domingo, 6 de abril de 2014

El disparate de las primarias



El disparate de las primarias, por Jordi Corominas i Julián
Uno de los grandes problemas de nuestro tiempo es el naufragio de lo que podríamos llamar izquierda institucional. El desprestigio de la clase política es aun más profundo porque los partidos socialdemócratas parecen ciegos a los cambios que pide la sociedad, más rápida en pequeños grupos, contrarios a la pasividad reinante, a la hora de proponer ideas para el futuro.

En Barcelona el PSC ha gobernado durante treinta y dos años. El desgaste de esos tres decenios debía pasar factura en forma de desorientación, no lo dudamos, pero, a la espera de que surjan casos de corrupción municipal de una era pasada, su regeneración está siendo de chiste, una desesperada derrota que perjudica a los ciudadanos en grado sumo, pues nuestro actual Alcalde es una enorme mediocridad que amenaza convertir la Ciudad Condal en lo que quiso Porcioles: una urbe de ferias y congresos, muy provincial y con fachada por doquier, eso sí, aliñada con una magnífica demagogia que hace que muchos de sus habitantes piensen que vivimos en el mejor sitio del universo, genial para postales e innovar en el parque temático.

Y bien, en determinados aspectos eso es cierto, pero esto no nos concierne en estas líneas. Los últimos fines de semana hemos asistido a un ridículo histórico de la oposición, que sí, habéis acertado, son los socialistas. La voluntad de democratizar la democracia se ha iniciado con una debacle. Las primarias son, eso nadie puede negarlo, un sano ejercicio donde se pretendía que cualquiera de nosotros eligiéramos al candidato que deberá disputar la Alcaldía al fan de las privatizaciones, el señor Trías, el del tarifazo del Metro y Los Encantes, un hombre que como primer ciudadano navega tranquilo porque gobierna silencioso mientras el patrimonio se va a pique y las calles se llenan de negocios iguales en un sentido bastante contrario al dogma marxista.



En fin. Tenía esperanzas en las primarias. Se presentaron seis candidatos y uno se salió del plano antes del definitivo pistoletazo de salida por no tener suficientes avales. El más sobrio de todos ellos, al ser muy crítico con su propio grupo municipal, era Jordi Martí, quien desde mi punto de vista era el más capacitado intelectualmente, lo que asimismo lo alejaba de los presuntos votantes. Por otra parte Martí ejerce hoy en día de líder de la oposición, y si algo se quiere renovar es comprensible que se tire la ropa vieja a la basura.

La candidata popular, porque presume de activismo y es muy querida en Nou Barris, era Carmen Andrés. La fresca, por juventud y discurso, era Rocío Martínez-Sampere, Maragalliana de esencia, cualidad que quien escribe valora como algo más que positivo. Los dos que nos faltan son Laia Bonet y Jaume Collboni, que a la postre ha resultado ganador, pésima noticia para su propia formación: era el candidato oficialista y los cinco mil votantes de la ronda final parece que le hayan puesto al lado de una imaginaria guillotina para que termine de hundir la nave que dirige, con nula efectividad y muchos titubeos, Pere Navarro, ese ser, el Clooney catalán, o eso decían.



Las primarias han sido una risa amarga. Los ciudadanos han demostrado que no creen ya a los políticos, quienes para paliar el mazazo de la nula participación en el proceso hasta hicieron votar a pakistaníes. A ver, los pakis, mis queridos pakis, son empresarios gloriosos que dan vida al sur del Raval, a esa parte baja tan denostada por los socialistas y sus sucesores convergentes, más avezados al norte del chino, con museos y universidades. No creo que esos nobles asiáticos que sintieran ningún deseo de pagar un euro, obligado para los no afiliados, para depositar una papeleta en una urna. ¿Realmente pensaron que nos íbamos a tragar lo de la participación inmigrante? ¿Les dieron un bocata y una entrada para ver al Barça?

El ardid ilustra el desapego generalizado, la incomparecencia por hastío en un disparate mal programado donde pocos de los que optaban el puesto han desarrollado una trayectoria municipal sólida. Eso para empezar. Luego, insisto en ello, la escasa repercusión en la calle de la astracanada, que en otro momento histórico podría haber sido un verdadero espaldarazo para recuperar credibilidad, deslegitima al ganador, que para más inri era el que apoyaba la dirección y un personaje anclado en la nomenklatura socialista como Miquel Iceta, uno de los que echaron a Maragall porque más que las ideas lo que le importa es tener poder. Que Collboni rechazara la presencia de Navarro en su triunfal proclamación como candidato es otra prueba que ellos mismos saben de su derrumbe, pero ocultando vergüenzas, y vistiendo traje y corbata de político de toda la vida, no se convence al electorado, normalmente bastante reacio a catapultar al preferido de la cúpula, lo que incrementa las sospechas de algo poco limpio, totalmente podrido. 



Puede, es sólo una reflexión, que la victoria de una mujer hubiese propiciado un poco de aire fresco. Estoy convencido que una candidata recibiría apoyo de las de su género, algo que a la postre serviría para dar posibilidades a los socialistas, contentos por ocultar sus flaquezas a través de este factor. Si Rajoy, por poner un ejemplo, se fuera y presentara a Soraya para las legislativas quizá otro gallo cantaría en Génova. Quizá. Fachada versus contenido. Otra vez. El engaño, los camaleones y el vertedero. 


Si les soy sincero, volvamos al inicio, este disparate no me preocupa por los socialistas. Mi temor se centra en nosotros. Pasaremos de la crisis económica a la política, con un 2015 donde en España veremos, siempre que no viren mucho las tornas, un gobierno de coalición PPSOE, alucinante, una monstruosidad que sepultará el sistema de partidos de la Transición de forma definitiva. ¿Seguro? En Cataluña las encuestas auguran un fuerte descenso de CiU, el tercer hombre de la farsa. El trauma es que podrá demolerse la bestia, pero sin una nueva izquierda las cosas sólo irán a peor, una izquierda adapta al siglo XXI que piense en las personas y no en caciquismos, una izquierda que de la torre de marfil burocrática pase a empaparse los pantalones de barro. De momento Barcelona confirma que la solución queda bien lejana, y si las cosas siguen así conviene que otros, porque los de siempre han demostrado llevar una enorme venda en los ojos, se arremanguen la camisa.