágica de 1909. Entonces el abuso de los autoridades, aliadas con los intereses de Güell y Comillas en Marruecos, provocó la leva de muchos quintos catalanes que se vieron ridiculizados en el puerto por señoras de clase alta que les daban chocolatinas, medallones de la virgen y cigarrillos mientras sus hijos, exentos del servicio militar tras un módico pago que equivalía al sueldo anual de un obrero, sesteaban en sus lujosos domicilios. Por aquel entonces era verano y la lucha surgió de una mayor organización que, sin embargo, se expandió por la fuerza de unas reivindicaciones locales con aire internacionalista. Pacifismo y obrerismo se mezclaron con la desesperación del cinismo, siempre mudo ante la pobreza y la injusticia. Mientras ardían iglesias los políticos de Solidaritat Catalana optaron por el silencio, cortar la comunicación con Madrid para que no se extendiera la llama y atender acontecimientos. La nube pasaría, lo sabían y sólo al final acudió el ejército para apagar los últimos fuegos.


Mientras duró el jaleo prostitutas y obreros montaron barricadas, escaparon de las fuerzas del orden mediante la guerra de guerrillas y tuvieron un rayo de esperanza que propiciaba el desconcierto y su recorrido urbano por zonas donde era difícil controlar sus movimientos, y lo mismo puede que pasara esta semana en Sants y en Gracia, aunque en menor grado, lugares donde resulta complicado domar rebeldes por muchos contingentes que se empleen para lograrlo. De ahí parte del miedo, como si la ciudad, caprichosa, recordara que la reforma parisina de Haussmann que deseaba impedir altercados, como si la capital catalana albergara un temor a repetir episodios que mancharan su enarbolada marca que, piensan mientras se dan palmaditas en la espalda, ha catapultado a la ciudad al primer plano del panorama mundial.

En Al Aire Libre, mi último poemario, hablo de urbe de Messí y Gaudí, como si lo demás no importara. También está el templo de la manzana de Plaza Cataluña y todo el postureo que invade calles y escaparates, conocimiento de trivial pursuit y grandes dosis de hipocresía, a raudales, infames y proclives a dibujar un mapa átono donde, sin ir más lejos, el Primavera Sound sería un ángel enfrentado a la Primavera de Sants, agria y reivindicativa de un hartazgo que va más allá de la excavadora con flores.



Joan Maragall escribió su Ciutat del perdó para La Veu de Catalunya para pedir que se perdonara la vida a Francesc Ferrer i Guàrdia, condenado por la Semana Trágica, cabeza de turco perfecto para unas instituciones que no toleraban su progreso pedagógico y sus ideales libertarios, y entiéndase la palabra desde su doble vertiente. En el mismo texto, culminación de una serie, se hablaba de la grave responsabilidad de la burguesía en lo acontecido durante ese julio incendiario, clamando por un equilibrio entre ricos y pobres, entre mandamases y malqueridos. El texto fue censurado porque Enric Prat de la Riba, director del periódico y futuro presidente de la Mancomunitat, y Antonio Maura, presidente del consejo de ministros de Alfonso XII, así lo decidieron. No se publicó hasta 1932, durante la Segunda República.

Su eco llega hasta 2014 en este escrito pensado por alguien bastante más irrelevante. Los que manejan los asuntos municipales y los que mueven la economía de Barcelona deberían sentarse a meditar su grado de culpa en los sucesos que nos han sacudido durante esta semana porque lo que realmente se plantea es conseguir un término medio entre lo que ellos quieren vender y las necesidades esenciales de una ciudadanía que clama ser de una maldita vez, por pura lógica de buen gobierno, el foco de interés fundamental: como siempre debería ser, como hace demasiado que no ocurre. Tomen nota o se arrepentirán.