viernes, 8 de junio de 2012

La muerte y la dolce vita de Stephen Gundle en Revista de Letras







Algo más que un asesinato: “La muerte y la dolce vita”, de Stephen Gundle
Por Jordi Corominas i Julián | Destacados | 4.06.12



La muerte y la dolce vita. Stephen Gundle
Traducción de Pedro Donoso
Seix Barral (Barcelona, 2012)




El mar es sabio y su inmensidad hace pensar a los hombres que la muerte te escapará entre sus aguas. El mapa del crimen de cualquier gran ciudad lo tiene en consideración, y en Roma la cosa tiene desde la noche de los tiempos proporciones hiperbólicas. En la urbe los asesinatos nunca son una anécdota y se relacionan con el contexto histórico. La playa nos trae al recuerdo el adiós de Pier Paolo Pasolini, misterio clásico que puede servir para entender el punto de partida de La muerte y la dolce vita de Stephen Gundle, magnífica investigación sobre un caso nunca resuelto que terminó desvelando la vida oculta del poder en aquellos locos años cincuenta de Via Veneto, maggiorate y especulación immobiliaria.




La protagonista indiscutible del asunto era una chica de veintiún años que soñaba con las divas del celuloide, América y una vida lejos del suburbio y la modestia. Wilma Montesi era prototípica en ingenuidad católica y aspiraciones banales. La década que marcó el ecuador del siglo XX fue un momento anómalo, donde los mayores perpetuaban la tradición decimonónica y los jóvenes aún no habían comprendido que la novedad estaba a la vuelta de la esquina, preparada para provocar un terremoto. Wilma Montesi salió de su casa en Via Tagliamento el 9 de abril de 1953 y no volvió. Su cuerpo fue hallado en la orilla de Torvaianica treinta y seis horas más tarde.

Bien, una chica se ahoga, engullida por las aguas. La familia, modesta y sin muchos recursos económicos, inventó que la joven fue al litoral para darse un baño de pies, explicación absurda. Cerrar el embrollo, pasar página para no sufrir. ¿Por qué el cadáver carecía de liguero y presentaba magulladuras? ¿Por qué se aceleró el proceso de la autopsia y se corrió un tupido velo tan contundente? Wilma Montesi podía ser bien inocente, pero no así los chacales que en la oscuridad alentaban la ilusión de riquezas fáciles y fama instantánea.

Antes de Londres y los sesenta, Roma fue la capital de moda, el paraíso terrenal de diversión simbolizado en Via Veneto y sus terrazas plagadas de divas del celuloide y reyes desterrados, carne perfecta para los paparazzi y el curioseo de la gente normal, que de ningún modo podía permitirse esos lujos en la dura posguerra y se conformaba con alimentar la imaginación leyendo revistas, fotonovelas y asistiendo religiosamente al ritual del cine, puerta de lo imposible.

El país estaba dividido en dos facciones. Coppi y Bartali en lo popular. Democracia Cristiana y Partido Comunista en el poder. Las huestes de Andreotti y compañía monopolizaban las instituciones y tejieron una red sibilina con ayuda de la Iglesia y otros mandamases con los que convenía pactar. La mafia hacia de las suyas y el dinero corría con corrupta libertad.






¿Y Wilma? ¿Qué pinta en todo eso? El delito Montesi es apasionante porque en su interior confluyen los males de la Italia de esa época. Dar carpetazo no sirvió de nada. En una nación de porteras era lógico que alguien hablara y accionara una caja de truenos, rayos y centellas. Cerca del fatídico enclave un arribista tenía una casa donde se realizaban orgías con cocaína y mujeres de rompe y rasga. Ugo Montagna era su propietario y mantenía amistad con Piero Piccioni, hijo del Ministro de Asuntos Exteriores. Ambos se situaron en el punto de mira de la investigación como consecuencia de las pesquisas de un periodista que aprovechó la oportunidad para desatar un escándalo que amenazaba con sacudir el plácido orden de los que dirigían el tinglado tricolor con plena impunidad, sin miedo a condenas ni juicios sumarísimos porque el partido estaba amañado.



Lo que no impidió una mancha enorme que salpicó ese vestido impoluto. Montagna y Piccioni jugaron el papel de los ricos lujuriosos, cabezas de turco que tapaban vergüenzas mayoritarias de la clase política y empresarial. Las fiestas, que tanto recuerdan a las de Berlusconi y sus compinches en Villa Certosa, accionaban mecanismos donde lo humilde encajaba desde el abuso y el engaño. La mezcla de anhelo, sexo, drogas y jazz era un habitual coctel explosivo para aristócratas, trepas y bohemios, socios del oasis de vicio que entre bambalinas modelaba un oculto que se hizo público con el asesinato de Wilma Montesi. Los testimonios de varias jóvenes implicadas en los saraos, entre las que destacó Anna Maria Moneta Caglio, apuntaban a la enésima tomadura de pelo en la esquizofrenia de lo de arriba y lo de abajo. La moralidad predicada por el Papa y el gobierno era una farsa más para someter a un férreo control al resto de la población, entusiasmada en el tránsito de lo rural al consumismo, perdida en lo más profundo en la confusión entre las raíces y el dólar.

Y sin embargo, pese a su función catártica de desvelo de la mentira, nadie reaccionó ante tanto scoop mediático. La prensa en su afán de vender publicaba cualquier rumor, desde cábalas de tarotistas hasta opiniones de reputados expertos que no sacaron nada en claro de esa agonía judicial que duró un lustro y dio carta de legitimidad al universo del ocio romano como paradigma de un relativismo que ahondaba en la creación de una sociedad del espectáculo donde el oropel tenía siempre las de ganar.




El libro de Stephan Gundle entronca con la cada vez más frecuente tendencia del género ensayístico a dejarse leer como si de una novela se tratara, algo meritorio cuando, y aquí sucede, el texto demuestra estar bien documentado y el autor goza de una capacidad de análisis que se alía sin problemas con una prosa fluida que da más valor si cabe a un conjunto que vuela del neorrealismo a la asunción burguesa de la sociedad italiana. Visualicen películas, comparen a los personajes del Sordi de los primeros cincuenta con los chicos de Poveri ma belli y observen los omnipresentes trajes de 1962 en L’eclisse de Michelangelo Antonioni. Doce años cambiaron el rostro de la bota y el Affaire Montesi fue, como quien dice, la advertencia de que nada volvería ser igual por mucha miseria, bloques de pisos y pocilgas que la periferia acogiera. Lo importante era la luz positiva, la idea de prosperidad y el foco en Olimpiadas, belleza y exhuberancia. Wilma Montesi fue un estorbo, y puede que por ese mismo motivo nunca sepamos las verdaderas circunstancias de su homicidio.



En 1960 Federico Fellini rodó la que quizá es la mejor película de la Historia del cine, un monumental fresco de tres horas donde todo lo expuesto por Gundle se mostraba sin tapujos y con deprimente crueldad. Los hipócritas protestaron, las salas habilitaron cortinas que bajaban para tapar las escenas más fuertes. Educar en la represión cuando se vendía el despilfarro desde una óptica de ensueño era el acabose. Llegó la crisis y el miraje de esplendor fue despedido para quedar en la memoria con tonos agradables, sin partes sangrientas que ocasionalmente resucitan, como si así algunos quisieran precisar que algunas anécdotas son trascendentes al avisar del mal, aficionado a dejar indicios de su podredumbre sin que reaccionemos.