viernes, 6 de diciembre de 2013

El estandarte, de Alexander Lernet-Holenia



El caos del desmorone: El estandarte, de Alexander Lernet-Holenia, por Jordi Corominas i Julián

Alexander Lernet-Holenia, El estandarte, Barcelona, Libros del Asteroide, 2013
Prólogo de Ignacio Vidal-Folch
Traducción de Annie Reney y Elvira Martín

La Historia contempla dos Finis Austriae. Muchas enciclopedias consideran que el verdadero llegó en 1938, cuando Hitler invadió su país natal y lo anexionó al Tercer Reich. Para muchos, y existe una verdadera tradición literaria sobre el tema, el verdadero acaeció en noviembre de 1918, cuando el gran Imperio Austrohúngaro de mil nacionalidades y brillante cultura se desmoronó durante los últimos días de la Primera Guerra Mundial.

El daño fue algo más que simbólico. Las fronteras coparon el centro de Europa y el proteccionismo volvió al Viejo Mundo. Atrás quedaba ese territorio donde era posible viajar sin pasaporte porque las fronteras eran un miraje y cada casa, aunque no fuera de los territorios de la doble corona, una invitación a la humanidad. Por su parte Viena vio como el esplendor cosechado por una generación maravillosa de artistas, arquitectos y profesionales liberales se desmoronaba a la velocidad de la luz sin que de nada sirviera presumir de Klimt, Freud, Wittgenstein, Loos o Arnold Schönberg. Karl Kraus lo reflejó en La Antorcha y otros como Heimito von Dodeder coincidieron en su apreciación del desastre. Sin embargo, el mejor novelista de la desesperación del vacío fue Joseph Roth, quien desde la caída de la dinastía que apadrinaba al pueblo austríaco se sintió huérfano y nostálgico por una era que ya no volvería.

El mejor ejemplo de lo dicho se halla en su Cripta de los capuchinos, donde los sepulcros de la gran dinastía son el símbolo de la pérdida, polvo de memoria, vestigios de una ruina rodeada de represión policial, banderas e inestabilidad.

Roth, alcohólico y amargado hasta sus últimos días,  es el cronista de lo posterior. Andrzej Kusnewicz narra en su extraordinario El rey de las Dos Sicilias la intuición del ocaso, pero hasta el momento no habíamos gozado en España de una novela que describiera con brío la agonía austrohúngara. El estandarte de Alexander Lernet-Holenia lo hace con soltura  y conocimiento de causa. Su autor alambica un relato donde la estructura y el ritmo refuerzan la sensación de marasmo mediante diversos espacios y una progresiva velocidad hacia la confusión absoluta del adiós a la gloria de un Imperio más que centenario.
El inicio, con el encuentro del autor con el protagonista, es magistral porque sirve para mostrar que la historia que se contará tiene un doble impacto. Por una parte vemos como La Gran Guerra está presente en Viena años después, y es así por la agria mezcla de veteranos que mendigan y pasean con sus huellas imborrables del conflicto. Uno de ellos se llama Menis y por una serie de motivos reparte limosna a los necesitados. Su desesperación está en el trauma de la agonía de lo que consideró mítico y se desvaneció en un periquete.



Tras ese primer capítulo volvemos a una normalidad pretérita y contemplamos como Menis, alférez con suerte, la transgrede en la ópera, espacio clave para el siglo XIX y la sociedad austríaca. En el gran escenario ve a Resa, una bellísima joven, y accede a su palco porque quiere conocerla. Su acción desencadenará una tormenta personal que preludia la colectiva. El héroe, que defiende a ultranza los valores condenados a esfumarse, recibirá como castigo a su osadía el traslado a un regimiento alejado de Belgrado, todavía en poder de su ejército. Al recalar en su nuevo destino, ayudado sobre todo por una relación de parentesco, no tendrá problemas para volver a la capital serbia y visitar a su amada por muchas horas que ello le cueste.

La situación virara cuando la política y la inminencia del cataclismo se presenten con contundencia. El mosaico de etnias y naciones austrohúngaras hizo que los motines proliferaran entre la tropa porque, entre muchas otras cosas, los campesinos polacos, los trabajadores checos o los labradores ucranianos ya estaban por la labor de ser fieles a su juramento marcial. Muchos sectores de la soldadesca, sabiendo que era imposible ganar la guerra, desistieron de luchar y los oficiales, empecinados en el honor y otros vetustos códigos, decidieron poner orden en el desaguisado, algo que no siempre funcionaba.
Y es en estas cuando Menis se ve con un encargo que es un dilema entre la disciplina y el amor, entre la resistencia y la rendición. Portar el estandarte, una reliquia a preservar cueste lo que cueste, será su verdadero caballo de batalla porque al transportarlo cree llevar con él toda la fuerza de su nación, y por ese mismo motivo no dudará en recorrer miles de kilómetros a la intemperie, refugiarse en castillos sitiados escapando del enemigo y rendir una última y fantasmagórica visita al origen, al centro de decisiones de un mundo que ha arriado las velas con infinita tristeza.

Lo interesante es cómo plantea la partida Lernet-Holenia. Cada capítulo es una reflexión y un estado de ánimo que se refleja en el viaje por la desolación y el laberinto que anteriormente fue una alfombra roja donde todo lucía y se respiraba armonía. Cada paisaje deviene una pesadilla de tierra baldía y putrefacción que descompone el cadáver desde un horizonte de gangrena donde las heridas no cicatrizan y la anarquía luce sus mejores galas porque todo se viene abajo sin remisión.



Cuando una obra tiene inspiración se nota en nimios detalles que en El estandarte reciben su colofón en un final donde el desierto es Viena y las convenciones son espectros, sombras que no quieren aceptar lo consumado. En un tiempo donde tantos buscan rizar el rizo con las novelas de crisis no está de más observar cómo nuestros antepasados parieron sus mejores escritos sobre la finitud una vez esta hubo pasado porque hay algo que se llama perspectiva y es necesaria para entender los procesos. Sólo los genios y algunos movimientos como el neorrealismo italiano pueden hablar del presente desde el presente. En el caso austríaco, salvando la excepción de Karl Kraus y la diarística de muchas de sus máximas figuras, la máxima se cumple a rajatabla, si bien podemos pensar que Freud ya predijo la histeria que Lernet-Holenia plasma con una auténtica marea de susurros de debacle, piedras de destrucción del camino y la mansedumbre.

jueves, 5 de diciembre de 2013

Chonismo ilustrado en Todos somos sospechosos



Esta madrugada en Todos somos sospechosos hemos decidido hablar del chonismo ilustrado. Nos ha costado un poco diseccionar a este grupo social, pero al final Laura González y servidor hemos podido ofrecer un retrato de este colectivo tan mencionado pero poco estudiado. Puedes escucharlo aquí.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Podcast del Laberint dedicado a Luis Buñuel



Esta semana hemos dedicado el Laberint de Wonderland a la figura de Luis Buñuel. Hubiésemos necesitado más tiempo para glosarla por completo, pero durante la sección hemos charlado sobre su formación, las amistades madrileñas, el surrealismo y su legado. Puedes escuchar la conversación a partir del minuto 43 del enlace clickando aquí.

martes, 3 de diciembre de 2013

Miércoles 4:Luis Buñuel en el Laberint de Wonderland





Entre tanta conmemoración de pacotilla este año se cumplen tres décadas del fallecimiento de Luis Buñuel. Por ello en el Laberint le rendiremos homenaje con un especial que abordará los siguientes aspectos:

1.- Infancia y adolescencia de Luis Buñuel, de Aragón a la Residencia de Estudiantes

2.- Un chien andalou y L'age d'or

3.- La etapa mexicana

4.- El legado








Cada miércoles a partir de las 14h

Radio Nacional- Rne4

100.8 fm Barcelona

En directo:Rne4

domingo, 1 de diciembre de 2013

Butes, de Pascal Quignard



Las ganancias y las pérdidas: Butes de Pascal Quignard, por Jordi Corominas i Julián 

Pascal Quignard, Butes, Madrid, Sexto Piso, 2011
Postfacio y traducción de Miguel Morey y Carmen Pardo

Cerca de Escila y Caribdis, enigmática frontera, las sirenas emiten un canto que pretende seducir desde la imperfección. Los sonidos que emiten estas figuras con cuerpo de ave y rostro femenino son imperfectos, primigenios hasta el paroxismo. Emiten ruidos que van destinados a los navegantes. Quieren encantar, hechizar para trascender fronteras indefinibles. Ulises se salvó por la advertencia de Circe y su historia es la que más gloria ha cosechado a lo largo de los siglos. Lo curioso de la misma es su resistencia basada en el empeño de permanecer, de respetar el camino trazado.

Por su parte Orfeo combatió el órdago de estos seres fabulosos con el contraste de su música, civilizada y producto de aquello que solemos denominar civilización. Su compañero Butes prescindió de la sofisticación y se zambulló en el mar para aceptar la llamada. La diferencia entre ambas posturas le sirve al francés Pascal Quignard para hilvanar un ensayo donde la lucha entre la aceptación del origen y el conformismo de continuar con fórmulas ya conocidas genera un texto híbrido con fragmentaciones necesarias porque al final, si se estructuran bien los contenidos, la suma de las partes siempre conduce a la totalidad.



Leyendo Butes recordé a varios personajes secundarios que atesoran en su interior infinitas posibilidades exegéticas. Mi favorito es el fenicio Flebas de La Tierra baldía de T.S. Eliot. Olvidó el grito de las gaviotas, el profundo oleaje y las ganancias y las pérdidas. Quizá pensé en su oscuridad porque tiene conexiones con el héroe de Quignard. La renuncia a las ganancias y las pérdidas entronca con la voluntad de renunciar a lo establecido, trazar un quilómetro cero y aceptar que con la exploración de nuevos confines nuestro mayor deseo no es desaparecer, sino volver al origen para volver a configurarlo.

Butes no es un capricho de un autor anómalo, bestia devota de un lirismo salvaje, árido para lo que es costumbre en nuestras latitudes, más bien acostumbradas a contundencias que no relacionan con tanta sutileza universal. El argonauta se libró de un ignoto destino mediante la intervención de Afrodita, con quien tuvo un hijo en Lilibea, Sicilia. El retoño da aún hoy en día nombre al monte Érice de la isla italiana.
Asociemos las piezas. La metáfora del trance es más que meridiana. La apuesta del valiente puede traducirse en la idea de Jankélevitch, la música nos envuelve y así nos penetra porque es vasta e infinita como el mar, o bien virar hacia la fusión de riesgo como única tabla que guía hacia la belleza, bien remoto, aislado y siempre precioso porque son pocos los que pueden alcanzarla y tener hijos con ella.



Quignard mezcla ambos pensamientos porque su ensayo se bifurca en varios sentidos que convergen en unas conclusiones antiguas que, sin embargo, son muy contemporáneas. Si Butes se lanza al vacío es porque de forma inconsciente intuye que sólo puede ser moderno si capta las esencias pretéritas, algo que en la actualidad muy pocos artistas comprenden porque creen que de la nada se puede construir un edificio sólido y duradero.

 La estratagema conceptual del autor de Las sombras errantes tiene algo de autobiográfico, siempre renunció a la lógica cuando estaba en el punto idóneo para seguir el camino trillado, y asimismo circula por el sendero de la estética pura y dura que no se limita a la beldad sin más. El nadador de Paestum, Cicerón o Egeo arrojándose a las aguas que llevan su nombre son símbolos de una repetición beneficiosa, de un gesto fugaz que inaugura porque deja atrás, como si despidiéndose de la tierra firme supieran de espacios vetados a los que se conforman. La duda es legítima, un puerto donde todos entramos y del que muy pocos salen. La mayoría se asusta e imita a los cangrejos. Los que optan por coger ese barco imaginario activan las teclas de una continuidad histórica que con proezas individuales, el mero atrevimiento lo es, nutren a toda la comunidad.

Butes es un libro que desde teorías únicas no quiere ser definitivo. Esa es su mayor virtud. El autor ha generado una visión desde un aspecto ínfimo y ha desembarcado donde quería, y lo mismo desea que haga el lector desde la libertad de interpretación y criterio personal. El estilo, lírico y preciso, enlaza con Pierre Michon por la búsqueda desde la pequeñez y con Jean Pierre Vernant por el modo de enfocar el legado de los clásicos. No hablamos de influencias, más bien de compañeros de viaje, de ópticas similares, felices extrañezas del trayecto en la conciencia del detalle y la sapiencia de deshacer el hilo, no dar nada por sentado y acercarse a lo remoto para construir con garantías el presente.



sábado, 30 de noviembre de 2013

Las bellas extranjeras, de Mircea Cartarescu


Las bellas extranjeras de Mircea Cartarescu, por Jordi Corominas i Julián

Mircea Cartarescu, Las bellas extranjeras, Madrid, Impedimenta, 2013
Traducción de Marian Ochoa de Eribe

Me aburren soberanamente las discusiones que se generan en las redes sociales días antes de algún premio importante, entre otras cosas porque transforman a los escritores en caballos de carreras, como si la literatura se hubiera transformado en una especie de obscena quiniela hípica. En todo caso recuerdo que poco antes del Nobel sonó Cartarescu y además de sorprenderme me alegré porque la academia sueca raramente concede su tan preciado galardón a autores menores de sesenta años.
Por otra parte creo que el rumano es un narrador magnífico, versátil y con un profundo amor a mostrar la esencia de la vida cotidiana mediante matices absurdos que nos rodean a todas horas y que muchos, sin entender su verdadero significado, desprecian como si fueran meras anécdotas sin importancia. Están muy equivocados. Estas efemérides del día a día revelan una cadena de disparates que al estar insertados en la normalidad parecen no molestar a nadie pese a que son decisivos para desbaratarla y exhibir su auténtica faz detrás de la máscara.

En las bellas extranjeras, volumen que acaba de editar en España la editorial Impedimenta, Cartarescu pone toda la carne en el asador desde sus propias experiencias, aunque en este punto el lector puede desconfiar con una sonrisa porque el engaño es parte del proceso. El escritor nos cuenta sus peripecias en tres momentos distintos. La primera historia, Ántrax, parte del contagio de la paranoia que inundó a más de medio mundo en otoño de 2001. Los atentados del once de septiembre siguieron en forma de envíos postales con sobres repletos de una mortal sustancia. Una mañana nuestro hombre recibe un aviso, va a buscarlo y al abrir su contenido se imbuye de la locura del mal. La carta es el mal y en su interior unos misteriosos polvos activan el mecanismo del temor. Cartarescu habla con su mujer y decide acudir a la policía, y aquí es donde el relato cobra sentido desde la crítica a un sistema anquilosado que tras la caída del Comunismo no ha logrado superar el estúpido y riguroso corsé de una eterna burocracia que alarga las horas hasta la extenuación entre esperas a ser atendido, pesquisas de pacotilla y una hilarante resolución que a su vez es un demoledor ataque al arte contemporáneo y sus múltiples astracanadas.

La segunda parte, que da título al volumen, es la apoteosis de los desbarajustes desde el árido asunto de la percepción del otro y la inevitable torpeza de los seres humanos. Cada año un país es seleccionado para pasear, nunca mejor dicho, por Francia lo más granado de sus letras. Sólo falta Jesucristo, porque el evento reúne a doce representantes de la afortunada nación de visita al Hexágono. Cartarescu figura entre los rumanos seleccionados y acoge el viaje con una mezcla de entusiasmo y precaución. Sabe que reencontrarse con París, más un estado de ánimo global que una ciudad, será hermoso, pero también es consciente que no es nada agradable transitar durante dos semanas con colegas que cuando no te ven clavan cuchillos verbales en tu corazón.



Las bellas extranjeras puede analizarse desde muchos prismas. Quien guste de verlo como una mera disección de lo patético del mundillo literario se quedará corto pese a lo divertido que resulta toparse con tanta sinceridad encubierta, porque el autor tiene mucho que decir al tiempo que sabe guardar la ropa. Lo interesante del texto consiste en su estilo, donde las elucubraciones, digresiones que cortan lo narrado para darle un nuevo sentido de relación desde lo vivido, aportan frescura y refuerzan las teselas de un alocado mosaico donde nada es estable, ni siquiera la habitación del Boulevard Raspail, espacio físico que ejerce de eterno retorno mientras la comitiva circula por una Francia donde identifican lo rumano desde lo tópico entre comidas y una manifiesta ausencia de traductores capaces. Los galos se contentan con exhibir sus tradiciones y cumplir con el expediente encomendado mientras sus huéspedes se preocupan por superar o agravar rencillas propias de los que se dedican a llenar páginas, leitmotiv que llena de surrealismo “El viaje del hambre”, última estación de la travesía. Aquí el joven poeta de la Rumania de los años ochenta ve una oportunidad para superar el sopor de la rutina gracias a un recital en una ciudad de provincias. La lectura es un desastre en una sala media vacía que se vuelve enorme porque el bardo lleva más de una jornada sin comer, necesitándolo con una premura que se vuelve cómica cuando los acontecimientos, varias sorpresas que los organizadores le han preparado, se vuelven en su contra en una odisea entre conmemoraciones bélicas, prostitutas eruditas y una olla con setas que anticipa el broche de oro, perfecta síntesis de la duda entre la fantasía y la realidad, fundidas en el universo de un narrador que yendo a su aire nada deja al azar, tanto en la forma como en el fondo desde una prosa que divierte e incita a la reflexión con naturalidad, sin barroquismos ni infumables aliños.

viernes, 29 de noviembre de 2013

Viernes 29, 19 horas: Presentación en Pequod de "Optimístico", poemario de Iñaki Echarte Vidarte



Esta tarde tendré el placer de presentar el poemario Optimístico, de Iñaki Echarte Vidarte, cuyos versos recorren Madrid entre cuerpos, pesadumbres y la misteriosa palabra que da título a la obra de este escritor navarro.



jueves, 28 de noviembre de 2013

Joyce en París o el arte de vender el Ulises



Tres matices del genio: Joyce en París o el arte de vender el Ulises, por Jordi Corominas i Julián

AA.VV., Joyce en París o el arte de vender el Ulises, Gallo Nero, Madrid, 2013
Traducción de Regina López Muñoz
Prólogo de Simone de Beauvoir 

Por suerte parece haber pasado la marea de las editoriales independientes, cuando sus publicaciones, un efecto producto de las redes sociales, amenazaban con copar el mercado y cualquiera de sus editores, unos más que otros, vendían la moto de un nuevo tipo de enfant terrible que anticipaba postureos y con tanta presencia ahogaba el contenido de los libros.

El paso del tiempo suele ser sabio y sitúa a cada uno en su merecido lugar. Desde que apareció el sello Gallo Nero, dirigido por la italiana Donatella Iannuzzi, intuí en sus títulos una vocación europea, selecta y muy cuidada que revisitaba un pasado que aporta al presente, de Fellini a Adrienne Monnier, de Malcolm Lowry a James Joyce, protagonista del volumen que nos concierne, centrado en sus últimos días parisinos y los difíciles caminos de su Ulises por los Estados Unidos de América.

Mientras leía la introducción de Simone de Beauvoir conecté la estructura del libro con un recuerdo en la ciudad de la luz. Hace años, quizá ya demasiados, di con el libro Entretiens avec James Joyce de Arthur Power, acompañado por los recuerdos de Philippe Soupault. Intenté que un sello español lo publicara y no hubo manera. Quizá por eso al detenerme en las páginas de la compañera de Sartre sentí una extraña felicidad, como si con la publicación de esta compilación de textos alguien me diera un poco de razón y un rayo de esperanza al ver que en España cabe la posibilidad de publicar libros sobre clásicos modernos, obras que hablen de autores que revolucionaron la literatura y se estampan escasamente en camisetas.

De Beauvoir es lúcida al advertirnos de su ateísmo para con los paraísos perdidos. Cuando se introdujo en el fabuloso mundillo de las letras parisinas de los años treinta, que tenía uno de sus epicentros en las librerías de la rue de L’Odéon, todos los íconos que entonces eran carne viva le resultaban monstruos sagrados que, sin embargo, eran accesibles en sus visitas a Sylvia Beach y Adrienne Monnier. En el célebre establecimiento de esta última la joven fotógrafa Gisèle Freund presentó sus retratos proyectados sobre una pantalla. Los contempló el Tout Paris de esa Edad de oro.



¿Figuraba Joyce entre los asistentes? La autora de Los mandarines no lo menciona, pero la anécdota da pie para adentrarnos en la segunda parte del volumen, donde Freund nos explica su experiencia con el irlandés, avejentado y lastrado por sus problemas de visión, reacio a ser inmortalizado hasta que se convenció de la calidad de las imágenes de la alemana, quien nos brinda un retrato melancólico y certero de su objeto de atención, preocupado por la inminencia de la muerte y la difusión de su último monumento: Finnegans Wake.

Primero llegaron las instantáneas en blanco y negro, realizadas en mayo de 1938, y luego llegó el turno del más difícil todavía en color para la portada de la revista Time, sesión repleta de efemérides que nos muestran a un Joyce supersticioso como buen arquetipo de su nacionalidad, supersticioso y generoso. Por aquel entonces el color no era la norma y suponía un reto. Freund se esmeró en su labor y las prisas por contentar a la revista más emblemática del siglo XX condujo, nunca mejor dicho, a un accidente automovilístico. Se rompió su cámara y pidió una segunda sentada para reparar su error. El milagro fue que las imágenes de la primera se salvaron, con lo que el repertorio se amplió de la nada para encumbrarla y regalar al mundo un par de series que la catapultaron a una merecida fama que durante muchos años fue anónima, pues la eclosión de la Segunda Guerra Mundial hizo que muchos medios publicaran las fotos sin aludir a su creadora.

La última parte del libro trata sobre los dimes y diretes que padeció el Ulises en Estados Unidos hasta su definitiva publicación legal. Catherine Turner traza un amplio panorama del sinfín de calamidades, conflictos y publicidades que generó el libro, desde su entrega por capítulos de la mano de Ezra Pound en la Little Review, algunos de ellos confiscados en 1919 por el Servicio Postal norteamericano, pasando por el contrabando morboso de los ejemplares editados por Sylvia Beach, la piratería del manuscrito y su definitiva normalización cuando Cerf lo editó en Random House, que a partir de ese instante empezó a cobrar notoriedad. La prohibición de la novela se levantó el seis de diciembre de 1933, un día después que se derogara la Ley Seca.



Lo más divertido del asunto es observar cómo de 1922 hasta 1934, cuando la obra vio la luz en el mercado, se habló y mucho del Ulises, tanto desde una perspectiva publicitaria como de otra crítica. La apoteosis que mezcló ambas artes fue el anuncio de Sussman, donde se insistía en su dificultad de lectura y se proporcionaba una guía válida para no sucumbir en el intento. Su idea fue brillante porque abrió una brecha donde salió a relucir la importancia del crítico pese a que al mismo tiempo se había superado la barrera entre lo erudito y lo culto.

Ochenta años después de todo el embrollo sería interesante plantearnos en qué estado estamos más allá de endogamias y tuits que se esfuman en un periquete.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Podcast de mentiras sobre escritores y escritores mentirosos en el Laberint de Wonderland


Hoy en el Laberint hemos hablado de mentiras sobre escritores y escritores mentirosos. Por la sección, más corta de lo habitual en un programa cargado, han desfilado Valle-Inclán, Carlos Barral y Gabo, Enrique Vila-Matas y Franz Kafka y Luis Buñuel como estupendo cierre que seguirá la semana que viene con el especial que le dedicaremos. Puedes escuchar la charla a partir del minuto 48 del enlace clickando aquí

martes, 26 de noviembre de 2013

Cápsula del tiempo de Fnac Castellana




El pasado viernes participé junto a Eduardo Laporte en el ciclo "Por el camino menos transitado" de Fnac Castellana. Antes de empezar la charla Marina Sanmartín nos filmó mientras respondíamos al test de la cápsula del tiempo, donde las preguntas, comprometidas hasta cierto punto, ofrecen una visión de pasado, presente y futuro.