jueves, 24 de abril de 2014

Barcelona o la realidad esquizofrénica en Continuidad de los Libros

Me piden que trace un perfil de mi ciudad natal una vez haya acontecido la improbable independencia de Cataluña, tan a contracorriente con los tiempos que aspira a crear nuevas fronteras cuando éstas aumentan su insignificancia porque el mundo se ensancha y aspira a devenir un enjambre único.

¿Para qué hablar de un hipotético futuro si ya lo puedo reflejar en el presente? La urbe mediterránea ha sufrido, como es comprensible, varias refundaciones a lo largo de su historia. La primera acaeció en 1855, cuando se derribaron las murallas que impedían su crecimiento. Surgió el famoso Eixample, templo viviente del modernismo, el comercio prosperó y Barcelona se consagró como lugar europeo dentro del Estado español, decadente y a la deriva entre disensiones internas y un más que pronunciado declive colonial culminado en 1898.

La segunda refundación, la que nos interesa, es más reciente. Sucedió en 1992 y fue propiciada por un evento de carácter internacional: Los Juegos Olímpicos de verano. Desde entonces los ciudadanos sólo podemos estar agradecidos al alcalde Maragall, quien transformó de cabo a rabo la capital catalana y consolidó, una virtud que es un problema, su ambición enorme desde la pequeñez, porque al fin y al cabo Barcelona sólo es la undécima población europea más poblada, bien lejos de Londres, París, Moscú, Estambul, Roma o Berlín, algo que compensa con la metamorfosis que se dio tras la ceremonia de clausura, alteración de su paisaje que en veinte años la ha convertido en un fenómeno global que simboliza muy bien la mentalidad de parque temático.

La marca ganó a la calidad de vida. Fuera de los inexistentes muros condales se califica a nuestra perfilada como BCN, y es justo que así sea. Las siglas olvidan Barcelona, que sería el espacio donde un millón y medio de almas intentan convivir pese a enormes dificultades derivadas por el excesivo coste de la vida, los infumables turistas que todo lo copan y un sentimiento de ahogo que en realidad es la apoteósica victoria de la fachada, ganadora del duelo contra la coherencia.
Foto: lasmolinas.com
Este triunfo del mal, ocultador perfecto de la verdad, ha influido en la mentalidad de las gentes. Después de los juegos se apuntalaron algunos símbolos válidos para dar una determinada imagen: diseño, arquitectura, falsa modernidad, fútbol y Antoni Gaudí. De repente el pasado irrumpió y se vendió una historia que es interesante desde el punto de vista del artículo y del lector. Picasso y los popes de la arquitectura modernista, un asunto de nuevos ricos de finales del siglo XIX, saltaron a la palestra, como si fueran ejemplos del dinamismo del enclave, como si este siempre hubiera sido proclive para inventar glorias universales.

Esta falsedad se puede desmentir con suma facilidad. En su momento Picasso, hastiado de la escasez de miras, marchó a París y sólo volvió de visita porque su santa madre siguió viviendo al lado de las Ramblas, donde las poetas y las coristas intentaban soportar la dureza de la división social entre borracheras, polvos de cuatro duros y esperanzas frustradas por incomprensión. En el caso de los padres de celebérrimos edificios como La Pedrera podemos distinguir entre dos casos. Puig i Cadafalch y Domènech i Montaner recibían muchos encargos porque pertenecían a la Lliga regionalista, el partido de la floreciente burguesía. Gaudí tuvo la suerte del capricho. Era el excéntrico que recibió la confianza de locos adinerados, pero pasaron decenios hasta que sus obras fueron reconocidas hasta el nivel de la genialidad.

El auge del diseño y la propaganda bien hilvanada, no todo será demoledor, han propiciado la idea errónea que en Barcelona es fácil ser artista porque sus calles son una plataforma de eco mundial. Lo explicado desacredita la afirmación y lo que observo deprime. Mucha gente vende su producto y se imbuye de una energía inútil que es provinciana en esencia porque el sitio no da más de sí hasta nuevo aviso, hasta que los años digieran lo ofrecido. El otro día, y usted dirá que es algo normal, fui a una presentación del libro de un buen literato y entre el público sólo había compañeros de oficio. Esas diez personas gozan del reconocimiento del gremio, pero en otros sectores, aquello que llamamos sociedad, son ignorados hasta la saciedad. Que acudan veinte personas a cualquier acto cultural es un éxito, aumentado en las redes, donde la imagen ayuda a disimular la tristeza.
La fachada es la clave del conglomerado. La vitalidad de la región se arguye mediante un proceso político que esconde cómo el gobierno catalán fue el conejito de indias de los recortes en el Viejo Mundo. En 2011 el presidente Artur Mas decidió que la austeridad era una buena idea y empezó a usar la tijera en elementos esenciales como la sanidad y la educación. Sus medidas casi coincidieron con la revuelta conocida como el 15m. La plaza de Cataluña, donde antes sólo había vagabundos y palomas, se llenó de manifestantes indignados, adjetivo usado por la prensa para apaciguar los ánimos y dar a entender que la ciudadanía no estaba cabreada. Un mes más tarde de ese mayo que fue un mero rayo de sol, con Madrid mucho más sabio en la queja, la entrada del Parlamento catalán se llenó de miles de personas hartas. ¿La revolución?

No. La clase política, esos burgueses que siempre han manipulado la opinión pública barcelonesa para lograr sus objetivos, decidieron que lo mejor para desviar la ira era canalizarla en otra dirección. Así surgieron lemas como España nos roba y otras lindezas que derivaron en el actual estado, donde se pide la independencia en coincidencia, perdonen la rima, con el tricentenario de 1714, cuando la corona de Aragón desapareció y España dejó de estar compuesta por dos entidades. La reivindicación se concreta, algo sano porque es democrático, en la propuesta de referéndum para decidir, argumento reforzado desde lo mediático con manifestaciones y otras actividades que han querido compararse con los movimientos de independencia bálticos.

¿Hay opresión? Sí, pero es la de la precariedad que los mismos que proponen la ruptura han provocado con el cinismo de sus leyes. Hay más gente que pide desde la desesperación mientras rusos y chinos compran en el Paseo de Gracia, eje turístico de alto caché que une monumentos y shopping, reclamo de reclamos. Cuando vas a la tienda te das cuenta que la única salvación es que los chinos pobres, que han sustituido al emblemático camarero español, ofrecen cerveza a precio de saldo. Ya puestos hasta saben preparar patatas bravas. Estos magros, aunque grasientos, consuelos no definen con exactitud el sopor que invade al paseante, contento con la belleza, acelerado por dinámica y lúgubre por inseguridad. Nadie vuela porque han cortado las alas.

Enrique Vila-Matas dice que en cualquier caso lo mejor es irse. Él no lo ha hecho porque, entre otras cosas, ha aprendido a hacer suya Barcelona sin necesidad de rendirle cuentas. La otra explicación a su permanencia en la ciudad condal es un reconocimiento que ahora le permite viajar y perder países desde la conciencia de quien en sí mismo lleva la maleta de la literatura. Todos los artistas capaces de nuestra protagonista son seres que han prescindido de capillitas y trabajan en sus creaciones sin el estrés de la efímera figuración de medallitas de fast-food. A ellos dedico esta crónica, a los que el mañana dirá que son el santo y seña de un pueblo con vocación de trascendencia que cada vez se mira más al ombligo sin entender que fuera suceden acontecimientos fundamentales más allá de eslóganes y felaciones de mercadillo.
Ser concreto en una era de dispersión es peligroso para los que navegan la nave. La Barcelona actual me recuerda, salvando mucho las distancias, a la Viena anterior a 1914. La villa del Danubio gozaba de un esplendor que sus contemporáneos no sabían intuir. Mahler, Wittgenstein, Freud, Loos, Zweig, Schnitzler y muchos otros abarrotaban sus cafés y dejaban una impronta para la posteridad. Aquí no creo que ocurra nada de eso. La similitud viene determinada por la enfermedad. Los demás vieneses se vanagloriaban de su Nación, ese imperio austrohúngaro que agonizaba sin remedio, vetusto armatoste destinado a perecer tras la bala de Sarajevo. La carta al padre de Kafka fue una epístola de reproche que iba dirigida al progenitor aunque bien podría haber tenido como destinatario al mismísimo emperador Francisco José, ese viejo con eternos bigotes. Era un lamento de represión que impedía avanzar, un llanto desconsolado que no lamentaba la defunción del monstruo, más bien certificaba un malestar de ceguera, diagnóstico catapultado al paroxismo en La metamorfosis, donde Gregor se vio barrido por su familia, contenta por no querer entender la metástasis, felices por pasear a su niñita, bien domesticada, a pleno sol en la sordera de las convenciones. Lo mismo ocurre en Barcelona, y me preocupa.

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