viernes, 20 de septiembre de 2013

Diálogo con Gonzalo Torné en la Microrevista



Entrevista a Gonzalo Torné

He quedado con Gonzalo Torné a las doce del mediodía en un bar céntrico. El decorado es antiguo y tranquilo, perfecto para charlar sin problemas y registrar nuestros intercambios sin interferencias. Llego antes de tiempo y repaso mis apuntes sobre su última novela. Divorcio en el aire se adentra en una senda donde, parafraseando a T.S. Eliot, están presente y pasado presentes tal vez en el futuro, y el futuro en el pasado contenido. Para el lector avezado en la obra del escritor barcelonés el nombre de Joan Marc le resultará familiar de Hilos de sangre. Aquí escribe en torno a su relación con Helen mientras la vida le depara otras torturas y parabienes que intenta asimilar entre la normalidad y el desbarajuste del día a día. Digo poco con esta introducción. Dejemos que hable el autor. Enciendo la grabadora.
Jordi Corominas i Julián: ¿Quién no haya leído Hilos de sangre tendrá más problemas para entender Divorcio en el aire?
Gonzalo Torné: No, como mucho se perderá algunos chistes. Las dos historias pertenecen al mismo “mundo”, el personaje principal de Divorcio en el aire tiene un papel secundario en mi anterior novela. Creo que son lecturas independientes y que también tendrá ventajas quien lea primero Divorcio en el aire y despuésHilos de sangre.
¿Son vasos comunicantes?
Tienen un personaje en común, esa es la principal conexión.
Me pareció que la Clara de Hilos de sangre podría ser el Joan Marc deDivorcio en el aire, como si ambos ofrecieran sus versiones de un hecho determinado, aunque los hechos no conecten una novela con otra.
La historia que cuenta Clara en Hilos de sangre es la historia de su familia, y Joan Marc tiene un papel subsidiario. En Divorcio en el aire Clara es supuestamente  la destinataria de lo que cuenta Joan-Marc, un relato donde ella no aparece, el relato de su vida sin ella. No se trata de dos personajes que cuentan la misma historia desde dos puntos de vista.
Por eso decía que no contaban lo mismo.
Sí, no es Rashomon.
Pero ambos son excusas, constituyen un acicate para construir el discurso.
Es verdad. Las dos historias tienen un destinatario concreto que no es el lector. Una historia cambia mucho en función de la persona a la que se la cuentas, si quieres seducirlo, repelerlo o escandalizarlo, aclararle las cosas o dejarlas en suspenso. En mis dos novelas el narrador no le cuenta la historia al lector, el lector se queda con un pie dentro y un pie fuera, asiste a una narración que no está pensada para él, como una especie de voyeur.
Quien haya leído Hilos de sangre habrá conocido al Joan Marc ridículo y banal que sólo repite las noticias de Yahoo. Aquí, como por otra parte es comprensible, adquiere más sustancia.
Uno de los motivos para empezar a escribir la nueva novela, el más frívolo si quieres, es que pensé en Joan-Marc como un contrapunto cómico para la historia de los Motsalvatges, un individuo bastante despreciable. Y para mi sorpresa el personaje cayó muy bien a los lectores, sobre todo a las lectoras. En Divorcio en el aire, estaba decidido a exhibir sin trabas de espacio su ineptitud y su temperamento despreciable. Lo que tenía claro es que la novela tenía que estar en primera persona, era demasiado sencillo ponerse en tercera persona y escribir un libro satítico, el personaje tenía que poder explicarse y confrontarse con el lector.
¿Y crees que Joan Marc tiene tanta buena prosa como la que respira la novela?
Sí, porque Joan Marc sólo existe en mi libro.
Lo digo por su personalidad y formación.
Aquí hay un tema interesante de convención narrativa, los personajes de los libros ¿hablan o escriben?, y ¿a quien le cuentan su historia? Richardson cree necesario justificar el asunto “escribiendo” la novela en cartas, otros recurren a manuscritos encontrados. En George Eliot o en Austen nunca se justifica porque la voz narrativa te habla a ti. Y las novelas en primera persona de Dickens ¿están escritas o contadas? A menos que lo hagas explícito, o juegues a propósito (como Bellow en Herzog o Coetzee en La edad de hierro) en el siglo XX ya importa bien poco. Un narrador puede hablar como el autor considera, con total libertad. Si nos ponemos a buscar en un manicomio tampoco encontraremos a personajes que se expresen como Benji Compson.
Y creo que es un gran resentido.
No pasa por un buen momento. Es una conciencia exasperada. Escribe en caliente, y esa es una ventaja de la literatura sobre el ensayo: puedes incluir todos los prejuicios que quieras, puedes exagerar, ser parcial e injusto, contradecirte.
El ejemplo más claro para entender a Joan Marc y cómo no tiene tapujos para expresar sus prejuicios es cómo reacciona cuando al llegar a su piso critica con saña a los gays de una sauna vecina.
Es una cabeza que funciona a rachas. Recoge los materiales con los que piensa de sitios muy dudosos, y con Clara tiene la suficiente confianza para expresarse no sólo con libertad, sino también exagerando: por juego, por malicia, para escandalizarla, para que reaccione de alguna manera.
Joan Marc tiene su lucidez hasta en la elección del tema. Habla de Helen porque puede herir a Clara, le cuenta a su ex mujer la historia de su otra ex, algo suele doler mucho, mete el dedo en la llaga.
No lo había pensado, pero es cierto. Joan-Marc supongo que también busca contarle algo de su vida que ella no conoce bien para seguir interesándola. Joan-Marc le cuenta a Clara la historia de su vida con ella, un desastre considerable, mientras se nos hurta la historia de los dos juntos, la parte más agradable. Podría decirse que la novela explora por omisión cómo es la vida de uno si le sustrajesen del relato a la persona más importante.
Y el pasado llega al presente, y no sólo con Helen.
La novela va saltando en el tiempo.
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Cambia con naturalidad de un tiempo a otro, de Helen a Pedro María.
Hay otra convención literaria que aconseja que los personajes recuerden en orden. Uno se remonta a enero de 1976 y luego viene febrero y luego marzo. Pero la verdad es que un segundo antes estabas pensado en un verano de la infancia, y al siguiente en preveer si vas a necesitar el paraguas. En la novela se va de un tiempo a otro, cada vez más deprisa, hasta que en las últimas páginas, si todo ha ido bien, se salta de un tiempo a otro de manera muy rápida.
No pensamos cronológicamente.
No. Tampoco hay referencias cronológicas. La novela no es muy escrupulosa con las fechas, aunque hay algunas menciones de pasada que permiten situar la acción, en Hilos de sangre una de las pistas es la Champios League de Rijkaard.
Sí, porque en Divorcio en el aire por ejemplo no se puede datar con exactitud el momento madrileño en que conoce a Helen.
Igual podría calcularse, pero está mejor así, neblinoso.
Joan Marc concibe Barcelona y Madrid de manera muy graciosa. Para criticar a Clara habla de Eixample Superstar y para juzgar a Madrid cae en el tópico de su provincianismo.
Joan-Marc nació en Madrid y ha hecho vida en Barcelona. El personaje no expresa juicios míos, claro, sino que le atribuyo ideas y opiniones que den juego literario. En cualquier caso la idea que en Barcelona tenemos de Madrid como una ciudad de provincias tiene su guasa.
Me fijé porque me interesa mucho el espacio y Joan Marc cuando se mueve emite juicios muy taxativos.
Es cierto, derrama juicios. Nunca tiene una actitud neutra. Todo le sugiere una valoración, aunque tenga que improvisarla.
Y este juicio puede verse desde otro punto de vista por Helen, que odia Madrid por la fritanga y los toros y desea irse a Barcelona.
Helen llega a Madrid y va a Barcelona con supuestos imaginarios, como nos pasa a todos, por otra parte. Antes de visitar Nueva York, Londres o Berlín, ya tienes una
En Divorcio en el aire el prejuicio puede crearse de forma más contundente y rotunda porque tanto Joan Marc como Helen tienden a lo grotesco.
Creo que en parte pueden parecer grotescos (a mí no me lo parecen) por efecto del hábito, los escritores tenemos cierta tendencia a fijarnos en la vida de intelectuales o de personas con una gran competencia mental y autoconciencia moral. Divorcio en el aire se deteniene en vidas que no solemos examinar. De personas que no pueden o no saben apoyarse en una razón y en una imaginación trabajadas y maduras. Joan-Marc tiene modales, pero no es un hombre culto. Apenas se cita una vez a Freud (y en un contexto donde hubiese sido igual de pertinente citar a Mickey Mouse), y creo que no se menciona ningún libro, no se les permite a los personajes apoyarse en ninguna inteligencia ajena. Helen, por ejemplo, trata de vivir con las ideas de las teleseries y de la autoayuda.
Y lo grotesco también surge por el contraste porque él tiene una formación de clase alta y ella es una chica de Montana que llega a Europa y dedica parte de su tiempo a emborracharse.
No estoy seguro de que la diferencia sea tan grotesca. El caso es que Joan-Marc es ahora quien cuenta la historia y quien cuenta la historia tiene todo el poder sobre las personas “narradas”.
La hermana de Joan Marc no aparece mucho pero lo que dice cuenta sobre manera.
Es una voz.
Pero es de esas influencias que tenemos en nuestra cabeza que terminan martilleándote y determinando muchas más cosas de lo que parece a simple viste.
Por supuesto, las voces del resto de personajes se filtran por las rendijas del relato, son como breves ráfagas de contrapunto, otra manera posible de contar la historia. La hermana es una influencia fuerte en la vida de Joan-Marc, aunque sólo sea por proximidad; cada uno vive desplegando su rollo mental, ¿no?, pero este tema principal está acompañado de líneas melódicas, lo que los demás piensan sobre nosotros, y que, por equivocado o infeccioso que sea, puede afectarnos por insistencia.
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En Nuevas maneras de matar a tu madre de Colm Tóibín se habla de cómo en la novela victoriana aparecían las tías para aumentar la tensión narrativa de las novelas, esa era su misión.
En el prólogo Toibin defiende lo contrario de lo que hace en el resto del libro donde se dedica al alto chismorreo: a buscar modelos familiares para los personajes y los temas de los autores. El prólogo parece escrito por el Toibin novelista (uno de los mejores) al Toibin periodista: los padres mueren en las novelas por cuestiones estructurales, para dejar espacio. Respondo lo mismo cuando me preguntan (como si me hubiese comido a los míos) porque no hay padres en Hilos de sangre: porque me estorban para desarrollar a los personajes. Es bien chato pensar que la imaginación de Mann necesitase a sus desastrosos hijos para formar personajes.
Y en este sentido la hermana tiene esta función estructural.
Sí, es una autoridad cómica, un elemento distorsionador.
Comentabas que en nuestra generación no se estilan personajes que pisen lo cotidiano porque se privilegian caracteres más intelectuales. EnDivorcio en el aire enfocas la cotidianidad de manera muy normal y por eso termina siendo cómica. De hecho el día a día no deja de ser una sucesión de prejuicios.
Entiendo lo que quieres decir. Pero “cotidianeidad” es un término complicadísimo, una suerte de contraseña para pasar de contrabando el material más anodino. En cierto sentido la vida cotidiana no es literatura, es como hacer música con el ruido de la calle, muy bien, ya sé que se intenta, pero no es música.
Uso cotidianidad porque es la palabra que me sirve para vincular.
Busco situaciones con valor dramático, intenso, si quieres, aunque dentro de una normalidad.
Pero la cotidianidad es normal…
Dentro de una vida normal hay situaciones excepcionales que no son cotidianas. Lo que intento decir es que ni sales extraterrestres ni hago costumbrismo. Invento momentos importantes en la vida de los personajes.
Los objetos y las situaciones sirven para hilvanar teorías sin necesidad de una intencionalidad súper intelectual, pienso, por ejemplo, en la casa de Pedro María.
Te decía que los personaje son son intelectuales, pero cualquier novela es una operación intelectual sofisticada y sostenida en el tiempo. Cuando uno dice que ha escrito el libro con las vísceras pueden darse dos posibilidades: que efectivamente teclea con los intestinos y es un monstruo de feria, o que esté usando una figura, y, por tanto, una operación intelectual. Que los personajes no sean intelectuales me ayuda a emplear recursos más propios del pensamiento literario que del ensayístico: contradecirse, pensar con prejuicios, decir una cosa lúcida y después una idiota…
La casa de Pedro María me fascina, y me hizo pensar a nivel estructural que se correspondía con la parte del pasado de Hilos de sangre.
Seguro que hay muchas relaciones entre los dos libros que yo no aprecio. Uno de los temas de Divorcio en el aire es la gestión del pasado. Una opción posible es la preservar el pasado lo máximo posible. La casa es un emblema de esta actitud: no generar nada nuevo, concentrarse en que el desgaste sea lo más lento posible.
Te lo imaginas como un espacio cerrado y oscuro, sin nada de luz.
Y tiene un fregadero.
Hasta surge un discurso filosófico.
Hay un alegato a favor de ralentizar la vida, la slow life. Es un punto de vista muy respetable que defienden personas tan inteligentes como Junot Díaz. Pero en la novela hay muchos discursos coherentes y atendibles a los que se les da un uso torcido. Joan-Marc lo ve como un disparate, porque él es el enemigo de la nostalgia y a la lentitud, un hombre adicto al presente.
Por eso juzga un determinado uso de Facebook como algo idiota.
Cuando empezó Facebook, si no recuerdo mal, el gran reclamo para apuntarte y el uso principal que se le daba, era para recuperar viejas amistades, sólo que no eran tan viejas. No tengo nada contra Facebook ni contra ese empleo particular que supongo ya en desuso, pero me sirve para preguntarme cuál es el motivo de que mi generación sea tan nostálgica sin haber cumplido los cuarenta años.
Yo pienso en un rechazo del presente.
Puede ser, pero no hay que descartar el impacto del cambio tecnológico. Creo que nuestros padres no vivieron algo parecido. Empezamos a vivir en un mundo que ya no existe, que dejó de existir rapidísimo (el de las cartas de papel, las máquinas de escribir), no es sólo nostalgia consumista, es casi la conmoción de una fractura. En Hilos de sangre aparecen unos pájaros que son como el vínculo entre la época de los dinosaurios y la de los primeros mamíferos, algo así somos nosotros, en versión modesta.  Es un tema que no tengo claro. También es cierto que la creencia en una entidad suprahumana que va a salvarte individualmente y preservar tu conciencia, tus recuerdos y tus gustos ha ido de baja. Igual por ahí también se cuela este frenesí por documentar el presente, por conservalo. Bueno, el caso es que en la novela se dan bastantes vueltas a estos asuntos.
Y él quiere tener presente.
¿Quién?
Joan Marc.
Joan Marc, sí.
Además ahora que lo pienso en su época madrileña su mejor amigo, Bicente, ya organiza fiestas vintage, mientras que en aquella Barcelona no existía la nostalgia del pasado.
Eso dice él, sí. En cualquier caso Joan-Marc se resiste a la nostalgia, la ve como una muerte en vida. Toda la excursión narrativa por su pasado es un intento de recuerar a Clara, lo que quiere es tirar hacia delante. ¿Es un barbarismo?
Puede ser. El Word lo arreglará.
¿Estas seguro? No me fío nada, marca en rojo todos los tacos.
En tus novelas me gusta que pongas en cursiva las palabras catalanas que usas, vocablos muy expresivos que potencian el significado de las frases.
Aquí somos bilingües y tolerantes. A diferencia de lo que predican los darwinistas lingüístas de ambos bandos, en Barcelona las dos lenguas conviven, invadiéndose, pero conviven. Hay cosas que se expresan mejor en un idioma que en otro, o palabras que me gustan más en una lengua que en la otra. “Nyclis” es mucho mejor que “Alfeñique”, donde vas a parar. Cuando escribo recurro a la palabra en catalán si me viene a la cabeza en catalán, en francés si me viene en francés. Tampoco son tantas.
Cambio de tercio radicalmente. ¿Eres un autor que piensa mucho la estructura antes de escribir o la decides sobre la marcha?
Descubro la estructura del libro a medida que voy escribiendo. Primero necesito el tono del personaje, cómo habla, cómo piensa. En este caso necesitaba un tejido verbal muy flexible que me permitiese moverse de una idea sutil a una tontería supina en el mismo párrafo. También necesitaba un registro amplio. Una vez di con este tono, cuando más o menos tengo amueblada la mente del personaje, empiezo a buscarle problemas, desarrollo situaciones a ver qué pasa. Y si sigo así varios meses al final empiezo a entender los temas del libro y a vislumbrar una estructura.
Es interesante, porque a partir de los elementos construyes la estructura, no partes de un folio en blanco donde terminas marcando las partes.
Es así. No puedo pensar qué forma tendrá el libro si siquiera sé qué desean o temen los personajes. Alguna idea tengo, claro. En Hilos de sangre, por ejemplo, trabajé mucho los finales de las cinco partes, así que en Divorcio fantaseaba con escribir un libro sin partes, elaborar mucho las transiciones cuando se salta en el tiempo para que fuesen fluidas y poder acelerar el ritmo de estos desplazamientos al final. Entiendo que haya escritores que sean capaces de pensar en una estructura de antemano, pero el resultado, ya me perdonarán, es un poco basto: “en una parte habla Juan y en la otra Pedro”. Para organizar el material necesitas material. Muchos libros nacen muertos porque están al servicio de una disposición demasiado evidente. Los mejores libros tienen una estructura sutil que se va revelando despacio al lector. Hay muchos ejemplos. Y ahora que lo pienso, hay un ejemplo que se ríe de todo lo que llevo dicho: el Ulises, que es un libro programático.
El Ulises son dieciocho novelas en una.
Sí, y también una novela unitaria, muy pensada. La novela es un género tan inconformista que siempre encuentras un ejemplo que te fastidia la teoría.
¿Con Divorcio en el aire cierras el ciclo Joan Marc?
Bueno, su última aparición cronológica es en la quinta parte de Hilos de sangre. Pero sí, creo que hemos terminado.
¿No piensas en él como personaje que articule tu trayectoria narrativa?
No. Me divierte ponerme de parte de un personaje con unas ideas y una procedencia social tan distintas a las mías. Pero también me divertí con Gabriel Montsalvatges el otro personaje masculino relevante del que he escrito en primera persona. Imagino otros caracteres para explorar, pero igual dentro de diez años me apetece echar una ojeada a su vida para ver cómo le ha ido. No está previsto, pero ¿quien sabe?, ¿quién puede saber nada?