miércoles, 15 de enero de 2014
Podcast sobre Venecia en el Laberint de Wonderland
Hoy en el Laberint hemos hablado de Venecia. La ciudad de los canales da mucho juego, y por eso nos hemos centrado en Marco Polo, su puente de los suspiros, la novela de Thomas Mann y el filme viscontiano y, para terminar, el Harry's Bar con sus mil y una leyendas. Puedes escuchar la sección a partir del minuto 23 del enlace clickando aquí
martes, 14 de enero de 2014
Diálogo con Iván de la Nuez en Número Cero
Hace cosa de un mes tuve la suerte de charlar con Iván de la Nuez sobre su último ensayo, El comunista manifiesto, donde aborda desde una perspectiva ciertamente innovadora cómo nos ha afectado la caída del muro de Berlín y la influencia de la hoz y el martillo en pleno siglo XXI. Puedes leer el diálogo en estos dos enlaces:
Primera parte
Segunda parte
lunes, 13 de enero de 2014
sábado, 11 de enero de 2014
1914: El año de la catástrofe, de Max Hastings
1914: El año de la catástrofe, de
Max Hastings, por Jordi Corominas i Julián
Max
Hastings, 1914: El año de la catástrofe, Barcelona, Crítica, 2013
Traducción
de Gonzalo García y Cecilia Belsa
Entramos
en un año horrible porque cumplirá esta nueva moda de conmemorar todo lo
conmemorable. Sin embargo, hay fechas señaladas en el calendario que merecen
ser estudiadas por la relevancia que aún tienen para entender nuestro presente.
Vayamos
por catorces. 1714 es una excusa de manipulación política. 1814 se recuerda
demasiado poco. Pobre Napoleón. 1914 es la hermana pobre que ahora vuelve a la
carga con la efeméride del centenario de la Gran Guerra. De todos modos resulta
curioso comprobar cómo a lo largo de las últimas centurias este año de su cronología
ha sido fundamental.
Y
no es de extrañar. Los principios de siglo suelen ser convulsos, como si su
inocencia apuntara a repentinos cambios que la gente que los vive tarda en
asimilar. Y de ahí surgen errores garrafales como los que causaron la primera
conflagración mundial.
El
libro de Max Hastings repasa de manera exhaustiva el año en que empezó el
conflicto, y lo hace con una capacidad de análisis que ya conocíamos, pero que
en el caso que nos concierne brilla aún más si cabe por la dificultad que
implica narrar una contienda de la que existe mucha menos bibliografía que su
continuación de 1939-1945. Si hablo desde esta perspectiva lo hago en parte
desde mi posición de lector español, donde el tema no ha suscitado nunca gran
interés, y por otro lado desde la conciencia de quien sabe que la lucha que dio
el verdadero pistoletazo de salida al Novecientos fue el punto y final de una era
donde aún se respetaban, aunque hasta cierto punto, determinadas consignas
caballerescas que evitaron que el baño de sangre fuese mayor.
Al
mismo tiempo, y el historiador británico lo glosa con suma precisión, la
tecnología pudo cambiar ese factor. Sin embargo, la segunda revolución
industrial aún no estaba en condiciones, al menos durante ese fatídico 1914, de
ser totalmente decisiva en la suerte de las armas. A medida que avanzaron las
hostilidades la aviación, los gases y otros artilugios incrementaron su
efectividad mortuoria.
Retomemos
el hilo. El extenso volumen editado por Crítica aborda la cuestión con la
habitual solvencia del autor, que desgrana pieza por pieza los antecedentes y
la evolución militar de los primeros meses. Las causas son claras pese a estar
bañadas por tópicos que se imparten desde primaria hasta la universidad. No hay
duda alguna que la muerte de Francisco Fernando en Sarajevo se usó como excusa
para decidir las declaraciones que enfrentaron a varios imperios que desde
hacía décadas habían tejido una serie de alianzas en vistas a una previsible
movilización. El estallido fue una mezcla de incompetencia por parte de los
máximos gobernantes e imprudencia de unas élites que aún tenían la mente en el
siglo XIX y creían que todo duraría pocos meses. Las tropas volverían a casa
por navidad. Quizá Thomas Mann con su "La muerte en Venecia" fue el único que intuyó el desmorone de un mundo que dijo adiós incrédulo e incauto pese a todas las señales que avisaban de la fragilidad de la paz burguesa, con sus buenos modales y criados con pelucas como si el reloj se hubiese parado en un tramo indeterminado de la carretera.
El
recuerdo, sobre todo en Alemania, de la guerra franco prusiana de 1870-1871 fue
una calamidad y un error garrafal de lectura. El Káiser fue responsable de
activar la carnicería por culpa de una ambición desmedida. En vez de aprovechar
el aprecio de las demás naciones por el desarrollo cultural, industrial y
científico de la suya prefirió entablar un delirio en dos frentes que mostraba
su precipitación, pues hubiera ganado mucho más frenando el paso a su colega austrohúngaro,
el viejo Emperador Francisco José, quien llevaba en el trono vienés desde 1848,
toda una eternidad, y desencadenó el infierno al tomar la determinación de
acabar con Serbia.
En
el otro bando Francia, Rusia e Inglaterra tenían la ventaja de exigir a sus
rivales una lucha en dos zonas que hacía muy complicada una victoria inmediata.
Los alemanes apostaron sus cartas a Occidente. Invadieron Bélgica y entraron en
el Hexágono. Durante el primer mes de guerra la poca pericia de los comandantes
galos y británicos hizo temer que París caería en un santiamén. El gobierno
huyo de la ciudad de la luz y el pánico se apoderó. Lo que se temía fuese una
repetición de lo acaecido cuarenta y cuatro años atrás se calmó porque algunos
generales, como Joffre, evitaron el golpe que ansiaba Moltke mediante la
ofensiva del Marne, que estabilizó hasta cierto punto los frentes en la
antesala del horror que nadie deseaba: las trincheras y una inmovilidad que
duró hasta la primavera de 1918, cuando al fin se rompió el horror de millones
de hombres en un espacio reducidísimo, un despropósito que costó millones de
vidas que llenaron los campos del norte de Francia, donde los invasores fueron crueles con los civiles en un grado que nunca alcanzaron ni por asomo sus adversarios.
En
el Este, frente al que se dedica menor espacio en la investigación, la escasa
disciplina rusa contrastaba con su ingente número de combatientes, que sin ser
infinitos siempre podían reemplazar a los muertos en su oposición al rigor
teutón. En Tannenberg Hindenburg volvió del retiro y empezó a dorar su mito, al
que se unió el de Ludendorf, despreciado por el emperador por sus orígenes
sociales. Ambos nombres serían recordados más allá de la paz de Versalles por
su implicación en el crecimiento y consolidación nazi. En 1914 fueron leyenda
marcial, todo lo contrario que sus compañeros de profesión austrohúngaros, un desastre
al mando que cavaron la tumba de la doble corona tanto en Polonia como en
Serbia.
Hubo
días de agosto donde las bajas ascendieron a decenas de miles. Los hombres que
padecían su participación en la escabechina estaban mal preparados, como
cualquiera que de repente pasara de una plácida vida civil al martirio de
caminar cuarenta quilómetros diarios de retirada u ofensiva. El fuego de
artillería mutiló y trasladó lo dantesco a la realidad. Cuerpos sin cabeza,
caballos agonizando y partidas de carta al lado de cadáveres devinieron la
normalidad en una extensión de terreno, del mar a Suiza, que desprendía el
hedor infecto de la guerra.
Entre
los protagonistas de ese primer año Hastings remarca la personalidad de testas
coronadas, primeros ministros y otros encargados del mando, entre los que no
queda muy bien parado Churchill, por aquel entonces primer Lord del
Almirantazgo. Pese a su excelente informe de 1911, donde acertó cómo se desarrollarían
la fase primeriza de la lid, sus capacidades se revelaron poco aptas para
trabajar en equipo y comprender que necesitaba la marina más allá de su ego. Lo
demostraría en 1915 con su plan de los Dardanelos, fracaso que igualmente forjó
su mito, como bien podría haberlo hecho el excelente traslado de los
contingentes británicos de la isla al continente.
El
libro no se limita a la explicación de los sinsabores de la soldadesca. Desde
su primera página se nos advierte se pretende dar al lector una información
asequible al alcance de todo hijo de vecino, y se consigue mediante anécdotas,
síntesis y un detallismo que hará las delicias de aquellos avezados a la
Historia con mayúsculas. Puede ser una obra demasiado exigente para iniciados,
más que nada porque su autor no se limita en ningún momento. Es exhaustivo por
vocación y deber, como si contar los hechos del íncubo fuera esencial, una
misión. ¿Y bien? Cabe agradecérselo porque con su actitud honra la profesión y
también dignifica a los que cayeron hace no tanto, antepasados que esperemos no
caigan ninguneados por el cinismo de nuestro afán de tanta vacua guirnalda que
amenaza con tapar el horizonte.
Cómo parecer deportista en "Todos somos sospechosos"
Este pasado miércoles hablamos en Todos somos sospechosos de cómo parecer deportista. Ya saben, gimnasio, piscinas, vestuarios y toda la rutina de los centros deportivos que llenan los españolitos de a pie. Puedes escuchar la charla clickando aquí
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viernes, 10 de enero de 2014
Ejemplos de Ultramar: El Centro Balmaceda Arte Joven, en Jarana y Poligamia
Ejemplos de ultramar: El Centro Balmaceda Arte Joven
Este pasado mes de diciembre tuve la suerte de cerrar 2013 en Chile. Pude cruzar el charco gracias a la ayuda de Acción española, asociación que en este tiempo de penurias se moja para que los artistas de nuestro país puedan tender puentes con otras naciones, pues hasta que se demuestre lo contrario la única forma de avanzar en la cultura es viajar y enlazar aquello que nos une mediante la lengua y la creación.
Mis actividades, bien coordinadas por poetas y narradores de la tierra que me acogió, abarcaron, recitales públicos y privados, una performance de Loopoesía en La Furia del Libro y un workshop de mi proyecto en el Centro Balmaceda Arte Joven.
Balmaceda
Vayamos por partes. ¿Qué es Loopoesía? Una idea que me surgió en 2009 que a partir de un poemario que se renueva anualmente lo presenta con un espectáculo donde mezclo música, audiovisuales y recitación en directo. El último año lo llevé a ocho ciudades españolas y poder presentarlo en Latinoamérica fue una oportunidad espectacular, sobre todo por cómo acaecieron las cosas, con un público positivo que me sorprendió muy gratamente en el taller.
Este no hubiera sido posible sin una idea tan brillante como Balmaceda. Estamos relativamente acostumbrados en Europa a encontrarnos lugares que tuvieron importancia en el pasado que en la actualidad se aprovechan para dinamizar zonas urbanas. Pienso en el Museo de Orsay de París o en el Edificio de la Tate Modern de Londres. En Barcelona se ha impulsado una red de equipamientos que apuestan por talleres y actividades artísticas de un modo que alterna lo popular con lo elitista que llega poco porque los medios no saben transmitir bien la función de los nuevos centros.
Desde una primera vertiente convendría destacar espacios como La Casa Elizalde, La Sedeta, Golferichs o Fort Pienc, donde se proponen una barbaridad de cursos que propician aprendizajes para todas las edades, desde cocina y yoga hasta Historia Contemporánea. Sin embargo, estas clases no aspiran a una promoción de aspectos artísticos de primera magnitud, pues se insertan en una dinámica que recuerda a las universidades populares que quieren democratizar el conocimiento, extendiéndolo a toda la población.
Desde la segunda creo que tenemos una excelente oportunidad con el Fabra i Coats, bello en su fachada e interesante en su interior siempre que, además de exposiciones, nos aventuremos a darle un calado más profundo y que desvanezca esa nebulosa que flota en el aire y que amenaza con transformar Barcelona en un parque temático para los extranjeros y un villorrio de provincias para sus habitantes.
Fabra i Coats
El edificio que hoy en día alberga Balmaceda Arte Joven pertenecía a Ferrocarriles del Estado, donde se ubicaban sus oficinas administrativas. Justo al lado estaba la estación Mapocho. En 1992, dos años después del adiós a la dictadura de Pinochet, ambas construcciones estaban abandonadas y se decidió emplearlos, a imitación de lo que se hacía en el Viejo Mundo, para actividades artísticas y culturales. La estación Mapocho se destinó para actividades de carácter más masivo, mientras que el antiguo enclave de las oficinas se convirtió en un centro cultural de talleres para la juventud. Rodrigo Hidalgo, coordinador de su área literaria, me comentó que en la financiación de Balmaceda Arte Joven participan tanto la Alcaldía de Santiago como el Ministerio de Cultura. La primera se encarga de cubrir los gastos propios del inmueble- agua, luz, guardias de seguridad, teléfono- mientras que el organismo estatal cubre el presupuesto del equipo de gestión, los materiales para los talleres y los honorarios de los artistas que imparten los workshops.
Los centros de Artes de Mapocho y Balmaceda
El único problema de este método es que el dinero recibido también varía cuando cambia el gobierno. La aspiración es que algún día se asigne a Balmaceda un presupuesto fijo para no preocuparse por izquierdas y derechas.
¿Y bien? ¿Por qué no podemos hacer algo parecido en nuestra amada Babilonia? Antes de coger el avión rumbo a Chile tenía la intuición que algo vira en la otra latitud, con mucha más energía que nosotros, dedicados a mirarnos el ombligo y protestar desde una nada encomiable pasividad. Más que Santa Mónica y sus desaguisados, más que apuestas de manipulación histórica deberíamos tener entes gubernamentales que meditaran la cultura desde unas coordenadas de futuro. El taller de Loopoesía en Balmaceda fue un éxito porque acudieron alumnos de edades comprendidas entre los 16 y los 50 años. Los más jóvenes eran preguntones, conocían a Joan Brossa y no se encogían de hombros si les mencionabas a Cocteau, Satie y Picasso. Los más sabios lectores dirán que no es extraño, que son nombres imprescindibles. Déjense de eurocentrismos. Me gustaría ver cuánto moderno de Barcelona, carentes de la generosidad de mis anfitriones, sabe de Huidobro, sin el que en Madrid la Vanguardia solo sería un periódico de la Ciudad Condal.
Para propiciar este tipo de centros hay que dar una formación previa que estimule y sugiera educaciones distintas, con una fuerza de la que nosotros carecemos. Para que me entiendan, esto es como el Barça, que no tendría un estilo propio de no trabajarlo desde la cantera. Lo mismo deberíamos emular en lo cultural, con ambición y sentido común.
Texto: Jordi Corominas i Julián
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miércoles, 8 de enero de 2014
Albertine Sarrazin y su Astrágalo en Mujeres Malditas de Rne
Hace pocos días tuve la suerte de ser entrevistado por Valle Alonso en su programa mujeres malditas. El tema fue Albertine Sarrazin, de quien Seix Barral ha vuelto a publicar su novela "El astrágalo". Puedes escuchar la charla clickando aquí
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martes, 7 de enero de 2014
El arte de leer, de W.H. Auden
El arte de leer de W. H. Auden, por
Jordi Corominas i Julián
W.H.
Auden, El Arte de leer, Lumen, Barcelona, 2013
Edición
de Andreu Jaume
Traducción
de Juan Antonio Montiel
Uno
de los aparentes problemas del mundo contemporáneo es la velocidad que ahoga la
perspectiva e impide que muchos autores tomen conciencia de su oficio. Para lograrlo
no está de más dedicarse a la crítica. La lectura de los demás permite asumir
la tradición, enmendar errores y trazar un perfil de coordenadas que va de lo
general, mediante el análisis del pasado y el presente, al punto particular que
siempre es uno mismo.
Por
eso creo que el poeta del siglo XXI debería ser fiel al estímulo de alternar su
propia producción con ensayos que le permitan navegar con mayor fiabilidad. Sin
el conocimiento de lo pretérito no es posible alcanzar nuevas aguas con
solidez. Ir a ciegas a veces puede resultar interesante como experimento, pero
ya dice W.H. Auden que cada poema que escribimos es fruto de lecturas,
vivencias y un vasto conglomerado de factores, por lo que el resultado será
consecuencia del todo, con sus virtudes y sus carencias, siempre más visibles
en verso que en prosa.
Los
ensayos del autor inglés nacionalizado estadounidense, como si se tratara de un
anverso de su admirado y temido T.S. Eliot, deben leerse desde una doble
vertiente que viene condicionada por el paso del tiempo. La primera es la
esencial y se relaciona con los interés del poeta anglosajón, quien a lo largo
de toda su trayectoria supo combinar sin excesivas petulancias su amor por la
prosodia y una voluntad de ser entendible desde la conciencia que sus opiniones
no contienen ninguna verdad universal.
Dentro
de este primer punto cabe destacar, algo bien visible en los ensayos dedicados
a leer y al propio arte de la escritura, el dominio de Auden para con el
aforismo, utilísimo por su capacidad de síntesis, que en ocasiones parece
erigirse como un rasgo diferencial, como un modo de alejar la sombra del
monstruo de La tierra baldía, más dado a extensos circunloquios igualmente
válidos pese a su poso menos coloquial y mucho más retórico.
Desde
esta tesitura reluce la segunda faceta característica de nuestro protagonista,
quien habla con una naturalidad que hace fluir el ensayo. Ello se debe en que
en ocasiones los textos son conferencias que pronunció para un auditorio,
aunque este rasgo estilístico no se debe sólo al público. Lo entendemos en
parte a través del último apartado del volumen, fragmentos de conversaciones donde
el poeta se suelta desde la sinceridad de la conversación. En esos pedacitos
orales captamos lo personal e intransferible de su idiosincrasia, desde la
ironía, de la que advierte sobre su abuso, hasta un gusto contrario a lo
francés salvo excepciones como Cocteau, valorado por su agudeza sin par, y Valéry,
encomiable por una inteligencia que no explota al máximo sus talentos para
aquello a lo que se dedica.
Estas
consideraciones sirven al bardo para trazar líneas de oposición entre las
varias prosodias, que entiende no sólo desde el lenguaje, sino también desde el
contexto en que fueron forjadas las obras. La lucidez de estas reflexiones
derriba mitos y ahonda en una evolución que ni puede eternizar la figura
romántica ni privilegiar, un peligro que hoy en día sigue de plena actualidad,
una propensión al ombligo que deje la construcción del verso como una especie
de cementerio de seres vivos que se leen entre ellos sin preocuparse en
absoluto por la sociedad y su devenir.
Otro
valor fundamental de estos ensayos es el espectro temporal que abarcan. Las disquisiciones
sobre los griegos, donde alarga lo canónico y con buen criterio no sólo se
limita a los clásicos anteriores a la era cristiana. La cuadratura del círculo
se completa con su veneración por Kavafis y la heterodoxa forma que este tenía
de volcar sus filias y fobias mediante la historia y la evocación de una época
que sin ser la suya le daba más que juego para glosar la contemporaneidad con
inusitado lirismo.
El
trozo más goloso del pastel que es esta edición de Andreu Jaume es la dedicada
a los autores de lengua inglesa. Admirables son los ensayos dedicados a los
sonetos de Shakespeare, los místicos protestantes y el mártir como héroe
dramático, si bien creo que se percibe la vocación y la constancia de Auden en
la serie que desmenuza las figuras de D.H. Lawrence, E.A. Poe, Tennyson y Lewis
Carroll, donde además de una querencia puede confundir ironía con sarcasmo
hallamos una capacidad de hilar fino con los pequeños detalles, visible, por
ejemplo, en la explicación sobre las preguntas que Alicia hilvana para
desmontar el rígido mundo victoriano y las convenciones entre niños y adultos.
La
escuela anglosajona del siglo XX supo mezclar con solvencia, y mucho rigor,
crítica y creación. Auden no es Eliot, ni falta que hace. Ambos gigantes, con
el primero mirando al segundo con cierto pánico reverencial, son una puerta que
nosotros no debemos cerrar para aprender y regar el camino con aguas que a
veces creo demasiado olvidadas. La rapidez de nuestra era hace necesarias estas
publicaciones que advierten y ubican la musa en territorios que dan a la
inspiración una ética del trabajo muy alejada de frivolidades más que
prescindibles, lacras a sepultar en la basura con rabiosa inmediatez.
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lunes, 6 de enero de 2014
Miércoles 8, Venecia en el Laberint de Wonderland
Año nuevo, Laberint nuevo. Volvemos a retomar la sección con un viaje a Venecia. Teníamos mil opciones para abordar el tema, pero nos hemos decantado por estas cuatro catas.
1.- Marco Polo y el millón
2.- El puente de los suspiros y la poesía de la muerte
3.- La Muerte en Venecia de Mann y Visconti
4.- El legendario Harry's Bar
Cada miércoles a partir de las 14h
Radio Nacional- Rne4
100.8 fm Barcelona
En directo:Rne4
martes, 31 de diciembre de 2013
Federico García Lorca en Nueva York y La Habana: Cartas y recuerdos
Federico García Lorca en Nueva York
y La Habana: Cartas y recuerdos, por Jordi Corominas i Julián
Christopher
Maurer, Andrew A. Anderson, Federico García Lorca en Nueva York y La Habana:
Cartas y recuerdos, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2013
Hay
encrucijadas que el público conoce a través de su leyenda. Cuando penetra en su
interior se sorprende y goza porque el mito cobra forma humana y desde sus
defectos podemos comprender mejor sus virtudes. En este sentido está bien claro
el antes y después que para Federico García Lorca supuso cruzar el charco. La
publicación en 1927 del Romancero gitano le brindó el éxito anhelado, difícil
de gestionar y repleto de tópicos que duran hasta nuestros días. Daba la sensación
que el triunfo venía envenenado y se aliaba con otras facetas de la existencia
para complicar la vida al que con el tiempo se ha erigido como el poeta español
más conocido del siglo XX.
Lorca
no pasaba por una buena época en 1929. La historia canónica nos hablaría del
viaje por Nueva York, Vermont y Cuba, lugares propicios para una transformación
que en verso cosechó un libro excepcional y en las tablas una obra donde las
máscaras caían y la modernidad campaba a sus anchas.
Hay
más, y lo han recopilado con maestría los profesores Maurer y Anderson en un
extraordinario volumen editado con su habitual maestría por Galaxia Gutenberg.
La obra compila el epistolario lorquiano del período, una cronología completa
del mismo y la sucesión de recuerdos de todos aquellos que vieron, pensaron y
hasta imaginaron a nuestro protagonista en su estancia entre la capital del
mundo y la antigua colonia española.
Las
cartas que escribió el mismo Federico muestran a un hombre encantado con la
experiencia de perderse en el marasmo desde una relativa calma propiciada por
su estancia en la Universidad, excusa de un itinerario donde las mentiras que
cuenta a sus padres, siempre bien informados de sus andanzas, son más bien
piadosas en pos de justificar el dinero recibido. Es gracioso comprobar cómo en
las epístolas se cuenta una ficción que, obviamente, poco o nada tiene que ver
con la realidad neoyorquina del poeta, entregado al descubrimiento de un
universo donde su carisma hacía innecesario aprender inglés porque sabía
ganarse a cualquiera sin hablar, sólo con su presencia. Esta magia le abrió las
puertas de una atribulada vida social en la que conoció a escritores de todo
tipo mientras se sumergía en el conocimiento de la negritud que paragonaba a lo
gitano, idea que evolucionó en La Habana, cuando comprobó que la musicalidad de
la isla tenía un color único, ciertamente incomparable. Ese compás inédito es
una buena metáfora del significado de su estancia en el extranjero, fuga e
iluminación a partes iguales.
En
las cartas vemos a un hombre que vive la Historia en directo, el episodio del
crack bursátil de 1929, y se preocupa ante la incertidumbre de su país, en
plena agonía de la dictadura de Primo de Rivera. Asimismo se percibe una
nostalgia casi infantil, de niño protegido que debe volar pese a querer volver
al nido para seguir con su periplo existencial y literario, aliñado durante su experiencia
ultramarina por el contacto con tradiciones que dotan a su pluma de otra
dimensión y refuerzan la afirmación de su propia sexualidad.
Federico
García Lorca mitigó la distancia del terruño por la ingente presencia española
en la urbe estadounidense y en la capital cubana. Los recuerdos muestran como
Ignacio Sanchez Mejías, la Argentinita, Dámaso Alonso, García Maroto, Fernando
de los Ríos, León Felipe, Julio Camba y otros compartieron charlas, horas y
risas con el poeta, de quien se dibuja un retrato que fluctúa entre la crónica
y el espejismo de su posterior encumbramiento trágico. Alguna que otra anécdota
tiene el trazo de improbables recuerdos. Si bien se especifica que Nueva York
tenía un aire fresco, donde todo el mundo se conocía, suena incierto que Hart
Crane y el granadino intimaran en casa del primero entre marineros y diversión.
El
volumen se centra más, sobre todo porque hay más documentación, en la fase
norteamericana. Sin embargo la unión de las piezas transmite la sensación que
el cambio con mayúsculas llegó en Cuba, donde puede que ciertas similitudes con
ciudades andaluzas y el idioma hicieran de la estancia una especie de paraíso
de liberación que afirmaron la personalidad del autor de Bodas de sangre,
cambiado de pies a cabeza, más consciente de sí mismo, con menos inocencia y un
tono más rudo que captó Norma Bricknell en la despedida, como si la alegría
hubiese virado hacia otro estado, mutación de crecimiento, avance hacia la
consolidación de un estilo que enterraba el pasado y fusionaba dos esferas en
una sola mente que desde entonces supo hilvanar el entusiasmo por su tierra con
las dadivas de otras latitudes siempre beneficiosas.
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