domingo, 4 de diciembre de 2011

Pecadores United o gritar por una nueva mirada en Grund Zine



Pecadores United o gritar por una nueva mirada, por Jordi Corominas i Julián


Llevo unos días pensando en este artículo. Os confieso que no tengo ni la más remota idea de escribir con la mente puesta en los caracteres a rellenar, y eso puede que dificulte mi tarea, por lo que decidido dejarme llevar y montar un texto libre, de esos que hablan solos y dicen más verdades que la boca esa que está en Roma y que la mayoría conoce porque al director de una película le dio por filmar a Audrey Hepburn depositando su manita en pos de una seducción vacacional. Mi idea parte del deseo, y mientras reflexionaba sobre sus vericuetos se mezclaron varias cosas en mi cabecita. El punto de partida es I want you de mis queridos Beatles. Mediante esta canción alcancé la conciencia, siempre presente por muchos años que transcurran y canas que surjan, de no poder ser pintor ni pianista. Lo primero es un problema familiar. Mi madre es profesora de Historia del Arte y de pequeño me compró un caballete y muchos colores para que dibujara en el jardín del pueblo. La experiencia fue positiva, pero por algún motivo abandoné los pinceles y me dediqué a la contemplación montado en bicicleta por paisajes rurales, pues en la ciudad la polución era terrible y nunca quise llevar esas máscaras que tanto gustan a los japoneses.


¿Y qué coño tiene que ver todo esto con la cultura? De las aspiraciones picassianas de mi progenitora recogí el testigo con una cámara fotográfica. Puede que una antigua charla me decidiera por el carrete en blanco y negro, así mis instantáneas serían similares a las de las películas que tanto adoré de pequeño. Perry Mason y sus casos. Sed de mal y la gordura de Orson Welles. El tercer hombre y las sombras. Nosferatu y el miedo. Me va la épica, lo reconozco, y está en la calle, en cada esquina, en vosotros y en los gestos que podemos captar en el día a día. La belleza de un cruce de piernas con clase. Un cigarrillo arrasado por la velocidad de un Supermirafiori. Una radiografía perdida en una avenida y ojos que captan las minucias significantes para que no se destruyan en su fugacidad que no interesa a la sociedad modelada para parecerse a una hamburguesa norteamericana.




Lo de disparar adquirió otra dimensión con la cámara digital. Me despojé de un inexplicable miedo a enfocar a mis semejantes y surgió una poética más completa. La anterior era de espacios vacíos y alternaba localizaciones urbanas con sus silenciosos objetos y casualidades estéticas. Nunca valoramos lo suficiente una mancha roja en medio del asfalto, capaz de crear un lienzo de la nada, dichosa por la ignorancia de nuestra claudicación a galerías y museos. Hice expos en bares, salí en revistas y hasta me ofrecieron publicar un libro. La crisis estropeó esos planes. La maldita economía y mi esquizofrenia multidisciplinar. Mola ser tan prolífico sí, pero uno en ocasiones debe optar por la concreción y aplicarse a fondo para mejorar. Comprendí que la fotografía era un mero mecanismo válido para desarrollar un lirismo, y así me acerqué siempre más a la poesía, que es la reina del mambo, no lo duden ni un segundo, y uso este vocablo porque repetir instante es feo, las composiciones con pluralidad léxica salen más redondas.




Luego aterrizó la música. De las artes plásticas extraigo símbolos que influyen en mi literatura. La narrativa depara sorpresas. La estructura es una perla fundamental, argamasa sin la que no se puede respirar. Los relatos la piden, salen de manifestación para reclamarla en su cuerpo. Les hice caso, caí en la redundancia de repetir más de cuarenta veces el recorrido de una asesina ficticia y hallaba complicidad por todas partes. Un Stop en su justo punto de cocción. Un callejón oscuro. Una bandera de delirio y un cajero estropeado. La puerta con un cartel y las escaleras del preludio. Puse el punto y final. Viajé a Roma sin ser una anoréxica de tendencia. Enfermé en un loft, porque yo lo valgo. Y así, porque me había picado una mosca melódica, tuve una regresión a la infancia y me puse a tope con los sesenta británicos. El bajo fluía y Youtube me daba energía a raudales sin esclarecer el enigma. Nunca me canso de contar esta historia, soy cómo un abuelo que narra batallitas a sus nietos. De enero a marzo de 2008 vagué por media Europa, es una exageración, con una libreta roja en la que recogía apuntes de voces interiores, charlas de bares, ocurrencias, disparates, dislates y tuercas huérfanas. Y oigan, la realidad es enorme, no es justo que las criaturas penen sus horas tan olvidadas. Ya está bien de amor, dinero y recurrencias de Corte Inglés. Berlín abrió la puerta y surgieron los Paseos Simultáneos. ¿Oye, y porqué no juntas todo lo escrito sin ton ni son, le das un orden y engendras la totalidad? Pasan demasiadas cosas en muchos puntos del universo. No soy cósmico, tampoco lo pretendo. Simplemente se trata de trascender límites y derribar murallas. Está de moda hablar de revolución. Mi decepción con el siglo XXI estribaba en no reconocer señales de metamorfosis. Cada centuria irrumpe con potencia y desbarata lo anterior. Las torres gemelas no fueron una efeméride, inauguraron una senda de acontecimientos dignos de figurar en manuales de Historia. Sin embargo mi memoria del Novecientos y su fulgurante despertar se mueve más por cubismos, Vienas, Dublines y una increíble exaltación de ser ateos de la barrera, algo de lo que adolece nuestra época, que usa los nuevos inventos tecnológicos para epatar con tonterías de consumo rápido, piezas efímeras a las que se les da trascendencia a bombo y platillo mediante, pulsen el botón de fatal error, una sobreexposición de egos que conducen por carreteras lamentables, vendedores de humo que anuncian maravillas y se ríen de todos con inigualable cinismo.


El Pop se ha malinterpretado
vendiéndose en un catálogo
de mercadillo trasnochado
donde los sinvergüenzas
farisean la amnesia del arte
traficando con la decencia.


Mientras eso sucede las hormiguitas acumulan sus alimentos para construir edificios más sólidos y duraderos. La vanguardia siempre ha sido ninguneada. No me erijo aquí como adalid porque eso es absurdo. Que hable el trabajo, que prospere y dé longevos frutos. Innovar es un vocablo que muchos emplean con demasiado descaro, con el engaño de una mísera arrogancia de desconocimiento de la tradición, lo que delata la impostura y agrava el delito. Para sembrar una cosecha insólita hay que recoger el guante del pasado y agarrar con brío los mecanismos de transformación. ¿Cómo? Desde luego no con la introducción de un sms en un poema, eso sólo sirve si la situación lo requiere. ¿El chat de Gmail? ¿Un perfil de Facebook? Todo es útil, la cuestión radica en saber que el abuso es un fracaso de falta de ética y podredumbre intelectual, un fraude con exceso de acólitos que propagan a los cuatro vientos escasez ética y desapego por la literatura por amor a la pasarela.


El otro día fui a Cibeles
estaba en las redes sociales
y vomité con Harpo Marx
en una trastienda lumínica.


La culpa no es de ellos. En los ochenta la televisión pública emitía para niños y adultos las películas de Charlot y de los hermanos con apellido izquierdoso. Por la tarde Disney no era una perversión. Mickey Mouse navegaba por los mares y mis coetáneos jugaban a fútbol en las plazas. De repente, con la caída del comunismo, la bestia capitalista se aposentó en el sillón global y la Fórmula uno se instaló en el cerebro humano. El corre corre que te pillo devino histeria de protagonismo y los congelados triunfaron en el supermercado, sin causar furor en el ultramarinos. El sabor se derritió y una melodía monocorde dio la razón a Pier Paolo Pasolini, quien antes de su asesinato comentaba los peligros de la homologación, de esa unidad cancerosa que significa la contradicción del sistema. Todos seréis iguales, no para bien, sino para ejercer un férreo control. La diferencia será castigada. La oveja que se apee del rebaño arderá en la hoguera de la indiferencia por su osadía, que en la posmodernidad es sinónimo de envidia, no de endivia.





Pues estamos bien Corominas. El panorama que presentas es digno de un pájaro de Kun agüero. Mal, que admiro al argentino, pero no profanes lo sacrosanto del refranero. Vale, de acuerdo. Chateau. No hombre, chapeau, sombreros de ala ancha para protegerse del aguacero. Eso sí, vístanse con decencia, circulen a cara descubierta. Se lo advierte un tipo que se exhibía con una máscara en una performance que quizá resuma a la perfección lo que soy y seré. En Loopoesia, que ha evolucionado muchísimo desde su estreno en 2009, intento mostrar cómo de la combinación de muchas especialidades culturales puede salir un todo que haga el amor al público dando guerra, un vehículo para la reflexión con teatro, poesía, audiovisuales, danza, metáforas objetuales, un discurso lírico desde la suite y música que acompañe el conjunto y forme parte de él. Soy un esclavo del concepto y sé que me comprometí a no repetirme. Es la totalidad, que me embarga. Si publico un libro quiero que el diseño de la portada se adapte con el contenido, las postales son para enviar. Si me da por parir un acto público el rompecabezas no puede tener ni una sola fisura, y eso seguramente tiene un viento de compromiso y respeto en el que entra de lleno la música, que es la segunda protagonista del rollo que os estoy soltando.


En Loopoesía aprendí a mezclarla por temor a un puro de la SGAE. Mi primer socio mencionó que excederse de veintiocho segundos es pecado mortal con multa monetaria. Apuramos. Luego, ya solito en la tarea, me apasioné con los sonidos, que me recompensaron con una serie de descubrimientos maravillosos. Naturalmente sabía de ritmo, tempo y otras particularidades, de otro modo no tendría derecho a presentarme ante vosotros tan tranquilo. Lo que me aportaron fue la doble dimensión de divertirme más que nunca con los versos y la prístina ventana de acceso a una especie de revelación. Ahora cuando quiero escribir un poema me preparo cual maratoniano, dejo que su idea se aposente en la testa, salgo a comprar el pan y luego ejecuto la faena en plan torero. Asimismo también me siento delante del ordenador y para reposarme de manera activa abro un programa de producción, introduzco pistas grabadas y desde su desunión las junto con lógica. De este modo aprehendo el proceso y consolido la ausencia de fronteras, factor que pese al tratado de Schengen la mayoría sigue sin apreciar en absoluto y que tiene estrecha relación la aborrecible solemnidad que impregna el tejido cultural.


Lo solemne es el enemigo al ser un muro de alienación endogámico. Decía Jaime Gil de Biedma que sólo los poetas leen a los poetas, frase que expande nuestra predicción y confirma la genialidad del barcelonés, siempre fino en sus apreciaciones. La máxima puede aplicarse a cualquier ámbito de la esfera que nos concierne. No tengo varitas mágicas ni bolas de cristal. Sólo sé para acercar lo que se considera elitista hay que mojarse el culo y eso encaja bien con un escenario. En Barcelona la cosa se vuelve más peliaguda. El respetable que asiste a los espectáculos es soso, aplaude poco, ama el mutismo y expresa su admiración con gafas de pasta y una hipócrita palmadita en la espalda. ¿Y qué? No importa, se propone, se expone y luego se descansa hasta el siguiente round. Poesía sin la mano en el mentón, música experimental sin instrumentos hiperbólicos en la platea, literatura honesta con ingredientes rompedores. Honestidad y cabaret de la inteligencia. Nos hemos hartado de la política y detestamos ser catedráticos de economía por imposición. El virus que desatan los pilares se esconde en otras partículas. Lucano, en el remoto siglo primero después de Jesucristo, mentó guerras más que civiles. Nosotros tenemos crisis más que económicas, por lo que urge enfundarse un mono anómalo, desafiar lo que algunos establecen como canónico y seguir a rajatabla el decálogo de Baudelaire. En un reciente poema me alié con el francés en su cruzada por pisar la corona de laurel en los Campos Elíseos. ¿Qué sentido tiene aspirar a la torre de marfil? ¿Qué impulsa la petulancia de querer halagos de pacotilla? La Biblia sabía mucho de vanidad y quizá la iglesia católica sigue siendo un modelo incrustado en el ADN, lo preocupante es que sea el leitmotiv secreto de tanto ego descarriado. La solemnidad es bazofia y el arte es de todos. Oh Corominas, eres más iluso de lo que pensábamos. No queridos modernos de quita y pon, se trata de creer con mayúsculas y desterrar utopías y quimeras al cajón de la pestilencia. ¿Imposible? Esa palabra no existe. Napoleón no estaba loco. Si fuera por mí elegiría la ruta de Salinger, quien continuó su labor aislado del mundanal ruido, amanuense que detestaba el mundillo, no así la escritura. Me gustaría seguir su ejemplo, pero no puedo, y la cosa no va de misiones, simplemente si tengo una convicción lucho por ella con todo mi ser hasta alcanzarla, y la actual versa sobre la accesibilidad de las letras a la mayoría. ¿Queréis que la gente lea? ¿Queréis que las obras no acumulen polvo en las estanterías? Proponed vías radicalmente opuestas a las que entorpecen la curiosidad humana y la restringen, que suena en algo a estreñir, a un microcosmos con el que se ha de pactar, infiltrándose, para prender la mecha que haga temblar la pirámide hasta allanarla en una recta al alcance de cualquier mortal.





Empecé esta reflexión descoordinada, que seguramente exija más de una lectura para ser comprendida en su integridad, con I want you de The Beatles. El tramo final de la canción, entre 4:35 y 7:47, resume determinados anhelos. Las guitarras se doblan con naturalidad e invaden nuestra mente. La repetición, que tanto hemos denostado a lo largo de estas páginas, hipnotiza, el bajo apostilla y la batería regala suavidad. La capacidad de ese fragmento aúna demasiadas virtudes, entre ellas la primordial de hacerme notar que en esos acordes tan bien hilvanados quizá esté el sentido de la creación. Emociona, transmite y descarga electricidad en todos los poros de la piel. Es sexo y es dulzura, lujuria, bienestar y perfidia. Transporta a un estado indescriptible donde volvemos a ser niños. En Roma città aperta la mítica escena final muestra a unos infantes que acaban de asistir a un fusilamiento. Se abrazan mientras descienden la colina, con el Vaticano al fondo, referencia que Rossellini juzgó idónea para el universo posterior a la barbarie nazi. Abracémonos y mantengamos la mirada infantil. El horizonte no será la cúpula de Michelangelo, debemos llenarlo con nuestras ideas.

5 comentarios:

Popi dijo...

Le pasaré el enlace a mi hermanillo, un fan de los Beatles. Supongo que apreciará cómo desgranas ese tema.
Yo empiezo a ser fan tuyo. Espero verte algún día en acción, que siempre estoy a punto pero la pereza,la timidez, también el poco entusiasmo del público que suele ir a esos lugares, y ahora el frío, me echan para atrás.
Saludos.

Jordi dijo...

Que cosas tan bonitas de leer. Estás por Bcn o donde??? No te cortes, si algo intento en esos lugares es romper el frío que mencionas...

Parce dijo...

Las fotos que ilustran la entrada son impagables. ¡La de McDonald's es de premio!

Jordi dijo...

jajajjaa parce,tu me ganas, las de tu blog son cojonudas, con la estatua de la libertad pedigüeña me he descojonado vivo

Popi dijo...

A ver si me animo a pasar algún día. Estoy a 45 minutos de Can Fanga en tren.
Estaré atento.