lunes, 22 de junio de 2009

El día del gran susto: Anatomía de un instante en Revista de Letras


El día del gran susto: Anatomía de un instante de Javier Cercas
El 23 de febrero de 1981 tenía casi dos años y, como pueden entender, no recuerdo nada del golpe de Estado que pudo cambiar la historia de España. Sin embargo comparto con la mayoría de los miembros de mi generación el haber visto incontables veces las imágenes de esa cámara de televisión que captó la valentía de pocos, la cobardía de muchos y la desvergüenza de un estamento empeñado en parar las agujas del reloj cuando Clio quería democracia.
Se sienten coño. Si digo la frase estelar del episodio en un bar, la gente reirá. Eso indica normalidad. Muerto Franco, nada quedó atado y bien atado, la reforma triunfó y ahora, aunque disgustados por el indudable cinismo de nuestros políticos, vivimos con la tranquilidad de quien sabe que el orden no se verá amenazado por pistolas y tricornios. El susto de aquel febrero parece historia antigua, pero como no lo es convenía que alguien planteara el debate sobre la, en exceso, institucionalizada visión del lustro posterior a la muerte del dictador. Javier Cercas tiene experiencia en el campo. A principios de siglo recuperó la Guerra Civil, y lo hizo desde la virtud del escritor, ser objetivo subjetivo que con su prosa puede canalizar las ideas hacia otras mentes al no ser una opción ideológica pura, sino simplemente un literato que a partir de un documento audiovisual siente curiosidad y decide ampliar sus conocimientos para poder escribir un libro sin los típicos cortapisas de nuestra sociedad.
Anatomía de un instante, digámoslo para no generar confusión, es un ensayo basado en esas veinticuatro horas en la vida de una nación en peligro. Cercas estructura su obra en función de pequeños cuadros centrados en los primeros quince minutos del golpe. Los protagonistas de ese cuarto de hora son viejos conocidos de nuestra historia. La primera parte del libro prefiere centrarse en los líderes que permanecieron sentados sin ocultarse. El general Gutiérrez Mellado pasó de golpista del 18 de julio a golpeado por sus camaradas, quienes lo acusaban de traidor al impulsar reformas que modernizaban la caduca armada, ya tendremos tiempo de escribirla en mayúscula, y la mermaban para adaptarla a la modernidad en sentido militar. Su comportamiento fue ejemplar. Era un hombre en retirada, característica que compartía con los dos otros héroes de ese lunes. Santiago Carrillo fue la gran esperanza de la izquierda española contra el franquismo. Era el líder carismático, el fumador incansable amado por los suyos y denostado por la derecha, infatigable en atribuirle generación tras generación los crímenes de Paracuellos. El sábado santo de 1977 Adolfo Suárez legalizó al Partido Comunista Español. Los militares se sintieron vilipendiados. Nació la primera semilla del futuro golpe. Carrillo, más republicano que la misma República, cedió en lo fundamental y hasta posó con una bandera monárquica. En las elecciones de junio de 1977 fue derrotado en su campo por el joven Felipe González, inesperada sorpresa que desmontaba la mística del comunismo como principal esperanza de la oposición democrática. Las renuncias de Carrillo le dieron talante de estadista sin ningún tipo de poder real. Ese día, desde las alturas del hemiciclo, consumía nicotina y observaba los bancos azules, donde otro mito resistía.
El 29 de enero de 1981 Adolfo Suárez dimitió. El abulense superó todas las trabas imaginables en su insaciable escalada hacia el sueño del poder. El hombre que sabia hacer fácil lo difícil y difícil lo fácil sucumbió después de largas batallas en las que no se atrevió a luchar contra los molinos de viento. Eran demasiados y muy poderosos. Su encanto personal sirvió para que los residuos del franquismo desmontaran la estructura del régimen. Cuando reinó la democracia, y sintió después de su segunda elección presidencial el placer de sentirse legítimo, las tornas se volvieron ásperas, descarnadas. Gobernar la nueva nave se antojó imposible entre terrorismo, crisis económica y un cuerpo al que le costaba dar sus primeros pasos, coartado como estaba por ruido de sables, ambiciones personales y velocidad de crucero en la imperfecta metamorfosis. A partir de 1980 Adolfo Suárez fue un condenado en la cima de la pirámide, un proscrito desdeñado hasta por su principal valedor: el Rey Juan Carlos I.
Mucho se ha hablado de la importancia capital del heredero de Franco en el camino hacia la conversión de España en una monarquía parlamentaria. En 1976 la corona vio la necesidad de destruir el edificio fascista para sobrevivir. En 1980 la testa coronada sintió que Suárez hundía la flota con su impericia. Los periódicos y la clase política le dieron cañonazos letales, si bien la bomba definitiva fue real y borbónica. Ante el miedo a la reacción militar, Juan Carlos no tuvo ningún problema, mensaje de navidad incluido, en abusar de su posición como Jefe ornamental del Estado para ayudar al acoso y derribo de su otrora chico para todo.
Volveremos a la Zarzuela, donde el 23 de febrero de 1981 esperaba ser recibido el general Armada, adalid de los golpistas, antiguo mentor del monarca, hombre mezquino y ruin como Milans del Bosch, la otra punta de lanza entre los aspirantes a violar la legalidad constitucional desde su nostalgia pasada con el depósito lleno de rabia, iracunda incomprensión ante la indiferencia general por sus víctimas contra ETA y resentimiento crónico al ver el desmantelamiento de su máquina ideal: la dictadura. El ejército planeó bien su estrategia. Contaba con dar un golpe blando que basaría su éxito en tres factores: pasividad de la calle, demostración de fuerza marcial y apoyo del Rey al ver la alfombra ibérica sin sangre. La principal opción de los conspiradores era culminar su pronunciamiento con un gobierno de unidad nacional presidido por el general Armada, ejecutivo plural muy al estilo del cirujano de hierro de Joaquín Costa... en el papel, siempre roto cuando un militar se acuesta con el poder y constata preferir la monogamia. ¿Se acuerdan de Primo de Rivera?
Casi todos los partidos del arco parlamentario, desde el PSOE hasta el PCE pasando por AP de Manuel Fraga, hubiesen formado parte de este gobierno regenerador. Los partidos democráticos, nuestros supuestos ángeles de la guarda que dejaron el Estado libre de cargo ante el ascenso multinacional, jugaron al juego de la ambición para derrocar a Suárez. El 23 de febrero de 1981 el congreso votaba la elección de Leopoldo Calvo Sotelo como presidente. A media tarde hombres armados entraron en el edificio más famoso de la madrileña Carrera de San Jerónimo y pusieron a casi todo el mundo al suelo. Los disparos de Tejero rompieron la estética del golpe blando y lo convirtieron en duro conglomerado de gusto indigesto. Los tiros eran lo que menos quería el aparato dirigente del golpe, convencido de la victoria mediante el respeto a los tanques en la vía pública y lo incruento de su intentona, elementos que deberían decidir al Rey, quien acogería la militarada con alegría al comprobar que Armada solucionaría el entuerto con su candidatura a la presidencia.
Armada quiso ir a la Zarzuela. Le negaron el honor y esperó. En el congreso lo peor había pasado y aún se vislumbraba luz de posibilidad triunfal. La clave consistía en actuar deprisa y alcanzar acuerdos. Una primera embestida de la división Brunete ocupó durante unas horas Prado del Rey, hasta que el monarca decidió emitir un mensaje institucional que calmará a los españoles, pendientes del televisor, hartos de música clásica en la Radio y ansiosos por despertar de la pesadilla involucionista que se mascaba en el corazón de Madrid.
Cuando el Rey emitió su mensaje de apoyo a la Democracia, Alfonso Armada entendía en una habitación del congreso que, salvo un giro radical de los acontecimientos, el golpe no cumpliría sus expectativas. El elefante blanco dialogó con Tejero, le contó la decisión de presidir un gobierno de unidad nacional y el teniente coronel , henchido en su orgullo por su hazaña de pacotilla, no quiso entrar en razón. Su esfuerzo debía servir para instaurar una Junta Militar. Los hombres con traje y chaqueta eran bazofia inútil para tomar las riendas de la situación. Discutieron, gritaron y no llegaron a ningún acuerdo.
Dice la leyenda que en 1874 el general Pavía terminó con la breve primera República a lomos de su caballo, perfecto y vivo acompañante de los negros leones capitalinos. La corona, símbolo de la permanencia y la Unidad de la Patria, no puede tolerar en forma alguna acciones o actitudes de personas que pretendan interrumpir por la fuerza el proceso democrático que la Constitución votada por el pueblo español determinó en su día a través de referéndum, Cinco minutos después del discurso real, Armada abandonaba el congreso. Horas antes habló otra vez con Juan Carlos I y Sabino Fernández Campo. Ambos consideraron una locura su propuesta de ir al congreso para hablar con los secuestradores de los representantes democráticos, pero tampoco podían hacer nada por impedir que llevara a cabo su plan. ¿Y si el principal instigador del pronunciamiento se hubiese salido con la suya? Da la sensación que más que salvar la democracia, el hombre de la honda satisfacción prefirió salvar la corona desde argumentos que defendían el orden constitucional. El contexto y la evolución de los acontecimientos salvaron una complicada efeméride histórica que pudo ir más allá, perjudicando el futuro rumbo del país, que desde sus balbuceos de cambio quería Europa e integrarse en un mundo que durante décadas pareció una odiosa quimera.
Han pasado 28 años desde aquella temible jornada que sacudió tantos cimientos. La base del gigante puede volver a temblar; si lo hace, no será por pistolas y tricornios, lo hará por su caduco planteamiento consistente en venerar lo logrado en el lustro de la transición y no plantearse la exigencia de transformar su estructura socio-constitucional. En poco tiempo hemos asistido a mil transformaciones revolucionarias que sólo pueden apuntalarse si las instituciones se dan cuenta que no es bueno vivir instalados en la placidez del padre fundador que alaba por conveniencia reformas incompletas. El contexto histórico, en eso estamos de acuerdo, no permitía que los vencedores tomaran el relevo de los vencidos. 40 años marcan. Mucho. Se hizo una Constitución de consenso porque no podía hacerse otra cosa, se lograron grandes bienes, idealizados a posteriori, que cumplieron su cometido. En 2009 tengo la suerte de pertenecer a la generación que tiene como imperativo releer la obra de nuestros progenitores y ubicarla en una perspectiva fuera de vanaglorias. España no es Italia, aunque en ocasiones despierto y veo un escandaloso conformismo centrado en la nula crítica al monarca y al pasado que forjó, quizá tan exaltado porque los que montan exposiciones y mandan son los mismos que vieron morir al dictador en su cama. Vivimos en un país de santos que ha olvidado su hálito de justicia. Javier Cercas ha tirado la primera piedra y es nuestra misión conseguir que de ese lanzamiento surjan nuevas punterías que den en el blanco de la crítica racional y permitan desentrañar la oscuridad de pactos de silencio, desmedidas alabanzas y exaltaciones legislativas de quienes también pensaron a lo largo de ese tenso invierno en ocupar el poder sin pensar en el daño que causaban a la democracia, hombres que en octubre de 1982 ganaron las elecciones, hombres que cambiando siglas por populismo abogan sacrosantas defensas de la Carta Magna, cuando en su tiempo no estaban de acuerdo con sus contenidos y creían en nudos gordianos de rancio hedor falangista.

JORDI COROMINAS I JULIÁN


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