viernes, 19 de noviembre de 2010

Desayuno con John Lennon y otras crónicas del rock de Robert Hilburn en Revista de Letras



Un largo viaje por la música popular y sus transformaciones: “Desayuno con John Lennon”, de Robert Hilburn
Por Jordi Corominas i Julián | Reseñas | 14.11.10

Desayuno con John Lennon y otras crónicas
para la historia del Rock. Robert Hilburn
Traducción de Mariano Peyrou
Turner Publicaciones (Madrid, 2010)


Más que una fecha, el fenómeno que trastornó a la mayor parte de críos y adolescentes en la década de los cincuenta tiene nombre propio: Elvis Presley. Tanto en Liverpool como en Louisiana el efecto era idéntico. El ritmo, la música y la presencia escénica del Rey eran una novedad demasiado jugosa que rompía con el pasado y abría la puerta a la revolución que se consolidó durante los años sesenta y sigue, con un descenso paulatino en todos los sentidos, hasta nuestros días. Robert Hilburn dejó seducirse por el Rock and Roll y supo extraerle su esencia al ver sus carencias a nivel periodístico a partir del escaso interés que le prestaban la mayoría de medios de comunicación. Poco importaba que existieran The Beatles, The Doors, Janis Joplin, Bob Dylan o Johnny Cash. Los eventos no se cubrían adecuadamente porque los rotativos de la época los consideraban un mero entretenimiento juvenil. Esa desconexión para con la realidad exigía un cambio de tercio, un firme posicionamiento que permitiera encajar las piezas y hacer justicia con lo que era algo más que un fenómeno social, un torbellino que sacudió conciencias y dio a la juventud motivos para soñar. El autor de Desayuno con John Lennon lo percibió, obtuvo una columna de crítica musical en Los Angeles Times e inició una carrera en forma de viaje por los senderos de su pasión. No ha sido un camino fácil, como nunca lo son aquellas vías que cogemos por puro amor al arte, y eso lo hace más vivo y comprometido, dando a Hilburn un estatus diferente, cuerpo integrado en el conjunto capaz de contar anécdotas con propiedad, sin la típica pedantería del que mucho sabe y se cree endiosado por las circunstancias. En este caso el cronista se limita a su labor desde la templanza que otorga conocer el terreno y sus personalidades hasta la extenuación, empapándose de la materia para no dejar nada al azar y regalarnos sus impresiones sobre ídolos comunitarios que forman parte de su existencia por derecho propio al haber transcurrido miles de horas con ellos en escenarios, bastidores, hoteles de lujo y cafeterías de mala muerte.

Al tratarse de un volumen de autor hay que tener en cuenta la subjetividad que genera las vivencias narradas. Quien desee un análisis pormenorizado de canciones y cantantes tendrá que ir a otra parte, pues la virtud de Desayuno con John Lennon radica en mezclar lo autobiográfico con las múltiples efemérides que pueblan sus páginas, lo que produce una cercanía muy alejada de lo teórico y da a la prosa un vigor acrecentado por la división de la obra en breves capítulos que el lector, aunque recomendamos devorarlo de principio a fin, puede degustar cuando le plazca, sin preocuparse en exceso de la estructura, estrictamente cronológica, y por lo tanto, válida para trazar evoluciones. Estas van desde la euforia de finales de los sesenta hasta la agonía del Rock en el siglo XXI, donde el crítico norteamericano se adapta al entender que cada tiempo requiere melodías que naveguen al son de las metamorfosis sociales, caso del Rap o el Hip Hop, transformaciones sin ninguna intención de enterrar lo antiguo porque el abanico es demasiado amplio como para que nadie se quede fuera.


Hilburn ha desarrollado una trayectoria espectacular que dignifica la labor del periodista cultural especializado. Su estilo se basa en escuchar, acudir a conciertos, hablar con los intérpretes y diagnosticar. Lo hizo, y le valió el rol de descubridor, con Elton John y en parte con Bruce Springsteen, sus joyas de una corona que además de investigar lo inédito no desdeñó lo ya conocido para matizar y romper con las habituales habladurías del mundillo. Este admirador de Elvis no dudó en criticar sus últimos estertores, cuando se dedicaba a dar conciertos de escaso nivel para regocijo de nostálgicos, lo que más que una reprimenda le valió, porque la insistencia es un grado, contactar con su ídolo, como hizo con tantos otros que a la postre fueron sus amigos, desde Lennon hasta Dylan pasando por los U2, a los que alaba desmedidamente sin darse cuenta que fueron los herederos perfeccionistas de la apoteosis del rock de estadio de los desencantados setenta para explotar el filón, vender mecheros e ingresar pingues beneficios . Es en este punto donde Hilburn descarrila con clase; su adoración mística por Bono tiene la cara del fan y la cruz de la objetividad fruto de la experiencia por la que ve su figura como un paso delante en la imagen del roquero, ser comprometido con causas humanitarias que ha abandonado el egoísmo de juergas y desmanes, sustituyendo lo salvaje por lo políticamente correcto que tanto desdeñaba Kurt Cobain, a quien ayudó con un importante texto que salvó al líder de Nirvana de perder la custodia de su hija, y acepta a regañadientes Jack White, último adalid de una magia que se resiste a tirar la toalla pese a los infinitos imperativos comerciales que aceleran su óbito en beneficio de un si te he visto no me acuerdo muy del gusto de MTV y sucedáneos.



Como es comprensible, el autor, tras más de cuatro décadas en la brecha, sabe muy bien el valor de su trabajo, por lo que no es extraño tropezar con una cierta complacencia cargada de palmaditas en la espalda con las que ensalza sus mayores logros, eso sí, sin descuidar el contenido, único pilar trascendente, piedra angular que estabiliza un recorrido por habitaciones cerradas donde los artistas desprenden su magia en pequeños detalles cotidianos, sus mayores temores y el agobio de la fama y sus exigencias. Michael Jackson descargaba tensiones, no piensen mal, con dibujos animados, mientras otras estrellas, caso de Paul McCartney o el ya mencionado Johnny Cash, optaban por relajarse con su familia entre composición y composición.

Los últimos años están resucitando el mercado editorial español, que paso a paso va atreviéndose con publicaciones dedicadas a la música popular, campo donde también interviene el factor generacional. Es posible que los más jóvenes apuesten por lo actual con el boom de músicos que escriben, aunque no cabe descartar que el consenso llegue con manuscritos como el de Robert Hilburn, síntesis entre el testimonio directo y la reflexión del auténtico significado del Rock and Roll. Si este formato goza de aceptación habremos avanzado, y quizá en breve veamos en nuestras librerías textos más específicos, abundantes en el mundo anglosajón, que certifiquen la unión entre lo popular y lo científico más allá de las fuentes.