lunes, 1 de junio de 2009

Hombres disfrazados en Revista de Letras


Hombres disfrazados: Surrealismo laboral en el siglo XXI
Por Jordi Corominas i Julián | Portada | 27.05.09


A los siete años de edad descubrí que los reyes son los padres. Ese trauma fue decisivo. No era heredero al trono de España y Baltasar era el progenitor de mi mejor amigo. Siempre recordaré, ya entonces me parecía de lo más absurdo, el momento en que me senté en su falda, sabiendo que mi carta no tenía ningún valor. No podía confiar en un adulto disfrazado y embetunado para engañar a los niños. Lo único bueno fue que nunca más volví a levantarme a las cuatro de la mañana obsesionado por ver si se colaban en casa tres tipos anacrónicos. Los calcetines a la lavadora y los regalos por la mañana.

La siguiente visión importante sobre el tema que nos concierne acaeció y apareció en el lejano Sant Jordi de 1993. Iba por la Rambla. Se acercaron unos individuos de ojos rasgados y ropajes naranjas. Hare Krishna, hare krishna. Su vestimenta era de lujo, encomiables modernos de prédica e India. Túnica sin mangas, cabeza rapada. En esos tiempos aún iba en pantalón corto y no sabía nada de los skinheads, deleznables ideólogos del travestismo político, calvos con esvásticas, cerebros huecos. Calimocho y donetes. Los especimenes con pinta oriental me invitaron a cenar, y para convencerme me contaron historias sobre lo bien que se lo pasaban. Lo típico. Lo comenté en casa y no me dejaron ir al palacio encantado de cánticos con especias. Nunca te fíes de los hombres disfrazados.

Al año siguiente me quedé sólo y me aburría como una ostra. ¿La notte porta consiglio? Opté por la gran aventura de recorrer toda Barcelona de pies a cabeza, del Guinardó al Puerto Olímpico. La Rambla aún era como en la canción de Quimi Portet. Lo que me hacía reír en la tele me dio vértigo en la realidad. Siempre he sido muy curioso, pero en esa ocasión traspasé la frontera adecuada para mi edad. En la boca del metro Drassanes quise notar el fuego fatuo del Barrio Chino y di con un extraño personaje con pantalones de pitillo, una camiseta rojiblanca que remarcaba sus bracitos y un leve bigote rubio a juego con su melena, teñida y rizada. Me dijo algo de dos mil pesetas. Su voz masculina y cierto toque camionero revelaron su identidad. Corrí hacia Colón y el hombre vestido de mujer desapareció con la vista pegada al callejón inaugural de la demencia.

Pasaron cinco primaveras. Aún era un pardillo, pardillo y universitario. Tuve la suerte de irme un par de años a Roma, experiencia que sin duda me ayudó a entender mejor el fenómeno del trucaje. En el Coliseo varios jóvenes se lo pasaban en grande con su pertinaz asqueo al turista. Iban vestidos de legionarios, alzaban el brazo alegremente y fumaban como carreteros. El ayuntamiento capitolino decidió legalizar su situación. Quien quisiese emular a los soldados de la Ciudad Eterna tendría que opositar para ganarse tan codiciada plaza. El cambio se ha notado. El número de cohortes ha disminuido y un centurión con barba aterroriza a los caballos de Piazza di Spagna mientras su joven cadete agobia a las guapas inglesas que tiran la monedita de rigor en la Fontana di Trevi. La gloria del Imperio se difuminó con la muerte del peplum. La broma más usual entre las acosadas extranjeras es comparar a esos funcionarios municipales con actores porno de cuatro duros.

En Roma vive el Papa. ¿No lo sabían? La prensa dice que reside en el Vaticano, aunque su nombre es el favorito en los cotilleos de muchos habitantes de la Urbe. Es lo que tiene padecer sotanas durante casi dos milenios. Los italianos, pueblo que no vota a Berlusconi, creen que el Vicario de Cristo es uno de los principales culpables de su retraso histórico, conformismo de me da igual y buena publicidad de comunismo y sentimiento. Tendrían que avergonzarse por caer en la red de un viejo disfrazado, pues eso, y no otra cosa, es el máximo dignatario del catolicismo, un anciano con muy buenos cuidados médicos que no tiene pudor alguno en cachondearse de los demás por la ropa que lleva. El caso más flagrante es el de Ratzinger, adicto a la moda que, víctima de la emoción, dejó ver bajo su casulla un jersey negro de existencialista francés de los sesenta. ¿Se lo imaginan en el cónclave con su pipa y gafas a lo Sartre? Si fuera Papa saldría a la calle vestido de paisano, prescindiría de las boutiques religiosas de Via dei Cestari e iría a dar un paseo normal, aventura imposible para Juan Pablo II, al que, o eso dicen, quería todo el mundo. Cuando lo vi por vez primera comprendí la trascendencia de su atavío, pasaporte para aplausos y veneración de rockstar hacia un polaco a una cámara pegado que, a diferencia del pastor alemán, cargaba el báculo de San Pedro con extrema dificultad, angustiado y angustiante por su paso de tortuga, grandeza prefabricada, crueldad vendida a la rica humildad.

tro Papa global es Santa Claus, cuya indumentaria indica unos presupuestos estéticos de alta costura, prendas pensadas para blancas barbas lapónicas. Sin embargo, de todos es sabido que cuando llega la Navidad muchos adultos en el paro aceptan trabajar durante dos semanas para ingresar dinero en la cuenta bancaria y sobrevivir. No creemos que nadie quiera ser Papá Noel por vocación o amor al arte. Es un empleo de desesperación que contrasta con la efímera y lujuriosa alegría del consumidor, cargado de paquetes y con la tarjeta a buen recaudo en el monedero. Quien compra tiene el don de sentirse alguien al adquirir un objeto específico de su gusto, la fuerza de la falsa diferencia, y por eso supongo que el pobre y pacotillero amo del trineo con renos sufre en silencio, no las hemorroides, sino las burlas de engreídos, borrachos, adolescentes, dependientes, azafatas, vagabundos, chascarrillos, conductores y amas de casa. ¿Papá, has visto a ese señor? El padre se ríe, le pasa como a servidor con el rey negro pero con la ventaja de tener el cerebro más desarrollado. Su amigo Eugenio es el gordo del traje navideño, ambos se han reconocido y callan pese a que la risa luche por salir a la superficie. Risa y llanto unidos por el disfraz. ¿Creemos lograr algo con todos estos travestismos durante la conmemoración del navideño nacimiento de Cristo? Es como esa expresión tan manida en el fútbol. Me sabe mal que Ronaldinho no exhiba su nivel de antaño. ¿Qué dirán los niños de su actitud? ¿No es ése el tío Manolo? ¿Qué hace con esas pintas? Vámonos. ¿Qué dirían los niños?

Una máxima pedagógica para mejorar la inteligencia infantil reza que conviene hablar a los pequeños como si fueran adultos. Eso de las vocecitas es una bobada. Cuando crecemos caemos en la misma trampa. Me horrorizo cuando veo chicas vestidas de conejito con esas orejeras que no excitan ni a un burro, y menos a las cuatro de la tarde. Bien es sabido que el sexo masculino tiene tendencia a rebajar su criterio a medida que el reloj marca sus horas, lo que no es óbice para creer que la pompa y varios símbolos, el ritual cotidiano se extinguió con la televisión, logren algún efecto, como tampoco es muy comprensible observar las interminables estatuas parlantes de la Rambla, humanos que se mueven cuando dejas caer una moneda en su cofre del tesoro. Hace años uno de esos artistas, que necesitan licencia municipal para ejercer su espectáculo, iba de guerrero troyano. El hombre de la Ilíada se balanceaba en su pedestal cuando oía el ruido mágico. Pobre héroe. Exceso de peso en los hombros, visibilidad limitada en el rostro. Aun así esta actividad, emblema barcelonés, debe reportar alguna que otra satisfacción personal, recompensa económica acrecentada por aplausos y rostros estupefactos, como el mío cuando fui a por un taxi y vi a un amigo que aguantaba una enorme cabeza de loro. Pueden imaginarse el resto. El bueno de Xavi necesitaba un sueldo para pagarse la carrera y aceptó la oferta de una escuela de idiomas que para atraer clientes decidió usar su mascota como reclamo. Durante quince minutos lo acompañé en su ruta. Caminamos por el centro y todos nos miraban. Nunca más circulé con un papagayo al lado, sólo puedo asegurarles que es una buena actividad para medir el grado de estupidez humana o, seamos contradictorios, la maravilla de vivir en este planeta. La gente lo abrazaba sin motivo aparente y lo mimaba cual ídolo pagano, semidiós de lo surrealista, recuerden, exceso de realidad. El loro no repetía vocablos y remató la función con una frase lapidaria: lo mejor de esto es que cuando soy yo paso desapercibido. Nadie me hace ni puto caso, pero si voy de loro me quieren. Al loro.


Foto: Jordi Corominas i Julián
http://www.revistadeletras.net/hombres-disfrazados-surrealismo-laboral-en-el-siglo-xxi/