jueves, 18 de junio de 2009

Matar en Barcelona Bcn Week76


El crimen del metro
El miércoles 21 de febrero de 2007, a eso de las tres y cuarto de la tarde, David Zafra estaba en la entrada del metro de Navas cuando, de repente, un rayo de sol se posó en su reloj. El joven, que llevaba varios días durmiendo en un banco cerca de la prisión Modelo, miró al cielo y vio una nave extraterrestre de la que descendió un marciano. Tenía sus mismos rasgos. Le suplantó la personalidad, bajó al anden de la línea roja y empujó a un hombre justo cuando llegaba el tren de las 15:20 minutos. Así contó el psiquiatra de la prisión una de las versiones del crimen del subsuelo.
El miércoles 21 de febrero de 2007, a eso de las tres y veinte minutos de la tarde, David Zafra fumaba un porro en las escaleras de la estación de Navas cuando, de repente, apareció un hombre que le clavó un cuchillo en el cuello. Le obligó a ponerse una chaqueta con capucha y una mochila. Cuando el flaco con perilla y pelo corto se esfumó, llegaron varias personas corriendo. Agarraron al pobre David, aún aturdido ante la velocidad de los acontecimientos, y le señalaron por algo que, en principio, no había cometido. Ha sido ése, ha sido ése. Así comentó los hechos David Zafra en el juicio que le condenó a 15 años y seis meses de cárcel como autor del asesinato con la circunstancia agravante de disfraz y la atenuante de una anomalía psíquica. El servicio en la línea 1 se paró durante seis minutos salvo en el tramo Sagrera- Navas-Clot, donde la incidencia se solucionó a las cinco y dos minutos de la tarde.
El miércoles 21 de febrero, a eso de las tres y cuarto de la tarde, David Zafra accedió al metro de Navas. Era imposible distinguir su rostro. Una capucha moderna pero monacal lo mantenía en el anonimato. David tenía 29 años y muchos problemas. Desde que en 1998 le diagnosticaron esquizofrenia había pasado breves temporadas en hospitales de Sant Boi y Santa Coloma. El excesivo consumo de alcohol y drogas, paraísos artificiales que abren puertas del olvido, le hacía tener graves lagunas de memoria. Poco sabemos de sus pasos en la vida. Los días previos al crimen, siempre según sus propias palabras, almorzaba en un comedor social, reposaba en la calle y disponía de poco dinero en efectivo. Sus dificultades no hicieron sino acrecentarse cuando dos días antes del asesinato fue a un centro psiquiátrico. Pidió ser ingresado porque se encontraba mal. Los responsables del hospital le expulsaron acusándole de buscar un lugar donde dormir. Sin sus medicinas se sentía como un alma en pena capaz de pensar en el suicidio. La enfermedad apretaba.
Aún no ahogaba.
Una de las grandes fantasías humanas es vivir, aunque sea durante pocas horas, en el cuerpo de una persona diferente. Al no poder hacerlo, por mucho que la psiquiatría estudie los procesos mentales, entender en su complejidad la mente de un esquizofrénico es casi misión imposible.
Joaquín Argegalet tenía 52 años, una hija que quería con locura y un trabajo en la ONCE como vendedor de cupones. Era sordomudo y cada jornada hacía el mismo desde su hogar en Navas hasta la avenida Madrid, donde desarrollaba su labor. Suponemos que a las 15:20 minutos del 21 de febrero de 2007 Joaquín atendía la llegada del tren como cualquier otro pasajero. Las imágenes de las cámaras de seguridad hielan la sangre. Detrás de él, un hombre alto, más bien delgado, que oculta su faz en una capucha, se mantiene inmóvil, expectante. Cuando el vagón del conductor irrumpe en la estación pasan uno, dos segundos. El encapuchado podía tener trastornos, pero la elección de su víctima hace pensar en algo premeditado. No se conocían. La opción más probable sitúa a David intuyendo que Joaquín tenía alguna discapacidad.
Lo empujó. El tren ocupa casi todo el plano. Se oye un grito. Al instante se apagan las luces. Los usuarios del otro andén se apartan asustados. David corre como un lince. Llegó hasta el exterior del recinto, donde varios ciudadanos lo retuvieron hasta la llegada de los Mossos d’esquadra. Joaquín Argegalet murió como consecuencia de la acción de su asesino: cayó a la vía. El tren lo arroyó. Sufrió múltiples lesiones que le causaron insuficiencia respiratoria.
El crimen del metro no puede enmarcarse dentro de la normalidad de la crónica negra. Cada año suceden desgracias que el servicio metropolitano suele ocultar hasta si le preguntan directamente las estadísticas de decesos en sus instalaciones. Aún así el inconsciente colectivo del barcelonés vive, como todo el mundo occidental, hipnotizado por las imágenes audiovisuales, Biblia moderna que aumenta su poder si muestra un espacio cotidiano como es la ciudad subterránea que usan miles de personas para desarrollar sus actividades. El metro es una casa de todos, donde muchos pies han circulado por el mismo suelo. Mancillarlo con una muerte tan absurda como premeditada es herir la voz común que nos hermana en la ciudadanía.

JORDI COROMINAS I JULIÁN

Ilustración: Nil Bartolozzi

2 comentarios:

ScrinS dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Jordi Corominas i Julián dijo...

Huoooola linda, Jordi y Julián son los mismos, es el nombre entero Jordi Corominas y (segundo apellido) julián

besoooos