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jueves, 14 de mayo de 2020
Anna de Noailles en Todos somos sospechosos
Esta semana dediqué las bios lucanorianas de Todos somos sospechosos a la poeta Anna de Noailles, ejemplo de éxito fulgurante antes de la Primera Guerra Mundial y olvido absoluto después de la misma, como si la contienda hubiera subvertido todos los valores existentes. Puedes escucharla en la segunda parte del programa clickando aquí
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viernes, 11 de julio de 2014
La excusa de Proust o la fascinación por la Gran Guerra (I)
La excusa de Proust o la
fascinación por la Gran Guerra (I)
El
camino de este artículo, que en realidad debe contener la simiente de un
ensayo, está plagado de baches divertidos, más bien absurdos, que van de la
pérdida de ciertos libros a una alergia veraniega en un pueblo perdido en la
montaña. Todos estos factores, pueden creerme, explican que un texto destinado
a comentar dos libros proustianos termine abarcando varias vertientes
relacionadas con lo finisecular y la milagrosa Belle èpoque.
El
punto de partida, al que ya volveremos, fue la biografía, reeditada en 2013 por
Anagrama, que Ghislain de Diesbach escribió en 1991 dedicada al autor francés
más comentado y menos leído. De ahí me metí en los entresijos de las relaciones
del monstruo de La Recherche con Freud a través de Jean-Yves Tadié y
finalmente, porque soy de lecturas ordenadas y aborrezco cada vez más el gusto
actual por la falsa novedad erudita, me sumergí por mero placer en dos
volúmenes dedicados al momento de la paz armada, al instante donde el mundo
corría hacia un ángulo y Clío, incapaz de finiquitar etapas, decidía pegar un
tiro en la suela de Europa.
Quiso
cierta dicha que el siempre avispado Eric J. Hobsbawm mencionara en el prólogo
de su La era del Imperio la obra de Barbara W. Tuchman, una de las primeras
historiadoras que cobró importancia internacional y fue leída por presidentes
que tomaban sus disertaciones como ejemplos. Eso, por mucho que el mimético
fuera JFK, es algo que debe hacerse sólo si se domina la materia, algo difícil
para cualquier lector español aficionado a la Historia. Puede resultar
sencillo, sobre todo si se es políglota, armar una bibliografía lógica, pero
nuestro mercado gusta mucho de la efeméride y parece olvidar títulos publicados
no hace tanto tiempo.
Uno
de ellos es La Torre del orgullo, donde Tuchman aborda el período comprendido
entre 1890 y 1914 mediante una cierta taxonomía ya superada desde lo
metodológico. No se estila, aunque no me extrañaría un retorno a la baja de
este modus operandi, hilvanar los temas para llegar a una conclusión rotunda,
menos aun cómo lo hace la norteamericana, quien parte de países para dar saltos
en el mapa y generar un puzle fascinante que aborda todas las teselas
fundamentales del convulso mosaico.
La
casilla de salida se sitúa en Inglaterra y explica bien la esquizofrenia de una
sociedad pionera en lo laboral y anquilosada en lo social. El gran cambio que
irrumpió con el Novecientos se intuía desde decenios atrás, pero los nobles,
casta gobernante, preferían seguir con sus rutinas excéntricas para mayor
gloria de una época donde la tolerancia, entendida como hipocresía que ocultaba
males mayores, permitía que el cadáver no oliera tan dramáticamente. Wilde es
el paradigma del no retorno, ejemplo de un doble, expresado con múltiples
espejos, destinado a acechar la gloria imperial como advertencia de un malestar
que en otros lares se transmitía en clave internacionalista, y no deja de
resultar curioso que los desposeídos de la tierra fueran los que pregonaran un
mundo sin fronteras, algo que a los patrones poco interesaba en ese
empecinamiento nacionalista que caracterizó el fin de la centuria entre
problemáticas absurdas y asuntos coloniales.
El
Anarquismo cobró carta de peligro público número uno en la última década del
diecinueve. Su amenaza, bien esgrimida en Barcelona al atentar contra las tres
bestias del sistema, indicaba la vulnerabilidad del poder temporal y la
desesperación de una casa que a través de la propaganda por el hecho, con una
intuición única de lo mediático del periodismo, asesinaba gerifaltes sin miedo
alguno y con escasa efectividad real, pues sus pretensiones sólo cobraron
legitimidad y se revistieron de esperanza con la asociación sindical y la
presión socialdemócrata en muchos parlamentos del Viejo Mundo, tan arcano que
sólo podía lanzarse flechazos en su contra para mostrar disensiones. Una
clarísima fue el caso Dreyfus, donde la brillante Francia de Zola y compañía se
las tuvo que ver con la intransigencia marcial, las ínfulas de las
instituciones y una serie de valores arcanos que querían imponer su estela en
la aun inestable Tercera República. La mención, básica en el proceso, al
antisemitismo no es casual y revela, algo también presente en la esplendente
Viena de por aquel entonces, como el odio interior se postuló como un modo de
canalizar tensiones con enemigos externos, con los que era mejor no conflagrar.
La
época que trata Tuchman avisaba de unos cambios que no sólo eran tecnológicos.
La derrota española de 1898 permitió que, al fin, los Estados Unidos se
posicionaran como una gran potencia con aspiraciones imperiales. Se entendía
que la época sería para la Marina, y por eso Alemania, que crecía como ningún
otro país y además ganaba respeto por sus instituciones educativas, decidió que
incrementar su flota era el modo de plantar cara a la inabarcable Gran Bretaña,
Reina y señora de los mares y el suelo firme, segura de sí misma por la
extensión de sus dominios y por poder dormir tranquila sin avergonzarse como
rusos e italianos, derrotados antes Japón y Abisinia, debacles que eran
humillaciones porque en un universo europeo era inconcebible perder contra
países ajenos a esa órbita centralista.
La
rueda siempre gira. Culturalmente los años finiseculares fueron de una riqueza
que navegaba de la mano de la revolución tecnológica donde el teléfono, el
coche, el aeroplano, la bicicleta y muchos más artefactos aceleraban el paso.
No tardarían en llegar los futuristas con su quemad los museos, pero si debemos
buscar una raíz comprensible para un gran público deberemos acudir a Wagner,
con su aspiración de un arte total, y a Nietzsche como profeta. Ambos se
funden, y ahí la historiadora estadounidense hila muy fino, en Richard Strauss,
quien asimismo supo aunar otros dos factores que apuntalaban una nueva
modernidad: calidad artística y ojo para saber que ser camaleón y apartarse de
la linealidad era un triunfo anómalo, revolucionario y más que certero.
Quien
recoge ideas osadas y sabe encadenar cuestiones con gran maestría es, era, el
difunto Eric J. Hobsbawm. Su figura sigue reivindicándose, y en estos tiempos
de crisis sus síntesis históricas cobran más valor porque la misma sociedad
rechaza lo monográfico intenso para quedarse con bloques asequibles que
permitan un conocimiento de Trivial Pursuit. Aun así no quiero que se me
malinterprete, entre otras cosas porque en el texto que reeditó hace poco
Crítica se condensan los temas con afán democrática con la intención de servir
la Historia en una bandeja de plata al alcance de cualquier mortal que sienta
curiosidad. A diferencia de Tuchman, que dispara con bala y no da lugar al
respiro, su La era del Imperio presenta desde sus notas iniciales una
coherencia basada en imbricar segmentos hasta configurar un todo meridiano, de
la economía al feminismo, de la fe en la ciencia al camino que llevó a la
fatídica guerra de 1914. El alud de buenos datos del apéndice, indispensable,
dan a la obra un temple distinto desde su intención de máxima proximidad,
pequeño regalo si consideramos que a lo largo de sus más de cuatrocientos
folios el autor no olvida ningún detalle y es exhaustivo hasta lograr la
consecución de su objetivo.
Estos
dos libros sirven, desde puntos de vista diametralmente opuestos, para
comprender el período previo a la Gran Guerra. A lo largo de este 2014 la bibliografía
española relacionada con el conflicto se ha incrementado con títulos
oportunistas y otros imprescindibles. Uno de ellos, recomendable al 100%, es
Sonámbulos de Christoper Clark, lúcido al explicar las causas que llevaron a la
conflagración que aceleró el suicidio europeo. Clark, magistral en su crónica
del entramado del asesinato de Sarajevo, es objetivo dentro de su subjetividad
y no acusa con el dedo a Alemania con el descaro de otros. Quizá esto es así
porque es mayor conocedor actual de Guillermo II y sabe que las meadas fuera de
tiesto del Kaiser poco o nada tuvieron que ver en la explosión de las
hostilidades en aquel caluroso julio de 1914. También lo considero así David
Fromkin, quien sin embargo sí se recrea en sostener la tesis canónica de
responsabilizar al Reich del desencadenamiento de la orgia de sangre y muerte.
Su libro, inédito en España y muy recomendado en el resto del Continente, se
titula Le dernier éte de l’Europe y es una especie de alma gemela del de Clark
con algunas diferencias de peso. La primera es estilística. Ambos textos son
fluidos, pero el de Fromkin, más didascálico, tiene un aire de cercanía que
atrapa en contraste con lo académico de Sonámbulos, algo más farragoso. Un
segundo punto de disensión lo encontraríamos en cómo se estructuran las ideas.
Clark, y aquí redunda en su faceta de investigador puro y duro, divide el texto
en largos capítulos muy lógicos con su contenido. Si son extensos es porque una
ecuación de principio y fin así lo requiere. Fromkin es más breve e intenso,
como si con la forma de la obra quisiera conferirle una intensidad letal que
toma velocidad a medida que nos acercamos a los acontecimientos culminantes.
Leí
Sonámbulos hace meses y aun hoy en día puedo afirmar sin temor a equivocarme
que es el mejor libro sobre la Génesis de la Primera Guerra Mundial que ha
aparecido en España a lo largo de 2014. Sin embargo recomiendo leer con
atención el volumen de Fromkin, pues capta como ningún otro el absurdo
político-diplomático que degeneró en la mayor matanza que el mundo había vivido
hasta la fecha.
Las
conmemoraciones en nuestra era son de una flagrante estupidez. Ya hemos hablado
alguna vez de cómo cualquier aniversario es bueno para mostrar una falsa
erudición. Si el número es redondo cobra más sentido sacar productos
relacionados con la efeméride, y así ha sido con 1914, aunque si llega a darles
por la primera gran derrota napoleónica también hubiera estado bien, no crean.
En Cataluña se habla de 1714 y en Toledo de un siglo antes con el Greco y de
repente, todos los catorces tienen un sentido Áulico que se vende desde el
gusto actual por la anécdota de cuatro duros, útil para rellenar una
información del telediario o una charla del bar.
Si
enfoco todo esto desde un cierto pesimismo es porque, salvo casos aislados, nadie
hablará del quince. Cuando llegue el dieciocho volveremos a recordar el
centenario del armisticio y aparecerán mil y un cachivaches sobre Versalles y
lo inestable de la posguerra. Desde mi humilde opinión para entender el inicio
y el final hay que asumir el proceso que media entre ambos extremos, y en este
sentido vamos atrás, como los cangrejos, pero si lo focalizamos sólo en la Gran
Guerra veremos que de nada sirve que cada x tiempo una editorial saque una
novela, y no hablo de la inteligente Nos vemos allá arriba de Pierre Lemaitre,
que aborde el tema no, hablo de material de primera calidad que muestre al
público español cómo la Historia tiene muchos entresijos que aquí sepultamos
ante lo elemental. Por eso no creo que nadie se atreva a sacar La Grande Guerre
d’Apollinaire, de Annette Becker, ensayo donde el tópico del poeta trepanado
cae en saco roto y se expone cómo el nacionalismo afectó en la mente del padre
de las vanguardias, obcecado en purgar su pecado original de no nacer francés
con heroísmo en el frente, su participación en la oficina de censura y unas
posiciones políticas bien próximas a la Action Française de Maurras, partido
protofascista de tendencia monárquica.
Apollinaire,
quien en las trincheras también vislumbró el valor estético de la cacharrería,
cayó en la trampa de la bandera. Su canto del cisne, Les Mamelles de Tirésias,
puede y debe leerse en esa clave nacionalista que él, aún en la onda de sus
amigos que habían permanecido en París, vendió desde una óptica surrealista,
propulsando la palabrita a unos altares que después otros aprovecharían. No
sería Proust uno de ellos. De hecho todo este artículo sale de sus entrañas y
seguirá su estela para significar los universos paralelos de una época
irrepetible.
Annete
Becker, La Grande Guerre d’Apollinaire, Texto, París, 2014
Christoper
Clark, Sonámbulos, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2014
David
Fromkin, Le dernier été de l’Europe, Grasset, París, 2004
Eric
J. Hobsbawm, La era del Imperio (1875-1914), Crítica, Barcelona, 2013
Barbara
W. Tuchman, La torre del orgullo (1890-1914), Barcelona, Península, 2007
martes, 24 de junio de 2014
Anna de Noailles en Mujeres Malditas de Rne5
Esta pasada madrugada hablé en Mujeres Malditas de Anna de Noailles, princesa y poetisa que destacó durante los tiempos de la Belle èpoque, y no sólo por sus versos, pues además de los mismos brilló por iniciativas culturales, carisma y su salón, donde acudía lo más granado de la sociedad parisina del primer Novecientos. Una vez terminó la Primera Guerra Mundial, casi de repente, pareció ser de otra época. Puedes escuchar la charla sobre su persona aquí
lunes, 27 de diciembre de 2010
Años de vértigo de Philipp Blom en Revista de Letras

De la virgen a la dinamo: Años de vértigo de Philipp Blom, por Jordi Corominas i Julián
En 1889 la Torre Eiffel causó estupor, pero sobrevivió a los siempre volátiles fastos de la Exposición Universal de Paris. La ciudad de la luz celebró la entrada al siglo XX con otra de esas muestras que congelaban el mundo en un escaparate en forma de pabellón. La imponente construcción dy hierro seguía gobernando el horizonte, aunque su otrora modernidad se había convertido en una sólida altura muy diferente a los acontecimientos de la superficie, entregados a un inédito frenesí que sacudió algo más conciencias para alterar la faz del Planeta y guiarlo hacia la modernidad que ni tan siquiera interrumpió la Primera Guerra Mundial. El reputado historiador británico Eric J. Hobsbawm considera que la pasada centuria fue corta, iniciándose en 1914 y concluyendo con la caída del muro de Berlín en 1989. Su apreciación, justa en lo político, ignora que la transformación de Occidente venía gestándose desde mucho antes, quizá desde el mismo momento en que se construyó el primer tramo de ferrocarril para enterrar lo estático y propulsar la máquina humana hacia una velocidad desmedida que marcaría su futuro entre contradictorios railes. La novedad se asumía como suprema panacea que, sin embargo, veía obstaculizada su aceptación completa por culpa de la tradición. El cristianismo y la ilustración seguían siendo los valores supremos que determinaban el punto de vista moral y estético. Picasso, Schnitzler, Freud, Joyce o Marinetti experimentaban y emitían lo auténtico que tanto costaba asumir. Buena prueba de ello la tenemos en el edificio de la sastrería Goldman&Saltasch, justo enfrente del Palacio Imperial de Viena. Adolf Loos diseñó un edificio que resumía su época, situándolo en un punto que desafiaba el viejo orden. El adorno innecesario debía retirarse y despejar el camino para lo prístino, funcional y concreto.
La locura de la aceleración fue la culminación de un proceso. El imaginario colectivo suele asociar lo decimonónico a un regusto romántico con ribetes de doble moral victoriana. Philipp Blom lo reinterpreta para todos los públicos e hila muy fino porque sabe de causas y consecuencias. El optimismo científico que desmontaba lo inmóvil bíblico se mezcló en la postrimerías del Novecientos con una aguda necesidad de incertezas para hallar claves desconocidas. Nietszche fue el oráculo de lo bueno y lo nefasto. El filósofo de la voluntad de poder y el superhombre recibió la condena de ser malinterpretado al primar todavía, y seguimos en lo mismo, intereses nacionales. Empequeñecer la superficie dándole brío no servía en un plano histórico porque cada Nación quería seguir pregonando una potencia excluyente. El colonialismo era un efecto directo bastante inútil, válido para exhibir tribus en jaulas, perpetrar genocidios en el Congo y presumir de triunfos, pero la verdadera lucha seguía siendo la de los poderosos que querían exprimir el jugo que daban los pobres de sus fronteras, peones de un juego macabro.

Nietzsche habló de fusilar a todos los antisemitas. Sabía lo que se avecinaba. Cuando la masa, odiosa palabra, cayó rendida a los encantos de la sociedad de consumo cavaba, sin saberlo, la tumba de la esquizofrenia. Los mandamases no comprendieron que la era que se iniciaba movería fichas bien distintas, donde las empresas metamorfosearían la sociedad en pos de beneficio y teórica felicidad para el colectivo. La era de la reproducibilidad hizo que el universo se empequeñeciera y se incrementara la venta de relojes, porque el tiempo siempre iba más rápido y las campanas no bastaban para controlarlo. El surtido de distracciones era inmenso, una epifanía que hoy en día encontraríamos en la revolución que internet ha supuesto en las comunicaciones. Cine, carreras de coches, bicicletas, grandes almacenes, la actualidad al minuto, vacaciones en la costa y liberación femenina. El privilegio de la oportunidad encrespó el ánimo de los que desde arriba contemplaban el baile. El placer de la plebe y su arrojo recibieron réplica en la perversión de adoptar nobles presupuestos científicos para propugnar darwinismos nauseabundos. Eugenesia y manicomios, oídos sordos ante la mayor parte de las reivindicaciones y una estúpida soberbia agarrada al cetro.

En uno de los mejores capítulos de la obra, Blomm comenta cómo el terremoto de transformaciones acabó con los nervios de muchos hombres. El género masculino lidiaba con lo incomprensible al percibir que una estructura muy estable, hasta mediados del siglo XIX el transporte era casi idéntico que en el Imperio romano, se despeñaba y erigía un magma irreconocible por la dichosa fugacidad que impregnaba la materia. La neurastenia, agotamiento, selló muchos cerebros desconcertados. Es paradójico pensar que el inicio de la pasada centuria fuera el instante en que más se violó la pureza de la realidad, justo cuando ir a la Ópera ya no era una experiencia única porque el gramófono la trasladaba al hogar. Interiorizar, como un psicólogo austrohúngaro escarbando en nuestras conexiones y un malagueño yendo a lo básico mediante cubos. Este mismo pintor resolvió sus dudas en la representación de su idea abrazando lo éxito de culturas lejanas. África, las Islas Marquesas y lo oriental no eran el maná, sino una excusa para revindicar el hartazgo con la cultura establecida y volar sin las ataduras de lo establecido, en clara disonancia, ¿les suena, verdad?, con las transformaciones que acaecían en cuerpos y mentes. Los héroes de antaño eran una reliquia suplantada por actores del celuloide, viñetas gráficas, ladrones a la Robin Hood y santones, ojala alguien en España se atreva con la figura de Gusto Gräser, que renunciaban a la opulencia en pos de una paz aislada. El pueblo acogía con interés noticias criminales y desdeñaba, con la prensa asintiendo para vender a raudales, la trascendencia de asesinatos políticos. El homicidio de moda en el verano de 1914 no fue el de Sarajevo, sino la arrebatada acción de la mujer de un ministro que vació el cargador de su revólver contra un director de periódico. El honor, que el duelo eternizaba en lo arcaico, y las pulsiones elementales primaban sobre la muerte de un Archiduque que derivaría en la primera conflagración mundial. Lo vulgar, entendido desde una óptica clasista, se volvía femenino y lo elevado rebosaba demasiada testosterona. Lo fálico campaba a sus anchas en las cancillerías y en las desproporcionadas ambiciones de los jerifaltes. El Titanic fue un preludio de su fracaso que estalló, y prolongó su agonía hasta 1945, con una declaración de guerra a la que nadie, y como muestra la famosa frase de Kafka manipulada por Vila-Matas, prestó excesiva atención.

Philipp Blom ha escrito un libro espléndido cargado de virtudes. Durante demasiados años hemos visto el período 1900-1914 cómo una Belle èpoque decadente. No nos equivocábamos, pero fijarse demasiado en el oropel impide observar con más atención los aspectos que facilitaron su debacle. El autor alemán da en el blanco aunando capacidad de síntesis, buena prosa y una sabiduría que lleva a Karl Marx. La Historia se repite y nunca está de más paragonar épocas para entender mejor la presente, donde el término crisis esconde matices que sobrepasan lo económico.
Philipp Blom, Años de vértigo. Cultura y cambios en Occidente, 1900-1914, Barcelona, Anagrama, 2010
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