sábado, 19 de octubre de 2013

El coleccionista apasionado de Philipp Blom




Un espécimen verdaderamente especial: El coleccionista apasionado de Philipp Blom, por Jordi Corominas i Julián

Philipp Blom, El coleccionista apasionado, Anagrama, Barcelona, 2013


Philipp Blom es un ensayista que sabe leer los códigos del género, adaptándolos a nuestra modernidad desde una prosa fluida y una gran versatilidad en la elección de los temas que propone al lector. Su pluma ha circulado por muchos territorios narrados con vigor y unas estructuras textuales que no rehúyen la linealidad pese a gustar del giro imprevisto desde anécdotas o pequeños detalles que enhebran las partes de sus composiciones.

En esta ocasión Anagrama presenta en España un libro que el historiador alemán publicó en 2002. El coleccionista apasionado es, en apariencia, una obra sobre el vicio humano por la acumulación que deriva en agudas observaciones que muestran la evolución del fenómeno.

En algún momento de la Historia un hombre decidió coleccionar. Blom obvia la génesis que sería la Antigüedad y se centra en los últimos cuatro siglos, entre otras cosas porque ya se habían descubierto grandes extensiones del orbe y eso permitía un enfoque distinto para los amantes de recopilar, seres humanos permanentemente insatisfechos que tras una nueva adquisición siempre piensan en la siguiente, insaciables en su afán de la pieza que mejore el conjunto, del capricho que potencia su vanidad.
Los primeros coleccionistas modernos tenían el criterio de cuanto más mejor, carecían de medios idóneos para conservar su material y se resignaban con el anhelo, insistimos en el punto ególatra de la cuestión, de ser inmortales porque su empeño les sobreviviría. Eran nobles y príncipes que aumentaban su excentricidad con sus selecciones de reliquias religiosas, animales o cuernos de unicornio.



A partir de la última mitad del siglo XVII empieza a intuirse un atisbo de las luces de la siguiente centuria. Los coleccionistas ya no se conforman con tener y aceptan que lo taxonómico debe imponerse por rigor científico y lógica elemental del orden que venza al caos. Sin embargo el desorden puede llegar por otros derroteros que alertan de lo pérfido de nuestra especie. Durante la ilustración y buena parte del siglo XIX nació la moda de la taxidermia que no sólo se aplicaba en animales. Aquí en España tenemos varios ejemplos que el autor no menciona. El negro de Bañolas y sus viajes de África a un museo provinciano son un magnífico ejemplo comparable al caso de Solimán, el africano de Viena, donde también es posible encontrar esa fascinante cámara de nuestra frialdad, todo por el estudio y lo insólito, que es el Josephinum.
En el Ochocientos un cambio decisivo, que aún impregna la senda de la que hablamos, es la irrupción consolidada del Estado-Nación y su voluntad de elaborar proyectos museísticos. Napoleón Bonaparte lo refleja desde la ambición desmedida del derecho de conquista con el arte que pasó a engrosar las colecciones nacionales hasta que la epopeya terminó y muchas de las aportaciones usurpadas en campañas militares volvieron a su país de origen. De todos modos la idea, si olvidamos las comprensibles devoluciones tras los tratados de paz, aborda la labor que hizo surgir los mil y un museos que pueblan el Planeta, instituciones que suelen adoptar las coordenadas racionales que comentamos en el párrafo anterior.




El siglo XX añade múltiples factores a la ecuación. El mundo se ha ensanchado porque la velocidad ha dado un impulso que ha acortado distancias. Los espacios se volvieron más accesibles y la era de la reproductibilidad técnica hizo que se transformara la mentalidad del coleccionista, que más que por lo único fijó su mirada en las series. Asimismo esta metamorfosis del paradigma conllevó la desaparición de la exclusividad, tanto del objeto como de sus empecinados amantes. La belleza estética dejó de ser un componente esencial y el kitsch, propiciado hasta cierto punto por el taylorismo, hizo que gente de toda clase se aficionara  a acumular cachivaches, desde envoltorios de comida hasta vasos de Nocilla. Esta democratización del coleccionismo debe generar en recodos privados una pléyade de absurdidades que algunos querrán equiparar con el síndrome de Diógenes. Puede ser, pero no hay que ser tan previsible. Blom, que nunca omite ninguna minucia por minúscula que sea, tanteó también este aspecto, y por eso en los capítulos finales de su ensayo traza un hipotético y bien justificado retrato del coleccionista, a quien paragona con Casanova, lo que incide en la seducción, el deseo, la pericia y las carencias que llevan a emprender la aventura de dedicar tiempo a acumular y hacerlo con tino.

Por último es curioso que en El coleccionista apasionado no aparezca un lugar maravilloso que sintetiza muy bien lo explicado en el volumen. Hace siglos en el barcelonés Museu Frederic Marès se celebraban los juicios de la inquisición. Hoy en día aún es visible en su exterior el escudo del santo oficio, símbolo de miedo que pierde su condición cuando el visitante accede al interior del establecimiento y se sorprende con la doble colección. Una, la más convencional, es un extraordinario  recorrido por la estatuaria catalana del Medioevo. La otra ocupa dos plantas del edificio y es la recopilación de los objetos cotidianos, de cromos a anuncios pasando por chapas, pipas o juguetes que el escultor Frederic Marès juntó a lo largo de su existencia y donó a la Ciudad Condal.

Su gabinete es la victoria de un interés que de lo personal se transfiere al colectivo. El triunfo consiste en ver el entusiasmo de las personas que contemplan esa infinita miríada de chismes que en algún sirvieron a nuestros antepasados. Los rostros de asombro apuntan a un funcionamiento ininterrumpido de una cadena mágica de conocimiento y transmisión que vira del egoísmo a la generosidad, reversos de la moneda de la vida a la muerte.