sábado, 4 de octubre de 2014

El bigote y Una semana en la nieve, de Emmanuel Carrère




El bigote y Una semana en la nieve, de Emmanuel Carrère, por Jordi Corominas i Julián
Emmanuel Carrère, El bigote, Anagrama, Barcelona, 2014
Traducción de Esther Benítez
Emmanuel Carrère, Una semana en la nieve, Anagrama, Barcelona, 2014
Traducción de Javier Albiñana

Con el paso de los años Emmanuel Carrère se ha labrado una carrera sólida que ha recibido varias consolidaciones. La primera a ojos del lector español llegó con El adversario, novela de no ficción que inauguraba un ciclo completado con Una novela rusa, De vidas ajenas y su segunda gran consagración. Limónov traza el periplo del escritor y político ruso desde coordenadas reales que, sin embargo, bien podrían compararse con las de personajes como Julien Sorel, pero en la encrucijada entre nuestro siglo y el pasado.

Antes de esta prolífica etapa Carrère fue un outsider que se atrevió, como tantos otros, con la ficción pura y dura mientras buscaba una voz propia que, en realidad, siempre tuvo. Lo comprobamos este otoño mediante la publicación de dos novelas escritas en 1985 y 1995, obras surgidas de una absoluta necesidad de verterlas al papel como demuestra que ambas se redactaron en menos de dos meses, como si el autor las tuviera en la cabeza y necesitara expulsarlas, como si esos hijos fueran un malestar que sólo se esfumaría en forma de libro.

La primera de ellas es demoledora e indica una serie de intenciones que han cuajado con el tiempo. El bigote, publicada en catalán por Labreu Edicions, las muestra desde una óptica que aun mantiene su vigencia, pues los tres decenios que han pasado desde su publicación no han desgastado su argamasa paranoica encuadrada en una tradición donde Kafka es evidente, Maupassant un recuerdo lejano y Buñuel un punto de referencialidad que Carrère transforma por completo en esta historia donde un hombre que siempre cree haber lucido un nutrido mostacho decide afeitárselo para sorprender a su mujer.



Cuando los seres humanos realizamos actos tan absurdos, palabra fundamental en el tejido narrativo que nos concierne, buscamos saber qué opinan los demás. La ausencia de comentarios escandaliza al pobre protagonista, quien termina por interrogar a sus allegados. De este modo empieza una locura que revolucionará su existencia, desestabilizará su relación conyugal y le llevará a plantearse su propia identidad en una vertiginosa lucha interior que el Carrère deja fluir con mucha habilidad por espacios cerrados y exteriores, escenarios simbólicos de una descomposición que en realidad se produce dentro de este antihéroe que parece notar la velocidad de los ochenta y el cambio de un mundo que se acerca a la globalización actual sin terminar de avistarla por completo.

Aun quedan recuerdos que se desvanecen, certezas caídas en un pozo sin fondo y una normalidad quebrantada por una anécdota que es la gota que colma un vaso repleto de tonterías que afectan nuestro devenir, trastocándolo con saña por nuestra propia impotencia para entender lo que es esencial.



La imagen es un factor determinante en este relato de un hundimiento adulto. El de Una semana en la nieve, asimismo cargado de introspección psicológica, centra su planteamiento en Nicolás, un niño inseguro y ultraprotegido que acude a un campamento de esquí junto a sus compañeros de clase. Si en El bigote veíamos cómo la desaparición de un supuesto trazo reconocible desencadenaba la tormenta aquí el motivo que apunta una serie de catastróficas desdichas es el descuido del equipaje en la bolsa del padre, quien en su desconfianza para con el mundo ha acompañado al pequeño hasta el sitio donde, en principio, debería empezar a cultivar su libertad más allá del hogar.

Sin embargo los condicionamientos son demasiado fuertes. La tortura se expresa en la imposibilidad de franquear las puertas de los recintos, donde la amenaza de lo cotidiano es menos peligrosa desde una seguridad que nunca es absoluta. El pánico del niño es otro botón del muestrario de patologías que en este caso se han desarrollado cuando su víctima aun no tiene suficientes mimbres como para asumirlas desde la plena consciencia, algo que permite al narrador recrearse en miedos fútiles y alucinantes imaginaciones que se entremezclaran con lo acaecido a lo largo de ese viaje donde brillan algunos rayos de esperanza, desde la música hasta la amistad de uno de los coordinadores, que desaparecen con la noche, tiniebla simbólica donde se concentran ansiedades que casi se reciben con beneplácito porque están ya dentro de las costumbres de Nicolás, quien desde un derrotismo muy triste acepta lo establecido casi sin rechistar.




Tanto en El bigote como en Una semana en la nieve la dualidad entre lo individual y lo inevitable de la superficie constituyen el engranaje que articula la maquinaria de una marginación que nace de los propios fantasmas y cuaja desde una irracionalidad que no es tal porque está insertada con naturalidad en nuestra sociedad. De este modo ambas novelas pueden leerse como una crítica de un sistema demencial, aunque nunca conviene olvidar que Carrère, y así lo demuestra su posterior trayectoria, es un apasionado de estos perfiles deshilachados que al no adaptarse al ámbito que los circunda emprenden una senda laberíntica que es la base de su atractivo, y lo dicho puede aplicarse a la gran mayoría de sus personajes, fichas desconectadas en un tablero donde se pide otra sustancia para transitar sin problemas.