viernes, 16 de enero de 2015

Y todo a media luz, de Maurizio de Giovanni



La hora de los secundarios: Y todo a media luz, de Maurizio de Giovanni.
Maurizio de Giovanni, Y todo a media luz, Barcelona, Lumen, 2015
Traducción de Celia Filipetto

Son ya seis las entregas que han llegado a nuestro país de las andanzas del Comisario Ricciardi, un hombre bueno y atormentado que desarrolla su actividad investigadora en la Nápoles fascista. A diferencia de muchos otros personajes el de Maurizio de Giovanni se enmarca en unas coordenadas especiales donde él, pese a ser el centro de las tramas, se ve rodeado de un estupendo elenco de segundas espadas que permiten al lector desear una nueva novela para ver cómo prosigue la suerte de cada elemento, desde su lugarteniente Maione hasta Enrica, ese amor inmortal que nunca llega porque mantener el suspense del mismo es un santo y seña de la serie.

Ricciardi está marcado por un poder que es su tortura. Puede escuchar las últimas palabras de los muertos allá donde va. Esta arma es magnífica para resolver los casos, pero le acarrea un malestar que impide su estabilidad sentimental, pues se niega a provocar la infelicidad de quienes le rodean, de ahí su aire taciturno y la dureza de esos ojos verdes que todo intentan escrutar.

En esta ocasión el paraíso será la clave que mueva todos los hilos, y sí, lo pueden interpretar desde un doble sentido. Un burdel es donde se sitúa el crimen de la Víbora, una bellísima prostituta asfixiada con un cojín en su habitación de trabajo. El crimen acaece a las puertas de semana santa y altera el equilibrio local en medio de las futuras festividades religiosas mientras emergen los sospechosos, nacen preguntas y la intriga crece sin prisa pero sin pausa.



Cuando uno se ha familiarizado con los procedimientos del padre de la criatura atiende algo más que la resolución de un asesinato. De Giovanni usa las pesquisas de su estrella como una biga maestra que permite construir el resto del edificio. De este modo los relatos periféricos se hilvanan con el principal para crear una simultaneidad casi cinematográfica que en algunos capítulos alcanza una excelencia que se mide tanto por el ritmo narrativo como por una más que sabia elección de las palabras que producen el encadenamiento de acciones, pensamientos y esperas de algo que nunca sabemos si llegará, desde el amor hasta las pistas que propician avanzar en la senda detectivesca, pletórica en plantear dudas al lector hasta las páginas conclusivas, otro aspecto marca de la casa que, sin embargo, me parece menos decisivo que otros puntos fuertes entre los que figuran dibujar el contexto con pocas y acertadas pinceladas o lograr una estructura narrativa que suscite un fuerte anhelo de devorar el libro en pocas sentadas mediante capítulos cortos, diálogos intensos y la introducción de continuos misterios.

Tal y como apuntaba en el párrafo anterior, en Y todo a media luz algunos secundarios habituales cobran una relevancia inaudita, sobre todo el doctor Bruno Moro y Nenita, el travesti informante. El primero, bien conocido en la ciudad partenopea por su antifascismo, sufrirá por su integridad física y mental, mientras el segundo activará sus resortes hasta el paroxismo entre sus relaciones con la prostitución y las órbitas del poder, donde también tendrá algo que decir la viuda Vezzi en su empecinamiento por seducir a Ricciardi.


En medio de todo este engranaje creo que hay un aspecto que merece ser remarcado. La comida es fundamental para entender las maquinaciones desde varios niveles, tanto de lectura como interpretativos. Por un lado tenemos el enamorado del pasado que recupera la belleza de la Víbora al encontrarla de casualidad en el lupanar al que acude para repartir fruta. En otra sección la joven Enrica aprende de la tía del comisario las recetas que permitirán conquistarle algún día, y mientras esto sucede la mujer del lugarteniente Maione se esmera en preparar un dulce napolitano que incluye una leyenda encantadora que sirve para reforzar la unidad  del clan familiar. El amor y la gastronomía se funden en un solo cuerpo que vuela en distintas direcciones según los intereses creados en el mosaico de peripecias de esa primavera de 1932 que deja las puertas abiertas hacia nuevas vueltas de tuerca en la evolución de las estaciones que marcan el devenir temporal de los sucesos de esa Nápoles envuelta entre múltiples brumas que cuesta mucho disipar.