martes, 31 de diciembre de 2013

Federico García Lorca en Nueva York y La Habana: Cartas y recuerdos



Federico García Lorca en Nueva York y La Habana: Cartas y recuerdos, por Jordi Corominas i Julián
Christopher Maurer, Andrew A. Anderson, Federico García Lorca en Nueva York y La Habana: Cartas y recuerdos, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2013

Hay encrucijadas que el público conoce a través de su leyenda. Cuando penetra en su interior se sorprende y goza porque el mito cobra forma humana y desde sus defectos podemos comprender mejor sus virtudes. En este sentido está bien claro el antes y después que para Federico García Lorca supuso cruzar el charco. La publicación en 1927 del Romancero gitano le brindó el éxito anhelado, difícil de gestionar y repleto de tópicos que duran hasta nuestros días. Daba la sensación que el triunfo venía envenenado y se aliaba con otras facetas de la existencia para complicar la vida al que con el tiempo se ha erigido como el poeta español más conocido del siglo XX.

Lorca no pasaba por una buena época en 1929. La historia canónica nos hablaría del viaje por Nueva York, Vermont y Cuba, lugares propicios para una transformación que en verso cosechó un libro excepcional y en las tablas una obra donde las máscaras caían y la modernidad campaba a sus anchas.

Hay más, y lo han recopilado con maestría los profesores Maurer y Anderson en un extraordinario volumen editado con su habitual maestría por Galaxia Gutenberg. La obra compila el epistolario lorquiano del período, una cronología completa del mismo y la sucesión de recuerdos de todos aquellos que vieron, pensaron y hasta imaginaron a nuestro protagonista en su estancia entre la capital del mundo y la antigua colonia española.

Las cartas que escribió el mismo Federico muestran a un hombre encantado con la experiencia de perderse en el marasmo desde una relativa calma propiciada por su estancia en la Universidad, excusa de un itinerario donde las mentiras que cuenta a sus padres, siempre bien informados de sus andanzas, son más bien piadosas en pos de justificar el dinero recibido. Es gracioso comprobar cómo en las epístolas se cuenta una ficción que, obviamente, poco o nada tiene que ver con la realidad neoyorquina del poeta, entregado al descubrimiento de un universo donde su carisma hacía innecesario aprender inglés porque sabía ganarse a cualquiera sin hablar, sólo con su presencia. Esta magia le abrió las puertas de una atribulada vida social en la que conoció a escritores de todo tipo mientras se sumergía en el conocimiento de la negritud que paragonaba a lo gitano, idea que evolucionó en La Habana, cuando comprobó que la musicalidad de la isla tenía un color único, ciertamente incomparable. Ese compás inédito es una buena metáfora del significado de su estancia en el extranjero, fuga e iluminación a partes iguales.



En las cartas vemos a un hombre que vive la Historia en directo, el episodio del crack bursátil de 1929, y se preocupa ante la incertidumbre de su país, en plena agonía de la dictadura de Primo de Rivera. Asimismo se percibe una nostalgia casi infantil, de niño protegido que debe volar pese a querer volver al nido para seguir con su periplo existencial y literario, aliñado durante su experiencia ultramarina por el contacto con tradiciones que dotan a su pluma de otra dimensión y refuerzan la afirmación de su propia sexualidad.

Federico García Lorca mitigó la distancia del terruño por la ingente presencia española en la urbe estadounidense y en la capital cubana. Los recuerdos muestran como Ignacio Sanchez Mejías, la Argentinita, Dámaso Alonso, García Maroto, Fernando de los Ríos, León Felipe, Julio Camba y otros compartieron charlas, horas y risas con el poeta, de quien se dibuja un retrato que fluctúa entre la crónica y el espejismo de su posterior encumbramiento trágico. Alguna que otra anécdota tiene el trazo de improbables recuerdos. Si bien se especifica que Nueva York tenía un aire fresco, donde todo el mundo se conocía, suena incierto que Hart Crane y el granadino intimaran en casa del primero entre marineros y diversión.




El volumen se centra más, sobre todo porque hay más documentación, en la fase norteamericana. Sin embargo la unión de las piezas transmite la sensación que el cambio con mayúsculas llegó en Cuba, donde puede que ciertas similitudes con ciudades andaluzas y el idioma hicieran de la estancia una especie de paraíso de liberación que afirmaron la personalidad del autor de Bodas de sangre, cambiado de pies a cabeza, más consciente de sí mismo, con menos inocencia y un tono más rudo que captó Norma Bricknell en la despedida, como si la alegría hubiese virado hacia otro estado, mutación de crecimiento, avance hacia la consolidación de un estilo que enterraba el pasado y fusionaba dos esferas en una sola mente que desde entonces supo hilvanar el entusiasmo por su tierra con las dadivas de otras latitudes siempre beneficiosas.