lunes, 11 de marzo de 2013

Limónov de Emmanuel Carrère en Revista de Letras


Ser fiel a la tradición, transgredir desde lo clásico: “Limónov”, de Emmanuel Carrère

Por  | Destacados | 11.03.13
Limónov. Emmanuel Carrère
Traducción de Jaime Zulaika
Anagrama (Barcelona, 2013)
Limónov es uno de esos libros que cuesta soltar, engancha y ejerce una hipnosis que, si bien en algunos momentos decae, hace de sus páginas un viaje por la Historia de los últimos setenta años a través de su protagonista, Eduard Limónov. Sería simplista decir que la obra de Carrère es un paseo que sólo transita por Rusia. El país de los zares es fundamental, y el acierto del autor francés es dar con un personaje real de este calibre, un hombre que no debería caernos simpático, pero que aglutina en su esencia esas parcelas de heroísmo romántico que creíamos desaparecidas para siempre desde Lawrence de Arabia. Estos seres gozan con su ego infinito y se inmiscuyen en una lucha personal con muchas luces y sombras, claroscuros que revelan una personalidad en busca de objetivos imposibles, lo que comporta una brutal incapacidad para parar quieto y asumir una felicidad convencional.
Ante todo, cabe decir que el Prix des Prix de 2011 va más allá de una novela. Sería correcto hablar de una biografía novelada, una investigación ligeramente trucada para encontrar una vuelta de tuerca al género. La idea de inquirir en la vida de Limónov se presenta desde el principio de la narración como un reto para Carrère, quien es intervencionista con su criatura desde una doble óptica de transcribir conclusiones y dejar, en ocasiones de manera excesiva, su impronta en el texto, algo comprensible si pensamos en el vaciado de información realizado hasta convertir al ruso, que en la actualidad mantiene una cierta relevancia política, en un cuerpo de puro arquetipo de novela de aventuras con trasfondo histórico, algo natural en las mejores obras del género, visto desde un punto poco convencional. En este sentido Limónov recogería más bien la estela y un cierto estilo e inspiración en El rojo y el negro de Stendhal, siendo en este caso Eduard Limónov un Julien Sorel del Novecientos. Ambos son víctimas de su era. Ambos flirtean con ella en sus sueños de ascenso. Ambos son ejecutados desde la dinámica que marca la pauta de su contemporaneidad. Ahora la muerte no requiere de la guillotina para finiquitar un asunto.
Emmanuel Carrère (foto: Dinkley/wikipedia)
Al igual que Henri Beyle, Carrère usa poco la inventiva. La saca a relucir con sabiduría en forma de retratos que desde la recreación de episodios vitales de Limónov quieren ahondar en la psicología del biografiado, lo que depara reflexivas dosis que perfilan mejor el tejido del hijo de un agente del KGB que para sobrevivir ha adoptado rostro de escritor en un baile camaleónico de decadencia perpetua, underground moscovita de los setenta, locura neoyorquina entre la aristocracia y el lumpen, éxito en París, desesperación amorosa y la caída del Comunismo como punto de inflexión que determina la llegada de un intenso otoño marcado por el activismo y la fundación de su propio partido, el Nacional Bolchevique, cuya bandera imita la de la Alemania Nazi con la hoz y el martillo en lugar de la esvástica.
Estos alardes donde la prosa se libera están bien infiltrados en un estilo que disecciona la singladura de Limónov con quirúrgica frialdad, como si la verdadera ambición del novelista galo fuera articular una obra como espejo de su época. Las sucesivas odiseas del ruso errante establecen un cuadro donde el telón de acero se funde en una completa unidad porque apreciamos la disparidad de lo bipolar. La Unión Soviética como una utopía congelada que piensa en Occidente como una panacea que está compuesta de otras miserias producto del capitalismo. El periplo por los dos mares de la Guerra Fría y la quiebra superlativa de los delirios de grandeza alcanzan su cénit, que es una huida hacia adelante desde la marginalidad preeminente, con la incertidumbre del presente entre la mediocridad de Gorbachov, el oportunismo de Yeltsin y la solvencia de Putin, líder transformado en la otra cara de la moneda, faz plutarquiana del entramado.
Asimismo, Limónov puede ser leída, ya hemos insistido en ello, como la crónica y desmenuce de la experiencia del propio Carrère, que con el libro ha buscado comprender la fase de la Historia que le ha tocado sufrir, haciéndolo a través de un doble cercano y lejano, armadura que protege en parte al narrador, feliz por hallar un vehículo tan idóneo para mostrarnos su visión del mundo mediante la literatura.
Limónov encierra otro rebuscado guiño. Eduard es un tipo de escritor de claro corte autobiográfico. Carrère se ha reunido con él para recabar datos, pero ya tenía un material que le permitía tener una sólida argamasa con la que empezar a escribir la biografía novelada de la que estamos hablando. De auto a bio, y no es ninguna impostura, sólo un método más dentro de las pesquisas que hilvanan la obra que publica Anagrama. Un ardid que desde parámetros clásicos juega a plantear cuestiones sobre la tradición novelística occidental mientras traza un mapa del pasado reciente, las décadas son milésimas de Clío, en la prueba de captarlo con los ojos de Limónov, símbolo y tragedia, milagro y descomposición.