lunes, 27 de octubre de 2014

Reseña de El teclado en Revista de Letras



LA HISTORIA COMO BELLA ARMA DEL DESENCANTO

27 octubre 2014Portada
Jordi Corominas | Foto de Daniel Ramos
Jordi Corominas | Foto cedida por el autor
Sartre decía que todo lo que había aprendido, lo había aprendido de los libros. Pareciera que Sartre hubiese elegido eso: vivir a partir del conocimiento adquirido por otros en primera persona, como quien dice haber matado a cien soldados enemigos con el mando a distancia, desde el sofá de su casa. Vivir a través de la conciencia es vivir con la esperanza de que el mundo puede ser mejor. Pero también, con el desencanto de quien comprueba que las promesas se rompen. Sobre todo, cuando caen los dioses. Que los triunfos de los héroes de la Historia son casas de cartón, ficciones escritas por quienes ganaron la batalla de turno. A la Europa gloriosa se le caen las columnas. La Grecia de hoy es la analogía perfecta del imperio europeo, de raíces profundas pero viejas, cuya podredumbre está alcanzando hasta sus techos de piedra maciza.
Es por esta visión de la gloria que se derrumba, —como cayeran las estatuas de Napoleón, Hitler, Mussolini, y el mismo Lenin—, que puede nacer un texto como El Teclado, de Jordi Corominas (Excodra Editorial, 2014). Es una consecuencia emocional de vivir la Europa moderna.
Excodra
Excodra
Esta obra de teatro propone un espacio que podría ser bien un sueño, o bien, el interior de una conciencia. Pero una conciencia confundida, o si se prefiere, un sueño revelador. Allí se encuentran Bill, Verónica, Andrés y Voz, cuatro personajes más símbolo que personas, con quienes Jordi Corominas expresa el desencanto por una sociedad que pretendió ser todopoderosa y que alguna vez, incluso, lo fue.
Como consecuencia de la crisis, la sociedad de la que se extirpan estos personajes se ve representada con todas sus contradicciones, mitos, dudas y repeticiones. Tal y como lo proponía el teatro del absurdo, El Teclado hace uso de la incoherencia y el disparate para reflexionar sobre la civilización occidental y la vulnerabilidad de sus estructuras. El hombre y la mujer aparecen por momentos como víctimas de sus propias decisiones, convertidos en objetos fáciles de programar y convencer. Son entes tan materiales como un teléfono móvil, un vestido, un cuchillo. Viven en un mundo donde las fronteras existen porque es conveniente para algunos, esos otros que dictan las reglas.
Preferimos que la melodía invada repeticiones y la memoria sea un suspiro.
Corominas ya había compartido esta visión de la actualidad en sus textos anteriores. En su poemario Los lotófagos (Ed. Versos y Reversos, 2012), por ejemplo, expone una sociedad que olvida a dónde va porque no sabe de dónde viene. Su crítica al uso –y desuso– de la Historia como herramienta de desarrollo aparece expuesta en El Teclado con cínico pesimismo.
Si bien uno es un poemario y el otro una obra de teatro, el autor conserva su característica tendencia al símbolo. Metáfora histórica podría llamarse su recurso. Corominas vuelve cada vez a la Historia como contraposición a la humanidad amnésica que critica. A veces de forma retórica. Otras veces, a manera de juego, burla o doble sentido.
Con una narrativa cargada de elementos irónicos, esta obra de teatro, la primera del autor, pone bajo el reflector la constante repetición de la Historia. Juega durante todo su desarrollo a la analogía entre presente y pasado, como si tratase de hacernos ver que lo políticos actuales, poco tienen de diferente de los héroes de los libros. Para mostrar esto, recurre a la exhaltación del ego, como si la civilización fuese sólo el capricho de algunas voluntades. El lamento, no obstante, no proviene de un deseo de reivindicación, o de la indignación, sino desde la nostalgia. El autor parce lamentarse de que en el pasado, eran de hierro esas voluntades. Hoy, son de plástico.
Todo el mundo piensa al menos una vez al día en Hitler.
Los personajes de esta obra son supervivientes de la vida líquida, término que acuñase Bauman para describir las dinámicas sociales actuales, cargadas de incertidumbre, inestabilidad y satisfacciones momentáneas. El personaje de Andrés representa un yo contenido, confundido y reprimido que intenta vencer la desdicha que le provoca el saberse imposibilitado para el progreso genuino. El hoy aparece como una constante tortura psicológica para él, una actualidad en la que cada idea es un posible producto de consumo. El torturador podría ser cualquiera y a la vez no es nadie, un ente insuperable.
Como contraparte al aparente héroe de esta obra coral se encuentra Verónica, una mujer aparentemente plástica. Una mujer que, orgullosa, controla su mundo resguardada tras el velo de la superficialidad. Esto la convierte en una peligrosa infiltrada en el bando enemigo, pero siempre susceptible a ser corrompida por sus propios vicios.
La lucha política y social entre el yo, el súper yo y el súper-nosotros, sucede dentro de una cabeza. Podríamos pensar que es la del mismo Andrés. Aunque adivinamos que es la propia obesión del autor por la Europa como problema. “Quería que me contaran noticias sin saberlas”, expresa Andrés, que cree saberlo todo, haber leído todo. Así, se abandona a la sumisión, como Kafka, y a la náusea, como Sartre.
Echo de menos el misterio de la ausencia de cámaras, la belleza de un recuerdo distorsionado.
Hay algo interesante en El Teclado y es la multiplicidad de lecturas y significados que, quienes se atrevan con esta obra, podrán darle. No obstante, aún más interesante será verla en escena. El texto invita a jugar con elementos abstractos como una consecuencia estética de su propuesta narrativa. No obstante, una puesta en escena que intentase ponerle tierra a su aparente incoherencia sería un reto tanto visual como dramático. Sería como aceptar el desafío de darle sentido a la tremenda paradoja que es la historia de la civilización.