miércoles, 30 de abril de 2014

La tía Jolesch, o la decadencia de Occidente en anécdotas, de Friedich Torberg



La tía Jolesch, o la decadencia de Occidente en anécdotas, de Friedich Torberg, por Jordi Corominas i Julián

Friedich Torberg, La tía Jolesch, o la decadencia de Occidente en anécdotas, Alba, Barcelona, 2014
Traducción y notas de Isabel Hernández 

El subtítulo de este libro indica que las anécdotas que lo centran son una perfecta muestra para entender la decadencia de Occidente. Ello es, aunque parezca increíble, una muestra de ceguera por parte de su autor, el notorio escritor austríaco Friedich Tolberg, desconocido en nuestra casa como gran parte de esta tradición vienesa que a principios del pasado siglo hizo la competencia a París en la pugna por la capitalidad cultural europea y, por lo tanto, mundial.

La capital del sempiterno Francisco José se diferenció de la ciudad de la luz porque su Babel era el mismo imperio Austrohúngaro. Artistas e intelectuales de todas sus naciones recalaban en ese epicentro donde el sentimiento de clase desaparecía, hasta cierto punto, en el café, punto de coincidencia con su rival francés, si bien cabe distinguir que los vieneses eran un universo en sí mismo por donde pululaban los más variopintos personajes, reflejados en estas memorias indirectas que acaba de editar Alba.

La nostalgia es otro factor que corre por estas páginas repletas de recuerdos, y lo hace como expresión de una pérdida: el famoso finis Austraie. Por eso opino que el declive no nace de las efemérides. Los protagonistas de las mismas sólo fueron peones que no pudieron evitar el desenlace, criaturas que siguieron con su modus vivendi hasta que el estallido de la tormenta fue demasiado fuerte como para salir ilesos.
Ese final de época, plasmada aquí con una melancolía que es de la Joseph Roth y la de tantos otros, acaeció en 1938 con una primera fase de lenta agonía entre 1916 y 1918, entre la muerte del padre supremo que era Francisco José y el final de la Primera Guerra Mundial. La desaparición de la monarquía bicéfala arruinó la edad de oro y empequeñeció las mentalidad.

Los figurantes de la función de Tolberg, grandes y minúsculos nombres, de Schoenberg a un follador insaciable, eran resistentes, hombres con un sublime traje viejo que querían llevar hasta su muerte, hombres ataviados con un lenguaje casi extinto y unas costumbres desmoronadas por esa pesadilla de la que Joyce intento despertar.



Pero no sólo debemos pensar en personas que aguantaron el vendaval. Su defensa de determinados valores en vías de desaparición también era la de un espacio concreto. No puede entenderse el llanto que exprime la triste alegría del recuerdo sin meditar en la metamorfosis de lo urbano. Restaurantes, salones, domicilios, balnearios, auditorios e iglesias que otrora tuvieron un sentido lo perdieron de repente, sin avisar, y ese es el trauma que aborda Torberg, lírico en ocasiones, en otras irónico y normalmente con una fría consciencia del derrumbe, a sabiendas que este llegó en marzo de 1938 con el Anchluss, la anexión nazi de Austria, verdadero finiquito de la cuestión.

Este momento encuentra al autor del volumen en Praga, donde recibe la noticia en un puente de manos de un borracho, brillante metáfora de la caída, íncubo que engendró violencia y adormeció definitivamente el pasado esplendor.

Si Roth, volvamos al ilustre literato, mostraba su amargura por el adiós en cada novela, sobre todo en La cripta de los capuchinos, Tolberg lo hace sacrificando su ego para dar voz a los que le acompañaron mientras las cosas iban bien. De este modo nos introduce en un sendero que es el de la Viena judía, moto intelectual y económico de la urbe del vals. Este grupo, también presente en Praga como baluarte de la población alemana del lugar, era una cultura propia que, pese al antisemitismo creciente desde el último tercio del Ochocientos, supo erigirse en suprema preceptora para el resto de la sociedad desde el arte y la cotidianidad. No debe sorprendernos si a lo largo de la Tía Jolesch aparecen ilustres nombres como Karl Kraus, de quien España necesitaría saber mucho más para aprender, Ludwig Wittgenstein, Gustav Mahler y otros coetáneos, de Von Hofmmansthal a Loos, que enhebraron una revolución con una aguja dorado equiparable a los poderes del Rey Midas.

Ellos son un motivo importante para zambullirse en lo que nos cuenta Torberg, aunque no quiero engañarles. La grandeza se cifra en las pequeñas historias de otros figurantes anónimos a los que se rinde homenaje del mejor de los modos: con la escritura como conservadora de lo que se fue, como magnífica llave de preservación de una memoria gigante a través del conjunto de minucias significantes.