viernes, 4 de octubre de 2013

Las muchachas de Sanfrediano de Vasco Pratolini




La comedia, el género y el compromiso social de la posguerra: Las muchachas de Sanfrediano de Vasco Pratolini, por Jordi Corominas i Julián

Vasco Pratolini, Las muchachas de Sanfrediano, Impedimenta, Madrid, 2013
Traducción de Amelia Pérez de Villar

Florencia tiene muchas bellezas. Si sales del ferrocarril encuentras en un santiamén la via delle Belle donne, maravilloso eufemismo para referirse, con casi toda seguridad, a las prostitutas que suelen instalarse en las calles colindantes a las estaciones. Si dejamos atrás la parte monumental de la capital toscana y cruzamos el ponte vecchio nos adentraremos en un universo mucho más auténtico y tranquilo. El barrio de Sanfrediano es el enclave florentino que condensa las esencias de la ciudad de Michelangelo y tantos otros, un lugar repleto de vida con el lenguaje propio de las clases populares.

He tenido la suerte de estar en sus calles bastantes veces. Hoy en día no se percibe el ambiente que plasmó Vasco Pratolini en Le ragazze di Sanfrediano, libre, desenfadado y con los códigos no escritos de todo espacio delimitado sin fronteras, territorios donde sus habitantes saben cómo comportarse por tradición y el mero hecho de pisar las calles, sus calles.

Hace años vi la adaptación cinematográfica de Valerio Zurlini, un director de actrices que es conocido por La ragazza con la valigia y la despampanante presencia de Claudia Cardinale. Pratolini es un autor que gozó del favor de los cineastas italianos de la edad de oro. En 1954 Carlo Lizzani versionó su Cronaca dei poveri amanti, quizá su novela más comprometida. Le ragazze di Sanfrediano se publicó en 1948 y  se enmarca dentro del neorrealismo que impregnó la primera cultura italiana de posguerra, factor que puede ayudar a los no avezados en la materia a entender la estrecha relación entre el séptimo arte y la literatura durante ese período, donde el país transalpino supo comerse el mundo desde la pobreza y su vocación de hablar de lo que en términos críticos se conoce como pasado presente, reconocible en clásicos fílmicos como Roma città aperta y Paisà de Roberto Rossellini, Ossessione y La terra trema de Luchino Visconti o Sciuscià y Ladri di biciclette de Vittorio De Sica.



La novela de Pratolini se enmarca en esta senda. A lo largo de sus páginas la guerra partisana contra el fascismo sigue siendo un motivo central en las discusiones de los muchachos, que ya empiezan a sufrir la americanización sociocultural que los Estados Unidos impusieron con sutileza desde su condición ganadora. Los jóvenes aún no van con tejanos, pero sí identifican la realidad con las estrellas de las pantallas, portadoras de sueño, tiranas de la conciencia colectiva del siglo XX. Aldo es Bob por su asombroso parecido con Robert Taylor. Trabaja fuera de Sanfrediano, y eso le permite mantener una doble vida. En el trabajo es un profesional cumplidor, otro más del montón tanto por sus prestaciones laborales como por su atractivo físico. En el barrio, donde se mueve como pez en el agua, es un aspirante a Casanova que quiere emular a los antiguos rompecorazones de la zona. Su elenco de conquistas es impresionante y turbador, entre otras cosas porque Bob ve a cada una de sus enamoradas como apéndices a simultanear. Gina, su vecina y ficticia prometida desde la infancia, cree que pasarán por el altar. Mafalda, pelirroja y con carácter, está hasta las narices del moreno. Bice sabe que no es de fiar, que es sólo un pasatiempo. Silvana y Loretta también han caído en sus redes, como Tosca, rubia, adolescente y frágil que bebe los vientos por el fanfarrón, odiado por el resto de parroquianos del bar donde además de pavonearse por sus líos de falda vence a todos en el billar.



Es normal recordar cómo las novelas de por aquel entonces mantenían un tono naif donde el orden imperante, machista, católico y con la mujer convertida en un inofensivo reclamo de esperanza, prevalecía y Cupido triunfaba con rotundidad. Esta constante de las producciones culturales del neorrealismo no importaba mucho a los creadores, hábiles como para introducir en las tramas otros aspectos conflictivos que hicieron exclamar al recientemente fallecido Giulio Andreotti que los trapos sucios se lavan en casa.

Le ragazze di Sanfrediano denuncia con mucha elegancia la problemática de los partisanos y la cara dura de muchos que tras el fin de la Segunda Guerra Mundial afirmaron haber participado en la lucha antifascista, algo que daba prestigio entre el pueblo y se denostaba desde el gobierno, obcecado en su reforma de la Historia para cumplir con su aliado transoceánico. Pratolini, un narrador ágil y nada barroco, introduce el tema con inteligencia en uno de los instantes clave de la obra, estructurada con un esquema clásico de auge y caída desde la cotidianidad, donde lo casual nunca lo es y las circunstancias flotan en una lógica de rompecabezas con piezas que siempre terminan encajando.



El texto contiene aspectos típicos del discurso de su autor, desde los lazos de solidaridad, el amor por la ciudad, el valor de la amistad y la sabiduría a la hora de elegir un tono, en este caso de comedia con la tensión narrativa focalizada en el más que previsible choque de trenes entre ellas y el protagonista. El elogio y la crítica se complementan entre despertares y debilidades en ambos bandos. No hay moralina, sólo una intuición de determinados conceptos que con el transcurrir de los decenios se pondrán de moda con relación al género.


Le ragazze di Sanfrediano quizá no alcance la grandeza de Metello. Es injusto compararlas. Corresponden a dos momentos en la trayectoria de Pratolini. La extraordinaria noticia es verlo traducido al castellano, un idioma donde la modernidad italiana no es todo lo conocida que debería y donde aún faltan por traducir pequeñas perlas neorrealistas como L’Agnese va a morire de Renata Viganò, obra que, como otras más conocidas de Pavese o Moravia, muestra el compromiso del arte para con la sociedad civil, atributo fundamental de la cultura de un país con un Novecientos impresionante.