viernes, 2 de diciembre de 2011

Una breve historia de Loopoesía en Excodra literatura


Una breve historia de Loopoesía, por Jordi Corominas i Julián

Han pasado ya casi tres años desde que, sin saberlo, di rienda suelta a mi imaginación y concebí, con la colaboración de otros socios que suplían mis carencias, el proyecto multidisciplinar Loopoesía, que al representarse en un escenario se adecúa con lo teatral aun sin serlo. Durante todo este tiempo me he divertido mucho con varios factores internos y externos del show. Naturalmente lo que más me ha recompensado es todo el montaje que permite descubrir un sinfín de posibilidades basadas en la ausencia de límites desde un límite. Lo que más me ha disgustado, es hora de hablar claro, es la pasividad de determinado público sabelotodo y la suficiencia de personas que por no comprender solventaban el asunto con simplezas propias de la mediocridad que no piensa, de la ausencia de esfuerzo y la aceptación de la banalidad. Triste, porque uno en cualquier actividad que desarrolle debe ser exigente consigo mismo y aplicar tan importante factor a los demás. Mover la inteligencia, exigir pensamiento y lograr que una representación sea una explosión de ideas que dejen algo en la retina y la mente del espectador.


Otros, los más osados, han calificado el espectáculo de vanguardista e innovador. No seré yo quien defina lo que hago con esos adjetivos. Hace poco Gonzalo Suárez me comentó que al fin y al cabo cualquier acción más atrevida se resume en un deseo de vivir y enterrar lo anquilosado, respirar con normalidad con gotas de desafío. Es obvio que Loopoesía nace por un hastío de lo visto en el presente, del soberano aburrimiento de la solemnidad y unas formas de acercar la poesía al público mezquinas que perpetúan la idea del verso como un reducto minoritario repleto de temas manidos, lugares comunes que crían polvo y no avanzan. Tal visión de las cosas tiene un ligero punto de verdad que se consolida porque los agentes que podrían familiarizar al respetable con esta expresión literaria tampoco salen de su torre de marfil. No soy nadie para subsanar tal error, pero no negaré que parte de la motivación loopoética navega por un mar que quite miedos y propicie una mayor conexión, bien distante de lo elitista. Aquí podríamos entrar en contradicción, porque las mismas características del proyecto- con su mezcla de poesía, música, audiovisuales, danza, teatro y performance- indican altos vuelos, accesibles desde mi punto de vista para cualquier hijo de vecino que acepte el reto que propongo.




La estructura y su evolución: una historia de cambio y evolución sin freno.
Si quisiéramos montar una fábula legendaria sería justo explicar que Loopoesía arrancó un jueves de febrero de 2009 en el Bar Fantástico de Barcelona. Neill Higgins pinchaba y le propuse mezclar música para la suite Las Nocheviejas del Patriarca. Aceptó y desde aquel instante un torbellino de ocurrencias sacudió nuestras conciencias. Me pondría un traje violeta con una camisa rosa, me enfundaría una máscara blanca, decapitaría a una muñeca fascista, tiraría gominolas contra el público y gritaría Carmen en plena posesión diabólica además de insistir en ser Isabel la Católica. Ambas mujeres causaban furor y muchas personas coreaban sus nombres tras las actuaciones. Fue fantástico.


Sí, vale, de acuerdo. Así fue la primera ráfaga, que hubiera sido utópica de no ser por mi deseo de musicar Las Nocheviejas del Patriarca. En 2008 hilvané un poema río en 136 fragmentos, Paseos Simultáneos (Vitruvio, 2010) que sirvió de inspiración para una composición más corta que nació después de un paseo completamente narcotizado por Santa María de Palautordera. Las imágenes de los versos eran tan potentes y se encadenaban entre sí con naturalidad y parecían destinadas a ser absorbidas por la vertiente pionera del lirismo, la combinación de una melodía con los poemas. Si especifico este punto es porque la base esencial de Loopoesía, en todas y cada una de sus variantes, siempre han sido los versos, lo demás es un complemento que los refuerza y les da más energía.




El primer show fue el 14 de marzo de 2009 en La Cova de les Cultures. Duró quince minutos y recuerdo ser un vendaval descontrolado. Neill se puso una careta de tigre que compramos en una tienda de disfraces y el todo fluyó con imperfección. Por temor a la SGAE debíamos reducir los segundos de las piezas elegidas, de ahí el nombre Loopoesía, porque nuestra escasa pericia nos obligaba a seleccionar fragmentos que se convertían en delirantes bucles, y no precisamente de ricitos de oro.


Durante cuatro actuaciones épicas fuimos perfeccionando los engranajes. Incorporamos dos piernas de maniquí que me regaló una tendera del barrio. Enganchamos a los muros de los locales donde hacíamos la performance símbolos loopoéticos. Lady Di, Pericles, George Harrison, Paul McCartney fumado, la Duquesa de Alba y otras ilustres personalidades acompañaban nuestros pasos. Perpetramos nuestro crimen, algo ampliado en tiempo, por Barcelona y hasta en una librería de Cambrils, donde percibimos que éramos capaces de interpretar el show en un espacio minúsculo. No importaba el enclave, la clave era aprovechar al máximo sus recovecos y conquistarlos mientras sonaba nuestra apoteosis y servidor escribía en una libreta que desgranaba versos mientras mi voz congelaba el reloj.




Tras el show de la librería avanzamos un poco más. En invierno había parido otra suite, La balada del delineante, y la enlazamos con las Nocheviejas. Las dos juntas casaban bien, pero para potenciar más la propuesta modificamos la estructura e incorporamos proyecciones audiovisuales. La obra arrancaría con La balada del delineante, nadaría durante diez minutos con un interludio donde participaría la bailarina Bettina Diamond y cerraríamos con las Nocheviejas con la decapitación de la muñeca en medio del bucle alucinado de A day in the life+Wagner. A diferencia de lo que luego hicimos mis diálogos durante la actuación y los movimientos eran anárquicos, con un sentido diverso en función de mi estado de ánimo. Perdía dos quilos por show con tanto vaivén, y hasta me animé a tocar el piano con los pies. Durante el primer año puedo afirmar sin temor a equivocarme que toda la estructura fascinaba y no se entendía correctamente porque una porción de dadaísmo eclipsaba el significado absoluto de Loopoesía. La gente confesaba tener miedo, y ello acaecía por el sonido, las luces y la máscara de mi alter ego Jean Martin du Bruit. Con Neill nos lo pasábamos en grande. La mezcla en directo fue nutriéndose de nuevos elementos y hasta el Dj tigresco, con su nickname Anónimo toledano, se lanzó a jugar con armonías. Cuando yo decía lo de Yo soy Isabel la Católica él respondía con Yo soy George Harrison, lo que en medio del marasmo creaba un efecto que descolocaba a propios y a extraños y contribuía a la intencionalidad de pequeño universo particular del proyecto.


A finales de 2009 Loopoesía estaba más que consolidada en Barcelona. La primera bailarina emigró a Inglaterra y fichamos a Laura Fillola, quien durante año y medio se convirtió en un referente básico que revolucionó y dio más importancia de la que tenía a la danza en el proyecto. Laura es experta en improvisación y leyó desde que debutó la relación de los versos con la música. Puedo decir sin equivocarme que ella bailaba los poemas, algo ciertamente abstracto que ella hizo sólido. Asimismo en los últimos compases del mismo año resolví concebir una nueva suite anual, como si el proyecto fuera un grupo de música que sacara un nuevo Lp. Lo hice para no traicionar la motivación inicial. De haber seguido siempre con lo mismo hubiéramos caído en una inercia conformista absolutamente contraria a nuestra filosofía.




2010 fue de Los jugadores de ajedrez de Plaza Catalunya. Un día de lluvia paseaba por el centro de mi ciudad y observé que los habituales jugadores de ajedrez se habían desplazado a la puerta de un banco para no mojarse. De repente vi que esos hombres que quedaban para practicar su deporte favorito eran los agentes anónimos que movían los hilos de la ciudad. El ritornello del poemario fue Ellos lo saben todo, al que Neill le proporcionó impacto sonoro con un piano terrible y demoledor. Pom pom pom. Los poemas de la suite retrataban situaciones cotidianas a las que no solemos prestar atención, desde los pensamientos de los que esperan a su cita pasando por habitaciones de hotel, cementerios, bares cerrados tras la agitación de la noche, los modernos, los mercados y un círculo perfecto clausurado con el horario laboral de un hombre que deja a su mujer a primera hora de la mañana y retorna al hogar ansioso por hacer el amor.


Presentamos la propuesta en Madrid. A diferencia de nuestros primeros experimentos, pues Loopoesía siempre ha tenido la virtud de añadir variantes entre show y show si mejoraban lo anterior, queríamos ofrecer una mayor calma. Tras cada poema había una pausa de treinta segundos en la que desgranaba el sentido de los versos, pausa que también aliñaba con buenas dosis de crítica. La máscara atenuaba mis cuerdas vocales, desfigurando el tono de mis palabras. La estructura siguió siendo la misma, con un primer segmento del poemario, un interludio que me atreví a componer musicalmente y una segunda parte de traca donde continuábamos con algunos vicios adquiridos, inercia negativa de saber que ciertas cosas gustaban al público, desde la decapitación de la muñeca hasta el final seco que luego, por una súbita inspiración, se metamorfoseó en un mi ser erigido en peonza humana durante cuarenta segundos hasta que hacía la reverencia de agradecimiento.


A mediados de 2010 Neill abandonó el proyecto. Quedamos Laura y quien escribe. No nos sentíamos cómodos con la música y aprovechamos una buena oportunidad para renovarnos. El siete de noviembre el Papa Ratzinger visitaba Barcelona y planeamos un evento rupturista, único e irrepetible. Jean Martin du Bruit sería Pontífice por un día con una misa loopoética que celebraríamos el mismo domingo en que el Vicario de Cristo en la tierra consagraría el templo de la Sagrada Familia. El aire fresco nos dio alas, como si hubiéramos cambiado de casa, así, de golpe y porrazo. La estructura sufrió cambios fundamentales. El Papa entraba en el local, el Macondo del Guinardó, en una silla de ruedas, flanqueado por tres monjas. Luego procedía a su homilía, que alternaba una prédica y un poema grabado que completaba el discurso. Los versos eran bailados por Laura y Giuliana. En el interludio una orgía de santos imaginarios pobló el escenario hasta que irrumpió Rakel Delgado, que violaba al Papa sin pudor alguno. Una vez recuperado de tanto susto entoné la recta final alzando mi vaso de hostias, un orinal naranja en forma de elefantito que contenía gominolas. Nada de cuerpo de Cristo. Loopoesía es amor, santo y seña del proyecto. Congregamos a más de un centenar de personas en un barrio casi periférico a las siete de la tarde. El éxito fue tremendo y confirmaba las buenas sensaciones que teníamos desde octubre, cuando en el show normal nos desatamos entre los bailes de Laura, Lola Farigola en la platea, mis intervenciones vocales en el interludio y una serie de novedades que apuntaban hacia una nueva senda.

Sin embargo la misa fue el verdadero antes y después. Tomamos nota para 2011, desechamos una hipotética suite sobre el metro y enfocamos nuestra actividad a perfilar un espectáculo dedicado al Negro de Banyoles, bosquimano que penó durante siete décadas y media en la vitrina de un museo de Ciencias Naturales de Banyoles, como si fuera lo más normal del mundo tener a un hombre disecado para regocijo de autoridades, niños y otros bichos raros. Me documenté para la suite, quizá la más completa de la historia del proyecto, lo que también implicó, y fue muy importante, cambiar los objetos escénicos, preparar una proyección audiovisual muy potente, con 350 imágenes que encajaban con la evolución narrativa del espectáculo, quitarse la máscara para hablar sin tapujos de un tema tan serio, sepultar a Jean Martin du Bruit y componer una música mucho más elaborada que en las anteriores propuestas. Ahora, salvo en el baile, llevaba completamente las riendas y los resultados no tardaron en llegar. Ganamos prestancia, prestigio y sólo padecimos un descenso de público, en parte porque a muchos les costaba entender que no hacíamos lo mismo, no cuesta nada ir a Youtube y percibir la evolución, y porque la crisis en general ha generado un descenso de las audiencias. Con el negro topamos con un problema eminentemente catalán. Los grandes teatros no quieren apostar por la experimentación, aún menos si esta se vuelca con un tema que chirría en una época tan políticamente correcta. En cambio, y esto hay que remarcarlo, una multinacional del calibre de Fnac nos invitó a presentar en su sede de Callao la peripecia del negro. Triunfamos, alcanzamos un cénit absoluto.




Sé que al explicar así nuestro relato puede parecer que las dificultades han sido escasas. Hay que distinguir entre lo interno y lo externo. Lo primero ha crecido y sigue sin tener límites precisos porque ha aprendido que cada transformación es un paso adelante. Ir atrás es para los cangrejos, y en 2012 Loopoesía cobrará, es irremediable, un nuevo rostro. La temática versará sobre los inicios del siglo XX, combinando una charla entre Freud y Mahler y los supuestos crímenes de Enriqueta Martí. Habrá instrumentos anómalos en el escenario, proyecciones más complejas, música original de un servidor y un alternar entre voz registrada y recital en directo. Son esbozos que se precisarán a medida que los meses me desvelen incógnitas que sólo conocen mis neuronas. Por otro lado me gustaría que Loopoesía siguiera siendo una plataforma que propicia la eclosión de talentos y grupos jóvenes. A lo largo de nuestra actividad hemos organizado muchos eventos que dieron a poetas, músicos y performers un sitio donde exponer sus propuestas, y eso debe valorarse en su justa medida.





En lo segundo considero que hay varios factores de incomprensión. Es posible que el público no estuviera preparado. Muchos agradecen la valentía, otros, algo típico de este nauseabundo período histórico, muestran indiferencia y hasta desdén. No sé si es correcto emplear la palabra educación. A veces me da por reflexionar y compruebo, por mucho que sea algo carente de modestia, que no existe nada similar a Loopoesía en el panorama nacional, y eso genera reacciones encontradas, lo que no deja de tener mérito en un universo poético que con toda probabilidad se reduzca considerablemente en breve, pues es insostenible toda la constelación del último lustro, notoria en las redes por su autobombo que se diluye en las tablas.

Sólo queda contemplar el horizonte y dejar que una fina línea juzgue lo realizado. Entre tanta hamburguesa y refrito queda la tranquilidad de elaborar un mosaico que no se ciñe al ahora, de otro modo más que arte daríamos con nuestros huesos en la basura homologada que domina el cotarro. La ambición de acercar la poesía a la gente impulsa la idea, que no obstante va más allá, sin necesidad de manifiestos ni proclamas banales. El rumbo está marcado, queda dilucidar su destino.