viernes, 30 de agosto de 2013

La Otra Historia de la Segunda Guerra Mundial de Donny Gluckstein


Donny Gluckstein, La otra Historia de la Segunda Guerra Mundial. Resistencia contra Imperio, Barcelona, Ariel, 2013
Traducción de Joan Andreano Weyland

Estamos en un momento donde se ha impuesto un tipo de discurso que privilegia la síntesis para simplificar contenidos y apuntalar ideas que como siempre parten de unos intereses creados que, y ya no es nada sorprendente, nadie discute porque la sociedad presenta un espectro átono siempre más consolidado y proclive a esconderse cuando suenan las campanas de la polémica.
Poner en duda lo establecido es un ejercicio sano y necesario siempre que se emprenda desde la coherencia de la racionalidad y el contraste.  No basta con protestar gratuitamente. Para barbaridades ya tenemos las que sueltan desde el piso de arriba. Es difícil innovar en temas tan manidos como la Historia de la Segunda Guerra Mundial, conflicto que copa la bibliografía dedicada a cualquier aspecto del fenecido siglo XX. Sin embargo Donny Gluckstein, profesor del Stevenson College de Edimburgo, lo ha logrado con un libro donde desmiente la monocromía y el maniqueísmo que siempre se ha vendido de la conflagración, donde los Aliados emprendieron la lucha porque el enemigo pretendía conquistar el Planeta con unos argumentos que amenazaban la libertad del género humano.

La Otra Historia de la Segunda Guerra Mundial plantea desde su magnífica introducción, clarísima en su enfoque del contexto, una contienda dual. Por una parte tenemos la versión oficial de carácter imperialista que hemos expuesto en el párrafo anterior. La otra es la guerra popular que suele conocerse por el nombre de resistencia, término impreciso porque cada nación afrontó desde su propia óptica la pugna con el invasor o las autoridades oficiales. No puede compararse, por poner dos ejemplos fácilmente reconocibles, el caso francés con el polaco, distintos en fondo y forma, antagónicos pese a coincidir en la cronología. Las coincidencias en muchos casos se basan en que a partir de un territorio un grupo de personas disconformes con el orden establecido enarbolaron la bandera de la disidencia para intentar conseguir que el mundo de la posguerra tuviera mayor justicia social y un reparto más equitativo de bienes.



Gluckstein, hijo del trotskista Tony Cliff, divide el objeto de estudio en cuatro apartados El primero versa sobre  tres países que se encontraron entre los bloques casi sin comerlo ni beberlo. Yugoslavia demostró la fortaleza y pujanza del movimiento partisano, capaz de superar papeles y tratados. el Mariscal Tito se enfrentó a los nazis y a grupos colaboracionistas que contaban con el apoyo aliado. ¿Cómo puede entenderse? ¿No habíamos quedado en que la lógica imperaba? Pues no. En muchas situaciones los soldados aliados se vieron en indeseables tesituras que remarcaban la inutilidad de tanta sangre vertida. ¿Qué sentido tenía combatir al fascismo y colocar a uno de sus jerarcas en el poder una vez terminada la guerra?

En Yugoslavia Tito cambió ese paradigma, pero en Grecia, donde la resistencia fue más allá de la guerrilla y plantó la semilla de una revolución, los aliados no se anduvieron con chiquitas a la hora de plantar su pica en la Hélade. En otoño de 1944 Churchill y Stalin se repartieron las áreas de influencia del Mediterráneo y la cuna de la civilización occidental tenía impronta británica. El ejército de su majestad capeó una rebelión en Atenas y mató sin muchos miramientos a los griegos que lucharon por mantener los progresos que la ELAS había conseguido durante los meses de ocupación nazi. El líder de los dedos en forma de V tiene, como casi todos los mandatarios del período, una parte gris que resulta más visible en el gerifalte soviético. Stalin permitió sin ambages que el levantamiento de Varsovia fuera liquidado por los nazis mientras el ejército rojo esperaba a las puertas de la capital polaca. Los ingleses mandaron suministros para perpetuar la insurrección, que pereció sin remedio por la increíble ausencia de ayuda en otro ardid del zar comunista contra un país que detestaba sobremanera.



En esta zona de Europa Letonia constituye una excepción porque todas las iniciativas de luchar contra el ocupante colapsaron por las raíces históricas del pequeño país báltico. Ni los rusos ni, a posteriori, los alemanes eran bienvenidos, unos por eterna enemistad, otros por su nula empatía y extrema crueldad. No se formaron grupos de combatientes capaces de inquietar al invasor, fenómeno que contrasta con la actividad y organización de los núcleos reacios en las fronteras aliadas.

El caso galo es famoso y Gluckstein lo incluye para diferenciar la Resistencia en mayúsculas de su identificación con De Gaulle, quien se apropió del concepto para mayor gloria de su leyenda áurea. En Gran Bretaña los bombardeos y la penuria económica conllevaron protestas y huelgas en la isla porque la gente más que derrotar a un adversario quería un Estado del Bienestar para el mañana que les asegurara lo esencial para vivir. En Estados Unidos las tensiones, resueltas con la Guerra Fría, fueron racistas. Los japoneses residentes en la tierra de las barras y estrellas fueron encarcelados en campos de concentración y los negros padecieron marginaciones en el ejército y en su cotidianidad que prosiguieron después de las revueltas de Detroit.



En los países del Eje la dinámica fue similar a la de otros pueblos liberados. En Alemania fue complicado durante la larga noche nazi generar estructuras resistentes que, no obstante, brillaron cuando la derrota se hizo inevitable a partir de Stalingrado. El golpe fallido contra Hitler de julio de 1944 exhibe la cara aristocrática de la oposición, mientras que la popular correspondió a las milicias antifascistas que gobernaron ayuntamientos antes de ser desballestadas por los americanos, quienes preferían mantener el cuerpo funcionarial sin muchas pérdidas, algo que se constató cuando la quimera de la alianza entre anglosajones y soviéticos pasó a mejor vida y las circunstancias de la Guerra Fría provocaron tanto en Alemania como en Austria una amnistía a los criminales de antaño.

En Italia la agitación partisana se mezcla con el cinismo aliado. En julio de 1943 el Gran Consejo Fascista depuso a Mussolini y lo sustituyó por un militar no muy contrario a éste. El Mariscal Badoglio fue acogido junto al Rey Vittorio Emanuelle III por los aliados que ocupan el sur de la bota. En el norte y en la Roma los partisanos plantaron cara a los alemanes y allanaron la senda para su expulsión de las fronteras tricolores. Las jornadas de abril de 1945 dieron esperanzas para que el país se convirtiera en una zona de claro perfil izquierdista. El Comité de Liberación Nacional lo hizo imposible y la guerra popular de los que combatieron por propia iniciativa contra los nazifascistas fue silenciada. Sus proezas, su valentía y nobleza, fueron ocultadas durante años. Como en muchos otros territorios los salvadores merecían ser considerados escoria para preservar acuerdos y un correcto dibujo del planisferio.



Por último el autor, que juzga escasa su investigación pese a la lucidez que demuestra con sus averiguaciones, aborda tres colonias asiáticas. La India no se amilanó durante la conflagración e inició el camino hacia su independencia. Indonesia y Vietnam son dos broches de oro en la tesis de Gluckstein de enseñar al lector el cinismo de los buenos de la película. Los aliados no tuvieron grandes remordimientos para ordenar a sus soldados luchar junto a los japoneses para evitar los procesos de secesión de dos zonas que aglutinaban muchos intereses comerciales.


La debacle del fascismo está bien registrada en manuales y libros de Historia. Sin embargo el arrojo del pueblo para metamorfosear la sociedad suele apartarse. Con muy buen tino, aunque cada época tiene sus coordenadas, el autor escocés apunta que si entonces la gente normal se unió para mejorar el porvenir contra el imperialismo, hoy en día la misión de los desheredados del mundo es combatir el oprobio del desmantelamiento con la misma fuerza que nuestros antecesores. Para eso, entre muchas otras cosas, sirve ser adicto a la Musa Clío.