viernes, 31 de enero de 2014

La sonrisa de la Gioconda, de Aldous Huxley



Huxley antes de Huxley: La sonrisa de la Gioconda, de Aldous Huxley, por Jordi Corominas i Julián 

Aldous Huxley, La sonrisa de la Gioconda, Navona, Barcelona, 2014
Traducción de Enrique de Hériz

La acumulación del pasado es difícil de asimilar en un present como el nuestro donde se privilegia la información inútil. Acumulamos datos que sirven para una memoria de trivial pursuit que impide desarrollar un criterio crítico solvente, con capacidad para ofrecer interpretaciones que no sean flor del día.
La cultura de la segunda mitad del siglo XX ha situado con toda justicia a Aldous Huxley en un pedestal que más tiene que ver con el auge de la cultura psicodélica y de determinadas predicciones que tanto gustan. Su mundo feliz anticipó en forma de distopía ciertos rasgos de un futuro que también quiso anunciar su antiguo alumno George Orwell en 1984.

En los años cincuenta el trotamundos británico dio otra muestra de su capacidad de avanzarse a su época con Las puertas de la percepción, que no sólo debería ser conocido por dar nombre al grupo de Jim Morrison. De todos modos lo interesante, el punto que motiva esta reseña, es la publicación en Navona de La sonrisa de la Gioconda, una nouvelle de los veinte que nos muestra un estilo desconocido en el célebre e inteligente literato.

En esa década posterior a la Gran Guerra Huxley intuyó desastres venideros al tiempo que seguía la senda de una cierta tradición narrativa de su época. En la sonrisa de la Gioconda se perciben atisbos de una clásica trama donde un cínico seductor sucumbe a su propio exceso de confianza. En esta resaca de lo victoriano y la Belle Èpoque el protagonista puede recordar a ciertos caracteres de Zweig y de alguna que otra novela británica del período. Sin embargo Hutton, en su espiral de anhelada tragedia, es así al ser hijo de una clase social que privilegia un machismo de doble moral donde el hombre tiene las de ganar y la mujer es, nunca mejor dicho, una víctima que atiende. En esta dualidad se encierra una de las claves interpretativas del manuscrito, pues Hutton es infiel por naturaleza, casi por spleen. Se divierte y se aburre a partes iguales, Doris y Janet Spence son entretenimientos para potenciar su ego entre el marasmo.



La primera es una inocente y estúpida joven que aviva sus picores. La segunda es vieja para los cánones de otrora. Ha superado la treintena, tiene un gusto pésimo y sólo un cierto misterio la alumbra.
Como pueden entender en este triángulo debe figurar otra partícula que accione las teclas de la partitura. La mujer de Hutton está enferma y unas grosellas rojas rematarán la faena para la señora de la guadaña. Se debe guardar luto, es menester, y en esa tesitura observamos con breves pinceladas lo sardónico del entorno del protagonista, más preocupado por la coincidencia del funeral con el Derby entre Eaton y Harrow que por verter falsas lágrimas por la difunta, minucia que Huxley deja caer en un texto donde abunda la sutileza y la exhibición de una alta cultura que puede resultar extraña para el lector actual. No se preocupen, también fue criticada en su momento. En el nuestro, para quien desconozca las referencias, puede ser una oportunidad para irse a la cama sabiendo una cosa más.

El caso es que Hutton busca una condena que destroce una rutina anormal, un universo hastiado de exhuberancia que es repetición de la nada. Cabe, una vía de escape típica, ir a Italia, preparar un avenir que eternice el malestar o seguir con el triple juego para completar algo que detesta por un odio hacia sí mismo: la apoteosis de la ironía.

La sonrisa de la Gioconda se completa con un interesante epílogo de José Ángel Juanes, autor de una biografía del autor en el ya lejano 1971. La semblanza que traza en estas últimas páginas debería leerse antes de iniciar la lectura de esta aventura mental donde las acciones son fracciones de una pesadilla en ciernes de resolverse inesperadamente. Por favor, fíjense siempre en los médicos, saben mucho.