domingo, 27 de octubre de 2013

Al envejecer, los hombres lloran de Jean-Luc Seigle





El destino y la verdad: Al envejecer, los hombres lloran de Jean-Luc Seigle, por Jordi Corominas i Julián


Jean-Luc Seigle, Al envejecer, los hombres lloran, Barcelona, Seix Barral, 2013
Traducción de Adolfo García Ortega

Desde la caída del muro de Berlín el reloj se ha acelerado en demasía. El fenómeno empezó antes, probablemente con el primer viaje en tren de la Historia. Desde entonces el progreso asociado a la tecnología de la modernidad causó daños irreparables que incrementaban la distancia entre generaciones y propulsaban nuevos mundos cada dos por tres.

La cronología de la Historia, es algo innegable, siempre se ha visto jalonada por guerras. Las nuevas hornadas las contemplan como acontecimientos lejanos, anécdotas que aparecen en los manuales. Nuestros antepasados las recordaban como símbolos que hilvanaban el relato y creaban esas metáforas de nudos que eran manos que se tocaban y con el tacto transmitían el pulso de una época a otra, estableciendo una cadena que mediante ese contacto abarcaba siglos.



La tierra era otro factor de permanencia. A ella se apega Albert, protagonista de Al envejecer, los hombres lloran de Jean-Luc Seigle, novela sorpresa de la temporada 2012 en Francia, premiada con el RTL-Lire, galardón que conceden libreros y lectores. Tanto consenso provoca, al menos para quien escribe, cierta sospecha antes de abrir el libro y disfrutarlo. Es posible que la corona, al menos por parte de los que se dedican a vender literatura, se deba al amor bibliófilo de Gilles, el benjamín de la familia Chassaing que se apasiona por la lectura, y ya saben que en esta época el tema causa furor en redes sociales y minúsculos colectivos, como si textos que mencionaran el amor por las letras fueran un maná esencial, algo así como el cartelito de reading is sexy.

Libreros aparte hay que considerar al lector francés una especie sabia que si ha elogiado la obra de Jean-Luc Seigle es porque ha captado en ella un vínculo emocional muy directo que remite a palabras que pasan de abuelo a padre y de padre a hijo. La elección de una jornada concreta para sintetizar el cambio de un universo antiguo a la modernidad en la Francia del general De Gaulle. El 9 de julio de 1961 la familia de Albert, residente en un pueblo de setenta y dos habitantes, se prepara para recibir a la televisión. El aparato irrumpirá en su casa porque así lo ha querido quien administra el dinero, Suzanne, esposa y madre nada abnegada que vive obsesionada por el dernier cri en su afán por desterrar lo rural y los vetustos objetos de su hogar, como el balancín estilo Luis Felipe de su  suegra. Ambos constituyen una presencia arcaica, muerte de una época desde la desmemoria y el olvido, defunción de un vaivén de sosiego.

El presente luce con la guerra de Argelia, donde el primogénito Henri acapara la atención de su madre. El resto del clan siente algo de envidia con el monopolio del interés y esa acuciante espera de la carta del día que sirve para que Suzanne llene un vacío que intenta compensar poniéndose guapa porque el mensajero, un tal Paul, es una llama de esperanza, otra treta para sacudirse el sopor que la aleja de los suyos, y de este modo el narrador, con cuatro pinceladas, ya ha marcado una línea de separación entre los partidarios de lo viejo y lo nuevo concentrados en cuatro paredes.



Pero esto no es todo. Albert ha decidido que esa calurosa jornada será la última de su existencia. Para ese luchador de la línea Maginot, preso durante cinco años en la Alemania nazi, sólo queda ajustar cuentas y dejar las cosas preparadas para que el futuro, que él considera casi obsceno con su perfidia acelerada, permita que todo siga en orden, por eso se preocupa por Gilles, a quien encomienda al nuevo vecino Antoine, un profesor jubilado, la formación de su amado retoño, con quien tiene una silenciosa complicidad.

La novela se estructura en las tres partes que dividen las 24 horas donde la condensación crea un calmado efecto dramático. Las acciones no son trepidantes, sólo cotidianidad y pensamiento donde el influjo del conflicto bélico del Hexágono con la colonia permite evocar otras experiencias similares que van desde la Gran Guerra hasta el drama de la ocupación de 1940 a 1944. Las viudas siguen llorando a sus hijas y ahora, en ese presente que a nosotros nos resulta tan lejano, la introducción de la sociedad de la imagen propiciará, ese es el colofón deseado, que una madre llore al ver a su favorito en la gran pantalla, cercano desde el abismo que es vestir como un soldado y pisar la hostilidad de la incertidumbre.

Jean-Luc Seigle ha escrito lo que puede considerarse una novela de toda la vida que cobra valor por cómo se ha tejido su textura, donde hay que prestar atención a lo sutil de una serie de paralelismos que surcan la trama, desde Balzac hasta los secretos que mente y aire guardan para configurar una atmósfera que contiene la explosión colectiva de esta novela tan europea, valiente y extraña apuesta de Seix Barral en un país que no es muy dado a entender mecanismos narrativos tan refinados, selectos en fondo y forma.

Al envejecer, los hombres lloran desencadena su desenlace sin prisas, como si la prosa se fundiera con la concepción del protagonista, humilde en una centralidad que da pie a que los demás piezas del tablero sean importantes, porque en el rompecabezas urdido por Seigle cada persona juega un papel que determina el comportamiento de las otras. Las conexiones se suceden con la naturalidad de un tiempo repleto de normalidad que aún no ha pervertido los segundos. Observamos paseos, flirteos, la inevitable comida que acreciente el malestar que flota y el retiro de la nocturnidad. La diferencia está en cómo se cuentan esas horas y en un epílogo magistral, erudito con mucha elegancia, donde los flecos pendientes se cierran y las reflexiones cobran un sentido definitivo que demuestra que, desde una extrema y profunda simplicidad, los hombres hacen la Historia y la actualidad la tergiversa porque con tanta prisa el tópico y el aburrimiento son socios, formidables y mediocres. Nunca minusvaloren el poder de las encrucijadas.