domingo, 25 de agosto de 2013

De la ignorancia




De la ignorancia, por Jordi Corominas i Julián
Mi Twitter es algo esquizofrénico, pero eso me ayuda a comprender mejor las vertientes de un conflicto y por donde se mueve la demagogia. Muchos usuarios presumen del aumento del turismo en Barcelona como si de su victoria se tratara. Esta actitud me recuerda a la de la gente cuando España gana algo y se atribuyen la victoria de los deportistas desde el sofá de casa. Con toda probabilidad la comparación surge porque esas personas juzgan el incremento de guiris visitantes en Cataluña como un argumento que refuta los peligros del Soberanismo, ignorado completamente en el extranjero, donde el proceso es contemplado como una rareza fuera de su tiempo histórico.

Este grupo humano feliz por unas estadísticas hace oídos sordos a la realidad de la capital catalana, donde el parque temático cubre con su hedionda hierba la superficie desprovista de Historia. Perdón, esta última frase es incorrecta. Si uno quiere la musa Clío está por todas partes de la Ciudad Condal, otra cosa es que se quiera ver, y ya saben, la fachada gusta mucho más que el contenido, oculto entre los adornos de tópicos modernos que envejecerán rápido, despersonalización voluntaria, integración colectiva para enaltecer un individualismo controlado y el deber religioso de pasar por caja sin que ello importe mucho porque, no descubriremos la piedra filosofal en pleno mes de agosto, los muros se han convertido en una fachada que no cambia sus siglas por una caja recaudatoria sólo por un pacto táctico del descaro con su sombra.

Hace semanas que no piso Barcelona y soy un hombre más feliz que, sin embargo, sigo anclado a mi lugar de origen porque la estación veraniega me permite ahondar en proyectos relacionados con su evolución a lo largo del último siglo. Ello me ha hecho reflexionar sobre cómo protestamos por cualquier cosa y prescindimos de barrer de la cuadrícula símbolos que la mayoría desconoce por desinformación en la época donde supuestamente todo ser humano tiene al alcance de la mano más datos para saber. El exceso genera pereza y una selección que insiste en el descarte de lo útil para fomentar lo vacuo. Son preciosas las fiestas de barrio políticamente correctas, con sus fotos donde no se vislumbra un atisbo de mala leche, censurada en el inconsciente colectivo, donde brilla el escapismo de la aceptación y se activa la muesca por el qué dirán. Gracia y Sants vuelven a la pureza y se celebra su lado naif como una victoria del sentido común de lo átono, imperante y prescindible pese a la progresía comercial de filtros, egos y sumisiones vendidas como un maná de falsa felicidad. ¿Qué nos importa el suelo si los aires viven de una sempiterna decoración?



Me ha dado por fijarme en dos enclaves. El primero es anodino, un horror por el que casi nunca transito. La avenida de Roma de mi localidad natal se llama así desde el 9 de abril de 1940, cuando el nomenclátor adoptó nombres que bailaran con la alianza del momento. La Barcelona obrera, anarquista y catalanista debía aceptar que Franco quería casarse con el eje, y nada había mejor que inventarse un paseo dedicado a la Ciudad Eterna para que Ciano y sus secuaces vieran el interés de España para con el fascismo italiano. Pasaron las décadas y la calle siguió con su denominación, perfecta para cualquier época, válida tanto para recordar películas americanas con Audrey Hepburn como para loar el genio del mayor Imperio de la antigüedad. Y ya ven, en pleno siglo XXI nadie se ha preguntado el porqué ese tramo que conduce a la estación de Sants remite a la patria de los Césares.

La avenida de Roma no preocupa. Está alejada del centro, donde justo al lado de correos la plaza luce una estatua del señor que le da nombre: Antonio López, el primer Marqués de Comillas, negrero que dominó la economía catalana e ibérica desde mediados del siglo XIX con una serie de invenciones e inversiones muy provechosas que le sirvieron para que sus herederos, desde el Banco Hispano Colonial, promovieran la construcción de la Vía Laietana e hicieran valer sus intereses para que en 1909 muchos jóvenes catalanes fueran a la guerra de Marruecos para defenderlos. ¿El Estado o la empresa? Lo primero por lo segundo, la pleitesía de la cosa pública para mayor beneficio de lo privado.

Los detractores de Comillas, quien también se las tuvo con Jacint Verdaguer, hacen bien en pedir que la escultura desaparezca para borrar del mapa esa huella de oprobio, eliminada parcialmente cuando una avenida dedicada a este señor desapareció de Montjuïc para honrar a Ferrer i Guàrdia, fundador de la Escuela Moderna y fusilado justo después de la Semana Trágica, en la que no participó. Durante la Guerra Civil los republicanos fundieron el bronce original porque necesitaban material para poder disparar sus armas. El franquismo restituyó el monumento y la contemporaneidad nada hará porque los símbolos del pasado son desdén y mobiliario urbano, curiosa expresión que define muy bien el significado actual de tanta piedra e inscripción.



Si nadie pregunta es comprensible que no se actúe. No hay urgencia y la época exige meditar sobre fenómenos de más trascendencia. Mientras escribo esto otros se entusiasman con el retorno a lo pretérito y la bonita acción de montar una cadena humana para el próximo 11 de septiembre, imitación de la organizada en los Países Bálticos el 23 de agosto de 1989, quincuagésimo aniversario del pacto Molotov Ribbentrop que selló el fin de su independencia. Cataluña siempre ha buscado un modelo a seguir en su camino para librarse de España. A principios de siglo ya apareció Lituania en el horizonte, aunque entonces estaba más de moda hablar de Noruega o Irlanda por motivos relacionados con el contexto histórico.


A quien escribe le intriga un punto que une las partes de este artículo. Durante esta atosigadora estación de bombardeo mediático no se ha planteado en ningún debate una propuesta constructiva de futuro. Las prisas no son buenas compañeras. Será ese el motivo del fracaso de la cadena en las fiestas de Gracia, y quizás también explique cómo, pese a tanto ímpetu que quiere olvidar recortes en sanidad y educación y un gobierno nefasto, nadie ha construido un discurso consistente en razonar que sucedería si Cataluña dejara de pertenecer a España, otra prueba más de lo bello que es enredar sin justificar a partir de la ausencia de interrogantes, factor idóneo para que los trileros hagan campar a sus anchas sus contagiosos postulados.