sábado, 27 de septiembre de 2014

Un año, de Jean Echenoz



Un año, de Jean Echenoz, por Jordi Corominas i Julián

Jean Echenoz, Un año, Mardulce, Buenos Aires, 2014

Este otoño es pródigo por lo que concierne al retorno de un Jean Echenoz que muchos desconocen. Su estela biográfica ha eclipsado en cierto punto al autor que desde hace más de tres decenios ofrece al lector una literatura personalísima y de gran calidad. Si hará cosa de dos semanas ya informábamos de la reedición de sus dos primeras novelas, en esta ocasión celebramos de la llegada a España de la bonaerense Mardulce, que debuta en nuestras tierras con Un año, nouvelle de 1997 situada en el camino que el francés proseguirá durante toda su trayectoria hacia esa desnudez formal que tanto y tan bien le caracteriza.

Sorprende encuadrar esta obra en su singladura, justo después de Rubias peligrosas y antes de Me voy, dúo significativo que podría resumir muy bien varias facetas del galo, capaz de ser exuberante y experimental casi sin solución de continuidad. En Un año ambas características se funden un una trama donde lo casual irrumpe con contundencia a partir de un inicio sorprendente que determina todo el recorrido, donde la lógica desaparece y Victoire parece un títere en manos de su narrador, caprichoso en obsequiarla con movimientos que conformarán un todo dramático y delirante.

Todo empieza una noche, quizá deberíamos decir una mañana que es consecuencia de la oscuridad. La chica despierta y encuentra que su compañero de cama está muerto. Se asusta, no recuerda nada que haya conducido a este punto y por eso decide escapar por miedo a las pesquisas policiales. Sorprende que en vez del análisis hallemos una precipitación desmedida. Salir de la casa, sacar dinero del banco y correr hacia la estación para coger el primer tren hacia cualquier destino, como si el narrador hubiera dotado a su víctima de una óptica surrealista de un cruento azar donde nada puede hacer para evitar completar un círculo más bien macabro.



El tren la lleva a un punto y de ahí se afinca en otro lugar donde parece hallar una calma. Cada parcela del texto es una invitación a reconstruir un nuevo viraje en la inestabilidad de la ruta. El dinero se esfuma, aparece el cálculo, la despersonalización del presente y los no lugares como colofón inevitable de la pesadilla que también es la circularidad en la carretera dentro de una degradación, pues Echenoz no se olvida de resaltar que Victoire es joven, hermosa y apetitosa para cualquier hombre que tenga un mínimo criterio estético, pero claro, las circunstancias son las que son e impulsan que la progresiva fealdad se acompase a su estatus social en un Tour de Francia nada amable que sin embargo sobresale en el habitual esmero estilístico del autor.

En una época cargada de susceptibilidad a veces escribir reseñas es un ejercicio de riesgo por los spoilers. Creo que a Jean Echenoz eso le daría totalmente igual, pues sus historias tienen introducción, nudo y desenlace, sí, claro, pero son partes de un conjunto donde lo importante no es el final, sino más bien el juego que el texto posibilita desde una perspectiva donde se ha superado lo decimonónico, y ahí se siente una profunda deuda con el Nouveau Roman, y el campo se abre hasta el infinito y más allá porque no existen reglas, sólo las elige quien inventa y escribe. Quizá ello dé para reflexionar con relación al dominio de una cultura audiovisual que en lo alternativo presume de series para entender un cierto retroceso en el gusto de muchos que casi consideran experimentos como Un año desde una posición radical al creer que son la panacea de la novedad, cuando simplemente son los herederos de una larga tradición que busca transgredir un canon estructural demasiado ceñido a unos principios clásicos a traspasar si deseamos un arte nuevo.


¿Lo es el de Jean Echenoz? Sí, a su manera, claro, no es un revolucionario, sólo un ser coherente con su visión de la literatura y ello se percibe con claridad en Un año, donde el clima de ensoñación prevalece para lanzarnos preguntas que abordan desde la identidad de los personajes, sus desdoblamientos en función de las necesidades de la trama, hasta nuestra esquizofrenia en el umbral del siglo XXI. Han pasado diecisiete años y su concepción sigue siendo válida. La única lástima es que no la compartan muchos más creadores.