viernes, 14 de septiembre de 2012

Servicios públicos en "Peligro de extinción" de Bcn Mes





Servicios públicos, by Jordi Corominas i Julián

He pasado todo el verano alejado de Barcelona, lo que me ha permitido pensar mucho en el tema de esta columna. En principio pensaba dedicarla a la incompetencia manifiesta de Artur Mas, rey del cinismo al alentar al pueblo a manifestarse en pos de la independencia, bonita palabra demasiado manoseada por el Molt Honorable, un caradura capaz de incitar a la rebelión contra España mientras arruina a base de recortes un bienestar que siempre parece más lejano.


Otra opción era explicaros la progresiva desaparición del charnego clásico, pero ya tendremos tiempo para tan concienzudo análisis. Al final he optado por abordar una problemática que sufrí en primera persona hace algunos años, lo que con toda probabilidad la convierte en más querida, una especie de eterno caballo de batalla por el que lucharé mientras mis fuerzas resistan y mi vejiga campe a altas horas de madrugada por Babilonia, siempre más puta y diseñada para crear un efecto al extranjero por eso de la fachada y el dinero fácil.


Pues bien, os cuento. El pasado miércoles salí a tomar algo por el Raval, más que nada para cambiar y sentirme integrado en el recinto urbano tras las vacaciones veraniegas. Pasé seis horas en la terraza de un Kebab regentado por unos chinos que hablaban castellano a las mil maravillas, indudable presagio de futuro que se vio acompañado por una intensa lluvia de la que me protegí a base de buenas charlas y una ingesta masiva de cerveza. Cuando la tormenta arreció me encaminé con el resto de la comitiva a la calle Hospital, donde seguimos con el amor al zumo de cebada hasta que la dueña del local nos instó a abandonarlo.

Fue entonces cuando sucedió lo que motiva mi artículo. No está demostrada científicamente, aunque muchos son los que comentan la imperiosa necesidad miccionadora de las mujeres si consumen la rubia favorita por niños y adultos. Los hombres podemos aguantar algo más el líquido, y curiosamente solemos soltarlo en el momento menos oportuno, es decir, cuando los bares han cerrado y no se atisba un lavabo público por ninguna parte, hecho común en la capital catalana, donde el interés por recaudar euros a costa del ciudadano, transformado en súbdito, roza lo escandaloso desde que se promulgó la ordenanza de civismo para vender la moto con la habitual soltura que caracteriza a las autoridades municipales.

Dejo de enrollarme. Llegamos a la Plaça de Sant Agustí con su imponente iglesia, una de las obras arquitectónicas más desdeñadas del centro. Me entraron ganas de mear y comprobé que un callejón al lado de la Boquería era el lugar ideal para perpetrar mi delito. El enclave tenía algo simbólico por todo el jaleo de hace dos septiembres con las prostitutas y esas fotos que derivaron en una valla que protege el famoso mercado del sexo. Mi intención no era erótico- festiva. Medité un poco antes de cruzar la acera y encaminarme al rinconcito de mi alivio, más que nada porque la filosofía de quien infringe la ley en este sentido es clara: si puedes busca una cloaca o un árbol para sentirte mejor y menos culpable al no ensuciar el pavimento.

Iba tan contento hacia mi objetivo cuando, de repente, el portero de un hotel me dijo que observara un poco, que tenía a escasos metros un magnífico lavabo público gratuito. Empezaron a sonar campanas y la gente salió a celebrar la buena nueva, un milagro posmoderno de dimensiones estratosféricas. Seguí a rajatabla el consejo y abrí la puerta de la estructura rectangular. Su interior era sucio y desprendía un hedor horroroso. Sin embargo, lo que más llamó mi atención era la enormidad de su espacio. A la izquierda se situaba el inodoro, y el resto era pura fiesta con capacidad para cuatro o cinco personas, quizá por ese rasgo progre barcelonés de querer montar eventos donde no toca y potenciar anomalías. Visualicé una orgia, y hasta contemplé la posibilidad de llevar una minicadena y montar un chill out en miniatura. Era tarde y mi cerebro, abotagado por tanto alcohol, no supo sacar petróleo del hallazgo. Me tomé mi gran descubrimiento con mucha guasa y llamé a un taxi para volver a casa.

El peligro de extinción en el asunto que nos concierne es una falta de respeto al colectivo, condenado a empapar con líquidos corporales el suelo que pisa por culpa de unos dirigentes que sólo colocan urinarios en fiestas y obras sin reflexionar sobre su utilidad en el día a día, factor que demuestra que las políticas actuales se dirigen al beneficio de una casta en perjuicio de la mayoría, y así nos va.

foto: JCJ