sábado, 20 de noviembre de 2010

Las ruinas, la máscara y la foto pornográfica en mi sección "Se fue al otro barrio" de Bcn Week





Las ruinas, la máscara y la foto pornográfica by Jordi Corominas i Julián


by Jordi Corominas i JuliánA las ocho de la noche, a las nueve de la tarde del miércoles 29 de septiembre decidí salir de casa para observar la ciudad tras la batalla de la huelga general. Opté por formular mi recorrido de manera poca ortodoxa y así testar el pulso del conflicto cogiendo un taxi. ¿Misión imposible? Ni de coña. Los vehículos tricolores estaban activos, la única diferencia con un día de cada día era su luz verde, apagada porque dos ojos humanos pueden captar clientes de la nada. Alcé el brazo, un vehículo paró y tomamos rumbo a plaza de España. Comentamos los acontecimientos de la jornada y rizamos el rizo de rellenar una charla anodina quejándonos de la precariedad y las intergeneracionales diferencias salariales. Stop. Son once con cincuenta. Gracias. Antes de iniciar mi singladura tomé unas copas en casa de una amiga y luego, entonado como Dios manda, le di un beso de despedida y pisé la calle. La oscuridad reinaba, y mi trayecto se antojaba más que largo y obligatorio, pues la imposibilidad de subir a cualquier tipo de transporte público me conminaba a usar los pies. Apreté el botón de tranquilidad y la Gran Vía me recibió desierta, con escasas parejas que aprovechaban los bancos para filetearse en el anonimato de cuerpos fundidos y aire que remarcaba la soledad del lugar, hermoso y poco apreciado en su arboleda que a mediodía es perfecta para deambular, captar palabras incoherentes y avanzar en la recolecta visual de piernas, chiringuitos y algún que otro rostro conocido sin que sea famoso, sólo amigo. Esta ciudad es un pueblo con ínfulas que permite estos encuentros casuales cuando la normalidad se instala en el pavimento y todos, siguiendo mis sabios consejos, prescindís del estrés entre pasajes, vías, avenidas y circunvalaciones, espacios únicos donde el detalle cobra valor por mezclarse entre lo significante sobrevalorado desde el tópico de lobotomía.

Me aburría, hacía frío y la recta me abotargaba. En caso de sopor les recomiendo introducirse en el laberinto. Lo hice como un riesgo, creyendo que las manzanas podridas del Ensanche serían un salvoconducto que aceleraría mi cita con las ruinas del conflicto. Imaginaba papeles, sillas y muchos escaparates rotos en paseo de Gracia y aledaños. Nunca debemos adorar al piñón fijo por muy claras que tengamos las cosas. En Consell de Cent con Aribau la luz de un locutorio era el resquicio de duda que alimentaba lo urbano entre coches y despistados transeúntes. De repente, miré hacia la otra acera y una imagen turbó mi ánimo, empujándome a una prédica disolutiva del pecado. Un hombre con máscara de cerdo transitaba descalzo guiándose con las manos acompañado de dos perros minúsculos. Me pellizqué. Recientemente algunos conocidos usan el adjetivo loopoético y se quedan tan panchos. Yo les respondo que pueden emplearlo porque la existencia es más absurda de lo que creemos, y para muestra el botón que cuento en esta crónica. Ese señor de metro setenta era el rey del mambo de la noche más desangelada que recuerde. Los resistentes del incipiente otoño lo admiraban, esbozaban una sonrisa y dejaban que siguiera a lo suyo, sin sorprenderse ni alterarse en demasía. Esa indigna reacción, la triste constatación que nada asombra, me cabreó sobremanera. El pobre exhibicionista iba a tientas, y sufrí por su integridad cuando alcanzó el primer semáforo. Superó la prueba, dejó atrás las paraditas con libros, redujo su trote para intuir a sus queridos canes y sin mediar aviso emprendió una carrera a lo Usain Bolt para que las mascotas se cansaran. Lo que sigo sin entender, y ni falta que hace, es el motivo que le impulsa a asumir otra identidad en las horas muertas del crepúsculo, cuando Babilonia se desnuda y las aglomeraciones disminuyen y se agolpan en televisores, bares y platos calientes. Nunca sabré quién era, pero, con su simple ocurrencia, consiguió dar otro sentido a mi excursión, coloreándola de un optimismo infantil de la adoración descontrolada del loco positivo, algo corroborado hace dos minutos. He bajado a comprar tabaco y el chalado de la barba ha reaparecido en mi barrio, guardián de la puerta sin nombre. Pela patatas y abraza una foto pornográfica de un periódico deportivo. Con ellos la cordura duerme tranquila en la cama de Pandora.


Dibuixos: Nil Bartolozzi