sábado, 14 de septiembre de 2013

Kerouac y la generación beat de Jean-François Duval



Las fronteras verbales de un fenómeno inagotable: Kerouac y la generación beat.
Jean François Duval, Kerouac y la generación beat, Barcelona, Anagrama, 2013
Traducción de Francesc Rovira

Supongo que todo hijo de vecino ha sufrido en algún momento de su existencia algún tipo de virus idolátrico, una especie de fundación de influencias, raíces culturales que permiten enhebrar la aguja del origen. Si observo mi tiempo puedo afirmar sin mucho miedo a equivocarme que la generación Beat se ha erigido en una referencia indispensable tanto en lo literario como en lo estético. En lo primero he llegado a encontrarme con burdas imitaciones de fotografías del grupo de Ginsberg y compañía perpetradas por los más jóvenes literatos españoles en un intento de equipararse a sus supuestos ídolos, de los que no sé muy bien si lo son por número de lecturas o por mera fachada.

Esta se expresa en la moda, donde lo Hipster parece ser el dernier cri cuando en realidad nació en el San Francisco de Ferlinghetti hace más de cinco décadas. De este modo la supuesta modernidad de camisas de cuadros, barbas y otras sandeces de efímera actualidad es mera mímesis de un tiempo pretérito que inspira desde el desconocimiento.

Esta dualidad confluye en el exterior del libro de Jean-François Duval que acaba de editar Anagrama, Kerouac y la generación beat. Su interior también tiene una doble vertiente poco hispana, que hace más digna de aplauso su publicación en nuestro país. No estamos acostumbrados a los libros de entrevistas, menos aún con la crisis, pues reza la leyenda no escrita que venden poco, son rarezas y la gente no está interesada en ellos. Sin embargo nuestra época rechaza por la síntesis los ensayos largos. Se descarta la profundidad y por ello debemos hallar nuevas formas de canalizarla. Las charlas son ligeras y aportan una información que se digiere de forma mucho más llevadera por el toma y daca de pregunta y respuesta y la acción de dos seres humanos en un combate intelectual sin sangre ni violencia de ningún tipo.



Los diálogos son un género necesario, la base de cualquier investigación sobre hechos más o menos contemporáneos. La labor del periodista suizo es la de un apasionado que ha dedicado veinte años de su existencia a indagar en lo beat centrándose en Kerouac. Para ello ha querido contar con testimonios de primera mano que no sólo abordan la figura del desdichado autor de On the road. La obra va más allá y mediante las declaraciones de los entrevistados dibuja un mapa de una generación que existió sólo parcialmente, que no se formó a partir de los tópicos manidos en mil manuales y que voló libre desde los tiempos del Village hasta transmitir una herencia malinterpretada. Todo período o etapa tiene en su esencia la genética de un nacimiento, la justa evolución, el desarrollo hasta la consolidación y una deriva de decadencia.

El fundador a ojos de la mayoría fue Allen Ginsberg, primer interrogado de una lista que abarca amoríos de Kerouak, gurús del LSD como Tim Leary, profético en su visión de Internet quince años antes de la eclosión de las redes sociales, poetisas como Anne Waldman y locos desquiciados como Ken Kesey. La trascendencia de Ginsberg surge en los años neoyorquinos y se expande hasta 1956, cuando publicó Aullido y consiguió notoriedad por un juicio que hizo soltar las amarras de la censura a las editoriales. Había llegado la oportunidad y On the road pudo ver la luz en septiembre de 1957, punto de partida de una idea y un hundimiento.



La generación Beat salió a flote y sus integrantes ya estaban en un decadente esplendor muy propicio en los estertores del segundo mandato de Eisenhower, la explosión del baby boom y los nervios demasiado atenazados por tanta Guerra Fría. Burroughs en Tánger ultimaba El almuerzo desnudo. San Francisco lucía como nunca y Kerouac, uno de los primeros escritores que afrontaron el reto de promocionarse en la caja tonta, no sabía cómo afrontar tanta fama de la nada tras años de atender que el contexto fuera el adecuado para que sus obras salieran del cajón y vieran la luz. Se alcoholizó porque desde su mentalidad católica no había mejor manera de suicidarse con lentitud.

Una gran coincidencia, inevitable porque Duval no sabe ocultar su fascinación, entre todos los testigos de lo Beat es resaltar la importancia de Neal Cassady, el hombre que inspiró el Dean Moriarty de la novela más emblemática de Jack Kerouac. Su carisma y personalidad fueron dos factores decisivos en el grupo, que lo tomaba como musa y bufón a partes iguales. Su inmensa energía se inyectó en los demás mientras él, pobre desdichado, veía como sus sueños caían en barrena y el prometedor futuro con el que había soñado se volvía una caricatura de su personalidad transmutada en la de Moriarty. Ese declive, muy bien explicado por Carolyn Cassady, se integra con los sesenta, el consumo masivo de drogas y el autobús lisérgico de Ken Kesey y sus Merry Pranksters, viaje que sirve para enlazar los dos partes del volumen.




La segunda, desde mi humilde opinión, habla más de apéndices del movimiento, siempre que consideremos lo Beat como una mezcla heterodoxa, perdonen la redundancia,  que tuvo su epicentro en Nueva York y luego, con el éxito, desplazó sus tentáculos hasta triunfar en el sentido de instalarse en el imaginario colectivo, con lo que ello implica desde las exégesis hasta las deformaciones. En este sentido Tim Leary presume, a las puertas de su muerte, de lo apasionante de su ideario de acumulación de datos biográficos y de una increíble, no se la negaremos, capacidad profética. Ken Kesey se cree demasiado un papel fijo desde sus múltiples saltos a la fama. Ambos son esperpentos de una gloria fenecida y encumbrada entre habladurías, emociones y fanatismos. Sus recuerdos sirven, y con eso nos damos por satisfechos.  Con eso y The day after Superman died. Mencionan como epígono a Bukowski, quien pasó una noche frenética con Cassady y por espíritu tenía algo de Beat, término que, pese a la excepcional cosecha de Duval, suena a invención adaptable al gusto del consumidor, como si así se confirmara su modernidad de líneas imprecisas pese a toda su potencia hipnótica.