jueves, 11 de octubre de 2012

Diálogo con Donna Leon en Sigueleyendo




Es martes y sí, ha llegado el otoño. Dirán que nada tiene que ver con el diálogo que seguirá a estas líneas: se equivocan de pe a pa. La caída de las hojas y la brisa barcelonesa ejercen en mi cuerpo una especie de zozobra que sólo podía remediar una novela de alto voltaje con determinados ingredientes. La suerte quiso que la mezzosoprano Cecilia Bartoli y la escritora Donna Leon, norteamericana afincada desde hace años en Venecia, decidieran juntar sus fuerzas para recuperar la figura de un misterioso personaje del barroco. ¿Agostino Steffani? Hago mis pesquisas y descubro que es tan desconocido que hasta en YouTube escriben mal su nombre. Este compositor y cantante transalpino tuvo una vida azarosa en la que sacrificó la inmortalidad en pos de de cargos y preseas eclesiásticas en Alemania, donde fue uno de los principales baluartes católicos en tiempos donde las ideas de Lutero avanzaban sin freno.

Bartoli recogió las mejores arias de tan peculiar personaje y el resultado fue su disco Mission. Donna Leon optó por una de sus clásicas novelas negras con un toque anómalo en su trayectoria. Prescindió del mítico Guido Brunetti y dio la batuta de las operaciones a una musicóloga en apuros. Cecilia Pelegrini es la protagonista de Las Joyas del paraíso, editada en castellano por Seix Barral y en catalán por Edicions 62, un libro que engancha y mantiene el suspense hasta la última página.

Me apetecía encontrarme con Donna Leon, quien casi sin quererlo ha forjado una leyenda de su persona. Es una mujer sencilla que odia los teléfonos móviles, bestias de control, y considera que el correo es mágico. Al darnos la mano, en la mejor tradición de su país de adopción, ya intuyo que pasaré un muy buen momento. Ríe con mis problemas y despistes con la grabadora, olvidada en un pueblo y reemplazada por la del teléfono, lo que me crea apuro e inseguridad. Donna, parla forte, altrimenti questo sarà disastroso. Enciendo la grabadora. Cruzo los dedos.




Jordi Corominas i Julián: ¿Cómo nació el interés por Agostino Steffani?


Donna León: Conozco a Cecilia Bartoli desde hace más de una década. Somos amigas, y un buen día me comentó algo sobre su nuevo proyecto. Me comentó su interés por Steffani que ha dado sus frutos con el disco Mission, pero lo mejor fue cuando me anunció que quería implicarme en el proyecto. Le pregunté qué quería y me sugirió la idea de un libro que tratara de la vida de Steffani. Le dije que sí y al cabo de poco tiempo me dio una biografía en inglés y sus cartas traducidas del francés, además de otros documentos.

J.C.: ¿Suficiente material para iniciar una investigación?

D.L.: Descubrí que la vida de Steffani era muy interesante, con muchos matices porque trascendía la música y se adentraba en otros campos.

J.C.: ¿Conocías a Steffani en su faceta de compositor?

D.L.: Muy vagamente, no como a Telemann, quizá como a Antonio Cesti, que es conocido, pero no mucho.

J.C.: Lo que me cuentas de las investigaciones y sugerencias de Cecilia Bartoli me hace pensar en ella como una inspiración para Cecilia Pelegrini, el personaje central de Las joyas del paraíso.

D.L.: ¡Sí! Cecilia no es sólo una cantante con un talento fantástico. Es una musicóloga excepcional y tiene la capacidad, propia de los grandes directores de orquesta, de saber si una partitura vale la pena, en su caso si merece atención para su voz. Recuerdo una ocasión en la biblioteca de Munich. Presentó la partitura de Níobe, una ópera de Steffani, y desde el principio comprendí que ella ya sabía que esa música era ideal para sus cuerdas vocales. Luego leyó otras partituras y de ahí salió el disco.

J.C.: Volviendo a la vertiente literaria creo que en tu caso el riesgo consiste en aparcar a Brunetti, porque Caterina Pelegrini no se le parece, es otro tipo de detective.

D.L.: No, no se le parece. ¡Lo espero! No programé mucho el personaje, pensé en usar una musicóloga porque debía mostrar un contraste muy fuerte entre el centro de la investigación, la época barroca, y el tiempo donde sucede, el nuevo milenio. Me parecía complicado tomar el pulso al lector y transportarlo a la atmósfera del tiempo de Steffani, implicarlo hasta engancharlo en la trama.

J.C.: Pero en ese sentido me gusta mucho el uso que los personajes dan a las nuevas tecnologías, aceptadas con absoluta normalidad, sin darles una condición mágica ni nada por el estilo, sin pensar en absurdas metafísicas de la red.



D.L.: Es que ahora mismo Internet y todo lo demás son cosas normales, que están integradas en nuestra vida. Tienen magia, claro. Es un milagro poder comunicarme con amigos australianos en tres segundos, y no esperar tres meses como antes.

J.C.: Pero en la fundación que encarga la investigación que vertebra la novela no tienen siquiera Internet, como si su ausencia fuera una metáfora del distanciamiento de la música barroca con la contemporaneidad.

D.L.: Y es porque no tienen dinero, lo que en realidad es una metáfora de la actual situación italiana, donde los políticos roban y no queda nada para la cultura.

J.C.: Algo que en España ocurrirá muy pronto, si es que no está ocurriendo ya mismo.

D.L.: Lo imagino y lo temo. ¿También han robado el dinero o lo han gastado mal?

J.C.: Por ambas cosas, pero en Italia aún es más grave y la novela lo refleja. En Venecia la música debería ser sagrada, y ves este olvido voluntario de la cultura y a cualquiera se le cae el alma a los pies.

D.L.: Los políticos en Italia son verdaderos cretinos. Los ves en los talk shows y se comportan como bárbaros, parecen jóvenes ridículos.



J.C.: Ayer pasaron en televisión Somewhere de Sofía Coppola. Un actor de éxito llegaba a Milán y le organizaban un show con “veline”, que ahora mismo parecen el punto cardinal de la cultura italiana contemporánea, el reflejo de una sociedad decadente, y en cambio miras atrás, compruebas todo lo que ha dado Italia al mundo y…


D.L.: Parece que la cultura haya desaparecido. La misma Cecilia regresa al hogar y pese a la felicidad del retorno su alma ostenta una tristeza por cómo han cambiado las cosas. ¿Cómo no tenerla? No se puede vivir en Venecia sin recordar cómo era la ciudad antes del turismo de masas. Hace treinta años era un lugar maravilloso y ahora todos esos millones de turistas la están destruyendo en muchos sentidos.

J.C.: En un fragmento de la novela se menciona que ahora en Venecia sólo viven cincuenta y nueve mil personas, siempre menos…

D.L.: Somos cincuenta y nueve mil personas, y es tristísimo, la ciudad pierde gente año tras año, es alucinante, una tragedia.

J.C.: ¿Y cómo crees que terminará todo esto? ¿Ves futuro en Venecia?

D.L.: Soy ecologista, pero mi pesimismo es negrísimo. Está el proyecto Mosé, pero si lo que los científicos dicen, y hablo sin ser experta pese a mis lecturas, sobre el hielo de los polos es muy posible que Venecia, Bangladesh, Nueva York, Miami, Londres y otras ciudades desaparezcan bajo las aguas.

J.C.: Y antes Steffani también estaba bajo las aguas, hasta que lo recuperasteis…


D.L.: Sí, totalmente. Muy bien visto, nos has pescado. (Risas)



J.C.: ¿Cómo proseguiste la investigación a partir de los primeros datos que te proporcionó Cecilia Bartoli?

D.L.: Leí la biografía, busqué en Google y di con documentos en el British Museum y en otros archivos. Encontré en Steffani un hombre de una sensibilidad muy delicada, no un hombre tímido, pero si es verdad que él era un castrado, lo que indicaría la palabra músico que entonces se usaba para definir a las personas con esa condición, creo que eso explica mucho de su vida. Necesitaba hallar un método para tener un poco de poder para protegerse de las ofensas. Si entraba en la órbita religiosa -siendo, por ejemplo, obispo- podía volverse intocable aún siendo un castrati.

J.C.: Y conocía muy bien los juegos de poder cortesanos, tan típicos de su época.

D.L.: Conocía a todo el mundo y se escribía con un sinfín de personas, entre las que se contaba la reina de Prusia. Era una persona que había alcanzado un estatus, tenía fama y la aprovechó.

J.C.: Sí, pero he leído que sacrificó el arte por su voluntad de poder, y quizá este es el mayor misterio de su existencia.

D.L.: Sí, pero es un misterio que existe desde hace milenios. ¿Quién recuerda el nombre del rey de Inglaterra cuando Keats escribía sus poesías? Nadie. Los artistas son los únicos que permanecen, pero aquellos que buscan el poder sin un mínimo talento quieren pavonearse de su porción de la tarta, mientras los artistas son invisibles.

J.C.: Es como si Steffani privilegiara el presente sin pensar en la inmortalidad. El presente es interesante, pero el arte es bello porque lo trasciende, borra la importancia del poder.


D.L.: Era un hombre bueno. No tenía enemigos, y tampoco albergaba rencor hacia nadie. Su disposición hacia el mundo era idónea.

J.C.: En la novela una clave importante son los baúles que guardan los papeles de Steffani. ¿Son verdaderos o una invención narrativa?

D.L.: Todo es verdad. Murió pobre, y metieron todo lo que tenía en dos baúles. Los transportaron al Vaticano y desaparecieron hasta 1995, cuando los descubrió un musicólogo alemán. Los baúles me sirvieron como trampolín para transportar la figura de Steffani al presente e interesar al lector.





J.C.: Y el interés crece más y más porque se menciona que los baúles ocultan un tesoro.

D.L.: De este modo el lector se formula preguntas, y creo que funciona.

J.C.: Y quienes desean abrir los baúles son los dos primos venecianos, negativos y avaros, personajes prototípicos de nuestra época.

D.L.: Sí, son un cliché, lo único auténtico en ellos es que tienen el apellido de los verdaderos primos de Steffani, Stievani y Scapinelli.

J.C.: Entre los primos, los baúles, Cecilia, el personal de la fundación y el Doctor Moretti, completamos el elenco, y por lo tanto un rompecabezas que nos da una novela negra más que consistente.

D.L.: Y sin violencia, sutil.

J.C.: Sutil como Steffani, del que por otra parte sabemos muchas cosas sin que ello perjudique sus luces y sus sombras. La novela deja abierta su figura.

D.L.: Para mí es mucho mejor así. No me gustan ni los finales felices ni los infelices, prefiero dejar abierto el misterio.

J.C.: Por otra parte Venecia para una trama así es perfecta, porque tiene una estructura laberíntica. Además en un momento de Las joyas del paraíso el trazado urbano permite mezclar varios géneros de la novela negra.

D.L.: En un momento concreto la persiguen y se siente amenazada. Entra el juego de la persecución. ¿Quién es el tipo que la persigue? ¿Por qué lo hace?

J.C.: Se juega con la angustia de Cecilia Pelegrini desde varios planos, no sólo desde la investigación y su padecer mental: los elementos del contexto determinan su comportamiento, quizá por ser veneciana…

D.L.: Sí, su angustia va más allá de Venecia porque también se preocupa muchísimo por su hermana, quien está a un paso de arruinar su carrera profesional.

J.C.: La hermana enlaza la época de Steffani con nuestro siglo.

D.L.: Sí, es una monja que se dedica en Alemania a la investigación, y su labor en la novela es fundamental porque abre la puerta para descubrir muchos documentos que ayudan a Cecilia.

J.C.: Y el barroco al fin y al cabo debería ser comprensible para nosotros, porque sus intrigas políticas bajo otros trajes son como las nuestras, algo gatopardesco.

D.L.: Sí, nada ha cambiado. Cambiar todo para que todo siga igual. Progreso humano, que maravilla.

J.C.: ¿Es verdad que en Italia no se publican tus novelas de Brunetti? ¿Cuál es el motivo?

D.L.: Antes de llegar a Barcelona pasé por Viena, epicentro del culto a Brunetti. Estaba en un café y un hombre me preguntó si podía dejarme un disco de su mujer, instrumentista de la viola da gamba. El señor sabía que estoy implicada en el management de una orquesta y buscaba una oportunidad para su esposa. La moraleja es que en Viena soy una persona pública, me reconocen por la calle muchas veces. La mayoría se alegra de verme y me respetan, pero cuando no conozca a las personas eso me provoca un ligero embarazo, sobre todo si al reconocerme dicen que es un honor. No, como mucho es un placer, lo otro sólo se puede aplicar a dos o tres personas en el mundo, y desde luego yo no soy una de ellas.





J.C.: Tu respuesta entronca con algo que dijiste sobre Cecilia Bartoli. Comparándola con Lady Gaga decías que la cantante americana tiene fama, pero la Bartoli tiene prestigio, algo que se confunde demasiado en nuestro tiempo.

D.L.: Sí, por desgracia. Y es importante diferenciarlo. Cecilia Bartoli tiene un lugar importante en la historia cultural de nuestro tiempo, quizá Lady Gaga también, pero aún no lo sabemos. Lady Gaga es un fenómeno y tiene más fama. Cecilia es una cantante y tiene prestigio.

J.C.: Volvamos a mi anterior pregunta. ¿Cree que si Brunetti fuera publicado en Italia su presencia pública pondría en riesgo su tranquilidad y convertiría su vida en un show?

D.L.: Hay un motivo básico: mis libros tienen pasajes donde critico mucho determinados aspectos de Italia. No soy italiana, ni veneciana, es más, soy extracomunitaria. Ya me ha ocurrido en dos ocasiones que algunos italianos han escrito artículos criticando lo que digo en mis novelas. Son personas que no las han leído y critican por criticar. Si los publicara y alguien se sintiera ofendido pediría perdón al instante por ofender el sentimiento patriótico de los italianos. Un artículo puede decir que soy caníbal, pederasta, traficante de droga… mejor evitar los artículos.

J.C.: Pero al mismo tiempo es necesaria la presencia de voces críticas. Tanto en Italia como en España no es que abunden.

D.L.: Sí, y es tristísimo. Mis libros están llenos de amor por Italia y Venecia, y eso no aparece en los artículos. ¿Por qué no leen a los italianos que critican a su país sin razón, con barbaridades?

J.C.: Ahora mismo en Barcelona estamos en un momento extraño. El presidente está fabricando una cortina de humo nacionalista que demuestra la absurdidad de las banderas, el amor por la nación debería demostrarse con otras cosas como la cultura.

D.L.: Sí, o con la poesía o la lengua. Yo vivo en Venecia porque es un privilegio y amo de verdad esta ciudad.


J.C.: Tiempos raros los nuestros



D.L.: Los americanos si ven que alguien critica su país se vuelven locos. A mí en ocasiones también me ocurre, y reconozco que es algo más bien irracional, y absurdo.