domingo, 18 de septiembre de 2016

Muerte de un hombre feliz, de Giorgio Fontana





Muerte de un hombre feliz, de Giorgio Fontana, por Jordi Corominas i Julián.
Un título que desvela el final de la trama indica que debemos fijarnos en los matices del contenido. Muerte de un hombre feliz (Libros del Asteroide) del italiano Giorgio Fontana es un libro valiente, de madurez excepcional si se atiende que su autor nació en 1981, año en que suceden los acontecimientos que narra, de una dureza centrada en el desencanto por la izquierda tras el 68 italiano y los conflictos de un magistrado católico muy consciente de su labor y el rastro del tiempo reciente, de los acontecimientos, las ideas y las personas.
La cultura transalpina, a diferencia de la española, ha dado siempre muestras de saber afrontar los episodios fundamentales de su Historia sin esperar a la tan cacareada perspectiva. Lo hicieron con la Segunda Guerra Mundial a través del neorrealismo y en los últimos años, y no sólo, se han atrevido sin medias tintas con el plomo de los años setenta, de las Brigadas Rojas al terrorismo de Estado, de los trapicheos de la sempiterna Democracia Cristiana al omnímodo dominio de la Mafia en casi todas las regiones del país.
Películas como La meglio gioventú, Buongiorno, notte o Mio fratello è figlio unico han hablado sin tapujos sobre estas cuestiones. Lo interesante de Muerte de un hombre feliz es que lo haga un chico que no vivió los sucesos de su libro porque implica una voluntad de revisitarlos desde el punto de vista de una generación desdichada, la misma que en todo Occidente parece olvidada por el bloqueo demográfico. Además Fontana lo hace con suma habilidad al plantear su novela desde el rigor documental pese a centrarse más en aspectos morales.
Giacomo Colnaghi es un fiscal marcado por un pasado que no conoció. Su padre fue partisano y lo ejecutaron. Nunca lo conoció y aún así sabe que su figura le ha dado la dimensión de justicia que persigue. Por eso Fontana entrelaza presente y pasado. Las dos historias van entrecruzándose hacia su conclusión compartida, como si el hijo recogiera el testigo del padre a sabiendas de los peligros que implica querer mantenerse en el mundo a través de una ética concreta, la de querer un verdadero equilibrio donde la barbarie no pueda imponerse a determinadas creencias partidarias del bien común.
Por eso Colnaghi tiene una visión católica que duda y progresa a medida que avanza el relato. Fue un chico educado en la fe, gozó de las asociaciones típicas de su época, se aficionó al deporte, hizo amigos, formó una familia y ahora siente la dicha de cumplir con su deber en el instante decisivo. Dirige junto a dos colegas las pesquisas para detener y encarcelar a un grupo disidente de las Brigadas Rojas. Son los primeros años ochenta. Atrás quedaron los tiros en la pierna o los secuestros de políticos. La muerte se ha vuelto rutinaria y la guerra civil de unos pocos debe quedar soterrada para que la Bota respire y las aguas vuelvan a su cauce pese a los traumas que ya no podrán superarse.
Las víctimas y la coincidencia de aunar el plomo con los partisanos podrían concatenar la obra que reseñamos con No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles, de Patricio Pron. La comparación sólo se sostiene en lo cronológico, pues la excepcional obra del argentino afincado en Madrid tiene un poso intelectual que no entra en la intimidad de la historia en minúscula, el hilo íntimo de las vivencias, el reducto mental de cada habitante que sumado con los de los demás construye el inconsciente de las naciones.
Colnaghi, cuyo lema tolera las excepciones y no consiente los errores, vive en un apartamento milanés por su completa entrega para con su misión. Su madre le reprocha la ausencia del hogar conyugal y él, buen hijo asiente porque tiene clara la posibilidad de conjugar todas las parcelas de la existencia. El libro, repleto de magníficos y sutiles entrelineados, brinda párrafos en que se glosa cómo para el protagonismo la sencillez de las pequeñas cosas es la suma que activa un deseo de vivir que, no obstante, entra en conflicto con el mal de la pólvora, de los asesinatos que reivindican causas irresolubles con la fuerza de las armas.
Esta apuesta por el diálogo surca toda la novela y alcanza su cénit en la charla sin taquígrafos que mantiene el fiscal junto a un detenido. Ambos tienen el mismo origen social, han crecido en los mismos ambientes y sin embargo uno desea la clandestinidad de la extrema izquierda y el otro la toga para dictar sentencia. En este duelo verbal se produce el inevitable símil entre partisanos y brigadistas, refutado por Colnaghi desde su pertenencia a los cuadros de una Democracia contradictoria, la misma que tiene dos días nacionales porque celebra el 25 de abril cómo la jornada de la liberación desde el pueblo y el 2 de junio por ser el día donde las instituciones propusieron elegir entre República y Monarquía.

Muerte de un hombre feliz también advierte de la imposibilidad de ser enteramente justos, y al hacerlo destapa las miserias de una etapa negra que no debería volver a repetirse. Si todo es político Fontana clama por una unión de todas las partes de la Italia contemporánea desde la revisión del pasado. Es sanísimo hacerlo y proponerlo desde la literatura un hermoso canto a su utilidad, pues demasiado entretenimiento y distracciones tenemos como para que encima nos prohíban pensar con la cultura.