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viernes, 29 de noviembre de 2019
El motín de la naturaleza en 24 horas
Hoy Antonio Delgado y servidor hemos hablado del motín de la naturaleza o la Historia de otro cambio climático. Si quieres puedes escucharlo a partir de 37:45 clickando aquí
sábado, 19 de octubre de 2013
El coleccionista apasionado de Philipp Blom
Un espécimen verdaderamente especial: El coleccionista apasionado de Philipp Blom, por Jordi Corominas i Julián
Philipp Blom, El coleccionista apasionado, Anagrama, Barcelona, 2013
Philipp Blom es un ensayista que sabe leer los códigos del género, adaptándolos a nuestra modernidad desde una prosa fluida y una gran versatilidad en la elección de los temas que propone al lector. Su pluma ha circulado por muchos territorios narrados con vigor y unas estructuras textuales que no rehúyen la linealidad pese a gustar del giro imprevisto desde anécdotas o pequeños detalles que enhebran las partes de sus composiciones.
En esta ocasión Anagrama presenta en España un libro que el historiador alemán publicó en 2002. El coleccionista apasionado es, en apariencia, una obra sobre el vicio humano por la acumulación que deriva en agudas observaciones que muestran la evolución del fenómeno.
En algún momento de la Historia un hombre decidió coleccionar. Blom obvia la génesis que sería la Antigüedad y se centra en los últimos cuatro siglos, entre otras cosas porque ya se habían descubierto grandes extensiones del orbe y eso permitía un enfoque distinto para los amantes de recopilar, seres humanos permanentemente insatisfechos que tras una nueva adquisición siempre piensan en la siguiente, insaciables en su afán de la pieza que mejore el conjunto, del capricho que potencia su vanidad.
Los primeros coleccionistas modernos tenían el criterio de cuanto más mejor, carecían de medios idóneos para conservar su material y se resignaban con el anhelo, insistimos en el punto ególatra de la cuestión, de ser inmortales porque su empeño les sobreviviría. Eran nobles y príncipes que aumentaban su excentricidad con sus selecciones de reliquias religiosas, animales o cuernos de unicornio.
A partir de la última mitad del siglo XVII empieza a intuirse un atisbo de las luces de la siguiente centuria. Los coleccionistas ya no se conforman con tener y aceptan que lo taxonómico debe imponerse por rigor científico y lógica elemental del orden que venza al caos. Sin embargo el desorden puede llegar por otros derroteros que alertan de lo pérfido de nuestra especie. Durante la ilustración y buena parte del siglo XIX nació la moda de la taxidermia que no sólo se aplicaba en animales. Aquí en España tenemos varios ejemplos que el autor no menciona. El negro de Bañolas y sus viajes de África a un museo provinciano son un magnífico ejemplo comparable al caso de Solimán, el africano de Viena, donde también es posible encontrar esa fascinante cámara de nuestra frialdad, todo por el estudio y lo insólito, que es el Josephinum.
En el Ochocientos un cambio decisivo, que aún impregna la senda de la que hablamos, es la irrupción consolidada del Estado-Nación y su voluntad de elaborar proyectos museísticos. Napoleón Bonaparte lo refleja desde la ambición desmedida del derecho de conquista con el arte que pasó a engrosar las colecciones nacionales hasta que la epopeya terminó y muchas de las aportaciones usurpadas en campañas militares volvieron a su país de origen. De todos modos la idea, si olvidamos las comprensibles devoluciones tras los tratados de paz, aborda la labor que hizo surgir los mil y un museos que pueblan el Planeta, instituciones que suelen adoptar las coordenadas racionales que comentamos en el párrafo anterior.
El siglo XX añade múltiples factores a la ecuación. El mundo se ha ensanchado porque la velocidad ha dado un impulso que ha acortado distancias. Los espacios se volvieron más accesibles y la era de la reproductibilidad técnica hizo que se transformara la mentalidad del coleccionista, que más que por lo único fijó su mirada en las series. Asimismo esta metamorfosis del paradigma conllevó la desaparición de la exclusividad, tanto del objeto como de sus empecinados amantes. La belleza estética dejó de ser un componente esencial y el kitsch, propiciado hasta cierto punto por el taylorismo, hizo que gente de toda clase se aficionara a acumular cachivaches, desde envoltorios de comida hasta vasos de Nocilla. Esta democratización del coleccionismo debe generar en recodos privados una pléyade de absurdidades que algunos querrán equiparar con el síndrome de Diógenes. Puede ser, pero no hay que ser tan previsible. Blom, que nunca omite ninguna minucia por minúscula que sea, tanteó también este aspecto, y por eso en los capítulos finales de su ensayo traza un hipotético y bien justificado retrato del coleccionista, a quien paragona con Casanova, lo que incide en la seducción, el deseo, la pericia y las carencias que llevan a emprender la aventura de dedicar tiempo a acumular y hacerlo con tino.
Por último es curioso que en El coleccionista apasionado no aparezca un lugar maravilloso que sintetiza muy bien lo explicado en el volumen. Hace siglos en el barcelonés Museu Frederic Marès se celebraban los juicios de la inquisición. Hoy en día aún es visible en su exterior el escudo del santo oficio, símbolo de miedo que pierde su condición cuando el visitante accede al interior del establecimiento y se sorprende con la doble colección. Una, la más convencional, es un extraordinario recorrido por la estatuaria catalana del Medioevo. La otra ocupa dos plantas del edificio y es la recopilación de los objetos cotidianos, de cromos a anuncios pasando por chapas, pipas o juguetes que el escultor Frederic Marès juntó a lo largo de su existencia y donó a la Ciudad Condal.
Su gabinete es la victoria de un interés que de lo personal se transfiere al colectivo. El triunfo consiste en ver el entusiasmo de las personas que contemplan esa infinita miríada de chismes que en algún sirvieron a nuestros antepasados. Los rostros de asombro apuntan a un funcionamiento ininterrumpido de una cadena mágica de conocimiento y transmisión que vira del egoísmo a la generosidad, reversos de la moneda de la vida a la muerte.
lunes, 16 de abril de 2012
Gente peligrosa de Philipp Blom en Revista de Letras
Sospechosos ilustrados de eterna vigencia: “Gente peligrosa”, de Philipp Blom
Por Jordi Corominas i Julián | Destacados | 15.04.12
Gente peligrosa. El radicalismo olvidado de la Ilustración europea. Philipp Blom
Traducción de Daniel Najmías
Anagrama (Barcelona, 2012)
En 2010 descubrí la capacidad de Philipp Blom para tratar temas espinosos bastante manidos y sacarles partido mediante insólitos puntos de vista que les conferían otra dimensión. En Años de cambio, magnífico ensayo sobre los años previos a la Primera Guerra Mundial, el autor alemán ofrecía un panorama espléndido que fluía con naturalidad entre tejidos de muy diversa índole, de la religión a la arquitectura, de la política a los urinarios públicos.
Por eso, y por una necesidad de recuperar conceptos necesarios pero olvidados desde la Universidad, sentí curiosidad por su nueva obra. Gente peligrosa afronta la Ilustración europea desde una doble intención. La primera radica en reivindicar nombres que fueron cancelados del mapa filosófico por imperativos de la Historia. El siglo XIX privilegió pensamientos que justificaran los valores burgueses predominantes. Se celebró la razón y se ocultó, hasta que su explosión fue inevitable, lo científico. La aventura colonial y la revolución industrial requerían un mapa de ideas moderado con la fe para preservar la unión de curas y magistrados que dominaba el cuerpo social. Asimismo ello conllevaba usar con fuerza la llave que cerraba los instintos oscuros en una región remota, prohibida por imperativo. Kant y Voltaire combinados con Rousseau eran la fórmula perfecta, la matemática de ostracismo para dos hombres avanzados a su época: Denis Diderot y el Barón d’Holbach.
La segunda premisa es construir un ensayo exigente que pueda leerse casi como una novela. Blom lo logra sobre todo porque ha dado con personajes que permiten coser la narración con amenidad que no se desliga de lo erudito. Lo que se nos cuenta en realidad es un enorme pedazo de la Historia cultural europea del Setecientos. El centro es un salón de París que resume la trama. Se hallaba en la actual Rue des moulins y su anfitrión era Thiry d’Holbach, que durante más de dos décadas vio circular por su domicilio a la flor y nata de la filosofía del Viejo y del Nuevo Mundo. Por su hogar circularon Cesare Beccaria, Adam Smith, David Hume, Laurence Sterne, Horace Walpole, John Wilkes, Claude Helvétius Jean D’Alembert y hasta es probable que entre sus visitantes se encontrara Benjamin Franklin. Su alianza con Diderot era dinamita pura. Ambos eran dos inconformistas reacios a claudicar ante el absolutismo de su época, tanto que sus enemigos tuvieron bien fácil definirlos con un término vejatorio: los ateos.
Eran los herederos definitivos de una tradición que renunciaba a Dios con miedo. Sus padres fueron Lucrecio, Spinoza y Jean Meslier, un coadjutor de un pueblucho francés de las Ardenas que en su Testamento comparó el orden establecido con el mito de la caverna platónica. Los hombres son seres felices, súbditos de un Dios que les hace andar por la tierra con los ojos vendados hasta que alguien les arranca el obstáculo para la claridad. La adoración es un abuso y una ilusión que parte de una invención humana para controlar a los mortales.
La base de los predecesores sirvió para desafiar a la censura y postular a los miembros del Salón como temibles personajes que además de alabar a la razón analizaban el todo sin olvidar la importancia de la pasión en todo comportamiento humano. Ello se percibe en sus obras, más comprensibles si disponemos de una noción biográfica completa. D’Holbach era alemán y estudio en Leiden, templo académico de la libertad. Al instalarse en la ciudad de la luz no descuidó las convenciones. Se casó y mantuvo a lo largo de su existencia un perfil idóneo para su cometido. Encabezaba el grupo por dinero, capacidad para ofrecer las mejores viandas a sus comensales y tener el espíritu corrosivo que sus compañeros mejoraban con su afilada prosa. En este sentido su contrapunto en igualdad era Diderot, quien tras renunciar a la carrera eclesiástica trabajó duro y acarició un sueño épico con la Enciclopedia, que fue su cénit y su tumba por la dedicación que implicó ese monumento, absoluta vuelta de tuerca, piedra miliar de la modernidad.
Además de escribir y meditar, Diderot no se olvidó del amor. Se casó en un arrebato y posteriormente mantuvo una atribulada relación sentimental con Sophie Volland, mujer culta que fue víctima del siglo al estar marginada en casa de su madre, como si fuera un mueble inteligente a no desplazar en exceso de su posición establecida. Otra fémina, Madame d’Épinay, fue amante de Melchior Grimm, el tercer hombre del Salón, principal publicista de la Ilustración con su revista Correspondance littéraire, libre de prohibiciones al ser enviada por valija diplomática. Grimm se equiparaba al ausente, aunque siempre altera, por antonomasia de las charlas de la Rue des Moulins: Voltaire, exiliado en Suiza y celoso de perder su fama de príncipe del movimiento, un demonio que ridiculizaba a sus rivales cuando la oportunidad lo requería mientras financiaba a mandamases sin ruborizarse.
Voltaire al fin y al cabo fue la punta de lanza moderada de la Ilustración. Los integrantes de la tertulia d’Holbach y sus concepciones del universo eran un estorbo. También lo fueron para Jean Jacques Rousseau. El enfermizo ginebrino y su amistad con Diderot explican la división teórica de toda una centuria. En 1758 rompieron porque el autor de Emilio creía que tanto Denis como el barón deseaban destruir su reputación, ya bastante mancillada por su paranoia, factor que no impidió su victoria en la esfera de la inmortalidad. Su romanticismo prematuro abrió caminos y sirvió para instaurar una tendencia decimonónica que aún goza de muchos adeptos, pero estaremos de acuerdo si consideramos que sus escritos dan oportunidad de caminar por una senda que conduce al perdón divino a través del arrepentimiento.
El siglo XIX y su capitalismo clamaban por un culto que elevara lo racional a los altares. Lo exigía la industrialización y la planificación de la sociedad hasta llegar al paroxismo nazi del asesinato en masa organizado. La productividad y el control se impusieron. La dignidad humana y la libertad, bastiones del Salón de la gente peligrosa, no estaban en la agenda de prioridades, como tampoco lo está hoy en día lo exhaustivo. Enterrar las notas a pie de página es una traición infame, una masacre con afán de inutilizar los dispositivos que amplían el horizonte, y Blom lo capta al valorar el matiz por encima de la síntesis.
Más tarde, cuando el Ochocientos tocaba a su fin, Diderot y d’Holbach cobraron vigencia a través de Friedich Nietzsche, Karl Marx y Sigmund Freud. Los tres filósofos de la sospecha vieron que tenían antepasados en París. Nietzsche se emparejó con el barón y su implacable oposición al cristianismo. Marx comprobó que alguien se había anticipado en su posibilidad de igualdad. Freud se inspiró en Diderot y su exploración de las pasiones y actos irracionales de nuestra especie, que en la época donde surgían estas ideas volaba oprimida como siempre con excepciones de relumbrón. No me aturde si Casanova tiene, al menos en mi imaginario, estatus de faro pionero de la modernidad. La ecuación, repetida hasta la saciedad por los valientes, consiste en desmontar la fachada para que el aire adquiera un tono más respirable. Pueden soterrar los libros en un sótano polvoriento, pero estos, si tienen esencias que transmitir, terminan por volver a ocupar el puesto que merecen en las estanterías.
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lunes, 27 de diciembre de 2010
Años de vértigo de Philipp Blom en Revista de Letras

De la virgen a la dinamo: Años de vértigo de Philipp Blom, por Jordi Corominas i Julián
En 1889 la Torre Eiffel causó estupor, pero sobrevivió a los siempre volátiles fastos de la Exposición Universal de Paris. La ciudad de la luz celebró la entrada al siglo XX con otra de esas muestras que congelaban el mundo en un escaparate en forma de pabellón. La imponente construcción dy hierro seguía gobernando el horizonte, aunque su otrora modernidad se había convertido en una sólida altura muy diferente a los acontecimientos de la superficie, entregados a un inédito frenesí que sacudió algo más conciencias para alterar la faz del Planeta y guiarlo hacia la modernidad que ni tan siquiera interrumpió la Primera Guerra Mundial. El reputado historiador británico Eric J. Hobsbawm considera que la pasada centuria fue corta, iniciándose en 1914 y concluyendo con la caída del muro de Berlín en 1989. Su apreciación, justa en lo político, ignora que la transformación de Occidente venía gestándose desde mucho antes, quizá desde el mismo momento en que se construyó el primer tramo de ferrocarril para enterrar lo estático y propulsar la máquina humana hacia una velocidad desmedida que marcaría su futuro entre contradictorios railes. La novedad se asumía como suprema panacea que, sin embargo, veía obstaculizada su aceptación completa por culpa de la tradición. El cristianismo y la ilustración seguían siendo los valores supremos que determinaban el punto de vista moral y estético. Picasso, Schnitzler, Freud, Joyce o Marinetti experimentaban y emitían lo auténtico que tanto costaba asumir. Buena prueba de ello la tenemos en el edificio de la sastrería Goldman&Saltasch, justo enfrente del Palacio Imperial de Viena. Adolf Loos diseñó un edificio que resumía su época, situándolo en un punto que desafiaba el viejo orden. El adorno innecesario debía retirarse y despejar el camino para lo prístino, funcional y concreto.
La locura de la aceleración fue la culminación de un proceso. El imaginario colectivo suele asociar lo decimonónico a un regusto romántico con ribetes de doble moral victoriana. Philipp Blom lo reinterpreta para todos los públicos e hila muy fino porque sabe de causas y consecuencias. El optimismo científico que desmontaba lo inmóvil bíblico se mezcló en la postrimerías del Novecientos con una aguda necesidad de incertezas para hallar claves desconocidas. Nietszche fue el oráculo de lo bueno y lo nefasto. El filósofo de la voluntad de poder y el superhombre recibió la condena de ser malinterpretado al primar todavía, y seguimos en lo mismo, intereses nacionales. Empequeñecer la superficie dándole brío no servía en un plano histórico porque cada Nación quería seguir pregonando una potencia excluyente. El colonialismo era un efecto directo bastante inútil, válido para exhibir tribus en jaulas, perpetrar genocidios en el Congo y presumir de triunfos, pero la verdadera lucha seguía siendo la de los poderosos que querían exprimir el jugo que daban los pobres de sus fronteras, peones de un juego macabro.

Nietzsche habló de fusilar a todos los antisemitas. Sabía lo que se avecinaba. Cuando la masa, odiosa palabra, cayó rendida a los encantos de la sociedad de consumo cavaba, sin saberlo, la tumba de la esquizofrenia. Los mandamases no comprendieron que la era que se iniciaba movería fichas bien distintas, donde las empresas metamorfosearían la sociedad en pos de beneficio y teórica felicidad para el colectivo. La era de la reproducibilidad hizo que el universo se empequeñeciera y se incrementara la venta de relojes, porque el tiempo siempre iba más rápido y las campanas no bastaban para controlarlo. El surtido de distracciones era inmenso, una epifanía que hoy en día encontraríamos en la revolución que internet ha supuesto en las comunicaciones. Cine, carreras de coches, bicicletas, grandes almacenes, la actualidad al minuto, vacaciones en la costa y liberación femenina. El privilegio de la oportunidad encrespó el ánimo de los que desde arriba contemplaban el baile. El placer de la plebe y su arrojo recibieron réplica en la perversión de adoptar nobles presupuestos científicos para propugnar darwinismos nauseabundos. Eugenesia y manicomios, oídos sordos ante la mayor parte de las reivindicaciones y una estúpida soberbia agarrada al cetro.

En uno de los mejores capítulos de la obra, Blomm comenta cómo el terremoto de transformaciones acabó con los nervios de muchos hombres. El género masculino lidiaba con lo incomprensible al percibir que una estructura muy estable, hasta mediados del siglo XIX el transporte era casi idéntico que en el Imperio romano, se despeñaba y erigía un magma irreconocible por la dichosa fugacidad que impregnaba la materia. La neurastenia, agotamiento, selló muchos cerebros desconcertados. Es paradójico pensar que el inicio de la pasada centuria fuera el instante en que más se violó la pureza de la realidad, justo cuando ir a la Ópera ya no era una experiencia única porque el gramófono la trasladaba al hogar. Interiorizar, como un psicólogo austrohúngaro escarbando en nuestras conexiones y un malagueño yendo a lo básico mediante cubos. Este mismo pintor resolvió sus dudas en la representación de su idea abrazando lo éxito de culturas lejanas. África, las Islas Marquesas y lo oriental no eran el maná, sino una excusa para revindicar el hartazgo con la cultura establecida y volar sin las ataduras de lo establecido, en clara disonancia, ¿les suena, verdad?, con las transformaciones que acaecían en cuerpos y mentes. Los héroes de antaño eran una reliquia suplantada por actores del celuloide, viñetas gráficas, ladrones a la Robin Hood y santones, ojala alguien en España se atreva con la figura de Gusto Gräser, que renunciaban a la opulencia en pos de una paz aislada. El pueblo acogía con interés noticias criminales y desdeñaba, con la prensa asintiendo para vender a raudales, la trascendencia de asesinatos políticos. El homicidio de moda en el verano de 1914 no fue el de Sarajevo, sino la arrebatada acción de la mujer de un ministro que vació el cargador de su revólver contra un director de periódico. El honor, que el duelo eternizaba en lo arcaico, y las pulsiones elementales primaban sobre la muerte de un Archiduque que derivaría en la primera conflagración mundial. Lo vulgar, entendido desde una óptica clasista, se volvía femenino y lo elevado rebosaba demasiada testosterona. Lo fálico campaba a sus anchas en las cancillerías y en las desproporcionadas ambiciones de los jerifaltes. El Titanic fue un preludio de su fracaso que estalló, y prolongó su agonía hasta 1945, con una declaración de guerra a la que nadie, y como muestra la famosa frase de Kafka manipulada por Vila-Matas, prestó excesiva atención.

Philipp Blom ha escrito un libro espléndido cargado de virtudes. Durante demasiados años hemos visto el período 1900-1914 cómo una Belle èpoque decadente. No nos equivocábamos, pero fijarse demasiado en el oropel impide observar con más atención los aspectos que facilitaron su debacle. El autor alemán da en el blanco aunando capacidad de síntesis, buena prosa y una sabiduría que lleva a Karl Marx. La Historia se repite y nunca está de más paragonar épocas para entender mejor la presente, donde el término crisis esconde matices que sobrepasan lo económico.
Philipp Blom, Años de vértigo. Cultura y cambios en Occidente, 1900-1914, Barcelona, Anagrama, 2010
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