viernes, 15 de junio de 2012

El intelectual en "Peligro de Extinción" de BcnMes





El intelectual, by Jordi Corominas i Julián


En Barcelona la movida literaria es fecunda. Proliferan libros, revistas y mil grupos que se reúnen en bares, librerías y antros de mala muerte. En este sentido la historia es la misma que en cualquier lugar del mundo. Lamento que no se produzcan escenas míticas como las que protagonizaba Joan Salvat-Papasseit junto a su troupe en el Céntrico de la Rambla, pero sé que la ciudad siempre será receptora de todos aquellos jóvenes ilusionados con labrarse un porvenir en el universo de las letras, jóvenes que en sus animadas charlas no hacen sino reproducir el aire que enmarca su época, tiempo catastrófico donde se echa mucho de menos la figura del intelectual, muerto con la caída del muro de Berlín sin merecer siquiera una triste necrológica.


El contexto es importante, y quizá pueda explicar la ausencia de tan destacada figura y la desesperanza de encontrarla desde una perspectiva de compromiso social, de agitador que con sus palabras logre erigirse en voz crítica contra lo establecido con palabras capaces de aunar a la mayoría del tejido social. Hace meses que no salgo tanto, y cuando asisto a fiestas de escritores me divierto sin más, aunque en ocasiones recuerdo que buena parte de los diálogos se centran en tal u otra novedad, sin olvidar chismorreos de Facebook, útil y dañino porque está generando una especie de burbuja artificial muy peligrosa, como si de repente en España existiera una gran comunidad de literatos surgidos de la nada, lo que no significa de por sí bonanza, sólo la constatación de algo que se ha producido siempre. Chicos y chicas con aspiraciones que ahora tienen la posibilidad de tener más visibilidad, factor que no usan para generar debate, sólo basta visitar las bitácoras más comentadas y darse cuenta que los comentarios de los usuarios son críticas más parecidas a Sálvame que a otra cosa.


La palabra intelectual nace en 1898 de la mano de un prodigio humano, el periodista y, posteriormente Primer Ministro francés, George Clemenceau, bestia que se alineó con el famoso J’accuse d’Emile Zola, carta de presentación de lo que debería ser este elemento necesario en su empeño de denunciar injusticias, el caso Dreyfus lo era de manera flagrante, y abrir la puerta de una conciencia colectiva.


La correspondencia vienesa de Zola era Karl Kraus, quien durante casi cuatro décadas se convirtió en el azote de la neurosis de su patria con Die Fackel, revista autoeditada donde nadie quedaba a salvo de la ira de un hombre tan odioso como admirable por transcribir en palabras la potencia de su afilada lengua. Un intelectual de su categoría suponía una molestia para el establishment y su brindis a la convención. Sus ataques, razonados y rabiosos, vertían en la atmosfera el miedo que ahora les falta a los sinvergüenzas que comandan el barco, que al pisar el ring notan que aún no hay un adversario en la esquina, por lo que ejecutan su melodía recortada con impunidad al no temer reacciones sólidas que desmonten su farsa.


En Pierrot le fou se menciona con ácido humor la inminencia de la civilización del culo. De ella hemos evolucionado a la del Photocall de lo vacuo, donde sin asistir a ningún evento ya se luce palmito y eso es lo que cuenta. Hay muchas formas de entrar en el juego, y seguramente un 99% de ellas guarda relación con la ausencia de contenidos y dar la razón a Warhol. La ilusión de quince minutos de gloria supera a la de la responsabilidad para con nuestros semejantes, si bien hay excepciones que tienen en su cerebro sobradas neuronas para revertir la situación.


El movimiento se demuestra caminando y no deja de asombrarme que haya sido nonagenarios los que han medio encendido una mecha que aún requiere de mucha lumbre para que el proceso adquiera cohesión. Hessel y Sampedro son luchadores de otra etapa que se cabrean al ver lo desértico del valle. Los medios recogen sus impresiones, manipulan a la ciudadanía con el vocablo indignados y nos quedamos tan panchos, aceptamos el invento y nada, a continuar, que son cuatro días y no importa que los jóvenes salgan a las plazas. ¿Dónde están las referencias actuales? ¿Por qué el discurso se basa en un ombliguismo preocupante cada vez más provinciano? Nos llenamos la boca con la globalización y la reducción de las distancias, nos creemos modernos por reeditar maravillosos clásicos, pero estamos tan ciegos que al divisar el horizonte lo hacemos en silencio, sin protestar por la deserción de una esencia intelectual que debe resucitar con nuevos brios para combatir una inercia de infamia que nos desarbola a su antojo mientras los bares no cierran y los me gusta llenan la pantalla de una satisfacción de duros a cuatro pesetas. Peinaremos canas y ya será demasiado tarde, y no, no es el medio, ciento cuarenta caracteres dan para mucho, sino la actitud.

Ilustración de Nil Bartolozzi