miércoles, 10 de noviembre de 2010

El incongruente de Ramón Gómez de la Serna en The Barcelona Review


El incongruente
Ramón Gómez de la Serna
Prólogo de Julio Cortázar
Blackie books, Barcelona, 2010

Existirán las Vanguardias mientras haya mentes que quieran ver la realidad desde un punto de vista anómalo. En nuestra época su problema es el mercadeo de lo contemporaneidad, la oferta de ofrecer algo bajo un nombre que no corresponde con su esencia, por lo que conviene mirar atrás y recuperar a los padres fundadores. Es fácil hacerlo, basta editar sus obras y esperar reacciones, pero es de suma importancia quién lo hace. En su corta trayectoria Blackie Books se ha distinguido como la única editorial independiente española con criterio al proponer textos merecedores del calificativo moderno. No importa su edad, la clave radica en la actualidad de sus contenidos. Esa postura, honesta y única en un panorama proclive al fast food literario de si te he visto no me acuerdo, se agradece, y por ello es normal que El incongruente de Ramón Gómez de la Serna renazca bajo su sello, empeñado en buscar la calidad sin preocuparse por épocas ni tendencias, y en este sentido la novela del prolífico escritor español es un perfecto ejemplo, pues tras una primera versión de 1922 recibió su definitivo punto y final en 1947, cuando el inventor de las greguerías ya residía en Buenos Aires, alejado de España por culpa de la larga noche franquista, donde sus ocurrencias hubiesen iluminado demasiado la superficie, bien diferente al Madrid que durante años acogió al hombre que Francisco Umbral definió como demasiado escritor para ser buen novelista. Veamos si el mítico autor de Mortal y rosa tenía razón en sus apreciaciones.

Una novela de riesgo desde el desafío a la incongruencia: la comprensión de la velocidad y sus cambios

El incongruente es, ante todo, otra muestra más de la endiablada inteligencia de su autor, virtud que une a la indudable capacidad de leer las transformaciones de su época. Gustavo es un ser condenado a vivir en un constante estado incongruente. Su mundo parece una noria al revés, círculo donde la lógica se va al garete por los imprevistos del guión, camino con irregularidades que el protagonista acepta con resignación, pues sus peripecias siempre se ven teñidas por imprevistos que un sería sencillo calificar de surrealistas. ¿Lo son? El espíritu de la época del manuscrito así parece indicarlo, pero lo cierto es que Gómez de la Serna engendra la revolución del pobre Gustavo desde la parodia hilada desde varios ángulos. Algunos lectores podrán leer su biografía desde la burla al mito de Don Juan. Quien escribe vio Casanova en todo momento con un prisma extremo, seductor que quiere disfrutar y dar placer hasta que lo cómico, la desgracia del slapstick, irrumpe y desbarata los planes. Otros dirán que es la trama está mal estructurada y carece de unidad en sus fragmentos. A este sector les recomendaría analizarla desde lo decimonónico. ¿Se acuerdan de Julien Sorel? Gustavo es un héroe de novela arquetípico transformado por la necesidad de renovar un género que a principios del siglo XX clamaba por un cambio, tanto en estructura como en contenido. Quizá por eso las aventuras del pobre incongruente basculan entre el absurdo y la dimensión de todas las transformaciones de esas vertiginosas décadas. Todo lo que otrora era considerado previsible quedó desmontado por la velocidad y la metamorfosis de los hábitos cotidianos. Gustavo gusta de ir elegante, aunque su voluntad de emperifollarse topa con el abandono de los bellos ropajes, obsoletos, clausurados en salas museísticas donde las personas que siguen llevándolos son una curiosidad antropológica, casi una secta. No sería de extrañar que ese fuera el motivo por el que engulle sus gemelos y tira el reloj al suelo, el tiempo y sus matices en la velocidad de máquinas y autobuses, mientras espera el transporte público, rendido a la comodidad de la moderno, que exige enterrar la sardina de lo antiguo y adoptar nuevas formas, que a nivel textual se reflejan en la insistencia en no ceñirse a un solo género. Así es como a lo largo del texto hallamos misterio de crónica negra, romanticismo, romances de tren, cumbres de la literatura fantástica, pura poesía del objeto, críticas sociales o ciencia-ficción.
La transición definitiva entre la confusión inicial y un asentamiento de la intencionalidad narrativa se asienta cuando Gustavo compra una motocicleta y se dispone a recorrer mundo. En sus rutas descubre encantadores pueblos con múltiples sorpresas como habitantes que son muñecos de cera o aldeanos que rebosan felicidad por los cuatro costados. Cuando abandona los villorrios ya no sabe cómo volver a dar con ellos, lo que se debe sin ningún tipo de duda a la pérdida de oremus que implica la aceleración del cronómetro, empecinado a principios del novecientos a desterrar la lentitud para catapultar al hombre hacia la enfermedad de lo breve, como si aquel lema de la experiencia irrepetible fuera un axioma infalible a cumplir sin más dilación, un must en el diccionario del día a día, y es bien sabido que lo más complicado de la existencia es adaptarse a las situaciones inesperadas. Los futuristas pedían en sus manifiestos quemar museos y en cambio Ramón Gómez de la Serna decide que el pasado es útil conjugado con el presente, dando otra vez señales de una insólita clarividencia. La literatura siempre ha ido por delante, siempre ha sido el arte que más y mejor ha sabido beber del néctar de otras. El cine no adoptó las nuevas técnicas de la novela de las primeras décadas del siglo XX hasta 1960, error que contribuyó a su popularización con formas narrativas simples que atraían al espectador. Por su parte la novela vio un filón en lo fragmentario del montaje del séptimo arte y lo aprovechó. Don Ramón lo hizo mediante capítulos cortos, que dan sensación de secuencia, y una idea que podríamos calificar de proclama cotidiana y cultural: las vidas humanas dejarán de ser incongruentes cuando sean similares a las plasmadas en el cinematógrafo, como si de este modo la realidad se fundiera con la ficción para dar a la Humanidad la tranquilidad deseada, porque al fin y al cabo Gustavo es el espejo de nuestra especie en la difícil encrucijada de lo anquilosado a lo que circula por la calle y nadie ha siquiera esbozado. Su reflexión tiene ochenta años y mucha juventud porque sigue teniendo indiscutible validez en 2010, cuando la crisis perfila un horizonte donde los viejos usos quedarán obsoletos por un horizonte mejor. Lo moderno no es la moda, sino, recordadlo, aquello que sirve para comprender el tiempo en que vivimos.

Jordi Corominas i Julián