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viernes, 4 de diciembre de 2020

Els 4 gats en Todos somos sospechosos

 



Esta semana hemos dedicado la bio grupal de Todos somos sospechosos a Els Quatre Gats. Si quieres puedes escucharla aquí

viernes, 20 de marzo de 2020

Olga Jojlova en Mujeres Malditas


La semana pasada Valle Alonso y servidor dedicamos Mujeres Malditas a Olga Jojlova, bailarina de los ballets rusos, primer mujer de Picasso y protagonista de una pesadilla psicológica a manos del pintor malagueño. Puedes escucharla aquí

jueves, 18 de julio de 2019

sábado, 16 de febrero de 2019

¡Chapeau! En el 24 horas de RNE


Ayer en la sección cultural del 24 horas de RNE Antonio Delgado y servidor hablamos de ¡Chapeau!, la exposición que la Fundación Palau de Caldes d'Estrac dedica al mundo del sombrero. Si quieres puedes escucharnos a partir de 1:06:05 clickando aquí

lunes, 26 de noviembre de 2018

Guillaume Apollinaire en El Confidencial



El pasado nueve de noviembre se cumplieron cien años del fallecimiento de Guillaume Apollinaire. Puedes leer mi artículo en El Confidencial aquí

martes, 24 de octubre de 2017

El museo del Louvre y el robo de la Mona Lisa en Todos somos sospechosos



Esta pasada madrugada Rubén Luengo y servidor dedicamos las noches en la tierra de Todos somos sospechosos al Museo del Louvre para llegar al robo de la Mona Lisa y y a la supuesta implicación de Picasso y Apollinaire en el mismo. Si quieres puedes escucharlo aquí

miércoles, 14 de junio de 2017

Centenario del ballet Parade en El Confidencial



Este pasado fin de semana escribí en El Confidencial sobre el centenario del ballet Parade, esa encrucijada de la contemporaneidad ideada, entre otros, por Jean Cocteau, Pablo Picasso y Erik Satie. Si quieres puedes leer el artículo aquí

sábado, 15 de abril de 2017

sábado, 17 de septiembre de 2016

Las mujeres que enamoraron a Renoir en El Confidencial


Con motivo de la exposición Renoir entre mujeres, inaugurada hoy mismo en la Fundación Mapfre de Barcelona, escribo sobre el artista francés, Picasso y sus concomitancias. Si quieres puedes leerlo aquí

martes, 7 de junio de 2016

Gertrude Stein en Todos somos sospechosos



Esta madrugada Laura González y servidor hemos dedicado nuestras noches en la tierra de Todos somos sospechosos a Gertrude Stein. Si quieres puedes escucharlo clickando aquí

martes, 17 de noviembre de 2015

Erik Satie en Todos somos sospechosos


Esta madrugada en nuestras noche en la tierra de Todos somos sospechosos, Laura González y servidor hemos dedicado la sección a Erik Satie. Si quieres, puedes escuchar la charla en el enlace 

martes, 20 de octubre de 2015

Picasso de Montmartre a la riqueza en Todos somos sospechosos




Esta madrugada en Todos somos sospechosos Laura González y servidor hemos dedicado nuestras noches en la tierra a una segunda parte sobre Pablo Picasso. Hemos hablado del período que va de su regreso definitivo a París en 1904 hasta la muerte de Guillaume Apollinaire el 9 de noviembre de 1918, si quieres puedes escuchar la charla aquí

martes, 13 de octubre de 2015

El joven Picasso o Picasso en Barcelona en Todos somos sospechosos





Esta madrugada Laura González y servidor hemos dedicado nuestras noches en la tierra en Todos somos sospechosos a hablar del joven Pablo Ruiz Picasso de 1881 a 1904, de Barcelona a París, dels Cuatre Gats a Montmartre, de Casagemas a Apollinaire. 





       
        El joven Picasso

jueves, 20 de marzo de 2014

Podcast de momentos culturales de Barcelona durante la Gran Guerra



Ayer en el Laberint abordamos momentos culturales de Barcelona durante la Primera Guerra Mundial. La neutralidad española y la numerosa presencia de artistas extranjeros en París propició que, durante los 4 años del conflicto, la Ciudad Condal viviera una extraña edad de oro en el campo de las artes, época de la que hemos destacado 4 momentos: El combate de boxeo de Arthur Cravan, La presencia de Francis Picabia, El galerista Dalmau y el Ballet Parade en el Liceu. Puedes escuchar la charla a partir del minuto 38 del programa clickando aquí

viernes, 7 de marzo de 2014

La verdad sobre Jacqueline y Pablo Picasso, de Pepita Dupont





La verdad sobre Jacqueline y Pablo Picasso, de Pepita Dupont, por Jordi Corominas i Julián

Pepita Dupont, La verdad sobre Jacqueline y Pablo Picasso, Elba, Barcelona, 2014
Prólogo y traducción de Clara Pastor

Durante muchos años mi idea de Jacqueline Roque fue algo más que horrible. Representaba la última musa de Pablo Picasso, un ídolo que en su senectud se protegió mediante una coraza femenina que, literalmente, lo secuestró en un castillo para apartarlo de los focos, dominarlo e impedir que el preludio de la muerte fuera una pesadilla demasiado mediática.

Esta forma de parte de la leyenda negra de la viuda y heredera del pintor malagueño. Su mala fama ha crecido como la espuma, pero claro, hay que tener en cuenta que después del 8 de abril de 1973, día del óbito del genio, nada fue igual y todo el clan que quiso aprovecharse del legado ha dado versiones más que contradictorias de unos y otros, como si así el laberinto del minotauro cobrara otra dimensión inasible donde la verdad y la mentira no tenían cabida, anuladas por el barullo del misterio.

Pepita Dupont fue reportera, y de las buenas, de Paris Match durante más de tres decenios. En 1983 tuvo la ocurrencia de lograr el milagro de ser recibida por la inaccesible bruja. Sin esperarlo, como suelen suceder estas cosas, tuvo suerte y la fortuna le deparó algo más: una amistad que duró hasta el suicidio de 1986, cuando una pistola completó el círculo de desdichas de muchos de los seres cercanos al gran artista del siglo XX.

Durante ese período de intimidad pudo recoger una serie de informaciones que cambiaban de la noche a la mañana la perspectiva histórica sobre la figura de Jacqueline, que como pueden comprender no sería interesante sin su marido, clave de todo el embrollo.



La protagonista del libro publicado por la editorial Elba nació en París, fue desdichada desde su infancia y nada parecía augurar que su existencia daría un giro de ciento ochenta grados, entre otras cosas porque su primer matrimonio, con estancia africana incluida, se saldó con un rotundo fracaso. La huida marcaba sus días y sus horas en contraste con su buen carácter y amabilidad, siempre dispuesta a ayudar, siempre preparada para la broma y una pizca de humor.

El flechazo, la quintaesencia de la alteración, llegó en una tienda de cerámica donde colaboraba. Desde aquel instante se selló una relación que para el español era una recomposición absoluto tras la desdicha y la ligereza de casos de François Gilot, la única que se atrevió a dejar al monstruo sagrado, que con Jacqueline se sintió en la gloria. Ella decía que compartía su tiempo con el hombre más joven del mundo, y esa energía era contagiosa. La pareja no se separaba nunca, aunque Picasso, hiperactivo y perfeccionista, creara un inevitable trío con sus pinceles, omnipresentes en alguien que nunca descansaba porque su cabeza se lo impedía.

De la investigación de Dupont destacan varias partes, en especial las dedicadas, quizá porque no se cubren del sentimentalismo que genera lo personal, a las leyendas que rodeaban al autor de las señoritas de Avignon. Especialmente brillante es el capítulo dedicado a Jean Cocteau, donde se plasma la personalidad del versátil poeta, su humanidad y la incomprensión que planeó sobre su figura, tan versátil que escapaba a la mayoría, limitada ante tanta exuberancia. La muerte del poliédrico francés se narra con una extraña belleza que simboliza el adiós a una época, con Picasso cada vez más solo mientras la guadaña se asomaba a su espacio con lentitud.



El último tramo de la singladura del rupturista por excelencia, del culto bárbaro que se cargó los cimientos de lo convencional, es una campaña de pérdidas y homenajes. Las primeras erosionan la tierra. Las segundas reconocen, un poco tarde, el valor de un hombre entregado a una causa que ahora comparte con su particular Sancho Panza, quien le ayuda a elegir los cuadros para la gran exposición del Grand Palais, oculta una anterior operación de riesgo y le acompaña en la larga y pausada agonía en la que el niño grande de noventa y un años aún deseaba colores. Sus últimas palabras muestran deseo hacia el mundo y las formas, hacia su mujer, con quien se casó sin publicidad en 1961, y lo maravilloso de respirar, justo en el momento en que exhaló su último suspiro.

La última parte del volumen es apasionante desde la disputa. Tras el entierro nació la obsesión, expresada en un control del inmenso fondo a manejar y el recuerdo del desconsuelo. Jacqueline cayó en el alcoholismo y decía que Pablo estaba presente, acompañándole en cualquier circunstancia. La faceta de eterno romance tiene algo de locura, de sumisión a un magnetismo que fuera de su cuerpo creador era una pesadilla absoluta. La lucha por algo más que un puñado de dólares entre los hijos y la desconsolada protectora de la memoria se sucedieron hasta el infinito, con escenas lamentables, pleitos y una ira irracional de ambición desmedida que también afectó a la hija de Jacqueline, cínica y desmedida en su voluntad de ser millonaria desde la nada, sin merecerlo.

A lo largo de la obra se pone el acento en la generosidad desmedida de la homenajeada, quien donó muchos lienzos a un sinfín de museos repartidos por todo el orbe para que su amado tuviera casa en cualquier rincón. Asimismo, desde la nostalgia, se insiste en su bondad con empleados domésticos, no siempre correspondida, y con amigos varios que la consideraban casi una bendición divina, un ser irrepetible. ¿Lo era? No lo sabemos porque el escrito, notable y de fácil lectura, está pasado en determinados fragmentos por una subjetividad excesiva que ensombrece la previa transparencia que, y es justo reconocerlo, aclara muchas zonas que pese la ingente bibliografía dedicada a la cuestión no se habían explicado con tanto esmero, y si se consigue es por una serie de fuentes a las que otros historiadores del tema no habían tenido acceso directo, factor que lacra el texto en la otra vertiente, cuando el cariño hacia Jacqueline sale a relucir y se nota demasiado.



No es ningún pecado amar. La autora ha ajustado cuentas consigo misma y con una amiga que desde la tumba pedía a gritos una redimensión de su personaje. No será la última, pero tiene visos de ser, desde una comprensible desconfianza, la más certera que aparecerá en el horizonte.

miércoles, 12 de febrero de 2014

Escritores sobrios en el Laberint de Wonderland




Hoy en el Laberint de Wonderland hemos hablado de escritores y artistas sobrios pero que, asimismo, sufrieron otras alteraciones derivadas de su genio. La cata se ha compuesto de Picasso, Thomas Mann, Albert Camus y J.D. Salinger. Puedes escuchar la sección a partir del minuto 36 del enlace clickando aquí

martes, 27 de agosto de 2013

Un verano con Jean Cocteau (V): La crida a l'ordre



Un verano con Jean Cocteau (V): La crida a l’ordre, por Jordi Corominas i Julián
Jean Cocteau, La crida a l’ordre, Editorial Mediterrània, Barcelona, 2007
Prólogo y traducción de Josep Miquel García

Los títulos engañan si se toman desde perspectivas convencionales. En La crida a l’ordre, valiente edición catalana de un imprescindible compendio de ensayos, Jean Cocteau expone en primerísima persona su visión de una serie de cambios culturales que sacudieron el panorama justo antes y después de la Gran Guerra.

El volumen recopila siete textos: El gallo y el arlequín, Carta blanca, Visitas a Maurice Barrès, El secreto profesional, De un orden considerado como una anarquía, A propósito de Thomas el impostor y Picasso. Pueden leerse juntos y revueltos, con calma y aceleración. Su coherencia se expresa, como ordena la lógica, desde una unidad de discurso que exhibe la evolución de las obsesiones del poeta.

El gallo y el arlequín es, al menos en lo esencial de su cuerpo, un bombardeo de aforismos que no necesitan explicación porque desde su brevedad extienden un hilo que a través de su contundencia consiguen el brote de una luz muy diáfana. Un joven no debe comprar valores seguros. La fuente suele estar en desacuerdo con el itinerario del río. La verdad está demasiado desnuda y por eso no excita a los hombres. Si te rapas la cabeza no guardes un mechón para los domingos. Hay una parte útil y una inútil en el arte. La mayor parte del público no lo ve así y considera el arte como mera distracción. Cerramos dulcemente los ojos a los muertos; es así como conviene abrir los ojos de los vivos.



Todos los aforismos se unen para hablar de su época desde un código intemporal que, en realidad, se centra en lo musical que se entiende en los apéndices, donde se describe, en ese mundo sin televisiones ni cámaras por todas partes, el significado auténtico y el impacto que generó La consagración de la primavera de Stravinski. Hay un lugar para la emoción en la soledad del Bois de Boulogne después del estreno, con el compositor, Nijinski y Diaguilev en pleno llanto en el silencio del alba, recitando Pushkin, hermanados en lo ruso para protegerse ante tanta valentía. Cocteau observa y anota, tanto que la inspiración le llevará, con un reparto creativo de ensueño, a Parade y al nacimiento de su amistad con Pablo Picasso.



La misma puesta en escena de Parade, que se presentó en varios lugares de Europa, entre ellos el poco preparado y bastante conservador Liceu de Barcelona, implicaba la superación de las enseñanzas de Stravinski y el viaje a una nueva fase. Cocteau inauguró una etapa de madurez que los encontronazos de la vida, las calamidades que se cruzan en el camino de todo mortal, afinaron la agudeza de su pluma.

Carta blanca es la recopilación de los artículos que el poeta publicó entre abril y julio de 1919 para París-Midi. La idea de los mismos era ofrecer al gran público una visión comprensible del arte más vanguardista desde la cotidianidad de sus manifestaciones en galerías, teatros, talleres y charlas, pero Cocteau hizo lo que le vino en gana, y es una suerte que así fuera. Cortó la colaboración porque no se sentía capaz de mandar una pieza regularmente, algo que enlaza con su concepción del orden desde una anarquía que se vuelve cabal como cuando alguien entra en nuestra habitación y la juzga caótica. Sin embargo nosotros sabemos dónde está cada objeto. Al protagonista de estos artículos le ocurría exactamente lo mismo. Sus crónicas parisinas son didácticas con ese efecto de una cierta posesión, porque en esa época escribía como si quisiera hipnotizar o él fuera el hipnotizado. Quizá por eso mismo hay muchos aciertos y también partes prescindibles al 100%. Entre las primeras cabe loar su aviso del cansancio hacia la loa del niño prodigio y el loco, algo que se repite en el siglo XXI. Define la adulación y el entusiasmo por esas criaturas como escabroso porque se hace con demasiado frecuencia y engaña al público, que normalmente confunde la belleza nueva con el infantilismo y la locura, daño enorme a los que querían alterar el mapa con fachadas que no eran decoración y crimen gratuito.



En Carta blanca otro gran artículo es el que Cocteau dedica a la fiesta para conmemorar la victoria aliada en la Primera Guerra Mundial. Se celebró el catorce de julio de 1919 en Los Campos Elíseos con un desfile que para los espectadores fue lo más parecido a una Torre de Babel que habían visto nunca.

Tras esos apuntes de rabiosa contemporaneidad el resto del volumen, publicado originalmente en 1926, vira hacia un decálogo poético que se expone con el aplomo de quien sabe que está en la cresta de la ola y por lo tanto puede emitir un diagnóstico sin miedo, característica digna de encomio y que es una bofetada en la cara de los que quieren figurar sin aportar. Hay notas que constatan la suprema razón de Karl Marx con su máxima de la Historia se repite, notas que si alguien se atreviera a soltarlas en cualquier red social abrirían la puerta del silencio que es el éxito desde la indiferencia. Quien calla otorga y Cocteau prefería sacar la cabeza y tirar dardos. Menciona al poeta moderno y al excesivo uso de este vocablo en lo lírico, algo que no tiene sentido alguno, algo que compara con la famosa farsa de los caballeros de la edad media. Lo naif es lo moderno porque extravía léxico y espíritu al priorizar el decorado sin priorizar una trama novedosa. Todo pasa de moda, pero una obra maestra transforma todo al ser moda profunda. Cuando transcurre su impacto muta en ropa vieja e ingresa en el museo del textil.

Luego insiste en el tema y lo enfoca desde el malditismo, denostado porque ahora cualquiera quiere pertenecer a la estirpe de Baudelaire y Rimbaud. Miren a su alrededor y comprobaran que seguimos en las mismas. El poeta avanzado debe ser su época, no depender de los elogios de la misma.

Y eso acaecía con Pablo Picasso, que cierra el volumen en uno de tantos elogios que Cocteau dedicó a su amigo. La Place de Ravignan se ubica en el ensayo como epicentro y cuna de las vanguardias. Hoy, cuando paseamos por Montmartre, resulta curioso visitarla y notar esa tranquilidad, la paz que a principios del Novecientos anunció la revolución entre las paredes del Bateau Lavoir, esa casa del trampero donde una serie de artistas unidos por el ansia del cambio trabajaban entre francachelas, concentración y miedos. Un escaparate recuerda la presencia de los genios en el lugar. Cocteau reclamaba una estatua en el centro porque necesitaba reivindicar la magia. El hueco, el vacío de ese sitio encantador ya transmite una atmósfera, pero eso lo dice alguien que no lo vivió y admira el pasado porque cree que el presente malgasta las balas y olvida los homenajes que cuentan por pereza, desdén y voluntaria ignorancia de los milagros palpables.




miércoles, 29 de febrero de 2012

Podcast de fechas significativas de escritores en el Laberint de Wonderland



¿Cómo perdió el brazo Valle-Inclán?

¿Qué pasó el 16 de junio de 1904 en Dublín?

¿Qué relación tenían Picasso y Apollinaire con el robo de la Mona-Lisa?

¿Qué dijo Unamuno el 12 de octubre de 1936?


Si quieres ahondar en el detalle de estas cuatro historias sólo debes clickar aquí y escuchar el podcast del Laberint a partir del minuto 38.

lunes, 6 de febrero de 2012

El poeta asesinado de Guillaume Apollinaire en Revista de Letras





El poeta asesinado”, de Guillaume Apollinaire
Por Jordi Corominas i Julián | Destacados | 6.02.12



El poeta asesinado. Guillaume Apollinaire
Traducción de Manuel Hortoneda
Barataria (Barcelona, 2012)



Siempre he querido imaginar cómo algunos hombres nacidos a finales del siglo XIX sintieron el cambio que se avecinaba. La tecnología debe estar siempre presente en las revoluciones artísticas, pues la creación no puede desligarse de las transformaciones que afectan a toda la sociedad. Esa época canceló un mundo lento y propició un universo veloz que sólo unos pocos elegidos supieron captar porque sus condiciones así lo propiciaron.

Entre ellos, inevitablemente, destaca la figura de Guillaume Apollinaire, ayudado por su azarosa vida que tanto difundió con invenciones de gran calado para agrandar su leyenda. El poeta vanguardista, defensor de la novedad a ultranza pero con la sabiduría de estudiar lo viejo con erudición y pedantería, captó antes que nadie la importancia de lo que se cocía en bajos fondos que con el tiempo asumieron categoría de altos vuelos, y buena parte de culpa fue del loco y polifacético bardo fallecido de manera prematura en los estertores de la Primera Guerra Mundial.

Por circunstancias que no vienen al caso tuve la suerte de mamar desde bien pequeño el impacto de la bande à Picasso en la cultura mundial. El joven pintor malagueño y sus amigos del Bateau Lavoir se deleitaban con la aparición de Apollinaire en sus pocilgas. El desastrado y pulcro esteta encandilaba noches y voces con sus ocurrencias, delirios y teorías de apoyo al cubismo en su instante fundacional. Sin su cometido hubiera sido mucho más difícil que el riesgo triunfara, y el riesgo no sólo era aspiración a saltar de Montmartre a Montparnasse, era pasión auténtica, bien simbolizada por la astracanada del autor de Les Demoiselles y su socio de Las once mil vergas al robar estatuillas ibéricas en el Louvre y padecer el duro trámite de interrogatorios y amenazas, ellos, intocables, e imperecederos por méritos únicos bien plasmados en cuerpo y forma en El poeta asesinado que edita en España Barataria.

Vayamos al grano. El poeta asesinado es una autobiografía parcial que rebosa la energía surrealista, no en vano Apollinaire fue el verdadero inventor del término y la idea, de su autor, entregado a la tarea de escribirse y reescribir los cánones de la modernidad.

La primera parte del volumen es un ajuste de cuentas con la infancia y sus desgracias. El genio de Alcoholes vio la luz en Roma y estuvo ultraprotegido por su madre. En el libro que nos concierne es concebido por la casualidad y su madre, tras muchos dimes y diretes, termina encontrando la estabilidad con un noble parisino que decide ir a Roma para recibir la bendición papal. Quiere que el futuro retoño nazca en Mónaco, pero un despiste les conduce a Múnich, donde la cerveza bávara dará felicidad y anunciará la dicha de Croniamantal, pues ese y no otro será el nombre del poeta dotado de mil talentos que protagoniza la trama, ser a la deriva, solitario a la contra abandonado por muerte y circunstancias por sus progenitores.

La baronesa fallece en el parto y el padre se suicida en Mónaco. El rumbo, Apollinaire fue un nómada en su niñez, vira drásticamente. Un pastor políglota holandés le acoge y educa, haciéndole renunciar al amor en Et in Arcadia Ego y el adolescente, al fin, aterriza en París, su estación natural que cierra el intenso y disparatado prolegómeno de acelerado ritmo y prosa poligámica, con espacio para insertar fábulas, diálogos teatrales, poemas y todo tipo de textos al servicio del conjunto, pues su autor no aceptaba que las palabras se limitaran a unas leyes concretas.




Tal valentía se confirma en la segunda parte del manuscrito. La llegada al centro del universo cultural del primer Novecientos, con permiso de Viena, direcciona la acción hacia una crítica despiadada con la virtud de la burla bien hilvanada para anular determinadas imposiciones. En este sentido son remarcables el episodio del teatro, donde Croniamantal escuchará con sopor los consejos de un cenáculo erudito trasnochado en su decálogo, y el dedicado a la moda, magnífico escaparate de uniones contradictorias, fantasía, desbordante imaginación y un irreverente estilismo de sombreros pelota, redecillas de ojos de cristal y trajes de sastre con lomos de libros viejos encuadernados en piel de becerro que satirizan lo convencional con suma elegancia, pues como ya anticipamos previamente Apollinaire podía plantar cara a lo vetusto al dominar con maestría el legado de la tradición.

En el segundo tramo de la novela dos son los elementos autobiográficos que sobresalen por calado histórico. El pájaro de Benín es la encarnación del Picasso extasiado por las estatuillas africanas y su potencial de ruptura. Es la creación y también un buen amigo que aconseja a Croniamantal ir al bosque para dar con la tecla del amor. Tristusa Bailarineta es Marie Laurencin, pintora con quien el poeta mantuvo una relación hasta que un alemán finiquitó tan extraño amor, anécdota reflejada en la obra a través de la fuga de Tristusa con Paponat a lo largo y ancho de Europa Central hasta el retorno a Marsella y el estallido popular, causado por un artículo periodístico, contra el exceso de versificadores.

El poeta asesinado incluye una premonición de muerte que no debemos ignorar. Escrito en 1916, el volumen, aunque no puedo confirmar el dato, puede que fuera redactado poco después de las heridas que su autor recibió en combate. ¿Sentía que llegaba su hora? La razzia contra los aedos apunta alto y claro con un dedo hacia la estupidez de la masificación, bien sea informativa, bien de acumulación inútil de artistas que no eran tales. Pasa hoy y ocurrirá siempre, pero no está de más denunciarla. Apollinaire lo hizo y barrió literalmente con todo el Parnaso. Aún así el presagio tuvo un bonito final cuando una década después Picasso se inspiró en unas palabras de su rol en la novela para realizar su estatua más anómala en homenaje al desaparecido, una estatua de nada, como la poesía, y como la gloria.

domingo, 30 de octubre de 2011

Y siguió la fiesta de Alan Riding en Revista de Letras


Recuperar la amnesia, solear los claroscuros: “Y siguió la fiesta”, de Alan Riding
Por Jordi Corominas i Julián | Destacados | 30.10.11


Y siguió la fiesta. La vida cultural en el París ocupado por los nazis. Alan Riding
Traducción de Carles Andreu
Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores (Barcelona, 2011)


La Historia que cuenta Alan Riding en Y siguió la fiesta tiene un origen lejano, tanto que si quien escribe se pusiera quisquilloso podría remontarse a Carlomagno y hasta a la noche de los tiempos. No lo haré, aunque sí precisaré que desde 1870 la situación estaba al rojo vivo entre Francia y Alemania. Alsacia y Lorena. Proclamaciones imperiales. Derrotas inasumibles. Paces en vagones y un tratado imposible de cumplir facilitaron la tarea hasta llegar al maldito diez de mayo de 1940, fecha de la invasión nazi contra el Benelux y Francia. El otrora país henchido de igualdad, libertad y fraternidad gozaba de un significado especial para el resto del mundo. En décadas recientes la historiografía cultural ha destacado con mucho tino la labor fundamental de Viena para comprender las revoluciones intelectuales del siglo pasado, pero hasta hace bien poco París era la luz que eclipsaba cualquier otra referencia. La llamada de Baudelaire inició una senda que en lo literario convocó a escritores de todas las nacionalidades que querían embriagarse de una misteriosa magia de modernidad, y lo mismo hicieron los pintores, bien conscientes que quien no residía en la capital del Hexágono corría el riesgo de quedar fuera de juego en el gran tablero de las artes.



En 1940 la urbe del amor, hasta en eso destacaba, también era famosa por cines, teatros, cabarets e infinitos espectáculos que eternizaban su noche en una fiesta no muy distinta a la que Hemingway proclamó en su famoso libro de recuerdos. No es que las personas ignoraran la amenaza que se cernía en el horizonte: simplemente optaron por divertirse hasta que el sonido militar pisara los adoquines de los Campos Elíseos, lo que acaeció el 14 de junio, jornada infame para la libertad y gloriosa para el miedo. A Hitler sólo le quedaba una batalla pendiente en Europa. Inglaterra esperaba, y mientras tocaba adoptar medidas para con la vencida, que a nivel territorial fue dividida en dos partes, una ocupada y otra colaboracionista, el Régimen de Vichy, que paradójicamente, o no tanto, comandaba el Mariscal Pétain, héroe de la Primera Guerra Mundial. ¿Y en lo cultural?

Joseph Goebbels, ministro de Propaganda del Tercer Reich, tenía las ideas claras. El objetivo de la campaña de Francia era poner fin a la dominación cultural gala en Europa y a lo largo y ancho del globo terráqueo. París era la clave y por eso una de las manos derechas del Führer creó un departamento con más de mil doscientos empleados destinados a controlar los avatares del mundillo que hasta aquel entonces había marcado tendencia. Selección, aceptación y censura. El complejo de inferioridad teutón era enorme. Se dieron órdenes para que ninguna propuesta francesa traspasara la frontera alemana sin permiso y se extremaron las medidas para que la vida volviera a su cauce bajo una apariencia de normalidad una vez las bombas cesaron y los uniformes plagaron las avenidas con su tela de advertencia. Los gerifaltes se dieron el lujo de un tour turístico y Hermann Goering sació sus ansías saqueadoras para decorar su palacete y exportar grandes obras que por suerte fueron recuperadas tras el conflicto gracias a la habilidad de una funcionaria del Jeu de Paume que anotó con meticulosidad todo lo que entraba en el recinto usado por los nazis como depósito previo a los trenes. El Louvre quedó a salvo porque desde 1938 el gobierno Daladier inició el traslado de gran parte de la colección para evitar su confiscación y posterior traslado. El arte degenerado, al que los nazis dedicaron una muestra que exhibiera lo que para ellos era el horror, fue expuesto en galerías donde los marchantes superaban el temor de presentar lo prohibido apoyándose en clientes de confianza.




El mayor y más apasionante problema, que Alan Riding analiza al pormenor, se centró en cómo enfocar aguantar la pesadilla sin salpicarse. Los soldados de la Wehrmacht asistían con descuentos a la Ópera, donde tenían asientos reservados. Los burdeles estaban a rebosar y la música era el único punto de unión entre dos pueblos opuestos entregados a un más que comprensible recelo mutuo que aconsejó a los grandes nombres actuar con mucha cautela, si bien algunos no mostraron pudor alguno a la hora de codearse con sus nuevos amos. Sacha Guitry prosiguió con su hiperactividad y asistía a cualquier sarao de los nazis. Jean Cocteau fue algo más comedido. Su presencia en la grandilocuente exposición dedicada a ensalzar la escultura de Arno Breker contrasta con su arrojo al respaldar a un desconocido decisivo, Jean Genet, que de no ser por el dandi opiómano no hubiese encontrado acomodo a hurtadillas para su Notre-Dame des fleurs, de la que Robert Denoël imprimió treinta copias. Cocteau arriesgó más de la cuenta por su fervor estético al recrear en un guión para Jean Delannoy la leyenda de Tristán e Isolda. Los protagonistas de L’éternel retour fueron su amante Jean Marais y Madeleine Sologne, tan rubios que después de la liberación muchos opinaron que su cabellera era un alegato a la raza aria, por la que bebía los vientos Pierre Drieu La Rochelle, antisemita irredento que dirigió durante la ocupación la emblemática Nouvelle Revue Française. El mantenimiento de la publicación fundada por André Gide supuso un respiro para Gallimard, acusada de bolchevique, y un extraño paradigma de amistad entre literatos. Drieu La Rochelle pidió, en una especie de conciliación ideológica, que el resistente Jean Paulhan fuera su adjunto. Este se negó, pero aceptó colaborar, quizá porque sabía que el autor de Gilles había hablado con los nazis para protegerle junto a Louis Aragon, que a lo largo de esos cuatro años de íncubo transformó su lírica para dar esperanza al pueblo con la poesía, y lo mismo aplicó a sus versos Paul Éluard, estandarte de la resistencia con Liberté.



Pese a que la Historia lo ha absuelto e idolatrado como un tótem sacro, no podía decir lo mismo Jean Paul Sartre, que en la investigación premiada con el Premio Internacional de Ensayo Josep Palau i Fabre aparece como un inteligente estratega que supo vender su compromiso patriótico a la perfección pese a ser un oportunista de última hora bien diferente de Camus, un recién llegado que causó sensación, y el inagotable Malraux. Este círculo elitista nos lleva a Picasso, quien llegó a pedir la nacionalidad francesa por pavor a ser deportado por su defensa de la República Española. El genio del Gernika permaneció en su hogar de adopción sin apenas ser molestado. Recibió la visita de Ernst Jünger, oficial nazi que transcurrió su estancia en París entre el salón de Florence Gould, americana que organizó en sus aposentos una peculiar tertulia en la que cabían asesinos, figurantes, espontáneos y cualquiera que quisiera sentirse alguien en medio de tinieblas y una decrepitud que no arruinó la tan querida nocturnidad y los aplausos en las plateas.

Resumir el volumen editado por Galaxia Gutenberg requeriría un ensayo suplementario, y francamente no hay ninguna necesidad de redactarlo porque Riding ha elaborado un texto definitivo sobre un período convulso y en demasía olvidado. Los aficionados a la Segunda Guerra Mundial, entre los que me incluyo, suelen desmenuzar la conflagración sin penetrar en el pantano de la ocupación francesa. Se menciona la invasión y hasta 1944 nuestro vecino desaparece del mapa. Normandía lo resitúa. La excepción es la Resistencia, que desde mi punto de vista se observa y se menta sin exhaustividad. Quizá ello se deba a que no aceptamos un universo con la tricolor manchada. Puede ser. Tampoco descartaría una vergüenza colectiva fruto de una ceguera para apaciguar los pecados de figuras sospechosas. Lo mismo debieron pensar en 1945. Los juicios fueron cortos y se diluyeron para no causar escándalo y propiciar la desmemoria. Hubo poca sangre, escasas ejecuciones y mucho perdón. Las imágenes de las amantes rapadas engaña, es una verdad que nutre una manipulación tan grande como que el ejército galo ganó por méritos propios la contienda. Lean Y siguió la fiesta. Cambien su paradigma. La Historia, más tarde que temprano, suele ajustar cuentas.