jueves, 28 de noviembre de 2013

Joyce en París o el arte de vender el Ulises



Tres matices del genio: Joyce en París o el arte de vender el Ulises, por Jordi Corominas i Julián

AA.VV., Joyce en París o el arte de vender el Ulises, Gallo Nero, Madrid, 2013
Traducción de Regina López Muñoz
Prólogo de Simone de Beauvoir 

Por suerte parece haber pasado la marea de las editoriales independientes, cuando sus publicaciones, un efecto producto de las redes sociales, amenazaban con copar el mercado y cualquiera de sus editores, unos más que otros, vendían la moto de un nuevo tipo de enfant terrible que anticipaba postureos y con tanta presencia ahogaba el contenido de los libros.

El paso del tiempo suele ser sabio y sitúa a cada uno en su merecido lugar. Desde que apareció el sello Gallo Nero, dirigido por la italiana Donatella Iannuzzi, intuí en sus títulos una vocación europea, selecta y muy cuidada que revisitaba un pasado que aporta al presente, de Fellini a Adrienne Monnier, de Malcolm Lowry a James Joyce, protagonista del volumen que nos concierne, centrado en sus últimos días parisinos y los difíciles caminos de su Ulises por los Estados Unidos de América.

Mientras leía la introducción de Simone de Beauvoir conecté la estructura del libro con un recuerdo en la ciudad de la luz. Hace años, quizá ya demasiados, di con el libro Entretiens avec James Joyce de Arthur Power, acompañado por los recuerdos de Philippe Soupault. Intenté que un sello español lo publicara y no hubo manera. Quizá por eso al detenerme en las páginas de la compañera de Sartre sentí una extraña felicidad, como si con la publicación de esta compilación de textos alguien me diera un poco de razón y un rayo de esperanza al ver que en España cabe la posibilidad de publicar libros sobre clásicos modernos, obras que hablen de autores que revolucionaron la literatura y se estampan escasamente en camisetas.

De Beauvoir es lúcida al advertirnos de su ateísmo para con los paraísos perdidos. Cuando se introdujo en el fabuloso mundillo de las letras parisinas de los años treinta, que tenía uno de sus epicentros en las librerías de la rue de L’Odéon, todos los íconos que entonces eran carne viva le resultaban monstruos sagrados que, sin embargo, eran accesibles en sus visitas a Sylvia Beach y Adrienne Monnier. En el célebre establecimiento de esta última la joven fotógrafa Gisèle Freund presentó sus retratos proyectados sobre una pantalla. Los contempló el Tout Paris de esa Edad de oro.



¿Figuraba Joyce entre los asistentes? La autora de Los mandarines no lo menciona, pero la anécdota da pie para adentrarnos en la segunda parte del volumen, donde Freund nos explica su experiencia con el irlandés, avejentado y lastrado por sus problemas de visión, reacio a ser inmortalizado hasta que se convenció de la calidad de las imágenes de la alemana, quien nos brinda un retrato melancólico y certero de su objeto de atención, preocupado por la inminencia de la muerte y la difusión de su último monumento: Finnegans Wake.

Primero llegaron las instantáneas en blanco y negro, realizadas en mayo de 1938, y luego llegó el turno del más difícil todavía en color para la portada de la revista Time, sesión repleta de efemérides que nos muestran a un Joyce supersticioso como buen arquetipo de su nacionalidad, supersticioso y generoso. Por aquel entonces el color no era la norma y suponía un reto. Freund se esmeró en su labor y las prisas por contentar a la revista más emblemática del siglo XX condujo, nunca mejor dicho, a un accidente automovilístico. Se rompió su cámara y pidió una segunda sentada para reparar su error. El milagro fue que las imágenes de la primera se salvaron, con lo que el repertorio se amplió de la nada para encumbrarla y regalar al mundo un par de series que la catapultaron a una merecida fama que durante muchos años fue anónima, pues la eclosión de la Segunda Guerra Mundial hizo que muchos medios publicaran las fotos sin aludir a su creadora.

La última parte del libro trata sobre los dimes y diretes que padeció el Ulises en Estados Unidos hasta su definitiva publicación legal. Catherine Turner traza un amplio panorama del sinfín de calamidades, conflictos y publicidades que generó el libro, desde su entrega por capítulos de la mano de Ezra Pound en la Little Review, algunos de ellos confiscados en 1919 por el Servicio Postal norteamericano, pasando por el contrabando morboso de los ejemplares editados por Sylvia Beach, la piratería del manuscrito y su definitiva normalización cuando Cerf lo editó en Random House, que a partir de ese instante empezó a cobrar notoriedad. La prohibición de la novela se levantó el seis de diciembre de 1933, un día después que se derogara la Ley Seca.



Lo más divertido del asunto es observar cómo de 1922 hasta 1934, cuando la obra vio la luz en el mercado, se habló y mucho del Ulises, tanto desde una perspectiva publicitaria como de otra crítica. La apoteosis que mezcló ambas artes fue el anuncio de Sussman, donde se insistía en su dificultad de lectura y se proporcionaba una guía válida para no sucumbir en el intento. Su idea fue brillante porque abrió una brecha donde salió a relucir la importancia del crítico pese a que al mismo tiempo se había superado la barrera entre lo erudito y lo culto.

Ochenta años después de todo el embrollo sería interesante plantearnos en qué estado estamos más allá de endogamias y tuits que se esfuman en un periquete.