domingo, 9 de marzo de 2014

Le Park, de Bruce Begout, en Número Cero


Le Park, por Jordi Corominas i Julián

Bruce Begout, Le Park, Siberia, Barcelona, 2014
Traducción de Rubén Martín Giráldez 


Al terminar la lectura de 'Le ParK', uno siente un extraño desasosiego que deriva del temor de una posibilidad que quizá es simplemente la constatación de un cierto presente.

Conocía a Bruce Bégout por su serie de ensayos publicados en Anagrama que, sin duda anticipan esta novela donde el espacio es el gran protagonista, y ello es más que comprensible si desvelamos que la trama aborda la existencia de un parque temático que en realidad es una metáfora de un inquietante universo más parecido al nuestro de lo que pensamos mientras leemos sus páginas. Esta estructura distópica está ubicada en una isla, donde siempre surgen todos los elementos que quieren experimentar y apostar por la transformación del mundo, tratándolo como si fuese un juego, macabro, despiadado y letal por su extrema frialdad, que se corresponde con la prosa, analítica, como si se tratase del informe funcionarial del delirio.

Decía Javier Avilés que 'Le ParK' podría considerarse un 'Locus Solus' del siglo XXI. Sus diferencias respecto a la obra magna de Raymond Roussel dependen, en mi modesta opinión, de una cuestión de tono y contenido. El francés partía de una apuesta muy definida por el lenguaje y sus fantásticas invenciones, pero no creo que quisiera reflejar con la rotundidad de su heredero una idea espejo de la sociedad, pues eso es 'Le ParK', donde lo teóricamente surrealista no lo es en absoluto, desde el arquitecto inaccesible que en su torre de marfil reposa y maquina hasta las propuestas que el aturdido visitante puede encontrar en su paseo.

Un fragmento fundamental para la comprensión del entramado es la historia de Leer (vacío en alemán), un empleado que se pierde por la instalación, llega a una sala impoluta, sigue su extraño camino y llega, como en un videojuego en el que se van superando fases, a un paraje donde intuye la presencia de hombres primitivos, alieno a la dinámica que ha transformado de un plumazo el enclave.
Este pequeño pasaje es una advertencia de peligro desde una doble perspectiva. Por una parte, quien sale del límite está condenado al retorno de lo primitivo mediante la expulsión de una pesadilla que es el puro presente. Por otra, indica como se nos habla de un tejido que bien podría ser la calle pese a su camuflaje de edificios alucinantes y atracciones que, más que inverosímiles, son esencias de una era. Lo percibimos en la misma fugacidad de algunas creaciones, desechadas por capricho, y la misma dinámica del sitio, donde el control y el miedo se integran en una normalidad donde los turistas rascan los murales con revolucionarios porque ellos no tienen el coraje de imitar esa memoria visual del pasado.

El ocio surge como un paseo y una oda a la complacencia. Nuestra capacidad de asombro cada vez es más nula. Quien entra en Le ParK puede llorar tras ser sometido a la inclemencia del disgusto, que sin embargo es nulo en la mayoría de los que acceden a sumergirse en el reto porque el conformismo en la feria de los horrores es otra puñalada, suave y sutil, que el autor lanza mientras desgrana su especialísima arquitectura.

La voluntad de captar la totalidad, de generar un maquiavélico entramado de dominio, llega al paroxismo con el elenco de trabajadores, donde figuran genios sumisos de todas las profesiones habidas y por haber. Son, como su jefe, sombras invisibles que a partir de su esfuerzo tienden una densa capa de control, y lo hacen como los que mueven los hilos, desde un rincón ciego inasible para la mayoría.

'Le ParK' se lee como lo que es, una novela, pero ello no excluye que su poso sea claramente ensayístico donde no es menester mostrar el interior porque las vistas ya confiesan el marasmo organizado al milímetro. Bégout y su economía de medios consiguen ser exhaustivos sin ramplones trucos de magia.