jueves, 11 de agosto de 2016

Roma, de Julien Gracq



Las contradicciones romanas de Julien Gracq, por Jordi Corominas i Julián
Dentro de las letras europeas Julien Gracq (1910-2007) constituye un extraño caso de conspirador coherente, y usamos este adjetivo porque si lo calificáramos de oculto caeríamos en una agradable redundancia. Su obra es poco conocida y su figura, por voluntad propia mientras estuvo entre nosotros, permanece en un incómodo plano hasta que irrumpe a la superficie.

Los motivos de este interesante aislamiento son comprensibles. Hará poco más de un lustro Nortesur publicó en nuestro país La literatura como bluff, un libelo que ya en 1950 radiografiaba muchas de las constantes del mundo de las letras entre su continua campaña electoral de seducción y una exageración de los logros artísticos del presente para vender la mercancía. Al año siguiente Gracq tuvo la osadía de renunciar al Premio Goncourt que había recibido por su legendaria novela El mar de las Sirtes.

Ahora Confluencias publica Roma, en torno a las siete colinas, libro de viajes iconoclasta por varios motivos. En primer lugar está la cronología. El francés viajó por vez primera a la Ciudad Eterna con setenta años de edad, en un momento histórico convulso para Italia y la Urbe, sumida en los negros años de plomo simbolizados por las maniobras subterráneas del Estado y el terrorismo multicolor culminado con el secuestro y muerte de Aldo Moro en mayo de 1978.

El autor es consciente de la tradición del Hexágono sobre la antigua capital del mundo. Sabe que antes de su escrito nombres como Du Bellay, Chateaubriand, Stendhal o André Gide plasmaron en páginas plagadas a partes iguales de elogio o desdén, pero claro, uno piensa en la capital de los césares y sus dos milenios de relevancia conducen a un canto continuo de admiración que en pleno siglo XXI cae en el tópico convencional carente de imperfecciones, error tremendo porque la belleza de Roma radica en los rincones y sentidos ausentes de guías y propagandas. Gracq apunta más hacia esta última línea y no se ahorra expresiones de disgusto. Aborda su visión desde el conjunto que empieza en la periferia, donde circula por la bota y muestra su predilección veneciana mientras se aturde con la campiña que circunda el objeto de sus palabras, sosa y casi lúgubre por su abandono.
Una vez ingresa en el mito de las siete colinas teje su prosa poética enlazándola con personas y arquitecturas. Se declara asombrado por la proliferación del ladrillo rojo de la antigüedad y el contraste cromático que hilvana con la vegetación y los edificios de otras épocas mientras agradece, por el bien del paseante, la reclusión de las estatuas grecorromanas en museos para que su blanco átono no desbarate más aún el amasijo de arte en un espacio enorme aunque reducido que sólo desde el siglo XIX ha recuperado su vitola de lugar habitable.

El retorno de los funcionarios en 1870 tras la caída de Porta Pía y la definitiva unificación transalpina recobró un pulso perdido que sólo el milagro de ser sede papal evitó transformar en perpetuo pasto para pastores y rebaños. Estos largos siglos de despoblación y lucir oropel por lo que fue confirieron a Roma un aire que cuando Gracq la visitó era aún más palpable por el aumento del tráfico motorizado en cualquier calle y la célebre indolencia de sus habitantes, clave si se quiere entender cómo un símbolo para toda la humanidad se tiñe todos los días de un aire provinciano sólo localizable mediante el arte de caminar y perderse entre sus recovecos para encontrar, más allá del merodeo gatuno, gestos y actos de unos actores pequeños que han hecho suyo un teatro de primera magnitud.
Nos gustaría charlar con Gracq y decirle que parte de sus juicios son un manual de chovinismo. Una de sus críticas estriba en el mal gusto que supone ser una acumulación de estratos sin unidad estilística como acaece con París y sus lustrosas avenidas de la reforma Haussmann. El autor olvida la labor de piquete del famoso barón en aras de la uniformidad y la magia que supone el contraste de eras por mucho que creen desigualdades en un cielo horizontal donde aun se atisban las reconstrucciones medievales, la incongruencia de los palacios renacentistas en estrechísimos pasajes enfrentados a casuchas o la omnipresencia de las iglesias, tanto que el visitante, a diferencia de otros centros urbanos, desconoce la ubicación de los ministerios, anónimos entre la colosal masa de piedra del centro y sus alrededores.

Pese a tanto lamento hay momentos de entrañable lucidez. Uno de ellos se asimila al ridículo de La grande bellezza, ese hermoso plagio de La dolce vita, y muestra el choque entre el turista americano sediento de poder y el populacho contento con transcurrir jornada tras jornada en un marco privilegiado que le hincha de amor propio y le da exactamente igual porque la Historia está sin estar. Otra iluminación es admonitoria desde la debilidad de quien, pese a declarar un inconformismo a prueba de bombas, acepta la belleza del sitio y la encumbra porque los inmuebles de hormigón surgidos desde el fascismo son mucho más feos y difíciles de destruir. Imaginarlos en un futuro con hierbajos y grietas es un canto a preservar lo pretérito para no caer en la uniformidad maldecida durante esos años por Pier Paolo Pasolini. En las contradicciones está el hechizo, y la humanidad.