lunes, 6 de febrero de 2012

El poeta asesinado de Guillaume Apollinaire en Revista de Letras





El poeta asesinado”, de Guillaume Apollinaire
Por Jordi Corominas i Julián | Destacados | 6.02.12



El poeta asesinado. Guillaume Apollinaire
Traducción de Manuel Hortoneda
Barataria (Barcelona, 2012)



Siempre he querido imaginar cómo algunos hombres nacidos a finales del siglo XIX sintieron el cambio que se avecinaba. La tecnología debe estar siempre presente en las revoluciones artísticas, pues la creación no puede desligarse de las transformaciones que afectan a toda la sociedad. Esa época canceló un mundo lento y propició un universo veloz que sólo unos pocos elegidos supieron captar porque sus condiciones así lo propiciaron.

Entre ellos, inevitablemente, destaca la figura de Guillaume Apollinaire, ayudado por su azarosa vida que tanto difundió con invenciones de gran calado para agrandar su leyenda. El poeta vanguardista, defensor de la novedad a ultranza pero con la sabiduría de estudiar lo viejo con erudición y pedantería, captó antes que nadie la importancia de lo que se cocía en bajos fondos que con el tiempo asumieron categoría de altos vuelos, y buena parte de culpa fue del loco y polifacético bardo fallecido de manera prematura en los estertores de la Primera Guerra Mundial.

Por circunstancias que no vienen al caso tuve la suerte de mamar desde bien pequeño el impacto de la bande à Picasso en la cultura mundial. El joven pintor malagueño y sus amigos del Bateau Lavoir se deleitaban con la aparición de Apollinaire en sus pocilgas. El desastrado y pulcro esteta encandilaba noches y voces con sus ocurrencias, delirios y teorías de apoyo al cubismo en su instante fundacional. Sin su cometido hubiera sido mucho más difícil que el riesgo triunfara, y el riesgo no sólo era aspiración a saltar de Montmartre a Montparnasse, era pasión auténtica, bien simbolizada por la astracanada del autor de Les Demoiselles y su socio de Las once mil vergas al robar estatuillas ibéricas en el Louvre y padecer el duro trámite de interrogatorios y amenazas, ellos, intocables, e imperecederos por méritos únicos bien plasmados en cuerpo y forma en El poeta asesinado que edita en España Barataria.

Vayamos al grano. El poeta asesinado es una autobiografía parcial que rebosa la energía surrealista, no en vano Apollinaire fue el verdadero inventor del término y la idea, de su autor, entregado a la tarea de escribirse y reescribir los cánones de la modernidad.

La primera parte del volumen es un ajuste de cuentas con la infancia y sus desgracias. El genio de Alcoholes vio la luz en Roma y estuvo ultraprotegido por su madre. En el libro que nos concierne es concebido por la casualidad y su madre, tras muchos dimes y diretes, termina encontrando la estabilidad con un noble parisino que decide ir a Roma para recibir la bendición papal. Quiere que el futuro retoño nazca en Mónaco, pero un despiste les conduce a Múnich, donde la cerveza bávara dará felicidad y anunciará la dicha de Croniamantal, pues ese y no otro será el nombre del poeta dotado de mil talentos que protagoniza la trama, ser a la deriva, solitario a la contra abandonado por muerte y circunstancias por sus progenitores.

La baronesa fallece en el parto y el padre se suicida en Mónaco. El rumbo, Apollinaire fue un nómada en su niñez, vira drásticamente. Un pastor políglota holandés le acoge y educa, haciéndole renunciar al amor en Et in Arcadia Ego y el adolescente, al fin, aterriza en París, su estación natural que cierra el intenso y disparatado prolegómeno de acelerado ritmo y prosa poligámica, con espacio para insertar fábulas, diálogos teatrales, poemas y todo tipo de textos al servicio del conjunto, pues su autor no aceptaba que las palabras se limitaran a unas leyes concretas.




Tal valentía se confirma en la segunda parte del manuscrito. La llegada al centro del universo cultural del primer Novecientos, con permiso de Viena, direcciona la acción hacia una crítica despiadada con la virtud de la burla bien hilvanada para anular determinadas imposiciones. En este sentido son remarcables el episodio del teatro, donde Croniamantal escuchará con sopor los consejos de un cenáculo erudito trasnochado en su decálogo, y el dedicado a la moda, magnífico escaparate de uniones contradictorias, fantasía, desbordante imaginación y un irreverente estilismo de sombreros pelota, redecillas de ojos de cristal y trajes de sastre con lomos de libros viejos encuadernados en piel de becerro que satirizan lo convencional con suma elegancia, pues como ya anticipamos previamente Apollinaire podía plantar cara a lo vetusto al dominar con maestría el legado de la tradición.

En el segundo tramo de la novela dos son los elementos autobiográficos que sobresalen por calado histórico. El pájaro de Benín es la encarnación del Picasso extasiado por las estatuillas africanas y su potencial de ruptura. Es la creación y también un buen amigo que aconseja a Croniamantal ir al bosque para dar con la tecla del amor. Tristusa Bailarineta es Marie Laurencin, pintora con quien el poeta mantuvo una relación hasta que un alemán finiquitó tan extraño amor, anécdota reflejada en la obra a través de la fuga de Tristusa con Paponat a lo largo y ancho de Europa Central hasta el retorno a Marsella y el estallido popular, causado por un artículo periodístico, contra el exceso de versificadores.

El poeta asesinado incluye una premonición de muerte que no debemos ignorar. Escrito en 1916, el volumen, aunque no puedo confirmar el dato, puede que fuera redactado poco después de las heridas que su autor recibió en combate. ¿Sentía que llegaba su hora? La razzia contra los aedos apunta alto y claro con un dedo hacia la estupidez de la masificación, bien sea informativa, bien de acumulación inútil de artistas que no eran tales. Pasa hoy y ocurrirá siempre, pero no está de más denunciarla. Apollinaire lo hizo y barrió literalmente con todo el Parnaso. Aún así el presagio tuvo un bonito final cuando una década después Picasso se inspiró en unas palabras de su rol en la novela para realizar su estatua más anómala en homenaje al desaparecido, una estatua de nada, como la poesía, y como la gloria.