lunes, 16 de abril de 2012

Gente peligrosa de Philipp Blom en Revista de Letras





Sospechosos ilustrados de eterna vigencia: “Gente peligrosa”, de Philipp Blom
Por Jordi Corominas i Julián | Destacados | 15.04.12


Gente peligrosa. El radicalismo olvidado de la Ilustración europea. Philipp Blom
Traducción de Daniel Najmías
Anagrama (Barcelona, 2012)




En 2010 descubrí la capacidad de Philipp Blom para tratar temas espinosos bastante manidos y sacarles partido mediante insólitos puntos de vista que les conferían otra dimensión. En Años de cambio, magnífico ensayo sobre los años previos a la Primera Guerra Mundial, el autor alemán ofrecía un panorama espléndido que fluía con naturalidad entre tejidos de muy diversa índole, de la religión a la arquitectura, de la política a los urinarios públicos.

Por eso, y por una necesidad de recuperar conceptos necesarios pero olvidados desde la Universidad, sentí curiosidad por su nueva obra. Gente peligrosa afronta la Ilustración europea desde una doble intención. La primera radica en reivindicar nombres que fueron cancelados del mapa filosófico por imperativos de la Historia. El siglo XIX privilegió pensamientos que justificaran los valores burgueses predominantes. Se celebró la razón y se ocultó, hasta que su explosión fue inevitable, lo científico. La aventura colonial y la revolución industrial requerían un mapa de ideas moderado con la fe para preservar la unión de curas y magistrados que dominaba el cuerpo social. Asimismo ello conllevaba usar con fuerza la llave que cerraba los instintos oscuros en una región remota, prohibida por imperativo. Kant y Voltaire combinados con Rousseau eran la fórmula perfecta, la matemática de ostracismo para dos hombres avanzados a su época: Denis Diderot y el Barón d’Holbach.



La segunda premisa es construir un ensayo exigente que pueda leerse casi como una novela. Blom lo logra sobre todo porque ha dado con personajes que permiten coser la narración con amenidad que no se desliga de lo erudito. Lo que se nos cuenta en realidad es un enorme pedazo de la Historia cultural europea del Setecientos. El centro es un salón de París que resume la trama. Se hallaba en la actual Rue des moulins y su anfitrión era Thiry d’Holbach, que durante más de dos décadas vio circular por su domicilio a la flor y nata de la filosofía del Viejo y del Nuevo Mundo. Por su hogar circularon Cesare Beccaria, Adam Smith, David Hume, Laurence Sterne, Horace Walpole, John Wilkes, Claude Helvétius Jean D’Alembert y hasta es probable que entre sus visitantes se encontrara Benjamin Franklin. Su alianza con Diderot era dinamita pura. Ambos eran dos inconformistas reacios a claudicar ante el absolutismo de su época, tanto que sus enemigos tuvieron bien fácil definirlos con un término vejatorio: los ateos.

Eran los herederos definitivos de una tradición que renunciaba a Dios con miedo. Sus padres fueron Lucrecio, Spinoza y Jean Meslier, un coadjutor de un pueblucho francés de las Ardenas que en su Testamento comparó el orden establecido con el mito de la caverna platónica. Los hombres son seres felices, súbditos de un Dios que les hace andar por la tierra con los ojos vendados hasta que alguien les arranca el obstáculo para la claridad. La adoración es un abuso y una ilusión que parte de una invención humana para controlar a los mortales.

La base de los predecesores sirvió para desafiar a la censura y postular a los miembros del Salón como temibles personajes que además de alabar a la razón analizaban el todo sin olvidar la importancia de la pasión en todo comportamiento humano. Ello se percibe en sus obras, más comprensibles si disponemos de una noción biográfica completa. D’Holbach era alemán y estudio en Leiden, templo académico de la libertad. Al instalarse en la ciudad de la luz no descuidó las convenciones. Se casó y mantuvo a lo largo de su existencia un perfil idóneo para su cometido. Encabezaba el grupo por dinero, capacidad para ofrecer las mejores viandas a sus comensales y tener el espíritu corrosivo que sus compañeros mejoraban con su afilada prosa. En este sentido su contrapunto en igualdad era Diderot, quien tras renunciar a la carrera eclesiástica trabajó duro y acarició un sueño épico con la Enciclopedia, que fue su cénit y su tumba por la dedicación que implicó ese monumento, absoluta vuelta de tuerca, piedra miliar de la modernidad.

Además de escribir y meditar, Diderot no se olvidó del amor. Se casó en un arrebato y posteriormente mantuvo una atribulada relación sentimental con Sophie Volland, mujer culta que fue víctima del siglo al estar marginada en casa de su madre, como si fuera un mueble inteligente a no desplazar en exceso de su posición establecida. Otra fémina, Madame d’Épinay, fue amante de Melchior Grimm, el tercer hombre del Salón, principal publicista de la Ilustración con su revista Correspondance littéraire, libre de prohibiciones al ser enviada por valija diplomática. Grimm se equiparaba al ausente, aunque siempre altera, por antonomasia de las charlas de la Rue des Moulins: Voltaire, exiliado en Suiza y celoso de perder su fama de príncipe del movimiento, un demonio que ridiculizaba a sus rivales cuando la oportunidad lo requería mientras financiaba a mandamases sin ruborizarse.



Voltaire al fin y al cabo fue la punta de lanza moderada de la Ilustración. Los integrantes de la tertulia d’Holbach y sus concepciones del universo eran un estorbo. También lo fueron para Jean Jacques Rousseau. El enfermizo ginebrino y su amistad con Diderot explican la división teórica de toda una centuria. En 1758 rompieron porque el autor de Emilio creía que tanto Denis como el barón deseaban destruir su reputación, ya bastante mancillada por su paranoia, factor que no impidió su victoria en la esfera de la inmortalidad. Su romanticismo prematuro abrió caminos y sirvió para instaurar una tendencia decimonónica que aún goza de muchos adeptos, pero estaremos de acuerdo si consideramos que sus escritos dan oportunidad de caminar por una senda que conduce al perdón divino a través del arrepentimiento.

El siglo XIX y su capitalismo clamaban por un culto que elevara lo racional a los altares. Lo exigía la industrialización y la planificación de la sociedad hasta llegar al paroxismo nazi del asesinato en masa organizado. La productividad y el control se impusieron. La dignidad humana y la libertad, bastiones del Salón de la gente peligrosa, no estaban en la agenda de prioridades, como tampoco lo está hoy en día lo exhaustivo. Enterrar las notas a pie de página es una traición infame, una masacre con afán de inutilizar los dispositivos que amplían el horizonte, y Blom lo capta al valorar el matiz por encima de la síntesis.

Más tarde, cuando el Ochocientos tocaba a su fin, Diderot y d’Holbach cobraron vigencia a través de Friedich Nietzsche, Karl Marx y Sigmund Freud. Los tres filósofos de la sospecha vieron que tenían antepasados en París. Nietzsche se emparejó con el barón y su implacable oposición al cristianismo. Marx comprobó que alguien se había anticipado en su posibilidad de igualdad. Freud se inspiró en Diderot y su exploración de las pasiones y actos irracionales de nuestra especie, que en la época donde surgían estas ideas volaba oprimida como siempre con excepciones de relumbrón. No me aturde si Casanova tiene, al menos en mi imaginario, estatus de faro pionero de la modernidad. La ecuación, repetida hasta la saciedad por los valientes, consiste en desmontar la fachada para que el aire adquiera un tono más respirable. Pueden soterrar los libros en un sótano polvoriento, pero estos, si tienen esencias que transmitir, terminan por volver a ocupar el puesto que merecen en las estanterías.