sábado, 20 de noviembre de 2010

Las ruinas, la máscara y la foto pornográfica en mi sección "Se fue al otro barrio" de Bcn Week





Las ruinas, la máscara y la foto pornográfica by Jordi Corominas i Julián


by Jordi Corominas i JuliánA las ocho de la noche, a las nueve de la tarde del miércoles 29 de septiembre decidí salir de casa para observar la ciudad tras la batalla de la huelga general. Opté por formular mi recorrido de manera poca ortodoxa y así testar el pulso del conflicto cogiendo un taxi. ¿Misión imposible? Ni de coña. Los vehículos tricolores estaban activos, la única diferencia con un día de cada día era su luz verde, apagada porque dos ojos humanos pueden captar clientes de la nada. Alcé el brazo, un vehículo paró y tomamos rumbo a plaza de España. Comentamos los acontecimientos de la jornada y rizamos el rizo de rellenar una charla anodina quejándonos de la precariedad y las intergeneracionales diferencias salariales. Stop. Son once con cincuenta. Gracias. Antes de iniciar mi singladura tomé unas copas en casa de una amiga y luego, entonado como Dios manda, le di un beso de despedida y pisé la calle. La oscuridad reinaba, y mi trayecto se antojaba más que largo y obligatorio, pues la imposibilidad de subir a cualquier tipo de transporte público me conminaba a usar los pies. Apreté el botón de tranquilidad y la Gran Vía me recibió desierta, con escasas parejas que aprovechaban los bancos para filetearse en el anonimato de cuerpos fundidos y aire que remarcaba la soledad del lugar, hermoso y poco apreciado en su arboleda que a mediodía es perfecta para deambular, captar palabras incoherentes y avanzar en la recolecta visual de piernas, chiringuitos y algún que otro rostro conocido sin que sea famoso, sólo amigo. Esta ciudad es un pueblo con ínfulas que permite estos encuentros casuales cuando la normalidad se instala en el pavimento y todos, siguiendo mis sabios consejos, prescindís del estrés entre pasajes, vías, avenidas y circunvalaciones, espacios únicos donde el detalle cobra valor por mezclarse entre lo significante sobrevalorado desde el tópico de lobotomía.

Me aburría, hacía frío y la recta me abotargaba. En caso de sopor les recomiendo introducirse en el laberinto. Lo hice como un riesgo, creyendo que las manzanas podridas del Ensanche serían un salvoconducto que aceleraría mi cita con las ruinas del conflicto. Imaginaba papeles, sillas y muchos escaparates rotos en paseo de Gracia y aledaños. Nunca debemos adorar al piñón fijo por muy claras que tengamos las cosas. En Consell de Cent con Aribau la luz de un locutorio era el resquicio de duda que alimentaba lo urbano entre coches y despistados transeúntes. De repente, miré hacia la otra acera y una imagen turbó mi ánimo, empujándome a una prédica disolutiva del pecado. Un hombre con máscara de cerdo transitaba descalzo guiándose con las manos acompañado de dos perros minúsculos. Me pellizqué. Recientemente algunos conocidos usan el adjetivo loopoético y se quedan tan panchos. Yo les respondo que pueden emplearlo porque la existencia es más absurda de lo que creemos, y para muestra el botón que cuento en esta crónica. Ese señor de metro setenta era el rey del mambo de la noche más desangelada que recuerde. Los resistentes del incipiente otoño lo admiraban, esbozaban una sonrisa y dejaban que siguiera a lo suyo, sin sorprenderse ni alterarse en demasía. Esa indigna reacción, la triste constatación que nada asombra, me cabreó sobremanera. El pobre exhibicionista iba a tientas, y sufrí por su integridad cuando alcanzó el primer semáforo. Superó la prueba, dejó atrás las paraditas con libros, redujo su trote para intuir a sus queridos canes y sin mediar aviso emprendió una carrera a lo Usain Bolt para que las mascotas se cansaran. Lo que sigo sin entender, y ni falta que hace, es el motivo que le impulsa a asumir otra identidad en las horas muertas del crepúsculo, cuando Babilonia se desnuda y las aglomeraciones disminuyen y se agolpan en televisores, bares y platos calientes. Nunca sabré quién era, pero, con su simple ocurrencia, consiguió dar otro sentido a mi excursión, coloreándola de un optimismo infantil de la adoración descontrolada del loco positivo, algo corroborado hace dos minutos. He bajado a comprar tabaco y el chalado de la barba ha reaparecido en mi barrio, guardián de la puerta sin nombre. Pela patatas y abraza una foto pornográfica de un periódico deportivo. Con ellos la cordura duerme tranquila en la cama de Pandora.


Dibuixos: Nil Bartolozzi

viernes, 19 de noviembre de 2010

Desayuno con John Lennon y otras crónicas del rock de Robert Hilburn en Revista de Letras



Un largo viaje por la música popular y sus transformaciones: “Desayuno con John Lennon”, de Robert Hilburn
Por Jordi Corominas i Julián | Reseñas | 14.11.10

Desayuno con John Lennon y otras crónicas
para la historia del Rock. Robert Hilburn
Traducción de Mariano Peyrou
Turner Publicaciones (Madrid, 2010)


Más que una fecha, el fenómeno que trastornó a la mayor parte de críos y adolescentes en la década de los cincuenta tiene nombre propio: Elvis Presley. Tanto en Liverpool como en Louisiana el efecto era idéntico. El ritmo, la música y la presencia escénica del Rey eran una novedad demasiado jugosa que rompía con el pasado y abría la puerta a la revolución que se consolidó durante los años sesenta y sigue, con un descenso paulatino en todos los sentidos, hasta nuestros días. Robert Hilburn dejó seducirse por el Rock and Roll y supo extraerle su esencia al ver sus carencias a nivel periodístico a partir del escaso interés que le prestaban la mayoría de medios de comunicación. Poco importaba que existieran The Beatles, The Doors, Janis Joplin, Bob Dylan o Johnny Cash. Los eventos no se cubrían adecuadamente porque los rotativos de la época los consideraban un mero entretenimiento juvenil. Esa desconexión para con la realidad exigía un cambio de tercio, un firme posicionamiento que permitiera encajar las piezas y hacer justicia con lo que era algo más que un fenómeno social, un torbellino que sacudió conciencias y dio a la juventud motivos para soñar. El autor de Desayuno con John Lennon lo percibió, obtuvo una columna de crítica musical en Los Angeles Times e inició una carrera en forma de viaje por los senderos de su pasión. No ha sido un camino fácil, como nunca lo son aquellas vías que cogemos por puro amor al arte, y eso lo hace más vivo y comprometido, dando a Hilburn un estatus diferente, cuerpo integrado en el conjunto capaz de contar anécdotas con propiedad, sin la típica pedantería del que mucho sabe y se cree endiosado por las circunstancias. En este caso el cronista se limita a su labor desde la templanza que otorga conocer el terreno y sus personalidades hasta la extenuación, empapándose de la materia para no dejar nada al azar y regalarnos sus impresiones sobre ídolos comunitarios que forman parte de su existencia por derecho propio al haber transcurrido miles de horas con ellos en escenarios, bastidores, hoteles de lujo y cafeterías de mala muerte.

Al tratarse de un volumen de autor hay que tener en cuenta la subjetividad que genera las vivencias narradas. Quien desee un análisis pormenorizado de canciones y cantantes tendrá que ir a otra parte, pues la virtud de Desayuno con John Lennon radica en mezclar lo autobiográfico con las múltiples efemérides que pueblan sus páginas, lo que produce una cercanía muy alejada de lo teórico y da a la prosa un vigor acrecentado por la división de la obra en breves capítulos que el lector, aunque recomendamos devorarlo de principio a fin, puede degustar cuando le plazca, sin preocuparse en exceso de la estructura, estrictamente cronológica, y por lo tanto, válida para trazar evoluciones. Estas van desde la euforia de finales de los sesenta hasta la agonía del Rock en el siglo XXI, donde el crítico norteamericano se adapta al entender que cada tiempo requiere melodías que naveguen al son de las metamorfosis sociales, caso del Rap o el Hip Hop, transformaciones sin ninguna intención de enterrar lo antiguo porque el abanico es demasiado amplio como para que nadie se quede fuera.


Hilburn ha desarrollado una trayectoria espectacular que dignifica la labor del periodista cultural especializado. Su estilo se basa en escuchar, acudir a conciertos, hablar con los intérpretes y diagnosticar. Lo hizo, y le valió el rol de descubridor, con Elton John y en parte con Bruce Springsteen, sus joyas de una corona que además de investigar lo inédito no desdeñó lo ya conocido para matizar y romper con las habituales habladurías del mundillo. Este admirador de Elvis no dudó en criticar sus últimos estertores, cuando se dedicaba a dar conciertos de escaso nivel para regocijo de nostálgicos, lo que más que una reprimenda le valió, porque la insistencia es un grado, contactar con su ídolo, como hizo con tantos otros que a la postre fueron sus amigos, desde Lennon hasta Dylan pasando por los U2, a los que alaba desmedidamente sin darse cuenta que fueron los herederos perfeccionistas de la apoteosis del rock de estadio de los desencantados setenta para explotar el filón, vender mecheros e ingresar pingues beneficios . Es en este punto donde Hilburn descarrila con clase; su adoración mística por Bono tiene la cara del fan y la cruz de la objetividad fruto de la experiencia por la que ve su figura como un paso delante en la imagen del roquero, ser comprometido con causas humanitarias que ha abandonado el egoísmo de juergas y desmanes, sustituyendo lo salvaje por lo políticamente correcto que tanto desdeñaba Kurt Cobain, a quien ayudó con un importante texto que salvó al líder de Nirvana de perder la custodia de su hija, y acepta a regañadientes Jack White, último adalid de una magia que se resiste a tirar la toalla pese a los infinitos imperativos comerciales que aceleran su óbito en beneficio de un si te he visto no me acuerdo muy del gusto de MTV y sucedáneos.



Como es comprensible, el autor, tras más de cuatro décadas en la brecha, sabe muy bien el valor de su trabajo, por lo que no es extraño tropezar con una cierta complacencia cargada de palmaditas en la espalda con las que ensalza sus mayores logros, eso sí, sin descuidar el contenido, único pilar trascendente, piedra angular que estabiliza un recorrido por habitaciones cerradas donde los artistas desprenden su magia en pequeños detalles cotidianos, sus mayores temores y el agobio de la fama y sus exigencias. Michael Jackson descargaba tensiones, no piensen mal, con dibujos animados, mientras otras estrellas, caso de Paul McCartney o el ya mencionado Johnny Cash, optaban por relajarse con su familia entre composición y composición.

Los últimos años están resucitando el mercado editorial español, que paso a paso va atreviéndose con publicaciones dedicadas a la música popular, campo donde también interviene el factor generacional. Es posible que los más jóvenes apuesten por lo actual con el boom de músicos que escriben, aunque no cabe descartar que el consenso llegue con manuscritos como el de Robert Hilburn, síntesis entre el testimonio directo y la reflexión del auténtico significado del Rock and Roll. Si este formato goza de aceptación habremos avanzado, y quizá en breve veamos en nuestras librerías textos más específicos, abundantes en el mundo anglosajón, que certifiquen la unión entre lo popular y lo científico más allá de las fuentes.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Jueves 18, Benedetti íntimo en xerrades al voltant de Mario Benedetti


Hoy jueves 18 de noviembre clausuramos las sesiones que a lo largo de este mes han versado sobre la figura de Mario Benedetti. En esta ocasión el centro de gravedad se trasladará a su lado más íntimo para que el público pueda descubrir cómo era el poeta en su vida privada.




BENEDETTI ÍNTIM

18 de noviembre de 2010 19. 30 h Biblioteca: Bonnemaison

Sant Pere Més Baix, 7

Guillermo Schavelzon, agente literari

Antonio Traveria, director Casa América Catalunya

Modera: Jordi Corominas i Julián





El ciclo está organizado por Purpura Visual y colaboran Bibliotecas de Barcelona, Casa América Cataluña, Editorial Alfaguara y el consulado argentino de Barcelona.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Podcast de la primera sesión de paseos por cafés literarios en Wonderland



A partir del minuto 42 hablamos de Cafés literarios en Madrid, Barcelona y Roma. Puedes escucharlo pinchando aquí

Panfleto Calidoscopio noviembre-diciembre





Panfleto Calidoscopio nov-dic [nº 42/2010]

Como en un Calidoscopio te ofrecemos pequeñas cuentas que satisfagan o piquen tu curiosidad. Sobre cualquier tema en miscelánea, o bien sobre música, cine y literatura.

Sin el apremio de la modernidad y la vanguardia, con la tranquilidad de quien revisa lo pasado. Visiones Caleidoscópicas de nuestra cultura, eso es lo que pretendemos mostrar.

sumario [nº42/2010]




El mito, el sexo y los halcones
Por Jordi Corominas i Julián



Antiformas de Estefanía García
Por Nuria Ruiz de Viñaspre





La máquina de Macedonio
Por Anna Maria Iglesia Pagnotta



Matemática Beatle VII
Por Jordi Corominas i Julián





Las Musas
Por María Zaragoza



Festival de flor y canto
Por Raquel Delgado





Arte autorreferente
Por Federico Fernández Giordano



Eros
Por Sonia Fernández Pan





El arte de desaparecer II
Por Álex Chico



Berenice Eingberg o el ardor
Por Natalia Zarco





XVIII Premio de Relato Círculo Cultural Faroni



Espacio inventado
Poemas de Ángel Guinda

Miércoles 17, Cafés literarios de Paris en el Laberint de Wonderland en Rne4




Si la semana pasada viajamos entre Roma, Barcelona y Madrid, hoy en el laberint de Wonderland haremos un largo viaje histórico por los cafés de Paris. Dividiremos nuestro recorrido en varias etapas que irán desde la chipiriflaútica amistad de Rimbaud y Verlaine, pasando por Lapin Agile a principios del siglo XX, moviéndonos de la mano de Hemingway por toda la ciudad de la luz y finalmente pararemos en Saint Germain para visitar el desaparecido Rock and Roll Circus, penúltima parada de una ruta que termina en las estribaciones de Montmartre, donde el turista puede visitar el café de la película Amèlie.









El laberint a Wonderland

Cada miércoles a partir de las 18h

Radio Nacional- Rne4

100.8 fm Barcelona

En directo: Rne4

sábado, 13 de noviembre de 2010

Hilo Musical de Miqui Otero en Revista de Letras


Una auténtica novela pop de ideas: Hilo musical de Miqui Otero por Jordi Corominas i Julián

Miqui Otero
Hilo musical
Alpha Decay 2010


Tristán está triste. ¿Qué tendrá Tristán? Tristán es Inocente y en un primer indicio de rebelión deja atrás lo de ser vigilante y se bebe Barcelona hasta topar con el Ronaldinho de la Rambla, Mercurio hacia la regeneración absurda. Tristán coge un autobús. Tristán aterriza en Villa verano, un parque temático con animales humanos de toda fauna y pelaje. También hay una chica llamada Alma. Y muchos nervios. Y un aturdimiento de quien no entiende y lucha a tientas por su destino.

El inicio de Hilo musical de Miqui Otero es Alice in Wonderland a lo posmoderno. La intención es aceptar el reto de dos puntos ondulantes que constituyen un camino, porque la línea recta es recaer en las cartas marcadas. En ambos casos los recintos donde se desarrolla la trama están delimitados con fronteras precisas con un interior misterioso que nunca se acaba y siempre depara sorpresas, son escenarios-mundo, lugares que en su esencia se configuran en vehículos muy útiles para interpretar la sociedad de su tiempo histórico.

Dicho así parece que os esté explicando una obra que no es un bildungsroman pop con mucha agilidad e inteligencia tanto en tempo como en lo que se cuenta y cómo se cuenta, pues uno de los puntos cardinales de esta ópera prima es leer un tipo de literatura viejoven, en el retrovisor asoma Cosas que hacen BUM de Kiko Amat, y sentirla fresca, con lo que ello supone para el producto, libre, con voz propia que sabe muy bien las virtudes del humor para hablar en serio en una lectura que se devora al estar perfectamente hilvanada en su velocidad ingeniosa, punzante y reflexiva.


¿Y qué pasa con Tristán? Los héroes desvalidos en urbes ignotas requieren guías. Dante y Virgilio. En la antigüedad me imagino al poeta de La Eneida caminando con un hilo musical basado en la naturaleza y la interrupción del silencio por imperativo categórico del día a día. En el siglo XXI la completa quietud, la ausencia de sonido, es una imposibilidad, y vayamos donde vayamos estamos condenados, sin que nadie proteste porque ya se sabe que el arte de Terpsícore amansa a las fieras, a la imposición de empapar nuestros oídos con versiones diluidas de clásicos en el metro, en la tele, en el baño, en la oficina y hasta en pleno aire libre. Virgilio enloquecería. Su contexto se ha transformado y ahora quien quiera encontrar su réplica contemporánea deberá ir a un bar, donde la diferencia escapa a la locura del exterior. Tristán- ya irremediablemente enamorado de Alma, la chica que cose disfraces desde su bello desengaño- choca en el Submarino, universo fuera de la realidad por la seguridad de las profundidades en que sí se puede beber, con Nemo, un vivales viejo por fuera y joven por dentro que fue líder de los famosos Famosos, un grupo que en los sesenta cosechó algún éxito y fracasó con el honor del estrépito. Nemo en realidad se llama Inocente, ama lo marítimo y se erige en profesor del protagonista, quien hasta su viaje iniciático a Villa Verano sólo conocía la cinta de las viejas y las rápidas. Las explicaciones del capitán sobre antiguos temas alimentan y expanden la mente de Tristán paralelamente a su crecimiento como persona entre las idas venidas del parque, fiel reflejo de la crisis, mosaico que desde las máscaras retrata el presente y expone una teoría de lo que sería ideal para terminar con tanto cinismo. Los trabajadores del parque son monigotes que aceptan travestirse por una miseria y malviven de donde sudan su ínfimo sueldo a casa y tiro porque me toca, como si fuera imposible reaccionar ante la moderna esclavitud. Se puede y es recomendable derribar los muros de la cárcel con inventiva y un temor que presagie la ofensiva final, el golpe que altere el estado de las cosas para engendrar algo mejor que de a la gente la satisfacción de desafiar al poderoso y burlar sus opresivas normas basándose en ilustres precedentes de raíz norteamericana.


Esta vertiente de la novela versa hacia el colectivo, factor importante que sin embargo se extraviaría sin lo individual. Tristán es tímido. Tristán no tiene un manual de flirteo ni una mínima idea de túneles secretos bien palpables. Su objetivo, que desconoce, es traspasar la oscuridad y salir de la caverna. Nada es lo que parece. Los chicos que calcan su actuación cada veinticuatro horas se transforman en una banda con empuje en Atlantis, que no es una compañía de seguros, sino la única construcción de Villa Verano, con permiso del Submarino que se reserva para la intimidad de la charla etílica, con esperanza, espacio de alienación positiva porque implica anhelo de felicidad y conspiración hasta con círculos abiertos a la playa, quitarse ropa, desnudarse, aspirar.
El Submarino y Atlantis. Lo recogido y la algarabía. Dos plateas que sólo convergen cuando Tristán acepta que Alma y Nemo interactúen, como si juntando sus dos parcelas pudiera sentirse realizado, aunque también es licito lanzar la hipótesis que el rockero de barra, amante del agua cuando ansía un Magno, sea, y otra vez aparece con nuevos bríos la tradición, la figura del doble, o quizá una encarnación de un imperfecto yo anterior, pues ya se sabe que de generación en generación, o eso decían nuestros abuelos, se producen saltos cualitativos en la especie. Lo incompleto de uno es la lección para que el otro supla pretéritas carencias. Entre ellas está la consecución del amor, porque por mucho que haya un trasfondo que va más allá de Cupido lo trascendente en esta historia es que Tristán se quede con la chica. Las apartadas bicicletas estáticas y las pedaladas son energía con inquietud por canalizarse y soltar amarras. Otra vez el destino.


Todos sabemos lo triste que nos deja el verano. En Otoño caen las hojas, el cielo se encapota y el Barça juega intrascendentes partidos contra el Albacete. En el caso que nos concierne la estación estival es la cronología de una operación que pide a gritos renovar el panorama, aborrecer el conformismo y tomar conciencia del perpetuo murmullo que nos rodea y hace de la normalidad un sedante con el que dormimos despiertos. Hay que agitar el cotarro, romper en mil pedazos el hilo musical que acompaña nuestros pasos y adaptar el oído para melodías que con un código que impida su falseamiento. Hay que perpetrarlo con diversión y gafas anticomplejos. Miqui Otero tiene la receta.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

El incongruente de Ramón Gómez de la Serna en The Barcelona Review


El incongruente
Ramón Gómez de la Serna
Prólogo de Julio Cortázar
Blackie books, Barcelona, 2010

Existirán las Vanguardias mientras haya mentes que quieran ver la realidad desde un punto de vista anómalo. En nuestra época su problema es el mercadeo de lo contemporaneidad, la oferta de ofrecer algo bajo un nombre que no corresponde con su esencia, por lo que conviene mirar atrás y recuperar a los padres fundadores. Es fácil hacerlo, basta editar sus obras y esperar reacciones, pero es de suma importancia quién lo hace. En su corta trayectoria Blackie Books se ha distinguido como la única editorial independiente española con criterio al proponer textos merecedores del calificativo moderno. No importa su edad, la clave radica en la actualidad de sus contenidos. Esa postura, honesta y única en un panorama proclive al fast food literario de si te he visto no me acuerdo, se agradece, y por ello es normal que El incongruente de Ramón Gómez de la Serna renazca bajo su sello, empeñado en buscar la calidad sin preocuparse por épocas ni tendencias, y en este sentido la novela del prolífico escritor español es un perfecto ejemplo, pues tras una primera versión de 1922 recibió su definitivo punto y final en 1947, cuando el inventor de las greguerías ya residía en Buenos Aires, alejado de España por culpa de la larga noche franquista, donde sus ocurrencias hubiesen iluminado demasiado la superficie, bien diferente al Madrid que durante años acogió al hombre que Francisco Umbral definió como demasiado escritor para ser buen novelista. Veamos si el mítico autor de Mortal y rosa tenía razón en sus apreciaciones.

Una novela de riesgo desde el desafío a la incongruencia: la comprensión de la velocidad y sus cambios

El incongruente es, ante todo, otra muestra más de la endiablada inteligencia de su autor, virtud que une a la indudable capacidad de leer las transformaciones de su época. Gustavo es un ser condenado a vivir en un constante estado incongruente. Su mundo parece una noria al revés, círculo donde la lógica se va al garete por los imprevistos del guión, camino con irregularidades que el protagonista acepta con resignación, pues sus peripecias siempre se ven teñidas por imprevistos que un sería sencillo calificar de surrealistas. ¿Lo son? El espíritu de la época del manuscrito así parece indicarlo, pero lo cierto es que Gómez de la Serna engendra la revolución del pobre Gustavo desde la parodia hilada desde varios ángulos. Algunos lectores podrán leer su biografía desde la burla al mito de Don Juan. Quien escribe vio Casanova en todo momento con un prisma extremo, seductor que quiere disfrutar y dar placer hasta que lo cómico, la desgracia del slapstick, irrumpe y desbarata los planes. Otros dirán que es la trama está mal estructurada y carece de unidad en sus fragmentos. A este sector les recomendaría analizarla desde lo decimonónico. ¿Se acuerdan de Julien Sorel? Gustavo es un héroe de novela arquetípico transformado por la necesidad de renovar un género que a principios del siglo XX clamaba por un cambio, tanto en estructura como en contenido. Quizá por eso las aventuras del pobre incongruente basculan entre el absurdo y la dimensión de todas las transformaciones de esas vertiginosas décadas. Todo lo que otrora era considerado previsible quedó desmontado por la velocidad y la metamorfosis de los hábitos cotidianos. Gustavo gusta de ir elegante, aunque su voluntad de emperifollarse topa con el abandono de los bellos ropajes, obsoletos, clausurados en salas museísticas donde las personas que siguen llevándolos son una curiosidad antropológica, casi una secta. No sería de extrañar que ese fuera el motivo por el que engulle sus gemelos y tira el reloj al suelo, el tiempo y sus matices en la velocidad de máquinas y autobuses, mientras espera el transporte público, rendido a la comodidad de la moderno, que exige enterrar la sardina de lo antiguo y adoptar nuevas formas, que a nivel textual se reflejan en la insistencia en no ceñirse a un solo género. Así es como a lo largo del texto hallamos misterio de crónica negra, romanticismo, romances de tren, cumbres de la literatura fantástica, pura poesía del objeto, críticas sociales o ciencia-ficción.
La transición definitiva entre la confusión inicial y un asentamiento de la intencionalidad narrativa se asienta cuando Gustavo compra una motocicleta y se dispone a recorrer mundo. En sus rutas descubre encantadores pueblos con múltiples sorpresas como habitantes que son muñecos de cera o aldeanos que rebosan felicidad por los cuatro costados. Cuando abandona los villorrios ya no sabe cómo volver a dar con ellos, lo que se debe sin ningún tipo de duda a la pérdida de oremus que implica la aceleración del cronómetro, empecinado a principios del novecientos a desterrar la lentitud para catapultar al hombre hacia la enfermedad de lo breve, como si aquel lema de la experiencia irrepetible fuera un axioma infalible a cumplir sin más dilación, un must en el diccionario del día a día, y es bien sabido que lo más complicado de la existencia es adaptarse a las situaciones inesperadas. Los futuristas pedían en sus manifiestos quemar museos y en cambio Ramón Gómez de la Serna decide que el pasado es útil conjugado con el presente, dando otra vez señales de una insólita clarividencia. La literatura siempre ha ido por delante, siempre ha sido el arte que más y mejor ha sabido beber del néctar de otras. El cine no adoptó las nuevas técnicas de la novela de las primeras décadas del siglo XX hasta 1960, error que contribuyó a su popularización con formas narrativas simples que atraían al espectador. Por su parte la novela vio un filón en lo fragmentario del montaje del séptimo arte y lo aprovechó. Don Ramón lo hizo mediante capítulos cortos, que dan sensación de secuencia, y una idea que podríamos calificar de proclama cotidiana y cultural: las vidas humanas dejarán de ser incongruentes cuando sean similares a las plasmadas en el cinematógrafo, como si de este modo la realidad se fundiera con la ficción para dar a la Humanidad la tranquilidad deseada, porque al fin y al cabo Gustavo es el espejo de nuestra especie en la difícil encrucijada de lo anquilosado a lo que circula por la calle y nadie ha siquiera esbozado. Su reflexión tiene ochenta años y mucha juventud porque sigue teniendo indiscutible validez en 2010, cuando la crisis perfila un horizonte donde los viejos usos quedarán obsoletos por un horizonte mejor. Lo moderno no es la moda, sino, recordadlo, aquello que sirve para comprender el tiempo en que vivimos.

Jordi Corominas i Julián