lunes, 28 de abril de 2014

La muerte de la reseña en España




La muerte de la reseña en España, por Jordi Corominas i Julián 

Observo en España una alarmante disminución del número de reseñas. Muchas veces, pues es un arte que adoro, me he planteado los motivos que han provocado tan acuciantes descenso.

La reseña es un género apasionante. Decía Eliot que a través de la labor crítica uno trazaba su propia biografía. Si unes todos los textos en los que hablas de obras ajenas darás con la evolución de quien los escribe, y eso, entre otras cosas, es hallar un estilo, notar cómo las capas se funden y el todo deviene uno.
No nos pongamos filosóficos. La verdad es que la crisis obedece a factores que en su interior desprenden un tufo asqueroso. La desaparición se ha gestado a partir de múltiples factores.

El más detestable, indudable fuente de descrédito, es el amiguismo. Al final, sobre todo en las redes, la credibilidad se desvanece si hurgas en camarillas, grupillos y gente ufana, carente de autocritica, que creen conseguir réditos mediante elogios, vacuidad y ésa absurda ilusión por trepar, como si tras las letras se ocultara una panacea que nunca llega.

En múltiples revistes asoman nuevos nombres, sepultados por su misma cantidad. Hace meses dije que tener muchas firmas sólo era la muestra de una ceguera insólita, porque desde mi punto de vista la acumulación sólo provoca desengaño, escaso rigor y aumentar el rebaño hasta límites desaconsejables, entre otras cosas porque la gratuidad, mayoritaria para vergüenza de todos, conlleva que los más válidos se equiparen a uno que pasaba por ahí.

Alguien avispado dirá que el lector es soberano y por lo tanto sabe distinguir entre lo bueno y la basura. Lo que no sabe es el criterio de selección, nulo si se acepta el 100% de lo que llega a redacción, de muchos editores, quienes más que pensar desde una ética privilegian sus propias obras, destacándolas con publicidad o con la simple mención en portada. Cuando no hacen eso se sienten satisfechos por favorecer determinados intereses que son un alargado letargo en una doble dirección. En primer lugar perjudican la auténtica difusión de información válida. En segundo muestran un mapa irreal que sólo se aclara si uno se empecina en hurgar en publicaciones de todo tipo.

Las de tendencias rebosan palmaditas en la espalda. Las sobrias caen en el intento de ser profesionales. Las desenfadadas saben que no ofrecen nada, pero tendrán visitas, y eso hoy en día cuenta.

También lo hace recibir muchos comentarios desde la negatividad y el sensacionalismo, que empapa hasta lo literario. Otro cáncer es el mero comentario en redes sociales, desde la sublime opinión en Facebook hasta la mención de un libro en Twitter, útil para llamar la atención y ahorrarte esfuerzo, sobre todo porque claro, no sirve de nada malgastar horas en lecturas, si nadie va a leerte ni ayudarás a que se vendan más libros en este país que nos ha tocado en gracia.

¿Y qué?

En mi caso concreto creo que entiendo muy bien a Karl Kraus, quien al final llevó su antorcha en solitario porque era lo mejor. Su idea hoy en día puede llevarse en una bitácora, pero no es lo mismo, no nos engañemos, los tiempos han cambiado y su rigor sería denostado, porque quien va contracorriente, quien se atreve a denunciar la total ausencia de autocrítica del panorama, es condenado por insumiso.

Yo mismo prefiero las entrevistas a las reseñas. Las llamo diálogos por su formato, libre de charla, sin corsés que desnaturalicen. En alguna que otra ocasión he sacrificado reseñas porque, tras leer el libro, he creído oportuno dar al autor la oportunidad de expresarse. ¿Quién mejor que él mismo para comentar los dimes y diretes de su creación?

Con las reseñas es otro cantar. Cuando me pongo con ellas siento a mi lado una voz que habla de sacrificio, subjetividad objetiva y estructura metódica. Es importante plantear un contexto, interesarse por el entrelineado y tener clara la tradición que lleva a la supuesta modernidad. Estos y otros factores, desde el estilo hasta el mensaje, configuran el conjunto.

Mi desesperación estriba en que cada vez, aunque hay honradísimas excepciones, veo menos esos puntos fundamentales y en ocasiones no veo muertos, sino el bochorno de leer comentarios donde el escritor se infiltra para obtener más repercusión. El gallinero prevalece y la seriedad dice adiós, y con ella la misma reseña, desdeñada hasta extremos que auguran su extinción, finiquitada por cinismo y un provincianismo que afecta a la mayor parte de la joven cultura española, emperifollada para la pose y negada a traspasar fronteras en lo intelectual, con una cerrazón donde el estatus interior, que puede borrarse de un plumazo cuando el juez tiempo mande sus cartas, es un objetivo primordial, casi el único, aspecto visible, perdonen que sea redundante, en redes o antologías que venden una moto donde muchos se frotan las manos por presentar generaciones y grandes esperanzas blancas de usar y tirar.

La suerte es que el mundo no se termina en la piel de toro, que debería abandonar tanta escenografía naif, amor superlativo a los libros y ponerse a trabajar de una puñetera vez en elaborar un discurso crítico sólido, que no se perciba como una escopeta nacional con ínfulas cultas. En realidad nadie quiere ser reseñista de profesión, así como de pequeños nadie deseaba ser portero en los partidos del patio.

En una de esas cenas o noches de copas donde uno se encuentra con gente del mundillo coincidí con un crítico de un periódico nacional, de esos que puedes comprar en el quiosco y que tienen suplementos culturales que enlazan muchos internautas y leen las personas que no usan habitualmente el universo donde el exceso de información genera desinformación. Le comenté que en mi opinión ellos no se fijan en lo que acaece en lo digital, y, estábamos bien tranquilos, el motivo era una especie de defensa numantina, volvamos a lo mismo, de una posición. No lo negó, pero también dijo que sabía perfectamente los nombres con alma en sus reseñas. Pocos, matizó.

La prensa escrita, expresión idiota porque no creo que exista prensa ágrafa, obviamente vela por determinados intereses, bastante más elevados económicamente que sus hermanos de la red. Precisamente el no tener que rendir cuentas sería la excusa para renovar el cotarro sin miedo, pero no sucede, y me exaspero.

El pasado domingo topé por casualidad con la última hora de Novecento, extraordinario fresco fílmico de Bernardo Bertolucci. Esos instantes finales son una oda a una esperanza truncada, con el poder adquirido en segundos que se esfuma cuando vuelve la normalidad. Puede que mi generación, aunque la historia es un proceso y aun queda mucha tela que cortar, tenga como gran fracaso el 15M, porque ese rayo ilumina sí, pero a poca gente, la pasividad se ha impuesto en el marasmo, tan español, de voy a lo mío. Esa derrota social tiene un pequeño equivalente en el descanse en paz de la reseña, un síntoma de ignorancia para con lo cartesiano, la ética y la esencia de la misma difusión de la literatura. Algún día pagaremos las consecuencias de tanto conformismo.